domingo, 26 de abril de 2020

Adiós a la filosofía.

   LLevo tiempo sospechando que abandoné el campo de la filosofía allá por el cambio de siglo, porque no consigo encontrar mucha relación entre lo que yo voy dejando escrito por ahí y lo que puede leerse en los libros, artículos y conferencias que publican quienes aspiran al calificativo de “filósofo”. La recopilación de textos Sopa de Wuhan no sólo ha corroborado mis sospechas, sino que, a partir de ahora, consideraré un insulto personal que me comparen con quienes firman esas 188 páginas de soplapolleces. No hubiese resultado justo pedir a quienes hacen filosofía en estos tiempos que se oliesen la densidad de problemas filosóficos escondidos bajo el concepto de “contagio”; ni que tuvieran una idea, siquiera elemental, de cómo funciona el sistema inmunitario; ni siquiera que acertaran a ver que lo llamativo de esta enfermedad radica en que, por primera vez en mucho tiempo, no ha salido de uno de esos laboratorios de experimentación social llamados “departamento de marketing”. Debía pedírsele, pensaba, que, hijos de la filosofía de la sospecha como se creen, sospechasen de lo que dicen los medios de comunicación, que hicieran genealogía en lugar de buscar míticos orígenes romanos, ¿qué menos que citar correctamente a Foucault? Ni a eso llegan. El coronavirus les ha pillado discutiendo acerca del sexo de las interpretaciones, del mejor bagaje conceptual para entender la última película de culto, de cómo hacer otro refrito con los viejos tópicos típicos de la hermenéutica, la fenomenología y/o el dialogismo. Algún incauto ha acudido a ellos para exigirles que piensen creativamente acerca de la realidad y el resultado produce vergüenza sonrojante. Afortunadamente para mí, ya, sonrojante vergüenza ajena.
   Los hay que se atreven a pronosticar que el móvil y la tarjeta de crédito se utilizarán en el futuro para escudriñar nuestra más cotidiana vida, como si no se los hubiera puesto a nuestro alcance precisamente para eso. Los hay que hacen un uso tan irrestricto del “ser” que les da igual decir que "el virus es una pandemia" o que "el siglo XXI es una pandemia", y cabe preguntarse por qué se quedan ahí y no afirman también que una pandemia es un kiwi, que un kiwi es una pandemia, o que el siglo XXI es un kiwi (seguro que quienes se aferran con desesperación al "ser" incluso encontrarán un sentido a desvelar en estas afirmaciones). Los hay que, después de que las enfermedades mentales catalogadas se hayan duplicado en los últimos 50 años; después de que su tasa de prevalencia se eleve al 300% de la población; después del “descubrimiento” de la osteoporosis, el colesterol, la hipertensión, el déficit de atención y el síndrome de las piernas inquietas; después de que se nos vaticine que pronto "todos seremos biónicos" porque hay un implante esperándonos a la vuelta de la esquina; después de todo eso, afirman que el modelo de nuestra sociedad lo constituye ¡¡¡un cuerpo inmune!!! 
   Pero, claro, siempre tendremos a los grandes referentes de la filosofía del nuevo siglo, como ése que achaca el habitual uso de mascarillas en Oriente no a la pésima calidad del airea sino a “una diferencia cultural”. Da el número en bruto de cámaras en China para demostrar la intrínseca malignidad del gigante vecino, pero no cita que si tomamos esa cifra en términos relativos, hay una densidad de cámaras por habitante en la muy liberal Londres que hace palidecer a cualquier ciudad asiática. Afirma con rotundidad que a este virus lo pararán las mascarillas. No los guantes, que eso da igual, sino las mascarillas. Y a continuación relata con primosoros detalles las cualidades de cierto tipo de mascarillas que se fabrican en su país. Cabe preguntar si todo eso lo “cree”, forma parte de lo que “se dice” en los telediarios que ve o si ha encontrado un sólido argumento para sostenerlo en la cuantía del ingreso bancario que le han hecho llegar por tan poco disimulada publicidad encubierta. No tengo la menor duda de que a alguien tan dotado para venderse al mejor postor lo encumbrarán pronto a la categoría de gran filósofo de nuestros tiempos. Va a desbancar a otro que tampoco lo hace nada mal. En esta recopilación lo vemos defendiendo que el capitalismo, que durante dos siglos se ha adaptado a todo, no sobrevivirá a dos meses de parón. Uno lee la fuente de publicación original del texto, Sputnik, y entiende lo que subyace al argumento. Al fin y al cabo, quien paga, manda (hasta manda los textos ya escritos para que sólo quede firmarlos). A esta “discusión” se apunta también otro, que saca pecho con modelos de flujos de capital, como si el capitalismo pudiera caracterizarse en términos de flujo de capital… El capitalismo ha sobrevivido porque no hay sistema comparable a la hora de producir, no mercancías, ni satisfacción de necesidades, ni, mucho menos, flujos de capital, sino ilusiones. El capitalismo no vive en los bancos, ni en las bolsas, ni en las empresas, anida en esas ilusiones de las que no sabemos deshacernos porque seguimos imbuidos en él. En las ilusiones que ahora albergamos todos de salir a tomar una cerveza, comer en un restaurante y hacer un viaje, ahí sigue agazapado el capitalismo, como hambriento león del circo, esperando que nos abran la jaula para devorar al primer cristiano indefenso que encuentre a su paso. Ese día, se liberará de nuevo a los filósofos de la carga, demasiado pesada para ellos, de pensar críticamente la realidad y podrán volver a lo que vienen haciendo desde que comenzó el siglo XX: tergivesarlo todo para que quienes detentan el poder puedan seguir mangoneando sin que nadie señale su desnudez.

domingo, 19 de abril de 2020

Amadeus

   Ahora que todo el mundo recomienda películas clásicas, me acuerdo de Amadeus de Milos Forman, estrenada en 1984 a mayor gloria de una de las leyendas de la música clásica de todos los tiempos, el envenenamiento de Mozart por su muy envidioso rival Salieri. La gran virtud de la película de Forman consiste en alejarse deliberadamente de cualquier hecho constatable para entregarnos lo más intangible de la realidad. Ni a Mozart lo asesinó Salieri, ni Mozart murió envenenado, ni tenía una risa tonta. Pero, por medio de estos elementos mitológicos, Forman nos acerca, probablemente muchísimo, a lo que debió suponer Mozart para la casta de compositores de la época y, probablemente, aún más, a los ambivalentes sentimientos que debió despertar en el Salieri real. A este respecto, debemos recordar que Salieri tenía, entre otros, el cargo de compositor de la corte, un prestigio como músico y, especialmente, como profesor (acabaría dándole clases a Beethoven, Schubert y Liszt entre otros) y, derivado de todo ello, una acomodada posición social y económica que le permitió mantener a los ocho hijos habidos con su mujer y ciertos escarceos extramaritales. Frente a él, Mozart llegó a Viena todavía con la marca del zapato del mayordomo del arzobispo Colloredo en su trasero. Así pues, Salieri lo tenía todo y Mozart, nada y nunca progresaría en Viena más allá, mientras que la figura de Salieri continuó asentándose incluso durante la estancia de Mozart en la capital austríaca. Y, sin embargo… Sin embargo, desde otro punto de vista, Mozart lo tenía todo y Salieri muy poco. Compositor de categoría notable y con piezas muy agradables de escuchar, palidece ante cualquier cosa salida de las manos de Mozart. En realidad, lo escrito por cualquier compositor de la época (y de la mayoría de los que vinieron después de él) palidecía ante las piezas más insignificantes de Mozart. Nadie podía comparársele y todos lo sabían y en especial debía saberlo Salieri, tan dotado él mismo y tan capaz de comprender los límites humanos por su labor como maestro. Frente a él se plantó aquel personajillo infantiloide, de vida disipada e incapaz de modestia, de cuya cabeza salían directamente partituras extraordinarias a las que no hacía falta añadir corrección alguna. En eso precisamente se centra la película de Forman, en el Mozart que nos entregan los ojos de Salieri interpretado, como siempre magistralmente, por un Murray Abraham que le da todos los matices de admiración, odio, envidia e incomprensión que el personaje necesita. De hecho, la película comienza por el único punto verídico la “confesión” que hizo Salieri, sumido ya en la demencia senil por la edad, de haber matado a Mozart. Ese hecho dio pie a la leyenda, a la cual se sumó el secreto encargo de un réquiem y la convicción de Mozart, respaldada después por su padre, de que sus compañeros de logia masónica lo habían envenenado.
   A partir de la confesión, la película nos muestra a un Mozart, llegando a la corte de José II, mientras el rey se esfuerza por interpretar al piano una pieza compuesta por Salieri en honor del recién llegado. Ese encuentro termina cuando Salieri le ofrece la partitura como regalo y Mozart le dice que no hace falta, que la tiene en la cabeza. Todo el mundo sonríe desconfiado y entonces Mozart se sienta al piano, interpreta la pieza de modo magistral y comienza a introducir variaciones improvisadas para mejorarla, soltando de cuando en cuando sus risas de atontado. El minutaje que sigue nos narra el inevitable odio que Salieri siente hacia el personajillo mientras se va agrandando el amor hacia la música creada por él, hasta culminar en la escritura de ese Réquiem que Mozart compone mientras a Salieri ni siquiera le da tiempo de escribir la partitura por la prodigiosa velocidad con la que se la va dictando Mozart. Los últimos compases sonarán acompañando a su cuerpo hasta la fosa común en que se lo arrojó en medio de una lluvia espantosa.
   Pero, de toda la película, hay una escena que martillea estos días en mi cabeza. Mozart ha comprado una mesa de billar que, probablemente, no ha pagado. Arroja distraídamente las bolas mientras transcribe la música que brota de su cabeza. Suena entonces la puerta. Corre a abrirla porque espera un pago que lo saque de su situación, siempre más que apurada. Pero no se trata de un pago, sino de otra factura. Acude su padre, que comienza a abroncar a Mozart. Acude su mujer que comienza a abroncar a su padre. Mozart se va apartando de la discusión hasta que se retira. Se siguen oyendo los gritos de su padre y de su mujer. Entonces, comienza a arrojar otra vez distraídamente las bolas sobre el tapiz y se oye de nuevo la música que va componiendo y que, poco a poco, apaga los gritos de su mujer y de su padre, hasta que ya no se los oye. 
   Tal vez Mozart compuso lo que Saliere jamás hubiese hecho porque no tenía su posición social, ni su reputación, ni su respeto, porque tenía que acallar gritos que éste nunca oyó, porque pertenecía a ese grupo de seres humanos con la suerte relativa de poder silenciar los gritos creando, sin que importe mucho qué, música o magdalenas. 

domingo, 12 de abril de 2020

¿Todavía no se ha enterado de que el mundo se acabó ayer? (2 de 2)

   Después de tantísimas fechas de fin del mundo en las que no pareció ocurrir nada del otro ídem, Occidente pensó que esto se había ido de madre, que no se podía dejar en manos de la Iglesia asuntos de tal naturaleza y que había que apartarse de todo ese alarmismo innecesario… para hacer bien los cálculos. Obviamente, en ese cálculo debía entrar el famoso número con el que se identifica al maligno, el 666. El problema estaba en que nadie sabía muy bien dónde colocarlo. El Papa Inocencio III predijo que el mundo se acabaría 666 años después de la fundación de la Iglesia, un cálculo bien preciso que condujo a que el mundo se acabase en 1284. Otros, con una lógica aplastante, predijeron que la fecha tenía que ser 1666. En efecto, si el mundo no se había acabado el 6 de junio del año 6, ¿por qué no sumarle 1000 al número de la bestia? Esta misma lógica abrumadora llevó a fijar como fecha alternativa el 6 de junio de 2006, ya saben el 06 de 06 de 06, es decir, el 060606, que es el número de… ¿una línea erótica?
   Lutero, muchísimo más serio para estas cosas, consideró indigno que tantos papas, santos, visionarios y místicos, blasfemasen intentado averiguar los propósitos divinos, un ejemplo de cómo los católicos habían caído en la idolatría, la herejía y la degeneración, así que él se jugó todas las fichas de su prestigio teológico al 1600. Afortunadamente por esta época comenzó la secularización del mundo, lo cual trajo como consecuencia una cambio trascendental en la mentalidad occidental, que dejó atrás el oscurantismo de la religión y todos su sueños apocalípticos, dicho de otro modo, cualquiera se pudo poner a hacer sus cálculos sobre el fin del mundo sin necesidad de ninguna excusa teológica. Por fin, una nova, una alineación de planetas, un fenómeno meteorológico, los huevos de una gallina o las cabezas de un pato bastaron ya para predecir el fin del mundo. Algunos, como Cristóbal Colón, el matemático John Napier o los cuáqueros, hasta lo hicieron un par de veces. Ya sabe, si se juegan dos columnas a la primitiva hay más posibilidades de acertar.
   La llegada del siglo XX marcó un período en la historia inquietante porque no hay año desde entonces que no se haya acabado el mundo. Tanta proliferación de apocalipsis, ciertamente, escama. Tomemos el caso de Dorothy Martin. La señora Martin predijo que el mundo se acabaría el 21 de diciembre de 1954. Según confesó, unos alienígenas se pusieron en contacto con ella y, mediante escritura automática, le aseguraron que en esa fecha arrasarían todo lo existente con una gigantesca inundación. Hasta aquí, lo normal. Las cuestión es, ¿por qué les estoy hablando de la señora Martin? Dudo mucho que les suene su nombre. Dorothy Martin no tenía ninguna otra dedicación aparte de las labores propias de su hogar hasta esta profecía. La gente oyó que los marcianos se habían puesto en contacto con ella para anunciarle el fin del mundo y debieron pensar que se trataba del contacto más lógico que un marciano podía buscar con nosotros, así que Dorothy Martin se convirtió en líder de una secta llamada La hermandad de los siete rayos que creció a un ritmo exponencial hasta la mañana del 22 de diciembre de 1954.
   Mención especial merece en estas apresuradas líneas Herbert W. Armstrong. Este genio de la comunicación, precursor de los grandes telepredicadores americanos y auténtico crack de los apocalipsis, realizó no una predicción del final del mundo sino ¡cuatro! Primero dijo que se acabaría en 1936, luego en 1943, después en 1972 y ya viendo que la audiencia no subía, se plantó en 1975. Él murió 13 años después de que se acabara el mundo sin predecir la fecha de su muerte. Esto me recuerda mi primer encuentro con el fin del mundo. Yo era muy, muy pequeño. Estaba plantado ante el televisor un domingo y un señor muy serio salió mostrando una fotografía en la que, más o menos, podía intuirse el número 70 seguido de un punto, escrito por los marcianos en el cielo. “Esto significa 1970 y punto, en 1970 se acabará el mundo”. Se hizo un gran silencio en el plató y un pánico aterrador se apoderó de mí. Casi temblando, fui donde estaban mis padres y les pregunté qué edad tendría yo en 1970. “24 años”, me dijeron. Eso me tranquilizó, “¡Ah, bueno! pensé, ya seré un viejo”. Después de aquello he vivido muchas veces el final del mundo, por ejemplo, en 2012, cuando a los mayas se les acabó el calendario, que digo yo que también se podían comprar otro, o el 23 de septiembre de 2015, en el que se conjuntaron dos augurios verdaderamente terribles: el presidente Obama se reunió con el Papa y el CERN realizó un experimento. Sin embargo tengo que anunciarles que la fecha buena, la de verdad, la del fin final que lo termina todo, fue el 11 de abril de 2020. Sí, sí, el mundo se acabó el 11 de abril de 2020 y si Ud. está aquí leyendo tan tranquilamente esta entrada es porque todos los gobiernos se han puesto de acuerdo para ocultarlo. Ya verá cuando no tengan más remedio que hacerlo público, ya verá...

domingo, 5 de abril de 2020

¿Todavía no se ha enterado de que el mundo se acabó ayer? (1 de 2)

   Si algún día tuviese tiempo, escribiría una Historia universal desde el fin del mundo hasta nuestros días. En ella les contaría cómo los seres humanos, estos piojillos que le salieron al planeta hace un millón de años, apenas consiguieron controlar sus esfínteres, se empeñaron en acabar con el mundo. Pero no acabar en el sentido de: no hay nada nuevo que contar, no tenemos nada que añadir, terminamos aquí y ya seguiremos la temporada que viene, no. Acabar en el sentido de acabar, vamos, que no quede bicho viviente. Los primeros intentos serios en este sentido lo llevaron a cabo los romanos. No contentos con inventarse una historia que los emparentaba con los troyanos, no contentos con convertir a una prostituta en una loba, se sacaron de la manga la historia de que, a la hora de colocar el emplazamiento exacto de Roma, cada uno de los hermanos R buscó uno. Remo vio seis buitres volando sobre el lugar que había elegido, pero Rómulo vio doce. Así que Rómulo pensó lo que pensaría cualquiera en su sano juicio, “si hay doce buitres dando vueltas por aquí eso es un magnífico augurio”. Llegados a este punto ya no había mucho motivo para pararse, así que los romanos convirtieron el buen augurio de Rómulo en el presagio de los años que iba a durar el mundo, es decir, su ciudad. Con ello obtuvieron la primera fecha en la que se acabó el mundo: el año 741 a. de C. 
   Decía Popper que los científicos trataban de refutar sus hipótesis y que si encontraban algo que iba en contra de ellas, las desestimaban y elaboraban una nueva. Puede que Popper supiera mucho de ciencia (y puede que no), pero, desde luego, no tenía ni remota idea de cómo piensan los seres humanos. Un ser humano fabrica una hipótesis, comprueba que no funciona y lo primero que se viene a su mente es: “no puede ser que las cosas no vayan como las he pensado yo, voy a probar otra vez”. Y eso fue lo que hicieron los romanos, se pusieron a cavilar lo que podía haber hecho que el mundo siguiera funcionando pese a su brillante cálculo y encontraron por qué el mundo no se había enterado de que tenía que acabarse. No, el error no consistía en que la existencia del mundo no dependa de un cálculo, sino en que cada uno de los buitres representaba una década, así que el mundo se acabaría (otra vez) en 634 a. de C. Pero tampoco ese año pareció suceder nada especial, así que lo aplazaron hasta el 389 a. de C. Al ver que tampoco ese año Roma desaparecería, llegaron a la única conclusión lógica, a la única conclusión que, como buenos popperianos, podían llegar, a saber, que el imperio romano no se acabaría nunca. Ni aún así consiguieron acertar.
   Pero, una vez abierta la caja de los truenos (del fin del mundo) ¿para qué cerrarla? Si los romanos no habían conseguido ni en cuatro intentos acertar la duración del mundo, eso significaba, obviamente, que no se podían hacer cálculos basándose en ridículos mitos productos de la imaginación... sino en la verdad revelada por Dios en la Biblia. De este modo tenemos a Clemente de Alejandría acabando con el mundo en el año 90, a Hilario de Poiters, convencido de que las cosas ya no podían ir a peor, haciéndolo en el 365 y a Martín de Tours que, muchísimo más prudente, y perfectamente consciente de su incapacidad para predecir con exactitud el fin del mundo, lo dejó para “antes del 400”. Convencidos de que todo esto era un despropósito y de que la Iglesia Católica se estaba convirtiendo en un hazmerreír, varios doctos teólogos argumentaron que lo mejor para evitar estas tonterías era… elegir una fecha de consenso. Entre varios de ellos se pusieron de acuerdo en que les vendría bien la Pascua del año 500 y para entonces citaron a Jesucristo con objeto de que volviese con nosotros. No sabemos si Jesucristo estaba comunicando, o no le llegó el e-mail, o es que prefiere hacerse el ocupado con cualquier cosa antes que volver a vernos el careto, el caso es que no se presentó en esa fecha ni en 793, ni en 799, ni en 800, ni en 848, ni en 872 y, de hecho, ni siquiera en el temido año 1.000. De todas estas incomparecencias, la más comprensible es, precisamente, la última. Al fin y al cabo, el momento exacto del nacimiento de Cristo no está muy claro y algunos lo colocan siete años antes del inicio de nuestra era, es decir, Cristo nació en el año 7 antes de Cristo. Hay que recordar, además, que los romanos no tenían el número cero, así que otras dos fechas posibles para el nacimiento de Cristo eran el año 1 antes de Cristo o el año 1 después de Cristo. Y aparte está el tema de si los 1.000 años se cumplían en el año 1.000 o en el 1.001, el 1 de enero de uno de ellos o el 31 de diciembre. Muy confuso todo. Tal nebulosa supuso para muchos una revelación de por qué tantas fechas del final del mundo habían transcurrido como si nada, porque volvería a los 1.000 años de su muerte. Pero también el año 1.033 pasó y por aquí no pudo verse no ya a un jinete del Apocalipsis, sino ni siquiera a un arcángel mosqueado a lomos de un burrito.