domingo, 25 de abril de 2021

Desmanes en las Islas Marshall.

   Propongo cambiar el nombre del Océano Pacífico, nombre que no describe nada real, por el mucho más adecuado de Océano de los Desmanes. Contábamos hace un par de entradas que los mares del mundo se convertirán, más pronto que tarde, en zonas mineras. Advertíamos que, como siempre, unos pocos acabarían ganando todo lo que los demás perderíamos. No mencionamos, sin embargo, que países como Papúa-Nueva Guinea, han encontrado en la venta de derechos mineros en sus entornos la manera de engrosar sus depauperadas arcas, aunque se haga a costa de embargar los bienes de las generaciones futuras. Las Islas Marshall constituyen otro territorio en la misma situación. Los nódulos de manganeso prometen la riqueza que no han podido traer ni el comercio de la copra ni un turismo que no acaba de arrancar. Y, ciertamente, necesitan esa riqueza.

   Los primeros occidentales que llegaron a estas islas lo hicieron capitaneados por Alfonso de Salazar, miembro de la expedición que, a las órdenes de García Jofre de Loaísa, tuvo como misión colonizar Las Molucas. La expedición, que zarpó del puerto de La Coruña, acumuló todo tipo de desastres, incluyendo la muerte de Juan Sebastián Elcano, de García Jofre y del propio Alfonso de Salazar. De las siete naves y los 450 hombres que partieron, 24 acabaron regresando a la península como prisioneros de los portugueses once años más tarde. Bajo el corto mandato de Salazar, se avistaron las Islas Marshall y se tomó posesión de las Islas Carolinas, todo ello en 1526. Por esas fechas había llegado a Nueva España Álvaro de Saavedra Cerón, primo de Hernán Cortés a quien éste envió a una expedición por el Pacífico Sur a ver qué podía encontrar para satisfacer sus ansias de grandeza. La expedición acabó llegando a la isla de Mindanao con uno solo de los tres barcos que habían partido desde Guerrero, pero ya no regresarían. Por tres veces intentaron encontrar vientos que les llevaran de vuelta hacia América sin conseguirlo. En esos intentos arribaron a Hawái, a las Islas del Almirantazgo y al atolón de Enewetak, uno de los integrantes de las Islas Marshall. Álvaro de Saavedra lo nombró “isla de los Pintados”, por la costumbre de sus habitantes de tatuarse todo el cuerpo y tomó las islas en nombre de la corona de España. Numerosas expediciones españolas las visitarían después y también una británica, al mando de John Marshall, que le daría nombre al archipiélago.

   En 1885, repito, en 1885, Alemania envió una expedición para reclamar la posesión de las Islas Carolinas, porque España nunca había llegado a ocuparlas realmente. En la península la expedición se tomó como una afrenta, se produjeron manifestaciones y se vandalizó la embajada alemana en Madrid. La prensa azuzó los ánimos del mancillado honor patrio y se forzó al gobierno poco menos que a declarar la guerra. Siete años antes, la Revista General de la Marina había publicado un artículo en el que se procedía a lo que hoy se llama una “construcción de escenarios” que trataba de modelizar lo que ocurriría si lo mejor de la flota española, completamente obsoleta, se enfrentara a un único navío como el Iltis que enviaron los alemanes a las Carolinas. El artículo sentenciaba que un buque medio de los que existían en la época hundiría sin problemas tres barcos españoles antes de que alguno pudiera hacerle daño. Tras numerosas consultas entre el gobierno y los altos cargos de la marina se llegó a la conclusión de que lo mejor era buscar un acuerdo. Se pactó con Alemania la entrega de las Islas Marshall y el libre acceso a las Carolinas, a cambio de reconocer la soberanía (por lo demás, nominal) de España sobre las mismas. Alcanzado el acuerdo, el asunto desapareció de la prensa, del indignado corazón de los patriotas españoles y, durante 13 años, nadie hizo nada por mejorar la condición de nuestra flota para que no volviera a suceder lo mismo… y así hasta 1898. Pero ésa es otra historia.

   Japón aprovechó la Primera Guerra Mundial para ocupar las Islas Marshall y sólo se marcharían con la llegada de los norteamericanos en 1944. Sin interés por el comercio de la copra y sin una idea muy clara de qué hacer con un territorio que la ONU le había cedido en fideicomiso en 1947, EEUU llevó a cabo allí 67 de las pruebas nucleares efectuadas por dicho país. En 1990, las Islas Marshall alcanzaron formalmente su independencia tras un acuerdo con EEUU por el que éstos pagarían 250 millones de dólares en compensación por las pruebas nucleares y otros 600 millones en otros conceptos. Nada de eso ha bastado para sufragar los gastos de uno de los índices de cánceres más altos del planeta. La radiación que sigue midiéndose en algunos de los islotes multiplica por mil la de Chernobyl o Fukushima, no hay fecha de cuándo podrán volver a sus islas ancestrales las poblaciones que se desplazaron como consecuencia de los experimentos nucleares y hace un par de años, la comunidad científica demostró que los índices de radioactividad en las islas superan con mucho lo establecido en los acuerdos de compensación firmados entre Majuro y Washington. Todo eso palidece ante la situación del domo de Runit. 


“La tumba”, como la denominan los isleños, terminada de construir en 1980, entierra en el cráter de una explosión, 73.000 metros cúbicos de material altamente radioactivo extraído de los diferentes atolones, incluyendo Plutonio-239. Todo ello se cubrió con una cúpula de hormigón. El derretimiento de los casquetes polares ha hecho subir el nivel del mar y el propio Departamento de Energía de los EEUU reconoce que, para finales de siglo, el domo estará sumergido. Pero el problema es mucho más inmediato, porque ya hay fisuras bajo la superficie del atolón por las que entra y sale agua del mar generando una considerable contaminación radioactiva que, obviamente, aumentará con el paso de los años. Claro que, las Islas Marshall están muy lejos. No hay motivo para interesarse por cosas que están tan lejos. Lo importante es lo cercano, lo próximo, así que podemos seguir tranquilamente, comiendo y bebiendo productos con trazas de radioactividad porque las 2.339 pruebas atómicas realizadas a lo largo de nuestra historia, todas ellas en lugares remotos, generaron partículas contaminantes que se han extendido a nivel global y se han integrado en todas y cada una de nuestras cadenas alimenticias

domingo, 18 de abril de 2021

La ciencia de la creatividad (8. Resultado final ideal)

   Uno de los rasgos distintivos de TRIZ consiste en que, a diferencia de la práctica habitual de la ingeniería, no se busca el “mejor sistema tecnológico”, ni el sistema tecnológico “óptimo”. “Optimizar”, se nos dice desde TRIZ, implica perder una enorme cantidad de recursos y de tiempo dando vueltas alrededor de soluciones no suficientemente rompedoras. O, por decirlo de otro modo, no hay nada creativo en “optimizar”. La optimización consiste en permanecer atrapados dentro de los límites de compromisos ya establecidos y que sólo a la larga, con la lenta evolución de los mismos, podrán ofrecernos algo significativamente mejor que lo existente. Nada de eso satisface a TRIZ. Desde TRIZ no se aspira ni a la optimización ni a la mejora, se aspira al ideal. Siempre y en cada momento debemos perseguir lo ideal. Aquí resuena de un modo llamativo la vieja idea leibniziana de que lo real se deja gobernar por lo ideal, pero Altshuller y su esposa, Valentina Zhuravlyova, no mencionaban a Leibniz como padre de la idea, sino al matemático George Polya en cuyo libro de 1965 Como plantear y resolver problemas, se señalaba la necesidad de “comenzar siempre por el final” (lo cual, digámoslo de paso, arroja ciertas sombras sobre el consenso existente entre los seguidores de TRIZ de que ésta no puede aplicarse a las matemáticas). Formulada así, constituye la norma básica de cualquier persona aficionada a resolver problemas de ajedrez. Ante un problema de ajedrez que termine con un mate, siempre hemos de preguntarnos en qué condiciones el rey se hallaría en mate. A partir de ahí resulta muy fácil reconstruir, marcha atrás, los pasos que hemos de seguir para llegar a ese resultado deseado. Precisamente en eso consiste el protocolo del “Resultado Final Ideal”. Ante todo, hemos de preguntarnos bajo qué condiciones el problema con el que tenemos que enfrentarnos habría dejado de existir. Si podemos encontrar la respuesta a esta pregunta, varias cosas habrán recibido una luz definitiva. En primer lugar, tendremos muy claro en qué consiste el problema y qué obstáculos existen para su resolución. En segundo lugar, aún más importante, tendremos una radiografía exacta de cuáles de nuestros planteamientos, supuestos y prejuicios formaban parte de los obstáculos para hallar dicha solución. Nada de esto quiere decir que hayamos encontrado ya el camino que nos enlaza con ella, de hecho, en TRIZ se nos anima a no preocuparnos, de entrada, por cómo vamos a llegar exactamente hasta ese resultado final idea. Nos hemos deshecho de lo que impedía encontrar dicho camino, hemos cobrado conciencia de su posibilidad y con ello ya hemos dado un significativo paso adelante. Sí, efectivamente, nuestro problema de ajedrez tenía una solución, no “es imposible” hallarla. Podemos hacer un alto en nuestro camino y, por ejemplo, utilizar una metáfora, un símbolo o una simple X para designar aquello que permite alcanzar nuestro resultado final ideal. El proceso a partir de este momento consiste, precisamente, en ir dándole rasgos a esa X.

   Altshuller proporcionó una fórmula que nos permite entender qué significa “ideal”:

Ideal=Beneficios/(Costos + Perjuicios)

Alcanzamos la “idealidad”, cuando los beneficios obtenidos con un sistema cualquiera superan ampliamente la suma de sus costos más los perjuicios que causa. Esta fórmula, parecida a la de costo-beneficio en economía, a la de eficacia en gestión de empresas y al cálculo del “valor” en ingeniería, no tiene pretensiones de arrojar exactamente una cifra matemática. Más bien se trata de que cobremos conciencia de cómo de lejos nos hallamos del ideal ya que éste sólo aparece cuando la fórmula da un valor cercano a infinito. Dicho de otro modo, el sistema técnico ideal no produce absolutamente ningún perjuicio, tiene un coste de instalación y mantenimiento cercano a cero y ofrece todos los beneficios que un sistema técnico puede ofrecer. Inmediatamente, ante esta formulación, pensamos: “imposible”. Ese “imposible” que tan rápidamente brota en nuestras mentes, indica de un modo nítido la inercia psicológica que nos cierra el camino para encontrar la solución al problema planteado. En efecto, imaginemos que tenemos una máquina del tiempo y que viajamos a principios del siglo XX. A la primera persona con la que nos topemos vamos a explicarle que tenemos relojes que no pesan nada, a los que no hay que darles cuerda, que no consumen ningún tipo de energía, que no se estropean jamás y que nos dan la hora sin el más mínimo retraso o adelanto. Oiríamos de su boca, muy probablemente, ese mismo “imposible” que nos asalta cuando hablamos del sistema técnico ideal. Y, sin embargo, precisamente en eso consisten los relojes de nuestros dispositivos móviles, en relojes que dan una hora exacta sin coste ni perjuicio alguno. Ahora ya tenemos una idea mucho más nítida de en qué consiste, la mayoría de las veces, un sistema técnico ideal: un sistema técnico cuyas funciones se han integrado en otro de nivel superior y que asume, como parte despreciable, las funciones del sistema que nos resultaba problemático. “No hay nada ideal ahí”, se me dirá, “un dispositivo móvil consume energía, pesa, se estropea y lo conforman elementos contaminantes o que cuesta verdadero sufrimiento conseguir”. Desde el punto de vista de TRIZ todas esas cuestiones, por lo demás indiscutibles, constituyen otro ejemplo de cómo el protocolo del resultado final ideal sirve para desvelar compromisos, mejoras, optimizaciones, que necesitamos superar mediante la búsqueda de un nuevo ideal y que, debido a nuestra inercia psicológica, habían permanecido hasta ahora invisibles a nuestros ojos. Efectivamente, nos acercamos a la época en que parecerá inevitable que nuestros dispositivos móviles ya sólo pueden “mejorar” y que hace falta dar un salto hacia un nuevo ideal. Aún más, si nuestros relojes parecen más ideales que los relojes que circulaban a principios del siglo XX y si nuestros dispositivos móviles no parecen tan ideales como los que circularán a principios del siglo XXII, se debe a que el resultado final ideal no constituye únicamente un protocolo de TRIZ para la creatividad, también constituye una ley de evolución de los sistemas tecnológicos: el desarrollo de los sistemas tecnológicos siempre se produce en la línea de una mayor idealidad, entendiendo esta “idealidad” en los términos de la fórmula mostrada antes.

domingo, 11 de abril de 2021

¿Hay alguien fuera?

   Mario Moretti, fundó las Brigate Rosse en 1970 y las lideró hasta su encarcelamiento una década después. Su fotografía colgó durante todo ese tiempo de las paredes de los cuarteles de la policía, las estaciones de trenes y los aeropuertos. Ya en la cárcel concedió una entrevista en la que contaba cómo había viajado por toda Europa, preferentemente en avión, para contactar con otros grupos terroristas. Cuando las periodistas le preguntaron si se había disfrazado o si se había afeitado su conocido bigote, les respondió que, en realidad, reconocer a una persona a la que sólo se ha visto en fotografías resulta extremadamente difícil. Si no te han avisado que va a pasar por ahí, decía, puede empujarte y no te vas a dar cuenta. Pues bien, en la búsqueda de civilizaciones extraterrestres intentamos reconocer en una calle atiborrada de gente a alguien a quien solo conocemos por una caricatura. Como llevamos un cierto tiempo intentándolo y no lo hemos conseguido, la opinión cualificada se ha dividido entre quienes piensan que esa persona no existe y quienes creen que deberíamos añadirle color a nuestra caricatura. Los argumentos sobre los colores que deberíamos añadirle resultan reveladores. Dado que nuestra civilización consume cada día cantidades ingentes de energía, señalan algunos, una civilización por delante de la nuestra debe consumir más, con lo que debe haber podido sacar esa energía de su sol, de las estrellas o de toda la galaxia. Dado que nosotros tenemos satélites orbitales alrededor de la tierra, argumentan otros, una civilización por delante de la nuestra debe tener más satélites artificiales, lo cual puede detectarse cuando su planeta se sitúe en la línea que une a su sol con nuestros observatorios. Dado que nosotros irradiamos por el espacio interestelar una enorme cantidad de información, apuntan los terceros, cualquier otra civilización tecnológicamente adelantada debe mandar más señales. En el siglo XIX, visionarios que creyeron poder adivinar el futuro, anunciaron que, en el siglo XX, la gente se desplazaría en globos que transportarían varios centenares de personas. Su mentalidad, fascinada por las posibilidades abiertas por los hermanos Montgolfier, les llevó a la conclusión “evidente” de que en el futuro, inevitablemente, habría más, más grandes y capaces de volar más lejos. Por algún “extraño” motivo, en el siglo XX los globos se convirtieron en una curiosidad y por algún “extraño” motivo, varias décadas buscando rastros de vida extraterrestre han concluido en fracaso. Y sin embargo, la posibilidad de que toda nuestra enorme y fantástica galaxia haya nacido únicamente para albergar a esta miserable criatura llamada ser humano parece tan retorcidamente perversa que casi no merece que la tomemos en cuenta. Todo indica, por tanto, que hemos cometido un error en nuestros razonamientos, pero, ¿cuál?

   Comencemos por la famosa ecuación de Drake. La ecuación de Drake estima la probabilidad de que existan otras formas de vida en la galaxia como el producto de siete factores, que incluyen la fracción de estrellas con planetas en su órbita, el número de dichos planetas orbitando en la "zona habitable", la parte de esos planetas en los que puede haberse formado vida, etc. En una ecuación en la que siete factores se multiplican, un error de décimas en la estimación de uno de ellos conduce a una desviación exponencial respecto de la realidad. No digamos ya si, como ocurre en la ecuación de Drake, unos factores dependen de otros, porque entonces los resultados de la ecuación, con independencia de su valor exacto, carecerán por completo de sentido. A todo esto hay que añadir que cualquier cálculo que efectuemos a estas alturas de la historia debe considerarse, como poco, precipitado. Las noticias acerca de exoplanetas descubiertos, que tan bien quedan en los informativos cuando no hay noticias que comentar, callan acerca del hecho evidente de que las hipótesis empleadas para buscarlos, por muy correctas que puedan parecernos ahora, no han tenido, ni tendrán en un futuro inmediato, corroboración empírica. Mejor no hablemos de lo que se llama “zona de habitabilidad” de una estrella, porque, dependiendo de diferentes circunstancias, las temperaturas en superficie de un planeta situado en dicha zona puede variar desde un centenar de grados bajo cero hasta centenares de grados sobre él. La ecuación de Drake, por tanto, sólo sirve para subrayar lo que ya sabemos por lógica, la improbabilidad de que no haya otra civilización en la galaxia aparte de la nuestra.

   Pero, ¿por qué no hemos podido encontrarlas? Tomemos la hipótesis de que, con instrumentos más potentes, podremos detectar los satélites artificiales alrededor de un exoplaneta. Si la civilización se encuentra más avanzada que nosotros, naturalmente tendrá más satélites en uso o, como habría razonado el siglo XIX, tendrá globos que transportarán a millares de personas. La lógica de tal razonamiento radica en suponer que la única solución posible siempre consiste en “más”. ¿Cuánto podemos avanzar en ese “más”? En apenas siglo y medio desde la revolución industrial hemos esquilmado buena parte de los recursos del planeta y lo hemos contaminado hasta un punto de no retorno. ¿Cuánto duraremos de seguir resolviendo los problemas con “más”? ¿otros 150 años? ¿Acaso todas las civilizaciones tecnológicamente avanzadas se hallan condenadas a desaparecer en un lapso de tres siglos desde el inicio de la revolución tecnológica? ¡No! responden nuestros obcecados expertos, porque habrán encontrado fuentes para obtener más energía… En realidad, como resultará obvio a finales de este siglo, las civilizaciones que se hallen unas décadas por delante de nosotros, sabrán ya que el “más” nunca soluciona ningún problema, sino que, simplemente, desplaza hacia el futuro la solución. Una civilización tecnológicamente por delante de nosotros no tendrá “más” satélites geoestacionarios que nosotros, habrá encontrado una manera diferente de resolver los problemas para los que instalamos satélites geoestacionarios. Y no tendrán problemas de recursos, porque habrán aprendido una manera diferente de producir energía, con huellas ecológicas mucho menores. Y, por supuesto, no despilfarrarán esa energía irradiando información en todas las direcciones del espacio, sino que harán llegar cada bit a su destinatario exacto, sin que nada se pierda haciéndolo llegar donde no hay nadie interesado en recibirlo. Así que cualquier civilización que se halle un poco por delante de nosotros, habrá creado un aislante informacional en su entorno y, desde luego no, cosa irrisoria, para esconderse y revelar su presencia sólo cuando nos hallemos preparados, sino porque de ese modo hace un uso mucho mejor de los recursos a su alcance de lo que se puede lograr con la fuerza bruta del “más”. Por tanto y, en resumen, cualquier civilización que nos haya adelantado, tecnológicamente hablando, nos resultará irreconocible porque no habrá ningún detalle en ella de la caricatura con la que la buscamos, la cual, digámoslo de paso, constituye una ridícula parodia de nosotros mismos. El habernos embarcado en la búsqueda de una civilización como la nuestra cuando ni siquiera sabemos cómo se ve nuestra civilización desde más allá del sistema solar, revela el catetismo de nuestros intentos. ¿Qué trazas, qué huellas, qué aspecto muestran las señales que emitimos desde la tierra cuando nos alejamos suficientemente de ella? Mientras no tengamos una respuesta a esta pregunta haríamos mejor encendiendo nuestras chimeneas con los billetes empleados en la búsqueda de vida extraterrestre. Y, desde luego, no porque no haya nadie ahí fuera.

domingo, 4 de abril de 2021

Ciencia en un cubo.

   Hace unas semanas, una entrevista con Alexandra Elbakyan en The Wire Science, levantó de nuevo una polémica sobre la que quisiera pronunciarme aquí, porque después digo unas cosas y la gente va contando por ahí que he dicho otras. Así que, para evitar interpretaciones que distorsionen mis palabras quiero dejar claro que NUNCA, JAMÁS, le he recomendado a nadie que se instale Telegram. Es cierto que esta aplicación se puede encontrar fácilmente en Google Play y que su instalación en ordenador, en móvil y en tablet resulta extremadamente sencilla. Es cierto que si uno se la instalara en los diferentes dispositivos, automáticamente se sincronizarían entre sí. Es cierto que, con independencia de cuáles puedan ser sus intereses, con toda seguridad, encontrará un canal que le mantendrá informado de un modo constante de todo lo que se va moviendo en ese campo de interés. Es cierto que no hay más que irse al icono situado arriba a la derecha, que es una lupa, para buscar los canales y que, para mantenerse vinculado a uno sólo hay que pulsar la pestaña de “Join Chanel”. Pero que NO se les ocurra hacer nada de esto. Si lo hacen, antes de que se den cuenta, tendrán las puertas abiertas a toneladas de contenidos inaccesibles de otro modo y se encontrarán descargando películas y libros, obteniendo enlaces para la retransmisión en directo de eventos deportivos, etc. Les recuerdo que el hecho de que a los clubes de fútbol se les subvencione directa e indirectamente con el dinero que ha pagado Ud. en concepto de impuestos, que muchos de ellos lleven décadas sin pagarle a la Seguridad Social o a Hacienca, que evadan impuestos descaradamente con fichajes, traspasos y todo tipo de operaciones en cantidades tales que podría hacer disminuir la presión fiscal sobre el común de los mortales, nada de eso le exime a Ud. de pagar por ver el sudor y las lágrimas de unos deportistas, igualmente evasores de los impuestos que Ud. paga, de los que viven, literalmente, decenas de miles de familias en este país. Y otro tanto cabe decir del cine. Es verdad que cada película obtiene beneficios antes de estrenarse por la publicidad encubierta que lleva. Es verdad que esa publicidad encubierta resulta despreciable comparada con la publicidad ideológica que encubren. Es verdad que, por ello, reciben el apoyo explícito de muchos Estados. Por supuesto que sólo se les permite arañar con sus críticas la piel del capitalismo, la coraza del pensamiento único, la armadura de nuestros sistemas democráticos de pega, para dejar claro que quien tiene dinero para financiar una película puede permitirse el lujo de criticar lo que quiera. Pero Ud. amigo mío, tiene que pagar por tragarse toda esa propaganda, para que así la respete y le sepa mejor al vomitarla. Y no me venga con el cuento de que entonces nada de esto es cultura sino pura y simple mercancía. La cultura, como todo el mundo sabe, no ha llegado a ser lo que es gracias a quienes, como Ud. han aprovechado cualquier resquicio para expandirla. Al secretismo, al control de lo que se publica, a los derechos de autor, debemos la expansión de la pintura, de la escultura y de la escritura. La cultura humana ha alcanzado los niveles que caracterizan a nuestra especie, gracias a quienes tanto se han esforzado por dejar sin ella a los que no pueden pagarla. La educación sí, la educación puede ser libre y gratuita, pero ¿los libros? Quien no pueda pagar un libro que no lo lea o que espere a que se traduzca y lo compre una biblioteca cercana, quiero decir, que se pudra esperando. ¡Los libros para quienes pueden pagarlos, puñetas! O a ver si va a ser Ud. de esos que pretenden que Gutenberg hizo más por los libros que Torquemada. ¿Dónde llegaríamos por aquí? ¿a que cualquiera pudiera realizar investigaciones sin estar sometido a la disciplina de una institución? ¿a que nuestras democracias permitiesen investigadores no subvencionados? ¿qué sería lo siguiente? ¿el pensamiento libre?

   Y, por supuesto, las revistas. La señorita Elbakyan ha soltado, nada menos, que ¡el comunismo es más acorde con la ciencia! ¿De dónde habrá sacado semejante herejía? ¿de cualquiera de los libros de filosofía de la ciencia del siglo XX? ¿de un curso elemental sobre historia de la ciencia? Está muy equivocada la Srta. Elbakyan. La ciencia no se basa en la publicidad, en compartir los resultados, en la colaboración. La ciencia se basa en el ocultismo, en aceptar las cosas sin crítica, en la autoridad de quien paga y manda. La ciencia consiste en que si un laboratorio recibe fondos obtenidos de todos los ciudadanos con el objetivo de realizar una investigación, para que los resultados de la misma lleguen a todos los ciudadanos, debe permitir que una empresa privada, como Nature, Wyler o Elsevier, se lleven una buena tajada, quiero decir, nos hagan pagar a todos otra vez por lo que ya hemos pagado. El pago doble, he ahí el santísimo corazón del capitalismo con el que quieren acabar los anarquistas violentos. Que sí, que el negocio de las publicaciones científicas promueve el sensacionalismo en ciencia, que importa más publicar pronto algo desconcertante, que algo que pueda considerarse científicamente asentado, que oculta a los ojos de todos, por ejemplo, los resultados poco alentadores de medicamentos fabricados por las empresas que tantos anuncios insertan en las revistas científicas. Pero, ¿qué es eso? ¿qué es la insignificancia de que las revistas científicas hayan abierto las puertas a fraudes cada vez más frecuentes en ciencia comparado con la magnitud de los beneficios...económicos para ellas? Debe haber cada vez más revistas científicas, cada vez más especializadas, con tiradas diarias, que cobren cada vez más por sus artículos, que exijan artículos cada vez más breves, más plagados de imágenes, cada vez con menos fórmulas, cada vez más impactantes y que sólo puedan consultar unos cuantos. ¡Así progresa la ciencia! ¡Así progresará más rápido! Por tanto, NO se les vaya a ocurrir JAMÁS, acceder a sci-hub.se, la página de la Srta. Elbakyan en la que pueden obtener gratuitamente una enorme cantidad de artículos científicos. Este deseo mío se ve ayudado por un buen número de servicios de Internet que bloquean dicha dirección mostrando que, entre la luz del saber y la oscuridad de las tinieblas, han elegido el lado correcto. Quienes NO lo tienen tan claro son los servicios gratuitos de VPN como https://www.4everproxy.com/, https://free-proxy-list.net/web-proxy.html., http://free-proxy.cz/en/web-proxylist/ o el explorador Opera con VPN incorporado, que siguen permitiendo el acceso a este sitio y muchos otros bloqueados. 

   Si, pese a mi advertencia, se empecinan en instalarse Telegram, NI SE LES OCURRA unirse al canal @scihubot para tener de modo inmediato, directo y gratuito en sus dispositivos el artículo que pidan en cuanto le suministren el DOI correspondiente. Como ya les he explicado, habrían elegido el lado equivocado de la lucha entre el bien  y el mal. No les voy a decir nada si, además, se unen también al canal @libgen_scihub_bot, la versión para Telegram de sitios perversos como como http://libgen.rs, https://libgen.me o http://en.bookfi.net desde los que pueden acceder a una infinidad de libros científicos y técnicos. ¡NO hagan semejante cosa! ¡líbrense de la pesadilla de una cultura para todos y gratuita! ¡apártense del infierno del saber libre!

Bien, ya he dicho lo que tenía que decir, que nadie me venga ahora con la milonga de que he dicho lo que no he dicho.