domingo, 25 de octubre de 2020

¡Contagiaos pero trabajad!

   Lo bueno de las crisis consiste en que ponen en su sitio a cada cual. Cuando las cosas van bien el capitalismo casi parece amable, existe preocupación por la salud, la cultura y la educación, y cualquier gestor puede pasar la criba de un análisis. Cuando las cosas se tuercen todo queda mucho más claro. Los sondeos vienen enseñándoles esta dura realidad a Donald Naranjito Trump desde hace meses. Mientras tuvo que gobernar un país más o menos estable y colocado por su antecesor en la senda que cualquier economista señalaría como correcta, pudo ir resolviendo los problemas que él mismo creaba sin demasiados contratiempos. Pero, ¡ay! llegó el coronavirus. Lo ha intentado todo contra él, ha avivado el resentimiento racial para aterrorizar a sus más fieles votantes y amarrarlos a su causa, ha sacado las tropas a las calles mostrándose como el protector de quienes más tienen que perder ante una revuelta social, ha acusado a chinos, a sus asesores científicos y a los gobernadores demócratas de haberlo causado todo y hasta ha fingido haber contraído el virus para demostrar que, en realidad, éste no existe, que él tenía razón y que es una gripe, aunque asiática. Negar los hechos, buscar “verdades alternativas”, afirmar que todo son interpretaciones, está muy bien.. hasta que contraes una enfermedad sin cura. Y una enfermedad sin cura amenaza ahora a toda la población mundial. La vergonzosa incapacidad de un gobernante para dar una respuesta, con independencia de su utilidad o coherencia, un plan, unas directrices, un gesto siquiera, de que semejante catástrofe importaba algo a la Casa Blanca, ha sumido a la primera potencia mundial en el caos de 50 modelos de gestión, de contabilización, de detección, de rastreo y de tratamiento de la pandemia ante los ojos atónitos de media humanidad.

   Pero si algo ha dejado en claro esta crisis es que Naranjito Trump apenas si constituye la parte visible de un enorme iceberg. Socialdemócratas, sindicalistas más o menos revolucionarios, “progres” de toda calaña, han venido repitiéndonos hasta la saciedad que teníamos que agradecer a sus luchas del pasado, su genuflexión ante el capitalismo, su olvido de las viejas soflamas marxistas, haber superado condiciones laborales terribles. Gracias a ellos las clases más desfavorecidas habían alcanzado el paraíso del estado del bienestar, la salubridad se había extendido en los lugares de trabajo y había nacido una conciencia generalizada de la necesidad de invertir en la salud entre los trabajadores. Hasta Foucault creyó ver en la extensión de la sanidad un modo de mantener en estado óptimo la fuerza laboral de Europa. Ahora podemos apreciar el alcance de semejantes logros. “Comunistas” como los que según muchos “liberales” gobiernan España no se cansan de repetir que los trabajadores deben acudir a sus puestos de trabajo aunque se contagien, enfermen y mueran. El descontrol absoluto de la pandemia en España sólo podría solucionarse mediante otro confinamiento general durante meses, pero tal confinamiento no se va a llevar a cabo porque es necesario insuflar en las venas productivas del país la cuota parte de sangre obrera habitual. “Contagiaos pero trabajad”, constituye el lema que puede oírse por doquier, desde Washington hasta Pekín. Únicamente ciegos y colaboracionistas continuarán negando que los sistemas de salud universal, que nuestra muy científica medicina, que nuestra farmacología, punta de lanza del progreso obtenible mediante la economía de mercado, sólo constituyen un gigantesco dispositivo de consumo y control por el que existe la decidida voluntad de hacernos pasar a todos, si es que alguien queda aún fuera de él. Cada uno de nosotros debe tomar algo contra todo, contra nada y contra esta enfermedad, la pasemos o no, porque, de lo contrario, temblarían los pilares mismos de la economía. Por eso tenemos que acudir a nuestros puestos de trabajo. No para realizar una labor que, en la mayoría de los casos, cualquier máquina mal montada puede hacer ya, sino para contagiarnos y convertirnos irremisiblemente en masa mórbida de una vez.

   Por supuesto, esta crisis ha denudado también la imagen que muchos países se habían formado de sí mismos. La China que aspira llegar a Marte no es capaz de controlar lo que ocurre en sus mercados de abasto, los EEUU camino de ser grandes de nuevo encabezan las listas de contagios y muertes, la Gran Bretaña a la que sólo le podían aguardar tiempos mejores fuera de la Unión Europea, sucumbe en el marasmo… España, sin embargo, una vez más, es diferente. Lo que llevamos visto en este 2020 sólo puede compararse a lo que este país vivió en 1898. Ni el repugnante espectáculo de madrepatrias arrojándose ciudadanos para que se les pasasen por alto sus corruptelas del 1 de octubre, ni el endeudamiento de todo un país para que un puñado de familias de banqueros no tuvieran que despedir a sus ayudas de cámara de la anterior crisis, ni la bochornosa bronca política empapada con la sangre de los muertos de los atentados del 11 de marzo, ni las orondas barrigas de los jerifaltes franquistas, nada ha habido más denigrante para la imagen que un país puede hacerse de sí mismo que las decisiones políticas que se han ido tomando aquí en los últimos seis meses.

   Cuando era evidente que el modelo de gestión de la crisis sanitaria en febrero y marzo había brillado por su improvisación, ausencia de cálculo y precipitación, se decidió empeorar las cosas. Como la gestión centralizada europea parecía haber obtenido mejores resultados que el caos sanitario norteamericano, se decidió copiarlo. Cataluña había demostrado que entregar competencias a las autonomías sin ponerles límite legal alguno sólo puede conducir al desastre. El PP y Vox, cargaron con ferocidad contra el independentismo cerril. Ahora el virus se ha cebado con la Comunidad de Madrid en la que ha circulado sin control desde el primer día. La señora Ayuso, contra la que no quiero cargar demasiado las tintas porque me enseñaron a ser respetuoso con los enfermos mentales, decidió hacer como su ídolo Naranjito Trump, pillar el virus y mirar para otro lado. Llegó un punto en que el gobierno central pareció amenazar con el artículo 151, mientras el PP y Vox clamaban contra el maltrato de Madrid por parte del gobierno central. “Madrid nos roba” estuvieron a punto de decir los políticos madrileños de derecha. 

   Si todavía quedaba alguien que no hubiese visto en este ignominioso espectáculo, mientras las morgues de los hospitales se saturaban, los barcos de madera de Cavite, le aguardaba lo de esta semana. Los contagios se multiplican cada día que pasa. Nuestros políticos, una vez más a la altura de las circunstancias, han necesitado largas negociaciones, las declaraciones televisadas de una decena de presidentes de autonomía, la aquiescencia de un gobierno catalán que se ha quejado de la necesidad de actuar de acuerdo con los demás integrantes del mercado que tienen sus productos y la apelación al estado de alarma… para cerrar los bares más temprano. Exactamente, ¿qué estudio científico demuestra que la escalada de contagios se debe a lo que ocurre a partir de las diez de la noche en bares y restaurantes? A la inversa, si los bares y restaurantes se han convertido en centros de contagio, ¿por qué no clausurarlos? Y las mascarillas, ¿no iban a parar esta enfermedad o sólo sirven en el trabajo? Porque, dado el número de muertos habidos y por haber, la otra opción, la de que estemos hablando de la típica solución política que consiste en aparentar que se hace algo sin cambiar nada, conllevaría responsabilidad criminal. 

domingo, 18 de octubre de 2020

Inventando la ciencia (2 de 2)

   Dede luego, pueden encontrarse en Leibniz textos en los que critica con dureza la alquimia y sus pretendidos conocimientos, pero esas críticas resultan indisolubles de sus propios estudios alquímicos y de su correspondencia con los más notables versados en tan antigua disciplina. Más que de un rechazo de la alquimia como tal, hay en Leibniz un rechazo de determinados estudios alquímicos muy cercanos al puro engaño y, por tanto, la decidida voluntad de convertirla en un cuerpo de conocimientos fiables, aprovechando lo mejor de la misma. No debe sorprendernos, pues, que se dirigiera a Homberg en 1711, pidiéndole que publicara sus resultados sobre la transmutación del plomo en oro. Quiero decir, Leibniz le escribió a “un” Homberg, el Homberg dedicado a la búsqueda de la piedra filosofal. También existió “otro” Homberg, el Homberg en el que los químicos se reconocen como uno de los primeros que puso los cimientos de su disciplina. Este segundo Homberg dirigió la sección química de la Académie Royale des Sciences de París entre 1695 y 1715, favoreciendo enormemente la creación de laboratorios de “química mecánica”. El primero de estos Hombergs se hallaba extremadamente próximo al que en su tiempo se consideró el polo de atracción de todo el hermetismo francés: el duque de Orléans. En los laboratorios privados de éste, según la madre de Felipe I, ambos fabricaron oro. Sin duda, el antecesor de Homberg en la Académie y padre fundador de los laboratorios de química en la misma, Samuel Cottereau Duclos, hubiese sentido envidia de escuchar semejantes noticias, pues a esta búsqueda se dedicó durante toda su estancia en la muy científica academia como cabeza visible de la “química oficial”, quiero decir, “mecánica”. Esta situación, de científicos con doble personalidad se prolongó durante mucho tiempo en el caso de la química. 

   En Alemania, se buscaba oro en el plomo todavía en 1750, algo que ha solido excusarse apelando a la inexistencia de un poder centralizado que permitiera poner orden científico en el proceloso mundo de las retortas. Pero en Suecia existía un remedo de la Académie francesa desde 1739. Entre quienes la impulsaron se encontraban el conde Gustav Bonde, una de las figuras prominentes de la política de aquella época que ya en 1730, como rector de la Universidad de Uppsala, había propuesto la creación de un laboratorio químico. Bonde favoreció como ningún otro la implantación de una química “mecánica” que en apenas dos generaciones eliminaría cualquier práctica alquímica de las instituciones oficiales. Pero ni Bonde ni sus inmediatos sucesores pertenecieron a esa generación. De hecho, hablamos de uno de los más afamados alquimistas y estudiosos del hermetismo de Suecia. A su muerte en 1766, cuando Daniel Tilas, director de la Junta General de Minas, tuvo que hacer su panegírico ante una Academia Sueca de las Ciencias, ya repleta de químicos que aborrecían las oscuras superficies por entre las cuales surgió su disciplina, hizo uso precisamente del modelo de Mandeville que ya hemos citado: a Bonde le adornaron todo tipo de virtudes en su vida pública, lo que hiciera en las profundidades de sus aposentos no le incumbía a nadie. Dada la dimensión del personaje, todo el mundo tomó la argucia de Tilas por un acierto y se llegó al acuerdo de no escarbar más allá, siguiendo una línea marcada por Fontenelle en Francia más de cuarenta años y que podía remontarse al mismo acto fundacional de la Académie francesa. Jean-Baptiste Colbert prohibió expresamente dos frutos a quienes, a partir de entonces, encarnarían de cara al público lo que se iba a considerar de modo oficial la “ciencia”: la transmutación de los metales y la astrología. Con extraordinario acierto, Lawrence M. Principe (2008, 24) nos previene sobre lo obvio que pueda parecernos semejante advertencia. Nosotros vemos en la prohibición de estos fines el modo cierto de separar la “ciencia” verdadera de la “pseudociencia”. En Colbert habría, pues, la voluntad explícita de atenerse a los hechos y olvidar las consideraciones metafísicas y morales implícitas en toda alquimia. En realidad, aceptando tal idea, nos limitamos a interpretar sus palabras. En 1666, la química no tenía más “hechos” que los hechos alquímicos, más datos “científicos” que los derivados de los escritos de "Hermes Trismegisto", ni más procedimiento que los seguidos durante siglos por una pléyade de aficionados incapaces de articular el más mínimo protocolo o estándar. Colbert y este constituye el punto al que queríamos llegar, no defiende la ciencia, la hace nacer. Defiende, en realidad, unos poderes establecidos que entendían sus umbrales de posibilidad en términos de simbolismo, exactamente los mismos símbolos en los que se habían demostrado duchos Dee, Cardano, Hombeg, Duclos y Bonge, los símbolos de los que quería apropiarse en exclusiva. La prohibición de investigar la transmutación de los metales y la astrología significa arrebatar a los “científicos” los dos terrenos en los que de un modo más inmediato podían intervenir a favor o en contra de los poderes establecidos. Se pretendía, en definitiva, forjar una ciencia inarme a partir de lo que hasta ese momento había constituido un saber nómada y selvático. 

   Quienes hablan de la ciencia como algo libre de prejuicios metafísicos o morales, aún más, quienes cifran en esa libertad el secreto de su triunfo, se limitan a repetir las consignas de Colbert y de los sucesivos gobiernos nacionales para traer a capítulo a academias siempre predispuestas a obviar los límites marcados en sus actas fundacionales. El poder y, particularmente, los poderes políticos, tratan desde el siglo XVII de construir una ciencia a imagen y semejanza de la política creada por Maquiavelo. El éxito de semejante empresa, sin embargo, sigue lejos de poderse considerar asegurado. Tal vez una ciencia libre de metafísica, de moral y hasta de consideraciones políticas, podría avanzar más rápido o, tal vez, más lento. En cualquier caso, carecería del menor poder vocacional. No hay científico de mediano prestigio que haya llegado a enredarse en fórmulas sin responder previamente a la cuestión metafísica de qué debe considerarse un hecho y a la cuestión moral de a qué tipo de explicación de los hechos debe entregar lo mejor de su vida. No obstante, que los filósofos del siglo pasado aceptaran como rasgo descriptivo de la ciencia el discurso emanado del poder, que hayan interpretado los escritos del pasado como obras de casos clínicos de personalidad múltiple, que se empeñen por ver mitades de realidad para no extraer la conclusión de que magia, ciencia, matemáticas, filosofía, metafísica, moral y aún política, formaron parte de un mismo impulso, de una misma corriente que vivificó todas las formas de saber que han llegado hasta nosotros, el que, a la inversa, se hayan empeñado en defender la interesada miseria de que sólo puede haber metafísica y moral en los libros de filosofía, todo eso, demuestra que a este discurso oficial ya no le queda mucho para imponerse.



   REFERENCIAS

   Lawrence M. Principe, “Transmuting Chymistry into Chemistry: Eighteenth-Century Chrysopoeia and Its Repudiation”, y Hjalmar Fors, “Speaking About the Other Ones: Swedish Chemists on Alchemy, c. 1730-70”, en José Ramón Bertomeu-Sánchez, Duncan Thorburn Burns y Brigitte Van Tiggelen (Editors), Neighbours and Territories, the Evolving Identity of Chemistry. Proceedings of the 6th International Conference on the History of Chemistry, Mémosciences, Louvain-la-neuve, 2008, págs. 21-35 y 283-91 respectivamente.

domingo, 11 de octubre de 2020

Inventando la ciencia (1 de 2)

   A finales de agosto de 2.009, un puñado de los mejores filósofos e historiadores de las matemáticas vivos se reunieron en Gante para contarnos los "Aspectos filosóficos del razonamiento simbólico en los inicios de la matemática moderna". Sus ponencias aparecieron en un número monográfico de los prestigiosísimos Studies in Logic (Vol. 26, 2010). La lectura de estas páginas arroja significativa luz sobre cómo surgió lo que hoy día entendemos como matemáticas, recordemos, ciencia aséptica donde las haya respecto de intereses, sesgos, preconcepciones y, en definitiva, respecto de cualquier preocupación que pueda tener el común de los mortales. Con ella se aprende mucho, pero, sobre todo, se aprende mucho de todo aquello sobre lo que no se arroja ninguna luz, de lo que permanece entre las líneas de este volumen sin llegar a mencionarse, de su innombrado. Tomemos un caso en apariencia insignificante, el modo como se tradujo los Elementos de Euclides al inglés. El estudio dedicado al tema, se centra, con extraordinario buen criterio, no en si la traducción de tal o cual término puede considerarse correcta, algo bastante secundario, sino en las representaciones gráficas con las que se acompañó cada una de las traducciones que aparecieron entre 1551 y 1571. Se nos muestra un campo de estudios de gran densidad, que desborda ampliamente las páginas que se le dedican. Por tanto, se deja que ese desbordamiento se produzca en un sentido muy conveniente. Por ejemplo, una de las traducciones de los Elementos, ni siquiera lleva tal nombre, sino que la publicó Leonard Digges, bajo el título Pantometría. A esta "aplicación práctica" de la geometría euclídea, a su "explicación" con ejemplos, la acompañan todo tipo de ilustraciones en las que los puntos, las líneas, los triángulos, quedan embebidos en paisajes, muchas veces de motivos bélicos y otras mucho menos comprensibles. Caballeros y damas intervienen en estas figuras ejemplares, cuando no instrumentos "para su dibujo". Incluso en las ilustraciones que se nos muestran en estas páginas de los Studies in Logic, hemos de suponer, elegidas por la nitidez de lo representado, hay algo que inquietará a cualquier lector que se haya enfrentado con los símbolos de los libros de alquimia, algunos de ellos, deliberadamente diseñados para que los desconocedores de los arcanos de dicha disciplina los contemplen sin hallar nada reseñable. Pero la inquietud se convierte en algo más que sospecha cuando uno se encuentra, una y otra vez, con el nombre de John Dee, impulsor de todas las traducciones al inglés de los Elementos aparecidas en la época y conocido, cuando no maestro, de quienes las firmaron.

Por “John Dee” se entiende en estas páginas de las actas de un congreso alguien en quien los matemáticos reconocerán fácilmente el origen de su ciencia, al joven de veintipocos años invitado a la Universidad de París para dar clases de álgebra. Pero entre 1551 y 1571, Dee ya no tenía veintipocos años y sus estudios sobre álgebra se habían demostrado una parte insignificante de un proyecto más amplio, que incluía hallar un lenguaje universal que le permitiera la comunicación con los ángeles (sic). Mientras avanzaba en las matemáticas, Dee profundizó en la magia, la astrología y el hermetismo, algo que lo condujo desde las mazmorras, bajo la acusación de haber calculado el horóscopo de la reina María, hasta convertirse en consejero de la reina Isabel y de otras cabezas coronadas de Europa. Así pues, si hemos de creer la reconstrucción de los hechos habituales del siglo XX, existió un “John Dee” oscurantista y hermético y un “John Dee” matemático e impulsor de los estudios euclídeos, separados por una fina línea aunque cohabitantes del mismo cuerpo. 

   No hace falta salir de las páginas del volumen mencionado para encontrar, reiteradamente, casos de doble personalidad en la historia de las matemáticas. Los matemáticos actuales no tienen dificultades para reconocer y para reconocerse en las fórmulas de Descartes. Ahí el álgebra aparece configurada tal y como se enseña en las escuelas. Sin embargo, esta configuración no se hubiese producido si la ciencia nacida en el Magreb y llegada a Europa a través de los comerciantes italianos, no hubiese pasado por las elaboraciones de Girolamo Cardano. Una vez más, tenemos a un “Cardano” médico, ingeniero y matemático que habitó en el mismo cuerpo que “el otro Cardano”, el que escribe varias enciclopedias compendiosas de todo el saber, incluyendo el hermético, un Libro de los sueños y al que se le atribuye una Kabala amorosa. A este "otro Cardano", dio motivos para olvidarlo el propio Cardano, quien, en reiterados conflictos con los poderes establecidos y con la Inquisición, escribió un par de autobiografías en las que dejaba su vida limpia como una patena de cualquier cosa que pudiera oler a hermetismo. El lector podrá encontrar con facilidad sensatas críticas de estas autobiografías que las califican de “magistrales”, tal vez porque contribuyeron de modo decisivo al triunfo de un cierto discurso, un discurso muy conveniente, que acabó constituyendo las ciencias modernas, el discurso que aquí perseguimos.

   Un caso más lo podemos encontrar en Leibniz y Newton. En Gante se los identificó como iniciadores de un proceso de manipulación de los símbolos algebraicos que permite la construcción de nuevas realidades sobre el único y exclusivo fundamento de la sustitución de unos símbolos por otros. Pero, en este proceso de configuración de las matemáticas tal y como hoy las entendemos, se omite por completo lo que ambos, asombrados, contemplaban, algo que, mucho antes de que el álgebra llegara a las tierras europeas, ya lo había preconizado los escritos de Hermes Trismegisto. Newton, ya lo he dicho varias veces, dedicó la práctica totalidad de su vida a la alquimia. Casi tuvieron que empujarlo a robarle algo de tiempo para escribir las dos obras por las que se le reconoce como padre de la ciencia en el sentido moderno, los Principios matemáticos de la filosofía de la naturaleza y la Óptica. De “ambos” Newtons, nos hemos quedado con uno y hemos dejado “al otro”, reducido al ámbito de lo privado en el que, ya sabemos, no importa qué vicios se practiquen. No debe sorprendernos que Leibniz resulte en toda esta serie de reconstrucciones artificiales de hechos históricos de extrema complejidad un personaje incómodo. Ni siquiera quienes tienen un conocimiento superficial de él pueden pretender desgajar el Leibniz matemático del metafísico, porque entonces habría que desgajarlo también del filósofo, del geólogo, del político, del inventor, etc. etc. y, lo que resulta más divertido, en tal proceso de desgajamiento, simplemente, no quedaría Leibniz alguno. Los leibnicianos, por tanto, no se centran en “este” o “aquel” Leibniz, intentando reducir al resto a la insignificancia sino que, por encima de todo, pretenden haber descubierto que “este” o “aquel” Leibniz manda sobre la legión de todos los demás, porque no puede ocurrir que Leibniz, que Newton, que Cardano, que John Dee, tuvieran como único interés la ampliación del conocimiento y la perfectibilidad humana y todo, todo lo demás, incluyendo las matemáticas, la física, la filosofía, la magia y la alquimia aparecieran únicamente como canales alimentados por ese impulso único.

domingo, 4 de octubre de 2020

Los progresos del cine desde Chaplin y Lloyd

   En otra vuelta de tuerca sintomática del mundo que nos ha tocado vivir, acaba de aparecer una versión en blu-ray de Safety last (El hombre mosca) de Harold Lloyd, película muda estrenada en 1923. Ahora ya podemos disfrutar de las andanzas de Lloyd en perfecto 4K y oír su banda sonora en Dolby ProLogic 7.1, algo que nos proporcionará sin duda… ¿Qué nos proporcionará? ¿El número de píxeles de cada fotograma hará más angustiosa la ascensión del señor Lloyd? ¿hará más divertida la escena de la paloma? ¿viviremos con mayor intensidad el momento en que se queda colgado de las manillas de un reloj en movimiento? ¿Había algo que añadirle a Safety last para hacerla mejor? Todavía más, ¿hay algo mejor que Safety last?

   Como ya he explicado varias veces, el cine juega para nosotros el papel que la mitología griega o romana ocupó en esta parte del Mediterráneo durante siglos. Da cohesión, ofrece un sentido a hechos que carecen de él, justifica formas de poder establecidas, inocula en nuestras cabezas modos de vida deseables, se utiliza como suelo firme sobre el que construir la reflexión filosófica, crea estereotipos con los que se identifican los individuos y genera dispositivos para la redistribución de riqueza. Pero, claro, a veces se alza, incómoda, la cuestión de qué sustenta esta mitología, porque ninguna de dichas funciones puede utilizarse para justificarla sin desvelar su verdadera naturaleza. Para mantener viva la mitología se utilizó el famoso recurso a las vidas ejemplares, cierto ser humano al que se le apareció tal o cual dios, cierta ciudad que tuvo un incidente con esta o aquella diosa, en definitiva, el recurso que acaba por desvelar qué debe considerarse un libro de autoayuda o no: esa persona que, sin nombre, ni oficio definido y en una época indeterminada hizo esto o aquello y le fue muy bien. Algún día alguien debería escribir un libro sobre personas, empresas y organizaciones que siguieron a pies juntillas los consejos de los más punteros expertos en escribir libros sobre cómo alcanzar el éxito y que acabaron hundiéndose en la miseria. Pero me he desviado del tema. 

   El cine oculta sus serviles funciones hacia lo dado bajo la pátina de "arte". No voy a discutir que alguna película concreta, pueda caer evidentemente bajo esta categoría, casi siempre, como resultado más de un incomprensible azar que debido al propósito original. Pero si no hablamos de esta o aquella película, sino "del cine", la realidad que se nos muestra ofrece un cariz mucho menos dulce.

   Safety last se estrenó en 1923. Ese mismo año se estrenaron Los diez mandamientos de Cecil Blount DeMille, Una mujer de París de Charles Chaplin y debería haber visto la luz también Avaricia de Erich von Stroheim, pero la productora decidió meter la tijera en sus casi nueve horas de duración y la versión recortada no llegaría a los cines hasta el año siguiente. No voy a pedirles que comparen cualquiera de estas cuatro películas con lo mejor estrenado este año. Ya saben, el coronavirus... los problemas en los rodajes... el retraso que ha sufrido todo… Pero les apuesto lo que deseen a que las cuatro mejores películas que se estrenen en 2023, un siglo después de ese año 1923, no merecerán ni la más superficial comparación con aquéllas. Dicho de otro modo, si al cine hubiéramos de otorgarle aún el calificativo de "arte", necesariamente tendríamos que considerar que se trata de un arte en decadencia desde hace mucho. 

   Cecil B. DeMille, que tenía una ácida visión de sus compatriotas, afirmando que sólo les interesaba el sexo y el dinero, llegó a los años 20 con una sólida reputación como director. En lugar de dedicarse a rodar una trilogía con sombras o con vampiros, lanzó un reto a sus espectadores: rodaría la historia que ellos eligiesen. Reto que en nuestra modernísima época en la que hemos inventando el crowdfunding, han seguido también reputados directores como… ¿Hay algún director/productor de nuestros tiempos que se haya atrevido a salir de su zona de confort mediante un reto semejante? La propuesta ganadora abrió las puertas a Los diez mandamientos, película dividida en dos partes, una dedicada al relato de la Biblia y otra al modo en que dos hermanos norteamericanos de principios de siglo se comportaban respecto de ellos. Desgraciadamente, se convirtió en una de las películas más taquilleras de todos los tiempos y a DeMille, seducido él mismo por la atracción del dinero, lo recordamos hoy como un director de cine bíblico.

   Charles Chaplin no necesitaba retar a sus espectadores para arriesgarse. El creador de la figura de “Charlot”, el rey de la comedia, el rostro más reconocible del cine, decidió en 1923, abandonar todo eso, rodar una película en la que ni siquiera se lo ve, protagonizada por una mujer y sin una sola escena que pueda inducir no ya a la carcajada sino a la más leve sonrisa. Una mujer de París muestra su talento bestial para construir personajes de abisales profundidades psicológicas y se la considera una obra maestra pese a que, obviamente, el público que acudió a las salas esperando encontrarse otra vez con Charlot, le dio la espalda.

   Resulta muy difícil decir qué relación con el público deseaba tener Erich von Stroheim. Como director tuvo sistemáticamente problemas con los productores por su obsesión por construir una obra de arte total, con independencia de que entrara en los estándares comerciales o no. Sistemáticamente los rodajes salidos de sus manos tenían un mínimo de cuatro horas de duración, horas, por otra parte, a las que nadie de quienes pudieron contemplarlas le negaron nunca su carácter de arte en estado puro. Recorticheadas, manipuladas, saboteadas, llegaron a las pantallas y hasta nosotros, mostrándonos su obsesión por los aspectos más oscuros, en ocasiones siniestros, que nos adornan a todos y cada uno, como esa pareja protagonista de Avaricia que desde un entorno como el que cualquiera puede ver a su alrededor, se precipita a los infiernos en un espectáculo tan enfermizo como absorbente.

   En Safety last, Harold Lloyd no se propuso dibujar una caída sino un ascenso, el ascenso social de un joven pueblerino en una gran ciudad norteamericana. A diferencia de Chaplin, que siempre encarnó el personaje en los bordes de la ley, desafiante de los poderes establecidos, crítico con el capitalismo salvaje tal y como se desarrollaba en los Estados Unidos, Lloyd encarnaba la otra cara, la del americano medio que con ingenio y osadía enfrenta los peligros para salir triunfante… Salvo en esta película. Frente al "safety first" (“la seguridad, lo primero”), omnipresente en los lugares de trabajo, Lloyd nos deja muy claro que en nuestras sociedades capitalistas los que nada o muy poco tienen, sólo pueden ascender socialmente poniendo en riesgo sus escasos bienes, su salud e incluso su vida. Sólo a quienes se atrevan a la locura de iniciar el ascenso de un rascacielos con el único arnés de su valor, les espera al final el beso de su chica y una recompensa económica. Lloyd, ciertamente, no puso en juego tanto. Ya con una sólida carrera profesional y un agudo sentido visual, montó los escenarios en las azoteas de diversos edificios de Los Ángeles, de ahí las sucesivas inconsistencias de los fondos de cada toma, algo que el espectador actual, con sus miles de píxeles por centímetro cuadrado de pantalla sigue sin notar, atrapado, como suele quedar, en la angustia de una escalada al borde del abismo. Lisa y llanamente, no hay una secuencia semejante en la historia del cine. De un fotograma a otro nos hace pasar alternativamente del horror al despiporre para culminar en ese icono del cine de todos los tiempos y retrato minucioso de nuestra época contemporánea: el hombre cuyo destino depende de las inmisericordes agujas de un reloj. Probablemente habría que remontarse a la caverna de Platón para encontrar una alegoría que diga más y en más sentidos de todos nosotros. Después de casi cien años, después de haber pasado por carretes, por bobinas, por cintas, por discos y por la intangibilidad de Internet, sigue sin haberse rodado nada comparable. Ni siquiera el propio Lloyd lo consiguió. Atrapado en cierta hubris, volvió a rodar esta misma secuencia en cine sonoro, sin conseguir que el público reviviera lo que provoca en nosotros la original, porque el arte no depende de las técnicas que se pongan en funcionamiento, sino de cómo se haga y en esto, el cine no ha progresado lo más mínimo en el último siglo.