domingo, 31 de octubre de 2021

Notas a pie de página en la historia de Prusia (1 de 2).

   En 1807, Napoleón parecía camino de conquistar Europa entera, así que Hegel intentó congraciarse con él colocándolo en la cúspide de su Fenomenología del Espíritu. Al final el territorio que Napoleón tuvo bajo su mando no daba para un puesto que a Hegel pudiera interesarle. El suabo aprendió la lección y reestructuró todo su sistema para que en su pináculo no apareciera un rey concreto sino el Estado prusiano en su conjunto. Hacia él se habría orientado la historia de la humanidad pues era la epifanía última de la racionalidad ínsita en el Espíritu Absoluto. Esta vez la maniobra le salió mejor y su descarada adulación del poder establecido le abrió las puertas de la Universidad de Berlín. Pero el Estado prusiano era cualquier cosa menos expresión de la racionalidad. Desde los tiempos de Federico II, "el Grande", existía una unión cuasi mística entre el ejército y la corona, hasta el punto de que las sucesivas constituciones no hacían mención alguna de las fuerzas armadas más que para ponerlas bajo el mandato del rey. Dicho de otro modo, hasta la llegada de la república, el control civil sobre el ejército se limitaba a las cuestiones administrativas. A todos los efectos, funcionaba como una especie de Estado dentro del Estado. Lo envolvía un aura de respeto y admiración, que, precisamente por ello, le permitía escapar a cualquier control, hasta el punto de que un ladronzuelo de poca monta podía atracar impunemente nada menos que un Ayuntamiento por el simple procedimiento de enfundarse el uniforme de capitán del ejército. Aún mejor, dado que Alemania se construyó por la conquista y anexión prusiana de diferentes Estados hasta entonces independientes (una historia que resultaría muy instructiva para quienes adoctrinan acerca de las “invasiones” llevadas a cabo por España dentro de la península ibérica), a la altura de comienzos del siglo XX, el ejército "alemán", era, en realidad, el ejército prusiano, a las órdenes no del Emperador de Alemania, sino de la cabeza visible de una de las casas reales de dicho país, la de Prusia. En concreto estos tres cargos, el de mando supremo del ejército “alemán”, el de rey de Prusia y el de emperador de toda Alemania, coincidieron durante el cambio de siglo en la persona de Guillermo II. En Guillermo II y en el ejército bajo su mando era fácil detectar la esquizofrenia que envolvió al Estado prusiano desde su mismo nacimiento. Personalidad pública en el sentido moderno de la palabra, fue de los primeros en entender que su trabajo como monarca consistía en el cuidado y mantenimiento de una imagen. Pero la modernidad de Guillermo II terminaba ahí. No consideraba su relevancia pública fruto de los azares históricos sino de la voluntad divina. Él, su estirpe y el pueblo elegido que encabezaba, tenían una misión que cumplir en la historia, una misión que trascendía con mucho los designios humanos y que Hegel había presagiado con admirable genialidad. Semejantes puntos de vista los reiteraba con deleite en cada ocasión en la se mostraba en público, dando improvisadas charlas que, rápidamente, lo convertían en el hazmerreír de una prensa en pugna constante con la tradicional censura prusiana.

   En el  Tratado de Heligoland-Zanzíbar, firmado en 1890,  Gran Bretaña le ofreció a Alemania un bocado de nada al que se llamó "África del Sudoeste alemana" y que hoy conocemos como Namibia. Los prusianos debieron frotarse los ojos ante aquel inmenso territorio desértico. Con toda seguridad vieron en él algo que ni británicos ni franceses ni belgas habían visto. La Prusia oriental se había construido colonizando tierras en las que nadie había querido vivir hasta entonces y muchos territorios occidentales se ganaron a las marismas y a pantanos insalubres. La lucha contra una naturaleza hostil formaba parte de los mitos fundacionales prusianos, de modo que Namibia apareció ante sus ojos como la oportunidad de revivirlos, de reactualizarlos. Incluso había pobladores en ellos a los que no costaría demasiado conducir hasta batallas a vida o muerte como las que jalonaron la existencia de Prusia en Europa. Se los podría someter y asimilar, como a las poblaciones que quedaron bajo su control tras los sucesivos repartos de Polonia. Incluso, un día, podría emancipárselos, como se hizo con los judíos en 1812. Pero, de entrada, había que controlar férreamente el territorio. Desde el primer día lo intentaron con fruición. Desposeyeron a las diferentes tribus que habitaban la región de sus tierras, las repartieron sin pudor entre los colonos que iban llegando y les regalaron como mano de obra esclava a quienes llevaban siglos viviendo en ellas. La división del territorio en provincias que Theodor Gotthilf Leutwein llevó a cabo tras su nombramiento como gobernador en 1894, reflejaba precisamente ese intento por revivir la construcción de Prusia y su característico “federalismo”. Leutwein desarrolló lo que él mismo llamó “su sistema”, una mezcla de colonialismo sin remilgos, sometimiento militar de las poblaciones autóctonas e imposición de “acuerdos” que las arrojaban a las fauces de una burocracia impasible, capaz de aplastar cualquier resistencia en toneladas de mortal aburrimiento. A cambio, reconoció la necesidad que toda obra colonial tenía de mano de obra barata y abundante, así que mostró buenas formas con quienes quisieron integrarse en las estructuras coloniales y servir a sus intereses. Los colonos, que, dentro de la más estricta mentalidad prusiana, llegaron a calibrar que siete aborígenes equivalían a un blanco, siempre vieron con recelo las políticas de Leutwein y no dudaron en tacharlo de “amigo de los negros”. 

   En 1903 los namaqua se sublevaron contra el poder colonial y en 1904 se les unieron los hereros. Mataron a un centenar largo de colonos y se hicieron con sus primeras armas de fuego. Leutwein respondió arrasando a cañonazos poblados en los que no había guerreros, apiolando jefes que mostraban posturas moderadas ante los sublevados y ofreciendo un acuerdo para el fin de la violencia. Nada pareció funcionar muy bien, así que escribió a Berlín pidiendo refuerzos y un militar experto. El 3 de mayo de 1904 se nombró para el cargo al Teniente General Adrian Dietrich Lothar von Trotha. El “África del Sudoeste alemana” se aprestaba a entrar en la historia de la peor de las maneras.


domingo, 24 de octubre de 2021

Carmen ya no mola.

   ¿Se imaginan una persona que, antes de responder a la pregunta de si una pastilla le había quitado el dolor de cabeza o no, pidiese conocer el fabricante de la misma? ¿Se imaginan un comensal que, para decidir si la comida le había gustado, exigiera primero saber el nombre del cocinero? ¿Se imaginan un catador profesional que, antes de emitir su veredicto sobre un caldo, exigiese ver la etiqueta y el precio de la botella? Pues bien, toda una corriente filosófica del siglo pasado, para juzgar una obra, exigía conocer al autor y la tradición en la que se hallaba inserto. Como esos “expertos” en vino que se decantan por el más barato del supermercado en cuanto tienen que decidir a ciegas, los filósofos necesitaban conocer al autor, sus intenciones y su “espíritu”, antes de poder asegurar que entendían lo expresado en sus textos. Al parecer, a todos los autores de la historia los adornaba tal grado de ineptitud como para no haber dejado claro lo que querían decir en sus escritos. Cuando no había alfabetos, cuando la tradición oral garantizaba que no se perdieran los relatos, sí, entonces resultaba imprescindible que el autor o el re-creador de los mismos acompañase a su audiencia, para narrar lo acontecido y su relación con ello. Pero no leemos con el autor de los textos a nuestro lado, no necesitamos que nos guíe, ni que nos pase las páginas, ni que nos ilumine. Ese esfuerzo lo tenemos que llevar a cabo nosotros mismos. Desde luego, no nos encontramos en completa soledad. Hay muchos otros textos que pueden acudir en nuestra ayuda, que se refieren al libro que leemos, a los que éste se refiere, a los que combate o a los que ayuda. Alguien que de verdad lee, debe poder juzgar, por ejemplo, acerca del carácter liberador para la mujer o no de un texto sin necesidad de saber si su autor hace uso de urinarios verticales. Pero, claro, hemos cometido un error, porque, en realidad, no se trata de leer. 

   La “obra”, la “tradición”, el “autor” y el resto de zarandajas hermenéuticas trataban de ocultar mediante hábiles eslóganes el referente último de sus expresiones: la autoridad. La autoridad, dice la hermenéutica, debe conceder siempre su aquiescencia a la cuestión de si hemos alcanzado la comprensión debida. Naturalmente no la autoridad de la iglesia, algo oscuro, reaccionario y obsoleto. La autoridad del mercado, algo mucho más ilustre, “progresista” y actual. Sin autor no hay mérito literario, filosófico ni científico. Ni una sola publicación “científica” admitiría a trámite un texto firmado bajo pseudónimo por muy replicables que resultasen los experimentos que en él quedaran descritos. Y, de un modo semejante, la calidad literaria de cualquier manuscrito que llegue a una editorial se juzga consultando la cifra exacta de beneficios que hasta ese momento ha proporcionado quien lo envía. “Autor” implica, por supuesto, tradición, tradición de hacer campañas promocionales, estrategias tradicionales de marketing, en definitiva, el tradicional dinero. Por tanto, “derechos de autor” designa la seguridad de que alguien no relacionado con el acto creativo, tendrá derecho a quedarse con los beneficios que éste genere. He aquí la gran contribución de las editoriales a la creatividad: crear valor, crear… un autor. 

   En 2017, la prestigiosa editorial Alfaguara contrató a tres guionistas profesionales para que le escribieran un best seller. Dado que en España las mujeres leen más (novelas) que los hombres (que solo leemos el Marca), el departamento de marketing les fabricó un nombre femenino con un apellido que atraería tanto a nostálgicas del anterior régimen como a todas las cool de nuestro progresismo: Carmen Mola. La operación fue un éxito y Carmen Mola se convirtió en una gran “autora”, quiero decir, generó mucho dinero. Tanto que llamó la atención de la mayor recicladora de buena literatura en sucios billetes de este país, la editorial Planeta. Planeta otorga el premio más podrido de la literatura universal, quiero decir, adorna con un collar de perro, en forma de cheque por un millón de euros, a los nombres más notables de las letras hispánicas, para que vayan por ahí ladrando las grandezas del mercado y, de modo instintivo, casi sin darse cuenta, tapen con abundante tierra las heces que él va dejando. Hay quien dice que los intelectuales no juegan ya el papel que les corresponde en la sociedad civil. ¿Cómo van a hacerlo si escritores, periodistas, filósofos y demás ilustres nombres que han engrandecido nuestras letras se han acostumbrado a nadar como peces en el océano del nepotismo y las corruptelas? Consulten los ganadores del premio Planeta de los últimos 30 años y entenderán muchos de los gritos y, sobre todo, de los silencios de nuestra intelectualidad. Pero la libertad del mercado prohíbe decir precisamente esto. Si observan Uds. las reacciones que el caso "Carmen Mola" ha generado, podrán observar fácilmente lo que todo el mundo se esfuerza por no escribir sobre el asunto. 

   Se puede afirmar que los hombres deben reservarse el disfrute del gore y que ninguna señorita de bien puede tenerlo entre sus preferencias, como ha hecho Núria Escur en las páginas de La Vanguardia. Se puede denunciar que todo esto forma parte de una conspiración (¿internacional?) para arruinar el #MeToo y que a las mujeres no se les permite publicar en España, como ha publicado en las páginas del Washington Post la subdirectora general de elDiario.es, María Ramírez (¿o se trata también de un seudónimo?). Incluso se puede insinuar por twitter, como han hecho las dueñas de una librería feminista, que la liberación de las mujeres pasa por adoptar respecto de sus gustos una actitud paternalista, que saque de las estanterías los libros “inadecuados” que ellas soliciten. Todo, absolutamente todo, vale para ocultar las vergüenzas de un rey obscenamente desnudo, porque el caso "Carmen Mola" no hace otra cosa que demostrar, una vez más, que la “industria cultural” tiene de industria el saciar nuestro intelecto con alimentos precocinados, pero que de “cultural” sólo tiene la cultura del dinero rápido, fácil y, preferentemente, no declarado a Hacienda.

domingo, 17 de octubre de 2021

Bajo el volcán.

   El 7 de octubre de 2017 el suelo comenzó a temblar bajo la isla de La Palma. No se trataba exactamente de un terremoto, sino de lo que se conoce como “enjambres sísmicos”, conjuntos de terremotos muy localizados en el espacio y el tiempo. Esta serie de eventos se prolongó hasta junio de 2021. La mayoría de estos fenómenos se resuelven sin que el magma acabe aflorando a la superficie, pero entre junio y septiembre de 2021, la sucesión de enjambres sísmicos fue en aumento. El 13 de septiembre se notificaron 1500 eventos de este tipo, lo cual llevó a subir el nivel de alerta y poner en marcha el Plan Especial de Protección Civil. En la mañana del domingo 19 de septiembre los terremotos tenían una profundidad de sólo 2 kilómetros, la isla se había deformado y podía apreciarse una elevación de hasta 15 centímetros en una zona conocida como Cumbre Vieja. Aunque no se aumentó el nivel de alerta, comenzó la evacuación de quienes vivían más cerca. A las 15,13 del 19 de septiembre se inició la erupción. Hasta el momento lleva arrasadas más de 700 hectáreas, ha hecho desaparecer un millar y medio de edificaciones, más de 7000 personas han sido evacuadas, la superficie de la isla ha aumentado en 383 hectáreas y nadie piensa que esto vaya a parar en las próximas semanas. Por fortuna, la rápida puesta en marcha de los planes de contingencia y la lentitud de avance de la lava han hecho que no haya que lamentar víctimas. Las condiciones, sin embargo, son muy duras para quienes vivían o trabajaban en el área afectada. Tras el desalojo, a muchas familias se les permitió volver durante quince minutos a sus casas para recoger lo que pudieran. La Guardia Civil, bomberos, miembros de la Unidad Militar de Emergencia y Protección Civil, les ayudaron a amontonar lo imprescindible. En primer lugar y ante todo las escrituras de las casas y terrenos. Nada de eso impidió escenas de tensión y forcejeos. Muchas personas se han visto de un día para otro en mitad de la nada, sin casas, casi sin ropa, sin alimentos y sin fuentes de ingresos. Dejaron unos hogares a los que no volverán por colchonetas en el suelo de un polideportivo u otras instalaciones que se han habilitado para acogerlos. Mientras tanto, la isla entera se ve sacudida por terremotos de mayor o menor intensidad. El aire se vuelve en ocasiones difícilmente respirable. El aeropuerto de la isla se ha tenido que cerrar ocasionalmente, lo cual ha dificultado la llegada de ayuda, personal y materiales para la emergencia desatada. 

   La tragedia, como siempre, coloca a cada cual en su lugar. Hay científicos que se juegan la vida recolectando datos que sirvan para predecir el comportamiento del volcán y los hay que obtienen sus cinco minutos de gloria aterrorizando a las poblaciones de EEUU o Brasil con tsunamis imposibles. Hay quien se ha quedado sin nada y le ha faltado tiempo para apuntarse como voluntario intentando ayudar a otros que se han quedado sin nada y hay quien emplea su abundante tiempo libre vomitando vitriolo en Internet contra una Cruz Roja, que fue la primera en llegar y será la última en marcharse, por ayudar a la “invasión de los inmigrantes ilegales”. Hay quien embotella las carreteras huyendo de las fauces del infierno y hay quien las colapsa buscando un selfi con ellas al fondo. En medio de todo, las autoridades han suplicado que se deje de enviar ropa, enseres y comida porque los 750 voluntarios encargados de gestionarlos no dan ya a basto con lo que se ha enviado. La cuenta abierta para las donaciones sumó más de cinco millones de euros en quince días, pero nadie sabe cuánto dinero se necesitará al final. Los 400 millones prometidos por la Unión Europea y los 200 del gobierno central puede que no basten para casas, fincas y cultivos con los que sólo podrá comenzarse a soñar cuando la lava se enfríe. Al menos la mitad de ellos dependerán exclusivamente de esta ayuda porque sus bienes o no estaban asegurados en el momento de la erupción o no se verán cubiertos porque las aseguradoras acudirán al concepto de “riesgo extraordinario” que les exime de pagar las pérdidas teóricamente recogidas en las pólizas.

   No vivimos una tragedia anunciada desde 2017. La isla de El Hierro vivió una erupción volcánica submarina  hace una década. La propia isla de La Palma sufrió erupciones volcánicas en 1971 y 1949. La de 1971 causó dos muertos y dos heridos por inhalación de gases tóxicos, la lava cubrió más de dos millones de metros cuadrados, aunque no afectó a zonas pobladas. La de 1949, por su parte, no causó víctimas, pero sí la pérdida de viviendas y zonas de cultivo. La peor erupción de las Islas Canarias data, sin embargo, de 1706 y se produjo en Trevejos, Tenerife. Duró cuarenta días, no produjo víctimas, pero arrasó tres municipios y cegó el puerto de Garachico, convirtiendo lo que hasta ese momento era cabeza del comercio internacional de la isla en un puerto de pescadores. Pocos viven en las Islas Canarias engañados. De un modo u otro, todos guardan en su memoria, en muchos casos en su memoria familiar, el relato de una erupción, de un terremoto, de una lluvia de cenizas que se llevó por delante casas y/o cultivos familiares. El paisaje ahora arrasado en La Palma lo componían viviendas y explotaciones, medio agrícolas medio ganaderas, lo suficientemente dispersas para que nadie se sintiera agobiado y lo suficientemente cercanas para que nadie se sintiera solo. Sin una ordenación clara, pero sin caos, hasta permitía la integración de turistas, componiendo un paisaje agradable en el que resultaba extremadamente fácil encontrar un lugar para vivir placenteramente. Uno más, al cabo, de los lugares en los que los seres humanos nos acostumbramos a vivir, bajo volcanes, sobre fallas, en islas azotadas por huracanes y en tierras inundables en cuanto lo quiera un río. Garantizan que nuestra felicidad no durará eternamente, que la tragedia acecha, que, más tarde o más temprano, tendremos motivos para sufrir y para quejarnos por nuestros sufrimientos, el ideal en definitiva, que buscan todos los seres humanos. Nos embebemos entonces en nuestro mundo cultural, azorados por los quehaceres múltiples de una vida mucho más abstracta, mucho menos tangible de lo que cotidianamente creemos y dejamos siempre para otro día pensar que la naturaleza, por suerte o por desgracia, sigue encerrando fuerzas contra las que nada podemos.

domingo, 10 de octubre de 2021

Little Britain

   Originalmente, Little Britain fue un programa de radio escrito por Matt Lucas, David Walliams y Andy Riley, aunque Riley, autor, entre otros, de El libro de los conejitos suicidas y que procedía del Spitting Image, quedó un poco en la sombra cuando el programa saltó a la televisión y Lucas y Walliams dirigieron y protagonizaron las cuatro temporadas de la serie. Cada capítulo se componía de sketches de humor costumbrista y escatológico, que retrataba a personajes de los que se pueden encontrar en un barrio cualquiera de una ciudad cualquiera del Reino Unido y algunos personajes no menos movidos por bajas pasiones, pero que ocupan altas esferas del poder. Emitido en principio por una cadena de pago, se convirtió, pese a ello, en programa de culto y acabó en la BBC One, no sin sufrir la censura de la primera temporada entera. El humor era, en el mejor de los casos, irreverente y, en la mayoría de ellos, chabacano hasta lo asqueroso. Lo peor es que muchas veces, conteniendo las arcadas, uno no podía evitar reírse. La verborrea nauseabunda de Lucas y la repugnancia que causaba Walliams, ocultaban en realidad dos talentos naturales, hasta el punto de que este último, Walliams, se ha convertido en uno de los más renombrados autores de literatura infantil del momento. Entre ambos, con poco disimulo, escupían a la cara del público el mensaje de que si un día Gran Bretaña fue una potencia imperial, sólo queda ya de ella latones dorados, porque económica y, sobre todo, moralmente, la mayor parte del país se halla hundido en la miseria y exige mirarse a la cara para un cambio radical y profundo. 

   Me acuerdo mucho de los personajes interpretados por Lucas cada vez que veo a Boris Johnson. Tiene un poco de cada uno. Su línea política es como la respuesta que daba la adolescente y madre soltera Vicky Pollard a cualquier pregunta: “Yes, but no, but yes, but no, but yes…” Cada vez que tiene un problema, por nimio que parezca, Johnson actúa como el hipnotizador Kenny Craig: "Look into my eyes, look into my eyes, the eyes, the eyes, don't look around the eyes, don't look around the eyes, look into my eyes, one, two, three... you're under!". En su afán de destacar respecto de todo el mundo recuerda a Daffyd Thomas, el sufrido galés que cuenta sus penalidades por ser el “único” gay de un pueblo plagado de gais. Johnson se presentó, igual que Ting Tong, como la persona ideal, pero poco a poco descubrimos que la novia tailandesa encargada por Dudley Punt es en realidad un transexual de Londres que convierte la casa de Punt en un restaurante y lo echa a la calle. Hasta tal punto Johnson se parece a los personajes de Lucas, que él, un egresado de Oxford, ha acabado protagonizando un sketch en el que trata de comerse un fish and chips sin poner cara de asco y casi lo logra durante ocho segundos. Mientras tanto, su país se acerca más y más a lo reflejado en la serie. El Brexit, la gloriosa salida de la Unión Europea que proporcionaría libertad, grandeza y gloria, ha vaciado los supermercados, obligado a racionar la gasolina y amenaza con sumir las navidades en un caos de desabastecimiento. Se inauguró con una propuesta de asumir no importaba cuántos millones de muertos por la Covid-19 hasta alcanzar la inmunidad de rebaño, algo garantizado por una eminencia epidemiológica dispuesto conseguir sus cinco minutos de gloria aunque con ello condenase a la tumba a familias enteras. El 60% de contagiados bastaría para alcanzarla, afirmaron los expertos (en medrar). En abril Reino Unido sobrepasó el 70% de personas vacunadas o que habían sufrido la enfermedad, a fecha de hoy tiene una tasa diaria de 34 casos por cada 100.000 habitantes (unos 34.000 casos semanales), lo cual lo coloca a la cabeza del mundo, sólo sobrepasado por países como Cuba, Barbados o Mongolia.

   Sorprendidos, los pescadores británicos que votaron en masa por el Brexit, han descubierto que no tienen a quién venderles su pescado. Otro tanto ha ocurrido con viveros, librerías y fábricas. El problema de Irlanda del Norte, esencialmente solucionado porque, de facto, la frontera con Irlanda había desaparecido y hasta los protestantes se habían acostumbrado a ir a jugar al golf en los campos de la república, se ha recrudecido y amenaza con volver a su salvaje forma primitiva. Resulta que los trabajadores europeos que iban a “robarles los puestos de trabajo” a los británicos, en realidad trabajaban allí donde la población británica se negaba a hacerlo, por no hallarse preparada o, con mucha más frecuencia, porque los salarios eran demasiado bajos para sus estándares. Gran Bretaña se ha quedado sin camioneros, sin carniceros y, si aplicaran con rigor lo prometido, sin médicos ni enfermeras. Hospitales existen en los que los únicos británicos son los pacientes. Johnson, ha recurrido al ejército, a 200 soldados que conducirán los 20.000 camiones que se han quedado sin conductores, ha apelado a que los empresarios “paguen más y formen mejor” a los trabajadores y se centra cada día en lo mejor que sabe hacer: chistes sin gracia y bravuconadas de matón de feria. Se lo puede permitir porque no tiene oposición. Entre los laboristas ha cundido la idea de que el que apuñale a todos los demás se quedará con el partido y nadie parece darse cuenta de que lo hará porque en ese momento el partido será él. El sistema bipartidista deja muy lejos del poder a los liberales y, en cualquier caso, los conservadores no tendrían muchos problemas para cooptarlos. Las élites económicas confían en que uno de su casta jamás los traicionará, que en las estanterías de Fortnum & Mason jamás faltará de nada y que la inminente puesta de la máquina de hacer billetes a pleno rendimiento los seguirá dejando a flote cuando de la clase media no quede nada y la masa del país se haya sumido en la miseria. Mientras tanto, el partido tory, se parece cada día más al abnegado Lou Todd, ayudando en todo a un Andy Pipkin que no merece semejantes esfuerzos y al que sólo lo distancia ya de su ídolo, Naranjito Trump, perder unas elecciones.



domingo, 3 de octubre de 2021

Entre colinas.

   Escuché hablar por primera vez a Paul Kagame en 1993, en una emisora de radio alemana. Me sorprendió que en una época en la que la tribu, el clan, la horda y la patria de nuestros antepasados se habían vuelto a convertir en la excusa principal para matar a los vecinos, él definiera su lucha como “política” y no como “étnica”. Se ultimaba por aquel entonces el que acabaría siendo el acuerdo de Arusa entre el gobierno multipartidista de Habyarimana y el Frente Patriótico de Ruanda de Kagame para poner fin a la guerra civil iniciada en 1991. Pero los sectores más radicales del gobierno no estaban para muchos pactos. Desde hacía años, la estación “De las mil colinas” vomitaba odio contra los tutsis, promoviendo el racismo y alentando infatigablemente el genocidio, tanto de los miembros de dicha etnia (a la que pertenece Kagame) como de los hutus (etnia a la que pertenecía Habyarimana) moderados. De modo casi diario, melodiosas voces atravesaban las hondas hertzianas incitando a que los hutus se asegurasen de la muerte de cada niño tutsi del país. El 6 de abril de 1994, dos misiles derribaron el avión presidencial en el que viajaba Habyrimana y su homólogo de Burundi Cyprien Ntaryamira, país con la misma división étnica que Ruanda. El doble magnicidio dio la señal de inicio de la carnicería. No menos de 800.000 tutsis y hutus moderados murieron a manos de los Interahamwe e Impuzamugambi, grupos paramilitares surgidos de las ramas juveniles de los partidos hutus más radicales. Recuerdo haber leído declaraciones de un alcalde hutu diciendo, con toda normalidad, que en su pueblo habían solucionado el problema de las luchas étnicas: mataron a todos los tutsis y arrojaron sus cuerpos a un pozo. Los medios de comunicación internacionales cubrieron los acontecimientos, pero, dado que se trataba de dos países pequeños y pobres, el mundo miró para otro lado… excepto Francia, naturalmente. Envió un cuerpo expedicionario para establecer un área de salvaguardia en la que encontraron refugio los miembros del ejército y la administración hutu dispuestos a marcharse al exilio. Porque Kagame y su FPR, iniciaron una marcha sobre la capital que el ejército, de mayoría hutu, enfrascado en las matanzas, se mostró incapaz de repeler. Tras una orgía de sangre de cien días, Kigali cayó en manos del FPR. Allí encontraron un hotel, el hotel “De las mil colinas”, repleto de ciudadanos tutsis a los que su director, Paul Rusesabagina, su familia y unos pocos empleados, todos ellos hutus, se habían jugado el pescuezo para salvar de la carnicería mientras la empresa dueña de las instalaciones, sita en Bruselas, les denegaba auxilio una y otra vez. Su extraordinario gesto le valió reconocimiento internacional cuando en 2004, una película, Hotel Rwanda, lo dio a conocer al mundo.

   Hay quien cuenta que los hutus eran los habitantes tradicionales de lo que hoy conocemos como Ruanda y Burundi y que los tutsis, un pueblo dedicado a la ganadería y al pastoreo, llegó allí en el siglo XIV. Hay también quien cuenta que todo eso es un mito insuflado durante la colonización belga del país, que los belgas llamaron “tutsis” a los miembros ricos y poderosos de la población existente, a los cuales asimilaron como empleados de la administración colonial y consideraron “hutus” a todos los demás. Al igual que ocurre con cualquier diferencia étnica, religiosa o nacional, lo importante no es su fundamento histórico (siempre ridículo), lo importante es el odio que se logra crear y cuánto tiempo perdura. Para ser sinceros, Kagame nunca ha hecho demasiado por propagarlo. Su primer gobierno lo encabezó un hutu, mientras él, siempre cuidando su imagen de asceta, se quedó con la vicepresidencia. Se permitió el regreso de la población hutu que había huido con el avance del FPR, incluso olvidando ciertos crímenes. Se instauró un periodo de reconciliación y hubo una colaboración activa con el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. El país creció económicamente en la siguiente década, la tasa de pobreza decreció, la mortalidad infantil se redujo y Ruanda se colocó en la cola de los indicadores de corrupción. En la actualidad, el parlamento ruandés tiene el mayor porcentaje de mujeres del mundo. Pero detrás de esta cara idílica, hay otra Ruanda.

   La milicia del FPR pasó a integrar el ejército ruandés, uno de los mejor adiestrados y con más experiencia en combate de la zona. Kagame no dudó en utilizarlo con destreza en las sucesivas guerras del vecino Congo y, cuando ya resultaba demasiado descarada su intervención, entrenó y financió milicias proxy que le permitieron extender su poder por regiones del país vecino mucho más amplias que la propia Ruanda. Parte de su renacer económico se debió al comercio con el coltán, del cual no hay ni una sola mina en territorio ruandés, pero sí en las zonas controladas por milicias tutsis en el Congo, como ocurre con los diamantes y muchas otras materias deseadas por Occidente. En el interior la misma oscuridad reina bajo las luces de los macroindicadores. Existe pluralidad de partidos y elecciones cada cierto tiempo, pero la crítica a Kagame y a sus sucesivos gobiernos acarrea, para quien la practica, sorprendentes rachas de mala suerte, aunque se llame Paul Rusesabagina. Un tribunal de Kigali lo ha condenado esta semana por “terrorismo, incendio intencionado, secuestro y asesinato, perpetrados contra civiles desarmados e inocentes en suelo ruandés”. Varios libros aparecidos últimamente han revisado su actuación durante la masacre y han convertido los contactos que le permitieron ocultar a las posibles víctimas en pruebas de sus vínculos con el régimen criminal. Casualmente esta semana también ha sido condenada por “incitación al levantamiento, publicación de rumores, denigrar los actos conmemorativos del genocidio, resistencia a la autoridad y agresión a un agente” una youtuber crítica con el gobierno. Y Kagame no se ha quedado quieto. Culminada la operación para defenestrar a Rusesabagina, el único ruandés con más crédito internacional que él mismo, ha dado paso a un intento por ganarse el afecto de una Francia que siempre lo miró con desconfianza. Como ya explicamos en este blog, amplias áreas de Mozambique se hallan bajo el control efectivo de grupos islamistas cercanos a al-Qaeda. De particular interés para los ideales democráticos resultan las zonas ricas en gas y petróleo sobre las que ha obtenido derechos la empresa francesa Total. A Kagame le faltó tiempo para enviar mil soldados antes de que llegaran los efectivos de la Comunidad para el Desarrollo de África Meridional, desplegarlos como vanguardia y lanzarlos a la reconquista de Mocimboa da Praia. Si sus primeras victorias se prolongan, pocas dudas hay de que logrará que la comunidad internacional acepte como única realidad, la impecable imagen que suele proyectar de sí mismo, olvidando los numerosos pecadillos que ha ido escondiendo bajo ella. No hay nada como un yhihadista para convertir a cualquier dictadorzuelo de manual en paladín de la democracia.