domingo, 9 de junio de 2019

Para qué sirve un Tribunal Constitucional.

   “Atacar el poder judicial es atacar a la democracia. No hay democracia sin un poder judicial independiente y autónomo”. Así respondió Dias Toffoi, presidente del Tribunal Supremo Federal de Brasil, al vídeo en el que se veía a Eduardo Bolsonaro, el diputado más votado en la historia del país, afirmando que, para cerrar el citado Tribunal Supremo Federal, “uno no manda un jeep, manda un soldado y un cabo. Sin desmerecer al soldado y al cabo". Su padre Jair Bolsonaro, en aquel momento candidato a la presidencia y hoy día presidente, afirmó que las declaraciones de su hijo y correligionario se habían sacado de contexto. Y, ciertamente, merecen que se las coloque en contexto. Las declaraciones de Bolsonaro hijo se realizaron durante su asistencia como ponente invitado a un curso preparatorio para la policía federal en los tiempos en los que se rumoreaba que el Tribunal Supremo abriría una causa contra Bolsonaro padre por haber recibido el apoyo ilegal de más de un centenar de empresarios que financiaron una campaña de insultos y desprestigio contra su rival en las presidenciales a través de Whatsapp. Incluso se puede ampliar el contexto. El grito “los jueces no nos impedirán gobernar”, lo lanzó en España quienes ahora se venden como dique de la ultraderecha, convirtiéndose en el mantra del PSOE bajo dirección de Felipe González cuando comenzaron a menudear en sus gobiernos los casos de corrupción. De semejante principio se deducen dos corolarios (“la corrupción la juzgan las urnas” y "todo lo que sale de un Parlamento es legítimo") que los progres de aquella época y los independentistas de esta no han dudado en cacarear. 
   Como ya hemos insistido muchas veces desde aquí, reducir la democracia al acto de votar significa matarla. Si repasan la época de esplendor de la democracia en Atenas podrán comprobar que allí, realmente, se votaba poco. Ni siquiera los cargos se votaban, se otorgaban por sorteo. Los griegos pusieron en la sabia astucia del azar el equilibrio de poderes. Montesquieu, mucho menos sabio y menos astuto, tradujo el  equilibrio en división, división de funciones entre el Parlamento, el gobierno y la judicatura. Pero nadie pudo evitar la tentación de los parlamentos por nombrar gobiernos y jueces, rompiendo el frágil equilibrio ilustrado. Pese a ello y a que hay jueces que parece que el cargo les ha tocado en la tapa de los yogures, hace un par de semanas, mientras los medios de comunicación nos apabullaban con el importantísimo juicio al procés, las importantísimas elecciones locales y europeas y la todavía más importante final de la Copa de Europa de furgo, el Tribunal Constitucional, fuera de focos, libró a nuestra democracia de la desaparición.
   En noviembre del pasado año, en su ahínco de velar por los intereses de los ciudadanos, el Congreso primero y después el Senado, aprobaron las modificaciones de la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General (LOREG), que llevaba ahora adosada una disposición final por la que se le permitía a los partidos políticos rastrear la actividad de los ciudadanos en Internet, crear perfiles de cada uno de nosotros y, en consecuencia, dirigirnos todo tipo de publicidad, encubierta o no, de modo personalizado, para manipular nuestro voto. Dicho de otra manera, la totalidad de los partidos representados en el anterior Parlamento (y hay que recordar que, precisamente la ultraderecha no lo estaba) aprobaron en primera lectura amparar por ley todo lo que en el resto de países se considera contrario a los más básicos principios democráticos y, de hecho, el gran peligro de la democracia moderna, como ya se demostró en el caso de la intervención rusa en las elecciones de EEUU. Y todo eso, ponerlo en manos de los propios partidos políticos que podrían crear así, a su antojo, pequeños centros de intoxicación como los que se supone que tienen en grande muchos Estados modernos algunos de ellos frecuentemente calificados de dictaduras. Al PSOE, recordemos, el baluarte de la socialdemocracia contra los reaccionarios en auge, impulsor de la norma, no le costó trabajo encontrar apoyos a derechas e izquierdas (si bien Podemos, cuando se enteró de que la propia Comisión Europea había alertado contra el engendro, reculó en el Senado), incluyendo, por supuesto, a los constructores de patrias en las que queda muy claro en qué consistiría esa libertad con la que se les llena la boca: Bildu, ERC, Junts per Catalunya, etc. 
   Un grupo de abogados y asociaciones ciudadanas (entre ellos, Borja Adsuara, José Luis Piñar, Jorge García Herrero, Elena Gil González, Víctor Domínguez, de la Asociación de Internautas, Miguel Pérez Subías, de la Asociación de Usuarios de Internet, Virginia Pérez Alonso, de la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información-PDLI, Rodolfo Tesone Mendizábal, de la Asociación de Expertos Nacionales de Abogacía Digital, Ofelia Tejerina, Carlos Sánchez Almeida, Cecilia Álvarez Rigaudias, Lorenzo Cotino, la Plataforma en Defensa de la Libertad de Prensa, la Asociación Española Pro Derechos Humanos, Luis Gervas de la Pisa...), pusieron en acción a un Defensor de Pueblo, evidentemente con más apego por la decencia que por el cargo, Francisco Fernández Marugán, y a un Tribunal Constitucional que, en un tiempo récord, admitió a trámite y dictó una sentencia de 36 folios que tumbaba la mencionada disposición final. A ellos les debemos todos que, al menos mañana, sigamos disfrutando de algo que recuerde a la democracia.

domingo, 2 de junio de 2019

El significado de la estrategia en los negocios.

   Uno de los signos distintivos de nuestra época lo constituye el hecho de que el lenguaje bélico lo ha penetrado todo. Muy pocos deportes se libran de retransmisiones en las que se habla de “capitular”, “agresividad” o “disparos”; la seducción se ha convertido en el terreno de la “conquista”, el “derribo de barreras” y la “rendición”; incluso los textos pedagógicos más avanzados del momento identifican “enemigos”, “armas” y “tácticas”. Joseph Groia y David LeDrew presentaron el 3 de marzo de 2.010 ante la Hamilton Law Associaton un texto titulado “The Art of War and Victory in Litigation: Winning Strategies”, cuyo eje central consistía en abrir el mundo de la jurisprudencia a las consideraciones militares de Sun-Tzu. Pero el campo por excelencia de las nuevas batallas lo constituye el mundo de los negocios. Uno puede llegar a adquirir reputación en los negocios sin tener ni la más remota idea de historia de la economía, de cómo surgieron algunas de las grandes innovaciones e, incluso, sin tener una somera explicación de cómo y por qué acaban adoptándose algunas decisiones y no otras cualesquiera, pero a nadie se le concederá la menor respetabilidad si no ha leído el famoso texto chino. Las grandes apuestas comerciales de nuestra época vienen conformadas por “guerras”, en las que hay que conocer “el campo de batalla” y adoptar una “estrategia” correcta si se quiere alcanzar “la victoria”. Y si la victoria no resulta alcanzable, siempre se puede leer alguno de esos textos en los que se enseña cómo desarrollar un marketing “de guerrilla”. Como siempre, la generalización de un uso, difumina la superficie de su afloramiento, oscurece los motivos por el que este uso llegó a seleccionarse y, todavía mejor, deja sin respuesta la cuestión de su significado último. Precisamente a dilucidar estas cuestiones se dirigió un escrito capital aparecido en 2015 y que, como no podía ocurrir de otra manera dada su trascendencia, todo el mundo hace lo posible por ignorarlo.
   En “Variations in Strategy Perception among Business and Military Managers”, aparecido en el International Journal of Research in Business and Social Science, Vol.4 No.1, 2015, Zafer Özleblebici, de la Escuela de Guerra del Ejército turco, José Carlos de Castro Pinto, profesor asistente de Métodos Cuantitativos en el ISCTE-Instituto Universitario de Lisboa y Nelson José dos Santos António, profesor y director del Programa de Estrategia y Emprendimiento en la mencionada institución, se preguntaron si podía calificarse de metáfora, de analogía, de isomorfismo o de simple identidad los significados del término “estrategia” cuando usaban esta expresión expertos en el mundo de los negocios y militares. 
   Haré aquí un excurso para señalar que, a la luz de la filosofía del siglo pasado, tal cuestión carece de relevancia. Simplemente, en juegos del lenguaje distintos, una misma palabra tiene usos distintos y, por tanto, significados distintos. Las diferencias entre los usos vendrán marcadas por el “parecido de familia” que exista entre los correspondientes juegos del lenguaje. Este planteamiento, tiene la enorme virtud de escamotear la cuestión fundamental, a saber: ¿qué buscan los expertos en economía en los textos de los estrategas militares? ¿acaso no se han enterado de que ellos juegan un juego del lenguaje diferente, de que participan de una forma de vida diferente? ¿o acaso los textos de Sun-Tzu, de Clausewitz, no tratan realmente de la guerra? ¿por qué estos textos le resultan inspiradores a ellos precisamente y no, digamos, a los tenistas, a los policías o a los bomberos? ¿Quizás por que sí hay una manera de comparar los juegos del lenguaje más allá del “parecido de familia”? Dejemos aquí a nuestros atribulados hombrecillos del siglo pasado y vayamos a lo que importa.
   Para abordar la pregunta que se habían planteado Özleblebici, Pinto y Antonio descompusieron el término estrategia en una serie de rasgos característicos tales como: lograr ventaja competitiva, determinar la fuerza y debilidad frente a oportunidades y amenazas, alcanzar la posición deseada, alcanzar los objetivos a largo término, analizar la situación y cambiarla, etc. A continuación enviaron un cuestionario a 500 altos cargos de empresas y otros tantos militares para que establecieran la jerarquía de rasgos que les pareciera más acorde con lo que entendían por “estrategia”. Los propios autores señalaban una debilidad existente en esta metodología, a saber, los resultados indicarían cómo estos sujetos percibían su labor, lo cual no tiene por qué coincidir necesariamente con el modo en que realmente la desempeñan. Pero ésta, que constituye una limitación clara en su estudio, encierra lo más enjundioso de él. En efecto, de los resultados obtenidos por Özleblebici, Pinto y Antonio se extrae la consecuencia de que en la “estrategia” militar hay rasgos diferentes de la “estategia” en los negocios. En primer lugar, como cabría esperar, la “estrategia” en el mundo de los negocios no se refiere a objetivos a largo plazo, sino a lograr ventajas competitivas en un entorno concreto, lo cual, en un sentido estricto, vuelve irrelevante para los negocios la mayor parte de la literatura militar. Todavía mejor, mientras la “estrategia” militar se centra en una cuidadosa deliberación y en una planificación minuciosa, la “estrategia” en el mundo de los negocios se centra en el ensayo y el error y en aprender de experiencias pasadas. Pero la guinda viene en lo que respecta al procedimiento por el cual se debe adoptar una estrategia, pues mientras los militares hacen énfasis en la colaboración y el trabajo en equipo, los hombres de negocios señalan inequívocamente al liderazgo personal.
   Tenemos aquí, por tanto, un bonito ejemplo de que cuando un mismo concepto se utiliza en “juegos del lenguaje” diferentes, como en culturas diferentes, como en idiomas diferentes, se puede descomponer en los distintos rasgos que configuran la posición por él designada, obteniendo de este modo una matriz que nos ayuda a comprender las semejanzas y diferencias entre sus usos, eliminando la tan cacareada inconmensurabilidad sobre la que los filósofos del siglo pasado, que ni se olieron la posibilidad de semejante proceder, fundamentaron sus planteamientos. Esto permite ver que hay rasgos en la “estrategia” a la que se refieren los hombres de negocios que no coinciden con los rasgos de la “estrategia” en la que se reconocen los militares, pues enfatizan el liderazgo y la jerarquía de un modo que ha quedado obsoleto en los ejércitos modernos. Éstos, de hecho, utilizan una versión de la estrategia que recuerda a lo que, teóricamente, debería suceder en los negocios. Estrategia militar y estrategia económica parecen entonces dos espejos alineados, que se reflejan el uno al otro, sin que sus imágenes coincidan nunca exactamente. Entre ambos no existe analogía, ni metáfora, ni isomorfismo sino una reverberación, una fascinación mutua que los lleva, inevitablemente, a confluir en una misma dirección. 

domingo, 26 de mayo de 2019

Vietnam hoy (2 de 2)

   El Golden Bridge se inauguró a principios de junio de 2.018.


Se trata de una plataforma dorada sostenida por dos manos gigantes a 1.400 metros de altura en las montañas de Da Nang. Los crisantermos y las vistas sobre valles cubiertos de nubes proporcionan a los turistas imágenes muy distintas a las colinas arrasadas por el napalm que solemos ver en cada película norteamericana. Pero, sin duda, la imagen del doi moi que el régimen comunista de Vietnam busca la proporcionan las obras del estudio de Vo Trong Nghia. Formado en Nagoya y Tokio, ha importado a Vietnam un minimalismo bastante inusual hasta ese momento en el país. Por supuesto los materiales sobredeterminados corresponden a los tradicionales, el bambú y la terracota. Con el primero se ha intervenido en el Nocenco Café, en la cúpula de ceremonias de Son o en el pabellón para la firma TOTO.




Pero si hay un material sobredeterminado característico del estudio VTN lo constituye la vegetación. El hotel Atlas en Qang Nam, por ejemplo, parece una catarata verde que rememora las pagodas devoradas por la selva y otro tanto encontramos en la Casa de Bambú de Ho Chi Minh City. 



Con este material se alude a varias cosas. Para empezar, las grandes ciudades vietnamitas poseen el dudoso honor de tener una aire más contaminado que el de Pekín y no debido a la circulación de los vehículos de la incipiente clase media, sino a hallarse rodeadas de polos industriales y a una escasez atroz de zonas verdes. La intervención puntual del arquitecto conforma así una crítica al estado de cosas, pero crítica en los cauces del doi moi, que las autoridades ven con buenos ojos e incluso fomentan pues, en realidad, no afecta a lo fundamental: cómo se reparten las poltronas y los suculentos beneficios de vender el kilo de obrero a precios inferiores a los de China. Por otra parte, en una región monzónica, la vegetación sirve para aliviar los sofocos de la época cálida a la vez que se sustenta sin muchos esfuerzos, gracias a las abundantes precipitaciones. Finalmente, pero no menos importante, ofrece una imagen de modernidad ecológica que los occidentales, que, como resulta habitual, no nos enteramos de nada, se han tragado hasta el punto incluir al estudio VTN en la corriente de arquitectos que buscan edificios autosostenibles. El régimen, que ve muy cercano proyectar, en medio de un desarrollismo salvaje, una imagen de amor a la naturaleza como la que alcanzaron los japoneses (que ni siquiera tuvieron una carácter para designarla hasta el siglo XX), no dudó en concederle a Vo Trong Nghia el premio Ashui de 2.012.
  Resulta curioso comparar a VTN con la arquitectura de finales del siglo pasado de Rem Koolhaas. Koolhaas se caracterizó por diseñar dos edificios para cada proyecto, caso del Instituto Holandés de Arquitectura, del ZKM, del Hotel y Palacio de Congresos de Agadir, de la Ópera de Cardiff, etc. 

Netherlands Architecture Institute
Este dualismo tiene un origen muy claro, su admiración por el Spinoza del que hablaba Gilles Deleuze. Sin embargo, cuando tuvo que enfrentarse a casas privadas, como la de Burdeos de 1994-6, el modelo empleado corresponde a la transformación continua de un espacio en otro, algo reiterado en la Casa en el Bosque, destinada a dos generaciones de una misma familia. 



Por contra, la House of Trees del estudio VTN, destinada a albergar también a tres generaciones de una familia, fragmentó el espacio en una sucesión de minibloques cada uno de ellos con un jardín por techo.


   La transición continua aparece en otro tipo de espacios, por ejemplo, en el Tongling Hotel de China, en el que una lazada parece atrapar el lago artificial para que nada de él escape al diseño establecido.


Y, sobre todo, en la genial guardería de 2013.



Concebida para albergar 500 retoños de los trabajadores de una fábrica de zapatos cercana, se enrosca sobre un solar rectangular a las afueras de Ho Chi Minh City. La idea pasaba por proveer a los niños de un primer contacto con la vegetación y el cultivo, destinado a convertirse en único en su muy urbanita futuro. Pero, más allá de proporcionarles un patio de recreo con césped, la zona verde se extendió al techo, por el que los niños realizan una especie de revolución cultural que ya no consiste en someter a crítica doctrinal a sus docentes, sino en trotar sobre sus cabezas. A diferencia de su modelo, la guardería del suburbio de Tachikawa, en Fuji, Japón, diseñada por Tezuka Architects y que recuerda las pistas elevadas de algunos gimnasios en las que los neoyorkinos corrían como cobayas a mediados de los 70, VTN intentó eludir la alusión a la revolución cultural dejando la lazada abierta, quizás señalando que los niños no se hallan aún atados a nada y que no se les debe obligar a dar vueltas en los caminos trazados por sus mayores. 


La propuesta, en cualquier caso, ha generado escuela  y el gabinete MAD ya lo ha empleado para su Courtyard Kindergarten en Pekín, como una especie de gigantesco campo de minigolf en el que la libertad de juegos de los niños queda bien acotada y delimitada por una ciudad inmensa que fagocita los espacios destinados a ellos dejándoles, como única herencia, esa ruina llamada dinero.


domingo, 19 de mayo de 2019

Vietnam hoy (1 de 2)

   El Vietnam actual viene configurado por tres guerras: la casi olvidada guerra de Indochina contra el poder colonial francés, la muy mediática guerra contra Estados Unidos que nos hemos tragado en tantas películas y la cuasi secreta guerra contra China. Aunque el régimen norvietnamita apoyó a los Jemeres Rojos camboyanos, apenas Pol Pot alcanzó el poder amagó con invadir a sus antiguos aliados, a lo cual Vietnam respondió invadiendo Camboya y recluyendo a los Jemeres Rojos en lo más profundo de la selva. China aliada de Pol Pot y recelosa del tradicional acercamiento de los vietnamitas a Rusia, no dudó en responder atacando el norte del país. Resulta difícil saber en qué consistieron los cálculos de Pekín, pero se encontraron con lo que cabía esperar, a un ejército experimentado, habilísimo mimetizándose con la jungla y que, después de haber derrotado a la superpotencia del momento, no iba a dar ni un solo paso atrás. Tras un mes de intensos combates, las tropas chinas se retiraron proclamando el “éxito de su expedición punitiva”, reteniendo una pequeña porción del territorio vietnamita, pero sin haber podido aflojar la presión de Hanoi sobre los polpotistas. Como los informes del ejército norteamericano desvelaron tras la guerra, el soldado vietnamita dudaba de sus superiores, dudaba de cuánto se demoraría la paz, pero jamás dudó de la victoria. Entre otras cosas, porque el propio mando se encargaba de que sus unidades no pasaran demasiado tiempo bajo el fuego enemigo y, en la retaguardia, se llevaba a cabo un minucioso proceso de “reeducación” de todo el que se atreviera a arrojar el menor atisbo de sombra sobre el futuro.
   Vietnam entró en los años 80 del siglo pasado con buena parte de su territorio inhabilitado para el cultivo, enfrentado a casi todas las potencias mundiales y viendo la tercera parte del comercio global transitar frente a sus costas sin dejar nada en sus puertos. Quizás por eso tardó tan poco en subirse al carro de las reformas económicas lanzadas por su otrora invasor, Deng Xiaoping. En 1986, se proclamó la doi moi (renovación), entendida como “economía de mercado orientada al socialismo”, pero la caída del muro de Berlín y las protestas de Tiananmén convencieron al partido de que iban a necesitar algo más que reformas económicas para mantenerse en la poltrona y atraer inversiones; iban a necesitar, ante todo, cambiar la imagen del país. 
   Desde entonces han tratado de mostrar un rostro amable con sus anteriores enemigos, algo que les llevó a promocionar en los EEUU como destinos turísticos los lugares reales en los que se desarrollaron algunas de las batallas tan mostradas por las películas y que ha tenido como último hito la entrega de tres activistas tailandeses a su país de origen, activistas que habían cometido el terrible delito de criticar al monarca. Por cierto, dejo fotos por si alguien cree que hay algo de criticable en Su Alteza Real. 














En realidad, este último hecho tiene también una lectura interna pues una reciente ley aprobada en Vietnam declara secreto de Estado la salud de sus líderes, algo que impide conocer qué ha ocurrido con su presidente, Nguyen Phu Trong, misteriosamente desaparecido de la escena pública tras una visita a la ciudad natal de uno de sus rivales políticos dentro del partido. 
   Como parte del plan para cambiar la imagen del país, el Partido Comunista optó por una vía que ya habían explorado sus camaradas de China y, todavía antes, el Japón posterior a la Segunda guerra Mundial: el cine. Así llegaron a nuestras pantallas El olor de la papaya verde (1993), Cyclo (1995) o Tres estaciones (1999). Pero el modelo mostró rápidamente sus límites. Primero, porque centrarse en temas autóctonos dejaba estrechos cauces a la creatividad cinematográfica, sobre todo, teniendo en cuenta el campo minado de la historia reciente. Segundo, porque la apertura económica inundó los cines vietnamitas de las grandes superproducciones norteamericanas, chinas y coreanas, frente a las cuales el tranquilo preciosismo del cine oficial tenía poco que ofrecer. Finalmente, en ese proceloso terreno, la gente del mundillo tendía a salirse de madre. Así, una película como Seasons of guavas (2000), aclamada internacionalmente, tardó dos años en obtener el nihil obstat del ministerio. Muy astutamente, el gobierno decidió dejar la financiación del cine en manos “del mercado”, quedándose con el control de las salas, lo cual condujo rápidamente a la industria cinematográfica vietnamita a una crisis de la que no parece levantar cabeza. Todo esto llevó a la búsqueda de otro camino para obtener la tan ansiada visibilidad internacional que aumentara el aflujo de capitales: la arquitectura.

domingo, 12 de mayo de 2019

El acontecimiento.

   A la filosofía del siglo XX le chiflaban los acontecimientos. Por alguna razón, que quizás merezca la pena investigar, el concepto de “acontecimiento” adquirió el estatuto de elemento clave a la hora de entender la historia, la realidad y, cómo no, las manifestaciones del “ser”. Interpretar el acontecimiento, hallar sus significados profundos, decir qué “es”, constituyó el gran desafío de la filosofía vigesimica. “El acontecimiento acontece”, se decían unos a otros los filósofos del siglo pasado, paladeando tan abismal sabiduría. “¿Qué es este acontecimiento?” se interrogaban parpadeantes. A cualquiera que preguntase ¿por qué hay este acontecimiento y no cualquier otro? se le acusaba de no respetar las formas y se lo apartaba de la Academia por faltar al consenso. Y, sin embargo, semejante pregunta encierra la cuestión clave. Veámoslo con un ejemplo.
   Esta semana se ha producido un “acontecimiento”. En un episodio más de esa carnicería que dura ya un siglo, 88 personas han resultado muertas por el intercambio de fuego en Oriente Próximo. Hago aquí un inciso para plantear una de estas cuestiones tontas que suele salir de las bocas de quienes han estudiado filosofía: después de cien años matándose sin que nadie haya conseguido acercarse a una solución que satisfaga a todas las partes, ¿nadie se ha planteado que, a lo mejor, seguir por el camino del más, provocando más de lo mismo, más muertos, más sufrimiento, no va a conducir a nada que merezca la pena? Para evitar que algún idiota como yo haga esta pregunta, el ejército israelí ha mostrado unas imágenes en las que un misil destroza un edificio “donde funcionan los ciberoperativos de Hamas”. Inmediatamente se ha suscitado un debate en el que sesudos expertos trataban de interpretar los significados ocultos de este “acontecimiento”.  A la pregunta “¿qué ha sido esto?” unos respondían con una larga retahíla de tópicos recientes que “es la guerra híbrida”; otros, negaban la novedad de semejante retahíla sosteniendo que “no es guerra híbrida”; finalmente, un tercer grupo, recordaba que “el mundo es así” y que resultaba inevitable que alguien acabara respondiendo a un ciberataque con un bombardeo, pues Internet “es el mundo real”. Israel, en efecto, iniciaba el comunicado que hacía comprensible las imágenes mostradas, señalando su completo éxito a la hora de repeler “un intento de ciberofensiva de Hamas contra objetivos israelíes”. Normal y justificable había de considerarse que volara por los aires un edificio entero, decían los hermeneutas de turno. Aún mejor, este acontecimiento tenía un antecedente, un origen, en el asesinato por parte de los EEUU de un par de informáticos al servicio del Estado Islámico en 2016. No obstante, requisito imprescindible para todo acontecimiento, también encerraba una novedad: por primera vez la ciberguerra se combinaba con una guerra en tiempo real entre los contendientes, mostrando, una vez más, lo justificable de la acción israelí.
   Abandonemos ahora la milonga de los "orígenes", olvidemos la pregunta por el “ser” de las cosas, dejemos de interpretar y fijemos nuestra atención en la superficie de afloramiento de estos hechos. Este cambio de marco conceptual nos ofrecerá una perspectiva muy diferente de lo ocurrido. 
   Todo el mundo sabe que la sección informática de los servicios de espionaje israelíes sólo resiste la comparación con la omnipotente NSA norteamericana y que la separa de ella únicamente el tamaño (número de personas y cantidad total de presupuesto). A esta unidad se le atribuye haber paralizado el programa nuclear iraní introduciendo un virus informático en su red de ordenadores y, más recientemente, haber mantenido a flote las páginas institucionales de Ecuador tras el tsunami que se desató contra ellas por la entrega de Julian Assange. Pues bien, pese a contar con un servicio con las mismas capacidades tecnológicas y más personal y presupuesto, los EEUU no pudieron evitar un robo de 81 millones de dólares de la Reserva Federal que pudo alcanzar una cifra récord de no haber cometido los atacantes un error pueril. Tampoco pudo evitar el mucho más sonado ataque a Sony y les costó casi una semana acusar de él a Corea del Norte, siempre con argumentos circunstanciales, más que con pruebas, lo cual acabó levantando hipótesis alternativas sobre la autoría. De hecho, en la ciberguerra, como en el esgrima, el ataque resulta muchísimo más simple que la defensa y precisamente Israel lo demostró en 2.012, cuando un activista pro-palestino robó cientos de miles de datos de tarjetas de crédito que después publicó por entregas. En aquella ocasión llegaron a interrogar a un emiratí residente en México, pese a las reiteradas declaraciones del supuesto autor de los hechos afirmando que había nacido en Riad. Sin embargo, ahora, de buenas a primera, resulta que sí, que los servicios secretos israelíes se muestran capaces de repeler un masivo ataque informático, de identificar de modo inmediato el país de procedencia del ataque y, aún más, el edificio desde el que se produjo, desencadenando la respuesta en cuestión de horas, algo que la NSA no ha soñado todavía en hacer. Y, como prueba de la veracidad de estos hechos, síntoma de los tiempos, muestran una imagen, la imagen de un edificio volado por una bomba, en la que, como resulta lógico, no se ven ni virus, ni troyanos y ni siquiera ordenadores. Recordemos ahora que, tras la masacre de Múnich, los israelíes acabaron con buena parte de la intelectualidad palestina y con la práctica totalidad del sector moderado de la OLP de la época acusando a todas y cada una de sus víctimas de “cerebro de la masacre de Múnich” (cosa que ha llegado a insinuar hasta alguien tan poco dado al antisemitismo como Steven Spielberg). De pronto, algo que resulta normal cuando uno se olvida de las zarandajas de la hermenéutica y hace genealogía, nos topamos con una sospecha, la sospecha de que, efectivamente, nos hallamos ante algo nuevo, un primer ensayo por parte de Israel para tapar sus asesinatos futuros bajo la capa de “respuesta a un ataque informático”. Llegamos de este modo a la moraleja, a saber, que todo acontecimiento, al igual que todo libro y todo símbolo, resulta una totalidad construida, un producto fabricado y puesto ahí por un cierto estado de cosas y que cualquiera que se dedique a contarnos cómo debe interpretarse o, mejor aún, qué “es”, no hace otra cosa que colaborar con los poderes establecidos.

domingo, 5 de mayo de 2019

Cuando se abren las urnas.

   Cuando se abren las urnas, cada cual queda en su lugar, como Pedro I “el renacido”, que después de ganar unas primarias inciertas, después de que echaran abajo la puerta de su despacho para que dimitiera, después de volver a ganar unas primarias contra pronóstico y de alcanzar la Moncloa de modo inesperado, ha conseguido que un partido al que hace menos de un año le faltaba fuelle para seguir existiendo se convierta en el más votado. Al otrora cadáver político la prensa internacional lo presenta en los últimos días como icono de una socialdemocracia europea que, tras los últimos espaldarazos en Dinamarca, Portugal y España, afronta con repentino optimismo las próximas elecciones. Felipe González sintetizó la esencia de la socialdemocracia en el grito “¡que viene la derecha!” y eso le sobró para ganar comicios durante más de una década. La nueva socialdemocracia parece asentada en el grito “¡que viene la ultraderecha!” y, visto lo visto, podría servirle también para ganar unas cuantas elecciones. Problema diferente será qué venga después. Después de Felipe González vino la tan anunciada derecha... Pero, bueno, nada de eso le importa a un político que, para entonces, ya estará disfrutando de su sueldo vitalicio.
   La lógica indica que en el primer año de mandato tendremos muchas menos noticias del gobierno que en los últimos meses. Ahora toca poner orden en un partido en el que ni las viejas glorias ni los barones regionales lo han visto nunca con buenos ojos. Hay otra vez poltronas a repartir, así que no debería costarle demasiado esfuerzo convertirlo en instrumento a su servicio. A poco que sepan hacer las cosas, la legislatura debería ser igualmente cómoda. El primer test de importancia lo tiene dentro de un par de semanas. La inercia lógica y, en el peor de los resultados, la apelación a que ni siquiera se ha constituido el gobierno y, por tanto, no se le puede echar la culpa de nada, le bastará para superarlo. Otra cosa será la investidura. Necesita la abstención de alguien o el apoyo explícito de otros grupos parlamentarios. Ciudadanos ha advertido que se opondrá y son los únicos que podrían salir realmente beneficiados de una repetición de las elecciones. Tras los resultados en Cataluña, los independentistas harían mal en pedir el cielo para facilitar el camino a Pedro I “el renacido”. Ciertamente ERC se ha convertido en la fuerza más votada allí, pero, el socialismo catalán, otro muerto viviente, anda pisándole los talones. Con Podemos, PNV, Bildu y los canarios, las negociaciones deberían ser muchísimo más fáciles. Superado este escollo, el resto será tan difícil como sus propias capacidades lo haga pues, en cada situación concreta, no tienen más que amagar el pacto ora con Ciudadanos ora con los independentistas y si les obligan a aprobar cualquier enmienda no pactada siempre podrán tumbarla en el Senado donde el PSOE ha obtenido mayoría absoluta.
   El “valor seguro” del PP, está ahora seguro de que el partido al que llegó a ofrecerle carteras en su gobierno, Vox, es de ultraderecha. Ha despedido a los asesores de campaña que le mantuvieron confundido sobre este tema y que le convencieron de que debía tratar a Ciudadanos como un amigo y a Vox como un caladero de votos, cuando la realidad es exactamente la contraria. Resulta que el bueno de Casado era tan de centro que ahora anda hablando de pactos con los socialistas. Pese a lo lamentable de su liderazgo, su situación no es tan desesperada como pudiera parecer. Van a conservar un puñado de alcaldías importantes y siguen teniendo el gobierno de la Junta de Andalucía. Una gestión eficaz podría utilizarse como suelo firme para ir recomponiendo el partido. El problema es que tras seis meses de gobierno, los andaluces siguen contemplando exactamente el mismo paisaje. Uno pasa por el Palacio de San Telmo, por Torre Triana, por el Parlamento o por cualquier otro centro de poder y, en lugar de ver las ventanas abiertas para que, por fin, se airee todo lo que allí había, puede atisbar funcionarios que echan otra capa de silicona en las rendijas para que no se escape nada del hedor acumulado. El PP andaluz, que debería liderar el gobierno y atraer la atención sobre su partido, se halla en la tesitura de emprender políticas que no suenen ni a propuestas de Ciudadanos ni a disparates de Vox, pero que ambos tengan que apoyar y, claro, su imaginación no da para tanto.
   Albert Rivera ya se ha proclamado líder de una oposición que no lidera por número de escaños y ha comenzado a decir “no” a todos los pactos que todavía nadie le ha ofrecido. Sabe que los líderes de la oposición, más tarde o más temprano, gobiernan y sabe que le ha arrebatado al PP todo el centro y parte de la derecha, pero su éxito, está empezando a generar algunos problemas de crecimiento. Para empezar, cuanto más lidere la oposición, menos comprensible resultará su permanencia en el gobierno andaluz donde, por si fuera poco, va de la mano de los ultras. Además, su decisión de presentar a Arrimadas a todas las elecciones existentes, los ha dejado estancados en una Cataluña en la que encabezaron los recuentos en las autonómicas. 
   La historia de los asientos en el Parlamento más allá del PSOE parece el eterno retorno. Cuando llegó la democracia el PCE ocupaba una buena parte de la bancada y parecía cercano a asaltar el poder. Poco a poco, las disputas internas lo hicieron caer en una crisis y en resultados cada vez peores hasta llegar al borde de la irrelevancia. Entonces se refundaron como Izquierda Unida que pareció cerca de asaltar el poder, pero las disputas internas les hicieron caer en una prolongada crisis que casi les llevó a desaparecer. Entonces se refundaron como Podemos que pareció asaltar el poder, pero las disputas internas les han hecho caer en una crisis que puede llevarles a desaparecer si tratan de solucionarla con más disputas internas. Eso sí, Santiago Carrillo pertenecería a la “casta”, pero se murió en su piso y nunca pidió una hipoteca de 20 años para comprarse una mansión.
   La llegada de Vox al Congreso no por anunciada, ha dejado de tener matices, algunos de los cuales llevan a la esperanza y otros a negros augurios. Primero, su propia existencia ha activado al electorado socialista, lo cual, como dije antes, podría servir para mantenerlos al borde de la marginalidad durante un tiempo. Segundo, tras tontear con ellos, el PP parece haberse dado cuenta de que tiene poco que ganar y mucho que perder intentando recuperar un electorado que nunca fue el suyo. Vox no sólo vive de los desencantados del PP y de los ultramontanos, también se alimenta de un sector importante de votantes de otros partidos hartos de que los llamen tontos a la cara. Son sectores éstos que se irían a la abstención si Vox no existiera y que ningún partido, sea de la tendencia que sea, puede recuperar por mucho que acepte discutir los temas que plantea la ultraderecha. De hecho, ese electorado fue el último en acudir a las urnas y la mayoría de las papeletas de Vox aparecieron en los primeros instantes del recuento. Si echamos mano de la psicología electoral eso indica que su electorado, al menos de momento, no manifiesta convicción ni fidelidad. Han votado a Vox para probar a ver qué pasa y ya veremos qué hacen en las próximas elecciones con su voto si es que van a alguna parte. Pero si todo esto parece un consuelo, ahí van dos datos que pocos han apreciado: allí donde ya estuvieron, quiero decir, en Andalucía, Vox ha obtenido casi el doble de votos que en las elecciones autonómicas y, por si fuera poco, han conseguido un escaño en Barcelona.
   Más allá de Tabarnia, ganó ERC. Junqueras ha tenido que pasar por el martirio para conseguir una victoria, poco menos que moral. En buena lógica debería dejar de apoyar a Junts pel Sí, provocar un adelanto de las elecciones y alcanzar la tan deseada poltrona catalana. Dudo que siga esta línea. Los republicanos están hartos de aparecer en cabeza en esta y aquella votación, en este y aquel sondeo para terminar en un chasco cuando llega la hora de la verdad. Además, para hacer la cosa menos fiable, tienen que contar con el resurgir de los socialistas y el asentamiento de Ciudadanos, porque, la gran lección de estos comicios en Cataluña, es que, ni alcanzando un resultado histórico, los independentistas logran convencer ni al 40% de los votantes.

lunes, 29 de abril de 2019

El fin de la dialéctica.

   La dialéctica tiene un origen mítico en Platón, que la hizo ocupar la posición de ciencia suprema, encargada de tratar con las ideas o, quizás, en Sócrates y su perseverante manía de establecer conversación con todos los que iba encontrando a su paso. Kant la recuperó en su sentido original platónico y puede que Fichte la convirtiera en el método propio de la filosofía, pero corresponde a Hegel el haber hecho de ella la piqueta con la que desmontar el principio de no contradicción. Decía Hegel que a toda posición le sucede una oposición y que, de la confrontación de ambas, surge la síntesis, una forma superior que integra y a la vez supera la oposición previa. En un ejemplo que debería haber alertado a muchos, al ser se lo hacía referirse inevitablemente a la nada, la cual no quedaba descrita más que por su contraposición al ser y esta referencia mutua se hacía coincidir con el movimiento, tránsito del ser al no-ser o viceversa. Un ejemplo destinado al éxito aparece en las páginas de la Fenomenología del Espíritu, en las que se describe la dialéctica del señor y el esclavo, presentación depurada de la imagen romántica de la Edad Media, con sus duelos medievales, en los que los caballeros competían por, digamos, su derecho a atravesar un puente. Cada uno de los caballeros hallaba su identidad, precisamente, en la negación del otro. El motivo real del duelo no consistía, en pasar o no el puente. El motivo real del duelo radicaba en obtener el reconocimiento del otro, anulando la negación de sí mismo que suponía. Ahora bien, una vez que le vencía, automáticamente dejaba de tener el carácter de señor para convertirse en vasallo de su vencedor. Como vasallo, el caballero triunfante ya no podía obtener reconocimiento de él, pues no lo identificaba como su igual. De aquí que continuase su peregrinar en busca de otro puente, de otro camino, de otro castillo, defendido por un señor. Esta dialéctica, que sigue funcionando en toda forma de sacrificio, despertó a Marx, pues, al fin y al cabo, el trabajo constituye una forma de esclavitud temporal, como decía Aristóteles. Marx hizo de la dialéctica el motor de la realidad y pensó que, a sus lomos, el proletariado acabaría dominando el mundo (productivo). Afortunadamente, no contaminó con ella lo más salvable de sus planteamientos.
   Si ahora abandonamos los orígenes míticos y elegimos, arbitrariamente, los textos de Descartes como el lugar en el que aflora la época de la representación, podremos observar cómo ya hay en ellos la necesaria referencia de toda representación a un otro, a algo que queda fuera y respecto de lo cual se define, precisamente, por negar su identificación con ello. Las ideas de Descartes, constituyen representaciones de un mundo con el que no podemos tratar directamente y eso, el hallarse en lugar del mundo, las define. La negación, la oposición, ese “ser” que se refiere necesariamente a algo que no “es”, no conforma un carácter de la realidad, ni del mundo, sino de las representaciones. No hay representación posible sin esa relación respecto de un exterior que esencialmente resulta negado. No podemos identificar a los representantes del pueblo con el pueblo, ni al representante de un deportista con el deportista, ni al cuadro con el modelo, ni a la puesta en escena de la obra de teatro con la obra de teatro. Y, sin embargo, todos ellos se hallan en el lugar de aquello que dicen representar. Aquí aparece la naturaleza dual de la representación. Por un lado no habría nada en ella sin esa referencia a algo exterior. Por otro, la representación sustituye, niega ese exterior al que necesariamente se tiene que referir. La dialéctica resulta, por tanto, pura expresión del carácter negativo de la representación, de la exclusión a la que lleva toda representación. Fuera del marco representativo, carece de valor. Y eso precisamente, constituye el rasgo distintivo de nuestra época. Ya no vivimos en la era de la representación, sino en una nueva era en la que domina un género específico de esas representaciones, las imágenes.
   Las imágenes, como cualquier representación, se hallan en lugar de aquello de lo cual constituyen una imagen. Pero, a diferencia de las representaciones, no se definen por negar aquello de lo cual provienen, bien al contrario, se comportan como si aquello de lo cual provienen no tuviera otra realidad más que la presente en ellas. Para nosotros las imágenes resultan indiferenciables del “ser”. Identificamos a una persona por su fotografía, a una empresa por su imagen corporativa, a un hecho con un gráfico, a un adulterio con una grabación y a Cleopatra con Liz Taylor. Existe de nosotros lo que de nosotros aparece en Facebook, en Instragram, en las fotografías de nuestras vacaciones, en los vídeos de nuestros hijos, en las imágenes que tomamos de nuestro cuerpo, vestido o no. Ahora bien, no hay negación en las imágenes, ninguna imagen puede decirse la negación de otra, ninguna imagen viene a contraponerse a otra, sino, todo lo más, a complementarla. La dialéctica, que tan bien se las apañaba con las representaciones, no sirve en el mundo de la imagen. El “ser” de la imagen no puede referirse a la nada, porque entonces, la imagen tendría que reconocer la existencia de algo más allá de ella y ya no podría presentarse como “la realidad”, sino como simple copia. El “ser” de la imagen  excluye la nada al rango de lo inexistente, pues sólo existe lo que se emite y retransmite, quiero decir, salta directamente al movimiento. Ahora los señores se embarran en duelos de imágenes proyectadas como torrentes a través de los medios de comunicación que dominan y de los que, sin perder su carácter de amos, ambos salen esclavizados por una imagen en la que nadie puede montarse, como ha ocurrido con Jeff Bezos y Mohamed Bin Salmán. No puede extrañarnos, por tanto, que muchos hablen de esta época como de tiempos “líquidos”, “híbridos”, “confusos”, como los tiempos, en definitiva, en los que las representaciones que utilizaban como conceptos dejaron de valer.