domingo, 25 de diciembre de 2022

15 de diciembre de 2.022: un país sin malversadores.

   Decía Aristóteles que el hipócrita conoce la verdad, pero la oculta. El problema de los políticos catalanes es que no son nada hipócritas porque hace mucho tiempo que perdieron la noción de que pudiera haber algo verdadero. Por tanto, el máximo logro que exhiben ante sus votantes es reconocer que desviaron fondos públicos para fines para los que no estaban destinados, entre ellos, las cuentas para el mantenimiento de Carles I de Catalunya con los fastos que merece de por vida, el sostenimiento de todo lo que necesita el osito Junqueras durante el mismo tiempo, además de las correspondientes cuentas en Suiza de todos ellos y, por supuesto, algo de calderilla para organizar el referéndum por la independència que, para quienes no sepan catalán, significa “independencia”. Derogar la sedición apenas si era una de las reclamaciones para lavar la ofensa española de impedir que los políticos catalanes hicieran lo que les viniera en gana. Acabar con la represión del Estado español exigía evitar que los corruptos catalanes paguen por sus corruptelas. Por tanto, el jueves 15 de diciembre se aprobó en el Parlamento una reforma de ley por la cual deja de considerarse delito de corrupción el desvío de fondos públicos para fines para los que no estaban destinados y exige para que pueda haber corrupción “ánimo de lucro”. Podemas había sacado adelante una ley que se basaba en qué sentían los implicados. El PSOE, para no quedarse atrás, va a poner en funcionamiento una ley que se basa en el “ánimo” de los políticos. Quienes no tengan el ánimo necesario para lucrarse, tampoco tendrán que pasar mucho tiempo entre rejas, cuatro años como máximo, “causalmente”, el tiempo transcurrido desde el procès (que, para quienes no sepan leer en catalán significa “proceso”) y siempre, eso sí, que su delito haya causado un "entorpecimiento grave del servicio". La reforma no contempla agravantes. Si, pongamos por caso, un cargo público dedica el dinero destinado a comprar insulina para los hospitales a financiar a la asociación local de su propio partido, deja de haber cualquier base legal para enjuiciarlo. Y lo mismo ocurre si las ayudas para los afectados por una riada se dedican a fletar autobuses con los que llevar a miembros del propio partido a asaltar el Parlamento. Hay muy mal pensados, mayormente gente muy muy facha, que ha afeado al gobierno hacer una ley para beneficiar a personas con nombres y apellidos, algo absolutamente anticonstitucional y malévolo. Los partidarios de Pedro “el hermoso” se han desgarrado las vestiduras preguntando cómo osan acusarles de favorecer a personas concretas. No, ellos han favorecido a este país, a este continente, al mundo entero, a quienes acumulan riquezas en paraísos fiscales con la excusa de la llibertat per a Catalunya (“libertad para Cataluña”, para quienes no sepan leer en catalán) y al común de los mortales, a los ciudadanos de a pie, como José Antonio Griñán y Manuel Chaves, a quienes enviados del gobierno les han transmitido un guiño de Pedro “el hermoso”. Aún más, si una persona es una institución, ¿puede achacársele “ánimo de lucro” por desviar bienes públicos a sus cuentas privadas? Los muy izquierdistas republicanos de Cataluña han sentado las bases para que regrese el buen rey emérito, ahora libre de pecados de acuerdo con el espíritu de esta reforma. Afortunadamente, nuestro gobierno, el espejo en el que se mira nuestra nación, no lo compone únicamente el PSOE. Ahí tenemos también a Podemas, faro de referencia de la izquierda de verdad, látigo infatigable de la “casta” y sus componendas, batuta de las impolutas voces del progresismo radical. Valientemente, se han negado a suscribir una ley que, previsiblemente, vaciará nuestras cárceles de políticos represaliados por sus ideas acerca de cuánto dinero debe haber en sus cuentas cuando abandonen los cargos públicos. Eso sí, han votado a favor de ella, que ser radical, ser de izquierdas y luchar contra ella no significa que no compartan las ideas de “la casta”. 

   Dice el abogado de Griñán, en su día él mismo diputado socialista, que Griñán y Chaves, en lugar de agradecer el gesto, han sentido su dignidad ofendida (sic!) porque se los metiera en el mismo saco que los independentistas. De hecho, mezclar esta reforma de la ley con la reforma de la sedición ha levantado todas las ampollas que estaban sin cicatrizar en el PSOE contra Pedro “el hermoso”, generando una marejada de fondo de la que declaraciones de los cargos medios, de antiguos barones del partido y de supuestas “organizaciones ciudadanas”, apenas si son un pálido reflejo. Quienes conocen a los votantes del PSOE afirman que las bases están que trinan. Pero nada de eso es comparable con la estupefacción de las autoridades europeas. La reforma, como todas las leyes que venimos padeciendo en este fin de año por parte del gobierno de Pedro “el hermoso” no sólo se ha hecho deprisa y corriendo, no sólo se ha hecho consultando únicamente a los cuatro desaprensivos encerrados en un despacho, además se ha hecho en un momento en el que desde Bruselas se había animado a España a no “desfallecer” en su lucha contra la corrupción y justo en plena onda expansiva del Qatargate, que va a llevar a un endurecimiento de los controles en la Unión Europea y a colocar a España, una vez más, otra vez, como siempre, en ese lugar de Europa en el que la espalda pierde su virtuoso nombre.

domingo, 18 de diciembre de 2022

15 de diciembre de 2.022: un país sin sediciosos

   La jornada del 15 de enero de 2.022 pasará a la historia de nuestro país como el principio del fin de algo que se inició en noviembre de 1.975. Nada ocurre por saltos, no hay jornadas decisivas ni hay más acontecimientos que los que algún poder deseoso de que no preguntemos el porqué, plante ante nuestras narices. Sin embargo, el pasado jueves todo lo que iba camino del desastre en este país se hizo patente y manifiesto para quien no esconda su cabeza bajo el ala. Ese día, el gobierno de Pedro “el hermoso”, llevó al Parlamento otra de sus leyes Frankenstein, en la que, sin pensar más que en su propio pellejo, proponía cualquier cosa para salir del atolladero. En este caso, se trataba de un paquete que incluía la reforma del delito de sedición, la reforma del delito de malversación y la reforma de los procedimientos para elegir magistrados del Tribunal Constitucional, todo junto y revuelto sin otro hilo común que el que se ha convertido en el elan vital de este espasmo legislativo de nuestro preclaro gobierno: el sí porque sí. Patxi López, portavoz del PSOE en el Congreso, que hace ya mucho tiempo que se comió su última ración de vergüenza confundiéndola con una angula, ha justificado este despropósito afirmando que permite "homogeneizar" la legislación española con la europea; "corregir tipos inexistentes" que pertenecen a otra época histórica y rebajar "penas desproporcionadas" que generan "disfunciones en la cooperación entre los estados". Con estas leyes en vigor, añadió el bueno de Patxi, Carles I de Catalunya no hubiese ganado ningún recurso para evitar su extradición a España… porque nunca se habría ido de ella. En efecto, la reforma del delito de sedición, simplemente, la hace desaparecer. En lugar de sedición habla de “desórdenes públicos agravados”, la pena máxima pasa de los 15 años de prisión a los cinco que prevé la nueva ley. En su redacción original, el artículo 544 del Código Penal hablaba de alzarse “pública y tumultuariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las leyes o a cualquier autoridad, corporación oficial o funcionario público". La reforma, por contra, se refiere a quienes actúen “en grupo y con el fin de atentar contra la paz pública, ejecuten actos de violencia o intimidación sobre las personas o las cosas; u obstaculizando las vías públicas ocasionando un peligro para la vida o salud de las personas, o invadiendo instalaciones o edificios". Dicho de otro modo, quienes promovieron el referéndum independentista en Cataluña ni siquiera quedan imputados por este artículo. Sin embargo, un grupo de manifestantes que irrumpan en una oficina bancaria, se pongan a bailar sevillanas y se lleven de ella una grapadora, sí acabarán en prisión en la parte superior de la horquilla de penas previstas. La ley española ya nunca más molestará a los políticos que lancen a las masas contra las instituciones democráticas, eso sí, si los ciudadanos se organizan de modo espontáneo para protestar, que se vayan preparando. O, si quieren, se lo pongo más claro, un Donald Trump que explícitamente llamase al asalto del Congreso, no encontraría obstáculo legal alguno para seguir presentándose a cuantas elecciones quisiera, por contra, una acampada en la Puerta del Sol como la protesta de los indignados en 2011, nunca más podrá tener lugar en nuestro país.

   Si hubiese que creerse algo de lo que dice Patxi López, la propuesta no estaba redactada 48 horas antes de su tramitación. Dicho de otro modo, el acuerdo entre PSOE y ERC se puso negro sobre blanco sin realizar ningún tipo de consulta a expertos jurídicos, órganos consultivos ni nada semejante, con lo que nadie ha previsto posibles consecuencias indeseables de esta ley, como nadie las previó de la reforma de la ley del “sí es sí”, reforma que ha permitido la sistemática rebaja de condenas de violadores, acosadores y demás incapacitados sexuales que se dedican a asaltar a las mujeres. El resultado no se ha hecho esperar. El 7 de noviembre de 2021, un avión que volaba de Casablanca a Estambul tuvo que aterrizar de emergencia en el aeropuerto de Palma. Uno de los pasajeros parecía haber sufrido un coma insulínico. Aprovechando la llegada del equipo médico para atenderlo, 24 pasajeros organizaron un tumulto y bajaron del aparato, invadieron las pistas y la mitad de ellos, consiguieron abandonar las dependencias del aeropuerto. El aeropuerto de Palma tuvo que cerrar sus instalaciones durante tres horas con el consiguiente caos aéreo. Las Fiscalía, alentada por unas autoridades que exigían practicar un escarmiento con los detenidos, los acusó de sedición y, consecuentemente, dado que se les podía imputar hasta 10 años de cárcel, obtuvieron la prisión preventiva de todos ellos hasta la llegada del juicio. Si efectivamente, el delito de sedición queda reformado en el sentido que pide el gobierno, los abogados defensores ya han mostrado su intención de pedir la libertad condicional de todos ellos, dado que la posible rebaja de la pena impuesta ya no exigiría mantenerlos en prisión a la espera de juicio. De este modo, podrán unirse a sus compatriotas escapados y, entre todos, colgar vídeos instructivos en Youtube, explicando cómo entrar en Europa a través de un país de chascarrillo llamado “España”.

domingo, 11 de diciembre de 2022

La Primera República.

   Me gustan los deportes espectaculares, así que no tengo el más mínimo interés por el fútbol. No obstante, la derrota de España ante Marruecos y la posterior victoria de ésta ante Portugal me ha proporcionado un sin fin de risotadas por motivos múltiples. Uno de ellos es descubrir que a la altura del siglo XXI España sigue dividida en dos grandes mitades, la de aquellos que ignoran nuestra historia y la de aquellos que hacen todo cuanto está en sus manos por ignorar nuestra historia.

   Como he explicado varias veces aquí, constituye un error común (y catastrófico) considerar que el Islam es algo así como un monolito que se extiende sin variantes desde Alhucemas hasta Mindanao y, por lo mismo, considerar que el Islam hoy es igual que en los tiempos de la predicación de Mahoma. Cuando uno lee el resultado de aplicar estos simplismos a la historia de España el resultado es descacharrante. Ocho siglos de la historia de este país, ocho siglos, 800 años, más de los que han transcurrido desde el descubrimiento de América, los ocupa la historia de al-Ándalus. El primer hecho fundamental para entender al-Ándalus consiste en que Táriq Ibn Ziyad desembarcó en la península al mando de unos 9.000 hombres y que con ellos conquistó sin demasiados esfuerzos todo el territorio comprendido entre Gibraltar y la Meseta Central, dominando una población de unas 700.000, almas ,algo que de ninguna de las maneras puede conseguirse únicamente manu militari. Las posteriores oleadas norteafricanas tampoco alteraron la base demográfica de al-Ándalus y, de un modo muy parecido a lo que ocurrió con los visigodos, implicó en la llegada de unos miles de hombres armados que se convertían en la élite dirigente y que acababan diluyéndose en el sustrato existente. Un reciente estudio genético muestra que un 10% de los habitantes de este país todavía tiene genes norteafricanos algo que cuadra mucho más con lo que acabamos de describir que con muchas otras paparruchas que nos han contado.

   Como consecuencia de lo anterior, una tensión permanente recorrió la historia de al-Ándalus entre la población andalusí, descendiente directa de los pobladores originarios de la península, y las minorías llegadas del Sur, detentadoras del poder. Pero a ella había que añadir otra. La prosperidad de la dinastía omeya generó deslumbrantes ciudades, entre las que destacaba por encima de todas Córdoba. Sus habitantes se distinguieron muy pronto por su refinamiento,  sus intereses culturales y su preocupación por la justicia y la política. Sin embargo, buena parte de la población andalusí siguió residiendo en pueblos de base agrícola, a veces, en condiciones de pura subsistencia. Esto generó otra tensión, perpendicular a la anterior, entre los habitantes rurales y algo que a todas luces podríamos llamar burguesía. Con frecuencia estas tensiones desembocaron en conflictos, levantamientos y guerras civiles, más o menos encubiertas como guerras dinásticas. Problemas de esta índole provocaron a principios del siglo XI la desintegración del reino en una serie de taifas. En Córdoba las revueltas populares destituyeron a Abderramán V (1024), a Yahya al-Muhtal (1027) y a Hisham III (1031). Hartos de tribus venidas del Norte de África a modo de ejércitos pagados con impuestos abusivos, Córdoba fue la última en declararse reino independiente, pero la primera en toda Europa en declararse una república. En contra de lo que cuentan nuestros libros de historia, ni la Primera República española nació en el siglo XIX, ni la primera república islámica en el siglo XX.

   En 1031 un consejo de notables decidió entregar el poder a Abú'l Hazm Yahwar bin Muhammad de la familia de los Banu Yahwar que venía ocupando cargos públicos desde antes del colapso del califato. Yahwar bin Muhammad, sin embargo, renunció a proclamarse califa. Exigió compartir su poder con otros dos miembros de su familia y se consideró a sí mismo un delegado de la confianza popular, no la persona encargada de mandar o de prohibir. Todas sus decisiones se hicieron siempre en presencia de una asamblea de notables, en la cual todos podían hablar y dar su parecer. Aunque muchos consideran que en realidad, el poder permaneció en manos del clan de los Yahwar, no constan represalias contra los contrarios a sus decisiones ni mandatos impuestos por las buenas a dicha asamblea. De hecho, incluso quienes testimonian de su avaricia y de haber triplicado sus riquezas durante su gobierno, le reconocen a Yahwar bin Muhammad sensatez política, buen hacer y preocupación por las aflicciones de los ciudadanos de a pie. Por supuesto, como todos los que ocuparon un cargo antes que él y después que él, prohibió la venta de alcohol, pero también disolvió la milicia bereber que atemorizaba a la población, creó algo parecido a un ejército popular, hizo los impuestos soportables para todos, llevó una contabilidad minuciosa de cómo y para qué se gastaba cada moneda del erario público, colocó guardias en los palacios califales aunque no los habitó nunca, acudió, como uno más, a las ceremonias, a los ritos populares de Córdoba y a visitar los enfermos, regularizó la práctica médica, convirtió la ciudad en tierra de acogida para todos los exiliados del resto de reinos taifas y medió entre ellos para que vivieran en paz y armonía. Aunque es verdad que su mandato no se extendió mucho más allá de los muros de la ciudad, le devolvió el esplendor de los primeros años del califato omeya. Básicamente no hay críticas a su gobierno ni siquiera entre los historiadores que más aceradamente le lanzan puyas y todos le reconocen haber encabezado una época de prosperidad. Sin embargo, él nunca se consideró elegido para nada y reclamó para sí meramente el papel de guardián del califato hasta que llegase alguien que mereciera “el reconocimiento de todos”. Hasta tal punto obró regido por esta idea que dejó en manos del consejo de notables elegirle sucesor. Cuando murió, el consejo eligió a su hijo Abú'l Walid Muhammad quien durante 21 años más mantuvo la prosperidad, la tolerancia y el afán por cuidar el bienestar de los ciudadanos. Pero Abú'l Walid Muhammad tenía dos hijos, en los cuales acabó delegando el poder. Entre ellos surgió una rivalidad que les llevó a enfrentarse fratricidamente hasta que en 1070 la taifa de Sevilla se anexionó Córdoba. 

   La que verdaderamente merece el nombre de I República española, pues, no sólo presagió la que aparece en los libros deseosos de olvidar nuestra historia como I (1873-4), sino que también anticipó lo que habría de ocurrir con la que se denomina “Segunda República” (1931-9). Y todo eso sucedió aquí, en este país empeñado en sepultar bajo toneladas de olvido cualquier cosa que le recuerde que otra España es posible porque la historia muestra que ya existieron otras Españas posibles.

domingo, 4 de diciembre de 2022

En qué consiste el fascismo.

   Supongamos que enviamos una sonda espacial a inspeccionar un planeta, pero no vuelve. ¿Qué debemos hacer? La mayor parte de los seres humanos responderían: mandar X sondas espaciales más. Altshuller llamaba a eso "inercia psicológica" y consiste en que los seres humanos, cuando adoptan una línea de pensamiento ya siguen por ella con independencia de cuántas paredes haya que atravesar a cabezazos. Y, por supuesto, si no se derriban al primero sólo hay que… dar más. "Más" siempre figura en la solución que dan los seres humanos. ¿Hay delincuencia en las calles? más policía. ¿Las tasas de criminalidad no descienden? más libertad para la acción policial. ¿La criminalidad sigue aumentando? se los dota de armas más potentes. ¿Si un antibiótico no funciona ante una infección hay que suministrar más cantidad? ¿Si un sistema de entrenamiento genera lesiones en los deportistas hay que entrenar más? ¿Si el carrito de la compra tiende a irse hacia un lado, para mantenerlo en línea recta, tenemos que empujar más? Habitualmente "más" forma parte del problema, no de la solución.

   Las grandes unificaciones nacionales del XIX condujeron a la idea de que cualquier problema que surgiese podría solucionarse con más nacionalismo y así llegamos a esa trituradora de vidas humanas que fue la Primera Guerra Mundial. Como todas las guerras, solucionó bastante poco, pero agravó sin límites todos los problemas. Naturalmente, todo el mundo pensó que resolverlos exigía una guerra más grande. Sin que nadie entendiera muy bien por qué Europa se precipitó al abismo de su autodestrucción. Después, de entre ruinas innecesarias, horrores insondables y sufrimientos sin cuento, los europeos se tropezaron, al fin, con la evidencia de que todos nuestros problemas debían solucionarse de otra manera y no con más locura. Vinieron generaciones y generaciones que inventaron soluciones nuevas, que crearon nuevas posibilidades y que soñaron con otros horizontes. Desde las altas esferas se consideró que tanta creatividad era peligrosa, así que, lentamente se procedió a estrangularla. En los años noventa toda la destrucción de mediados de siglo parecía tan lejana que reapareció la vieja cantinela del “más”. Hoy día abundan quienes creen haber descubierto que las ideas que hace un siglo condujeron a la catástrofe, mañana nos llevarán al paraíso. Hasta tal punto estamos perdidos y desorientados que ya ni siquiera somos capaces de identificar el peligro. Menudean sesudos expertos que sientan cátedra afirmando que es difícil definir qué entendemos por "fascismo", pese a que el fascismo ni se oculta, ni se disimula, ni se esconde. Aún más, hay textos sobre él, textos escritos por quienes lo fundaron y por quienes lo practicaron, que no dejan mucho lugar a dudas de cuál es su naturaleza. Drieu de la Rochelle decía claramente que el fascismo no tenía un programa y Mussolini hasta le negaba la posesión de ideas. El fascismo no se asienta en ideas. No hay ninguna idea que merezca el calificativo de “fascismo”. El fascismo consiste en la acción. Como afirman sus “teóricos”, viene encarnado en una "actitud", una "mentalidad", un "espíritu", etéreo y transparente, que puede encontrarse en cualquier lugar y en ninguno y que por tanto, puede apropiarse de cualquier cosa según las circunstancias y los intereses. El fascismo no es una ideología, usa y se disfraza de cualquier ideología, según convenga. Todas las ideologías tienen cabida en el fascismo y a él llega gente que procede de todo el arco político. Las alimenta todas, hasta el punto de que las élites del comunismo italiano de los años 30 brotó de los centros de adoctrinamiento fascistas. No se trata de que el fascismo sea conciliador ni tolerante, se trata de que no tiene ideas propias y tiene que tomarlas de aquí y de allá, del presente y del pasado, de las rancias tradiciones patrias y del extranjero no importa cómo de remoto, de negar las ideas de los otros, pero siempre en la cantidad mínima, lo imprescindible para aparentar que defiende algo distinto de la barbarie en estado puro. Muchos intelectuales quedan encandilados por el fascismo como las polillas por la luz. Creen que esa amalgama es un crisol del que nacerá algo nuevo y después tienen que permitir la pública humillación o abandonarlo en cuanto pretenden pensar dentro de él por su propia cuenta. Dentro del fascismo sólo piensa uno, sólo uno tiene pensamiento propio mientras todos los demás tienen que limitarse a interpretarlo. Aplastando a esos intelectuales que se acercan a él, pulverizando sus méritos previos, el fascismo demuestra la naturaleza de su disciplina, que no consiste en afirmar unos principios, consiste en defenestrar a cualquiera que los tenga. Hay quienes se sienten cómodos en las “ciudades seguras” que ofrece el fascismo. Cierran los ojos al hecho evidente de que el fascismo siempre necesitará reforzar la disciplina aniquilando a alguien y que, llegado el caso, el líder correspondiente elegirá ese alguien a capricho. “¿Yo?” claman entonces quienes se sentían seguros bajo la bestialidad fascista, "pero si yo no he hecho nada”. Precisamente por eso nuestro buen hombre se ha convertido en víctima del fascismo, porque ni ha hecho nada, ni ante su desaparición nadie hará nada. Como actividad, como acción, el fascismo no tolera ni la resistencia ni la pasividad, o se está con él, o se está en la lista de enemigos futuros.

   El discurso del fascismo es el discurso de la nuda retórica, la que se lleva a cabo no para convencer ni para disfrutar del uso de la palabra, la que se emplea para demostrar el propio poder de hablar y por tanto, de reducir al otro al silencio, la que no tiene finalidad alguna en las palabras ya que, en el fondo, no importan. Importa la acción y por eso el discurso del fascismo es el discurso de la acción, la acción hecha discurso, la palabra como martillo, como insulto, como agresión, cuya referencia son los golpes y no los pensamientos. Cuando brota de la boca de los fascistas es un farfulleo de contradicciones que a las personas de sano juicio les parece la diatriba de un loco. Aman por encima de todo a la Patria y a algún líder extranjero que no dudaría un segundo en arrasarla. Sólo quieren a inmigrantes que sean buenos trabajadores pero no tan buenos que les quiten los puestos de trabajo a los nacionales, ni tan malos que no sirvan para emplearlos como esclavos. Se ponen cachondos con sus banderas, pero cambiarían los colores nacionales por los del billete de 100$. Critican las corruptelas de quienes enchufan a sus parientes, pero defienden que la familia tiene que estar por encima de todo. Se vuelcan por obtener buenos resultados en las elecciones autonómicas, pero quieren eliminar las autonomías. Lo darían todo por España, salvo el dinero que efectivamente tienen en sus bolsillos. Reivindican nuestra gloriosa historia ignorando las vergonzosas derrotas que la pueblan. Afirmar una cosa, su contraria y negar ambas constituye la base del discurso fascista. Ahora ya podemos entender los problemas que nos embargan. 

   Convertir el juego político en un apéndice del mercado, decir no importa qué porque de lo que importa nadie se atreve a decir nada, vaciar los programas políticos de cualquier contenido porque quien tiene un programa puede verse refutado por la experiencia, ha conducido la vida política de nuestras democracias a la entrada misma de las cuevas fascistas. Hasta tal punto el fascismo nos envolvía antes del primer triunfo de Le Pen que los votantes vieron en él la autenticidad de algo que tantos políticos encarnaban a modo de copia. El votante percibe en el fascismo la honestidad de quien no tiene vergüenza, la sinceridad del criminal confeso, la valentía del matón de barrio y como les han hecho olvidar en qué consisten de verdad esas virtudes, creen que en el fascismo hay algo que merece la pena. Al fascismo no se lo va a parar con genéricas alarmas para salvar nuestras democracias, ni aireando verdades históricas manoseadas políticamente, ni, desde luego, pactando con él para apaciguarlo. Al fascismo lo pararán las nuevas ideas, los programas enérgicos y llenos de contenido, los objetivos claros, tangibles y alcanzables, políticas dirigidas a solucionar los problemas reales de los ciudadanos o ya no lo parará nadie.

domingo, 27 de noviembre de 2022

Sueños y pesadillas del críquet.

   El 25 de marzo de 1992 en Melbourne, Inglaterra y Pakistán se enfrentaron en la final de la Copa del Mundo de ese deporte que nadie puede entender a menos que hable inglés llamado criquet. Contra todo pronóstico, Pakistán logró humillar al antiguo poder colonial y comenzó una racha de victorias de los equipos asiáticos sobre la, hasta entonces, imbatible potencia occidental. Aquel histórico triunfo supuso la retirada del que había sido capitán y emblemático jugador pakistaní Imran Khan. En buena medida el ascenso del poder asiático en el criquet es la historia de la prodigiosa carrera de Khan y, paralelamente, de las retransmisiones televisivas de dicho deporte. Un ídolo viviente en su país, respetado y admirado fuera de él, bien visto por las élites políticas londinenses, Khan recibió muy pronto propuestas para ocupar cargos ya bajo la dictadura de Muhammad Zia-ul-Haq. Esencialmente los partidos políticos pakistaníes se lo rifaban y él se dejó querer por unos y otros pero con la idea clara de que no sería segundo de nadie. El 25 de abril de 1996 fundó su propio partido, el Pakistán Tehreek-e-Insaf (Movimiento pakistaní por la Justicia). Khan mostró en política la misma habilidad que había demostrado para los enfrentamientos sobre el redondeado campo de los estadios de críquet. 

   Comenzó su andadura por las arenas movedizas de la política pakistaní utilizando su carisma para defender a capa y espada al gobierno del golpista Pervez Musharraf. A nadie se le escapó que este inicio, más que simpatía por Musharraf, mostraba sus intentos por granjearse amigos en el ejército y, más concretamente, en sus servicios secretos, el ISI, un auténtico Estado dentro del Estado que viene poniendo y quitando primeros ministros con tal fruición que ninguno ha conseguido jamás terminar su mandato de cinco años. Pero, como digo, Khan es cualquier cosa menos tonto. Hacia 2007 ya se había dado cuenta de que Musharraf tenía los días contados y se pasó a bombo y platillo al Movimiento Democrático de Todos los Partidos, lo cual le costó arresto, maltrato y cárcel. El hecho de que un tambaleante Musharraf no lo quitara de en medio por entonces demuestra que el ejército ya tenía planes para él. Pero la caída de Musharraf favoreció a quienes había expulsado del poder con su golpe de estado, Benazir Bhutto y su partido, el PPP. Musharraf, pensaba haber alcanzado un pacto con Bhutto que le permitiría seguir conservando esferas de poder o, al menos, no ser perseguido por sus múltiples tropelías, pero el ejército ya lo había puenteado y dos meses y medio después de volver de su exilio, Bhutto fue asesinada en un atentado. 

   En 2013, la hora parecía haber llegado para Khan. Sin embargo, las urnas le dieron la victoria al tradicional rival del PPP, el PLM (N) de Nawaz Sharif. No obstante, el “plan Khan” ya estaba en marcha y a partir de 2014 inició una campaña de agitación popular denunciando el “robo” de las elecciones de 2013, cosa que permitió al ejército manejar al gobierno de Sharif a su antojo. Finalmente, Khan llevó a su partido a ganar 116 de los 270 asientos del Parlamento, en medio de acusaciones de una flagrante intervención de los militares a su favor en 2018. Como Primer Ministro, Khan favoreció la atención sanitaria para los más pobres, la desaparición formal de las áreas tribales tradicionalmente hostiles a cualquier cosa procedente de Islamabad y hogar tradicional del ISI, saneó las cuentas públicas a cambio de hundir la rupia y encarecer de modo asfixiante el coste de la vida, abrió las puertas a la llegada de capital chino, restauró las relaciones con las monarquías del golfo e incendió las redes sociales negándose a llamar terrorista a Bin Laden o justificando la negativa de los talibanes a la educación de las niñas. Desde su oficina se defendió la independencia de los EEUU y acabó en el despacho de Putin el día en que éste iniciaba la invasión de Ucrania. Sin embargo, durante su gobierno, el ISI ha mostrado un grado de colaboración con las administraciones norteamericanas bastante mayor que en la década anterior.

   Lo que pasa en los despachos de las altas esferas de Pakistán es fácilmente descifrable, pero lo que ocurre en los despachos castrenses es otra cosa. Sin que nadie sepa muy bien por qué ni cómo un abismo absolutamente inusual se abrió en el monolítico ejercito pakistaní entre el general Qamar Javed Bajwa, Jefe del Estado mayor y el teniente general Faiz Hameed, jefe de los servicios de inteligencia, hasta el punto de que llegaron a mostrar sus desavenencias ante los periodistas. Bajwa se deshizo de Hameed en junio 2021, pero con los años, Hameed se había convertido en íntimo amigo de “su chico”, Imran Khan, así que Bajwa propició un voto de confianza que expulsó a Khan del cargo el 8 de marzo de este año, siendo la primera vez que un primer ministro pakistaní lo pierde de este modo (el modo habitual es un golpe de estado). Desde entonces, Khan ha vuelto a la agitación popular, promoviendo marchas, manifestaciones y protestas contra el gobierno, los militares y, en última instancia, EEUU, a los que acusa de haber urdido su destitución. El gobierno tampoco se ha quedado quieto y ha orquestado una acusación contra él por “terrorismo” y malversación. Durante la marcha que Khan ha organizado desde Lahore hasta Islamabad, un tiroteo acabó con seis personas heridas, entre ellas un Khan que sigue conservando un enorme tirón popular. Sus seguidores no dudaron en calificarlo de atentado y mostraron su furia en las calles del país. En un hito sin precedentes, el actual jefe del ISI, cargo que hasta hace poco conllevaba el secreto absoluto sobre su identidad, se presentó ante la prensa para negar cualquier relación del ejército con lo ocurrido. Pero la bomba estalló pocos días después, cuando Khan desveló un informe (obviamente elaborado por Hameed) en el que se daba cuenta del enriquecimiento personal y familiar de Bajwa que oficialmente debe pasar a la reserva el día 29 de este mes.

   Mientras los mimbres que han sostenido a Pakistán desde la independencia parecen rasgarse por todas partes, el país va camino del abismo. Su deuda es tan enorme que China y las monarquías del golfo se han negado a financiarla. Las caudalosas inversiones de Pekín han sembrado el país de resentimiento por todas partes y particularmente en la estratégica región de Beluchistán, siempre levantisca y que parece al borde de una violenta explosión. Hasta los talibanes han comenzando a ningunearlos y se han multiplicado los incidentes en la frontera no delimitada con Afganistán. El salvavidas económico que podría suponer la ayuda del FMI vendrá, como siempre, condicionada a nuevos ajustes fiscales que condenarán a la ya empobrecida población a caer por debajo de los límites de la subsistencia. Mientras tanto, niños descalzos juegan con palos y piedras en los descampados a rememorar el triunfo de Khan y los suyos en la Copa del Mundo de críquet.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Perdidos en la traducción (6)

   En 1970, Edgar Frank "Ted" Codd publicó A Relational Model of Data for Large Shared Data Banks, libro en el que exponía las ideas centrales sobre la creación y funcionamiento de las bases de datos relacionales. Por algún motivo, se sorprendió de que su empresa, IBM, no se apresurara a convertir sus planteamientos en programas funcionales, cuando, en realidad, eso se puede considerar el sello identificador de IBM. De hecho, no puso manos a la obra hasta que Oracle, basándose en el libro de Codd, comenzó a producir bases de datos comerciales. Pero la explosión de las mismas vino de otro lado. 

   En 1978, Wayne Ratliff trabajaba para el Jet Propulsion Laboratory (JPL), cuyo personal tenía por costumbre hacer una porra semanal sobre los partidos de la NFL. Aunque a Ratliff parece que no le interesaba demasiado el fútbol americano, pensó que podría superar a sus colegas generando predicciones que se basasen en las estadísticas que se publicaban sobre cada partido. Tomó entonces una vieja base de datos que se empleaba en el JPL llamada RETRIEVE y la adaptó para sus necesidades. Le dio el nombre de Vulcan por el origen del Mr. Spock de la serie Star Trek. No consta si Ratliff consiguió realmente batir a sus compañeros con sus predicciones, pero Vulcan demostró una enorme versatilidad para el desempeño de tareas diversas, tanto que los dueños de Ashton-Tate, la primera empresa en vender software por correo, se interesaron por la criatura de Ratliff, llegando a un acuerdo comercial con él. Había nacido dBase. 

   dBase escaló hasta dominar por completo el sector de las bases de datos domésticas en los años 80. Expandido primero a lomos de los ordenadores fabricados por Apple, su salto al entorno Windows le abrió la puerta de millones de hogares. En cierta medida, su popularidad lo mató. Hacia finales de los 80, los ordenadores habían dado paso en las empresas a las redes locales y con ellas llegó SQL, la tardía pero eficaz respuesta de IBM a las ideas planteadas por Codd. Los directivos de Ashton-Tate decidieron coger el toro por los cuernos y crear dBase IV, capaz de abastecer redes locales y entenderse con SQL. Sin embargo, al mercado llegó una versión desastrosamente lenta e inestable, que dejó la puerta abierta a rivales como Paradox y Clipper. Para entonces, un nuevo y más desafiante problema se hallaba en ciernes.

   Si las bases de datos habían seguido el paradigma de Codd, los lenguajes para redes cada vez más extensas que aparecieron en los años 90, habían crecido siguiendo el paradigma de los algoritmos, pues, en esencia, todo programa no constituye más que un algoritmo. En los algoritmos hay un nodo de inicio y una sucesión de pasos en forma de árbol que va escindiéndose en ramales, más conocidos como subrutinas. En consecuencia, cuando hay que tratar con datos, los lenguajes informáticos, al igual que los naturales, los entienden como objetos, quiero decir, como un nodo que se conecta con varias propiedades, campos o características. Sin embargo, una base de datos relacional como dBase, como todas las que siguen las ideas de Codd, contienen una sucesión de tablas, por ejemplo, todos los colores posibles de un coche, todos los motores posibles de un coche y todos los terminados de tapicería posibles en un coche. Cuando uno trata con objetos y aparece uno nuevo con rasgos singulares, por ejemplo, cuando uno trata el organigrama de una empresa y se crea un nuevo departamento, no tenemos más que tomar un nodo concreto y añadirle un ramal más a los que ya tenía. Pero cuando uno trata con tablas, la aparición de un objeto nuevo significa que hay que volver a reescribir todas las tablas porque hay que organizar lo contenido en ellas de otra manera. Todavía me acuerdo la que había que liar en dBase cuando, después de haber construido una base de datos y haber empezado a meter registros te dabas cuenta de que se te había olvidado especificar un campo. A cambio, buscar algo en una tabla resulta mucho más rápido y fácil que ir recorriendo todos los nodos en los que puede hallarse la información. Dicho de otro modo, acoplar programas que tomaban en consideración objetos con bases de datos que tomaban en consideración relaciones significaba perder alguno de los rasgos que hacían a unos y otras tan útiles… A menos que se encontrase otra solución.

   La solución consistió en crear lo que se llaman “motores de persistencia”. Un motor de persistencia consiste en un programa (o, como les gusta decir a los informáticos, una capa más de programación) que descompone los objetos en relaciones y que compone objetos a partir de relaciones. El motor de persistencia debe tener en cuenta la estructura del programa y la estructura de cada una de las bases de datos a las que se va a acceder desde él, de modo que si hay que incorporar una nueva base de datos, hay que añadirle líneas de código. A cambio, el usuario final puede hacer sus búsquedas y obtener resultados sin enterarse en absoluto de toda esta labor. Eso es precisamente lo que ocurre con nuestras búsquedas en Internet. La interfaz con la que buscamos, carga en la memoria RAM de nuestro ordenador un motor de persistencia que nos va a permitir acceder a datos colocados en bases de datos dispersas por todo el mundo y con estructuras dispares sin que nos demos cuenta de ello. Hasta tal punto no nos damos cuenta que los filósofos llevan tres décadas utilizando herramientas que demuestran el ridículo de uno de los principios básicos que ha movido a la filosofía durante esas tres décadas. En efecto, cualquier motor de persistencia hace cotidianamente para nosotros lo que los filósofos dieron por “imposible”, traducir entre dos lenguajes no ya con palabras o gramáticas “diferentes” o “alejados”, sino que presentan estructuras ontológicas toto caelo dispares, hasta el punto de que no existe un par de idiomas humanos que presenten una heterogeneidad semejante a la de un lenguaje basado en objetos y otro en relaciones. Por supuesto, los motores de persistencia no carecen de problemas y de desafíos por vencer, pero demuestran, en cada búsqueda que efectuamos con ellos, una funcionalidad que los filósofos vienen negando a cualquier género de traducción.

domingo, 13 de noviembre de 2022

El péndulo de Peirce (2 de 2).

   Los supervivientes de la expedición a la Bahía de Lady Franklin fueron recibidos como héroes, tanto más cuanto que, en medio del frío, del hambre y de penalidades sin cuento, Greeley se había empeñado en que cargaran en todo momento con los aparatos científicos, entre ellos el péndulo de Peirce, y los cuadernos de notas con las mediciones. Fueron ascendidos y condecorados, aunque Greeley rechazó estos honores. Un mes después de su llegada, la prensa sensacionalista se cebó con la expedición removiendo truculentas historias de canibalismo que ellos negaron tajantemente aunque reconocieron haber usado carne de sus compañeros muertos como cebo para pescar piojos de mar. Lo cierto es que en el área en el que fueron encontrados no existe fauna marina o acuática de dimensiones superiores a esos piojos de mar que alcanzan como mucho los 4 cm.

   A comienzos de 1886, Peirce tenía sobre la mesa 100 volúmenes de datos en bruto sobre observaciones con péndulos que abarcaban buena parte de su trabajo desde 1880, además de los que la expedición de Greeley había aportado. Todos esos datos debían ser corregidos, normalizados, convertidos en mediciones de gravedad y de curvatura y puestos negro sobre blanco en un informe a publicar por el Coast Survey. Pero el Peirce que tenía que encargarse de ellos ya no era el joven científico que había impresionado a la Asociación Internacional de Geodesia. Su padre había muerto en 1880 y con él se había ido su paraguas protector. Por esas fechas se divorció de su primera mujer, la activista del feminismo Melusina Fay "Zina" Peirce, que lo había abandonado en 1875. Pero antes de su divorcio comenzó a frecuentar la compañía de la que acabaría siendo su segunda esposa, Juliette, de la que, por no saberse, no se sabe ni su apellido de soltera. Simon Newcomb lo denunció ante el comité ético de la Universidad John Hopkins y Peirce tuvo que presentar su carta de dimisión antes de que lo echaran en un incidente que recuerda al que viviría John Watson, el padre del conductismo, 40 años después. La sociedad bienpensante condenó al ostracismo a la pareja y la propia familia de Peirce acabaría dándole la espalda. No renunciando al “estilo de vida al que aspiramos”, en palabras de Peirce, y teniendo como único ingreso el sueldo que él cobraba del Coast Survrey, el matrimonio Peirce había iniciado una suave pendiente hacia la indigencia pues ese escaso sustento estaba lejos de hallarse garantizado. El Coast Survey, encargado de publicar los mapas de Norteamérica, había alcanzado enorme prestigio tras la guerra civil, atrayendo lo más preciado de las cabezas científicas del país. Peirce había entrado en ella como “ayudante de cálculo” bajo el auspicio de su padre que, a la sazón, dirigió el organismo desde 1867 hasta 1874. Pero Peirce asumió rápidamente funciones ajenas a la de la “calculadora humana” que se suponía que era. Su presencia en el Congreso Internacional de Geodesia se debió a una campaña de cartas enviadas a los más prestigiosos periódicos de la nación reclamando la presencia de EEUU en semejante foro por primera vez, campaña que el propio Peirce se ufanaba de haber orquestado. La fabricación de péndulos y la consiguiente contribución a la expedición a la Bahía de Lady Franklin supusieron otros tantos logros de Peirce. En 1885 había llegado a la presidencia de EEUU Grover Cleveland que incluyó en su programa la necesidad de “adelgazar” la administración y que rápidamente puso al Coast Survey en su punto de mira. A su vez, en el Coast Survey miraron hacia Peirce. Él, por su parte, absolutamente seguro de su capacidad de cálculo, por otro lado asombrosa, parece que no pensó en cómo sistematizar los datos ni en darles la estructura de un informe hasta que la inabarcable montaña de números estuvo sobre su mesa. Inició entonces un intercambio epistolar con la dirección del Coast Survey pidiendo ayuda, tiempo o permiso para tomar atajos, consiguiendo únicamente aumentar la desconfianza hacia su figura. A la ya insoportable presión se unió el hecho de que los datos del péndulo que los hombres de Greeley habían devuelto tras arrastrarlo por el hielo en su embalaje protector, había que incluirlos en el informe fuese como fuese. Ahora bien, por alguna razón, el péndulo, no el soporte, que había regresado hasta Peirce, pesaba cuatro gramos menos que el que partió del puerto de New York y los datos tomados con enorme celo por Israel mostraban discrepancias que sólo podían entenderse si, en algún momento, el aparato había sufrido congelación. Las cifras absolutamente precisas que Peirce había prometido con sus péndulos reversibles en 1876 dependían ahora de una sucesión de conjeturas que los convertían en pura especulación. Mientras pasaban los meses y Greeley calentaba a la opinión pública y a los altos cargos preguntando qué ocurría con el informe por el que sus hombres habían muerto, Peirce intentaba ganarse la vida con un curso de lógica por correspondencia, lanzaba ataques anónimos en la prensa contra la filosofía de Herbert Spencer y hasta se embarcaba en una polémica con Edmund Gurney en las páginas de una revista acerca del fundamento estadístico de la telepatía. Por fin, el 24 de abril de 1890, Peirce envió su informe. Temiéndose lo peor, la dirección del Coast Survey ordenó que lo supervisara… Simon Newcomb, el hombre cuya acusación había convertido a Peirce en un paria. Newcomb no tardó ni cuatro días en concluir que el informe no podía ser publicado por el Coast Survey porque, por alguna razón, Peirce se había dedicado a presentar primero los resultados, después las fórmulas de las que éstos se extraían, después los principios de los que se obtenían estas fórmulas y así sucesivamente hasta llegar, por último, a los datos originales, lo cual suponía “una inversión del orden lógico”. Todo el documento necesitaba ser reescrito de arriba a abajo, algo que el menguante presupuesto del Coast Survey no hacía practicable. A Peirce se le informó de que no se le renovaría su contrato y el informe jamás se publicó. Supuestamente archivado, a día de hoy se lo considera perdido.

domingo, 6 de noviembre de 2022

El péndulo de Peirce (1 de 2).

   Durante las sesiones de la Comisión Permanente de la Asociación Geodésica Internacional celebradas entre el 5 y el 10 de octubre de 1876, un joven científico norteamericano intervino para señalar que todas las mediciones con péndulos efectuadas en Europa habían incurrido en un error sistemático al no incluir en sus cálculos los leves desplazamientos producidos en el soporte por las oscilaciones del péndulo. Este tipo de errores habían acabado conduciendo a un callejón sin salida los intentos por determinar el valor de la gravedad en cada punto y, por ende, la forma exacta de la Tierra. Aunque semejantes apreciaciones generaron un acalorado debate, al final el joven norteamericano consiguió convencer a sus colegas europeos y regresó a su país con la promesa de construir un nuevo tipo de péndulos que ofrecería resultados exactos y que, en consecuencia, convertirían a los EEUU en la referencia para este género de investigaciones. Aquel joven científico que alcanzaba de este modo la culminación de su carrera se llamaba Charles Sanders Peirce y era, gracias a la intervención de su padre, el notable astrónomo y matemático Benjamin Peirce, profesor de la Universidad John Hopkins y asesor de cálculo del Coast Survey, uno de los principales organismos científicos del gobierno norteamericano. Del péndulo de Peirce acabaron construyéndose cuatro ejemplares. Con tres de ellos se efectuaron medidas en diferentes puntos del país mientras que el cuarto habría de llevarse hasta la Bahía de Lady Franklin, situada en el Ártico, allí donde Canadá casi pierde su nombre y se confunde con Groenlandia.

   Aunque en Europa se habían comenzado a construir laboratorios en los que se controlaba la presión atmosférica antes de hacer oscilar el péndulo, las anotaciones de Peirce dan cuenta de condiciones más precarias, haciendo recaer todo el rigor de las mediciones en lo que el propio Peirce pudo conseguir. Algunas de ellas incluyeron habitáculos completamente aislados, en los que la temperatura corporal del observador no tuviera incidencia sobre lo observado. Pero en otras, Peirce hasta tuvo que utilizar un cronómetro prestado por una avería del suyo. Como cualquiera que lo haya empleado sabe, de entre todos los dispositivos intrínsecamente malignos creados por el ser humano, el péndulo es el más maligno de todos los que se pueden poner en manos de un científico. Las oscilaciones de un péndulo dependen de una pluralidad de factores y, por encima de todo, del capricho del propio péndulo. Después de haber controlado las más insignificantes corrientes de aire, las más sutiles vibraciones del terreno o del entorno, las más nimias variaciones de la temperatura y absolutamente todos los factores en su instalación y manejo, un péndulo puede seguir ofreciendo resultados irregulares sin que nadie entienda demasiado bien por qué. Coloque ahora un aparatejo tan endiablado como este en el círculo polar Ártico.

   La expedición a la Bahía de Lady Franklin estuvo comandada por el teniente Adolphus Greely un hombre con el carácter necesario para liderar semejante misión pero demasiado dotado para el mando, hasta el punto de que se sorprendía cuando alguien que no fuese él decía algo que le pareciese sensato. El encargado de manejar el péndulo de Peirce sería Edward Israel, un joven astrónomo recién graduado a quien uno de sus profesores había designado para incorporarse a esta expedición. En mayo de 1881 Peirce e Israel se reunieron en un sótano habilitado por el Coast Survey para que el primero enseñara al segundo el manejo del péndulo. Del informe de Peirce sobre estas reuniones podemos colegir que, por el suelo y la construcción del edificio, no pudieron efectuar ninguna medición real, limitándose Peirce a indicarle a Irwin cómo habría de proceder en condiciones ideales. El 9 de junio de 1881, los 24 hombres de Greeley partieron hacia la estación ártica con todos su dispositivos científicos a bordo del Proteus. En medio de unas temperaturas inusualmente cálidas para aquellas latitudes, llegaron a su objetivo el 11 de agosto y, tras construir un campamento, Greeley ordenó a sus hombres iniciar las mediciones que constituían el eje de la misión mientras el Proteus iniciaba el viaje de regreso. Unos meses después, dos de los miembros de la expedición alcanzaban el punto más septentrional del globo al que el ser humano había llegado hasta entonces.

   En 1882, el barco que debía llevarles provisiones y recoger al médico de la expedición cuyo contrato vencía ese año, no pudo alcanzar la Bahía de Lady Franklin por las condiciones climatológicas. En 1883 el Proteus acabó aprisionado en los hielos cuando intentaba llegar hasta ellos y un segundo barco tuvo también que renunciar al intento. Siguiendo las órdenes, Greeley decidió mover el campamento hacia el sur, hacia un punto en el que, teóricamente, se le habrían dejado provisiones caso de que los barcos no pudieran alcanzar la base original. Sin embargo, la tripulación del Proteus, tras abandonarlo, sólo pudo dejar para Greeley y sus hombres provisiones para 40 días. Cuando éstos llegaron allí, en condiciones terribles y casi sin alimentos, no pudieron seguir avanzando y tuvieron que acampar en mitad de la nada. Con todo el mundo dando la expedición por perdida, la mujer de Greeley inició una infatigable gira por los despachos de los altos cargos del gobierno hasta que consiguió que el Secretario de la Marina enviara cuatro buques al rescate de su marido. El 22 de junio de 1884 contactaron con la expedición ¡2.000 millas al sur de la Bahía de Lady Franklin! 17 hombres, incluyendo a Edward Israel, habían muerto de hambre, de frío o ahogados. Uno había sido ejecutado por Greeley por robo reiterado de raciones de comida. Sólo quedaban seis supervivientes y el propio Greeley. 

domingo, 30 de octubre de 2022

Sobre voluntad y justicia.

   Ya he explicado reiteradas veces aquí que existe un país llamado Portugal del que los españoles deberíamos aprender mucho. Pero, por eso precisamente, porque tiene mucho que enseñarnos, hacemos lo posible por no conocerlo ni por equivocación. Nos vanagloriamos de haber visitado Praga, San Petersburgo, Venecia, Nueva York, Londres… Pero pregunten por una plaza de Lisboa o una playa del Algarve y verán. En Portugal existe una cosa llamada Conselho Superior da Magistratura, que manda tanto como nuestro Consejo Superior de Deportes, pero en su caso para los jueces. En 1974, la Revolución de los Claveles acabó pacíficamente con la dictadura de Salazar y, pese a que los jueces que ejercieron durante la dictadura continuaron haciéndolo durante los primeros años de la democracia, la Constitución portuguesa de 1976 no tuvo el menor empacho en declarar que “los tribunales son órganos de soberanía con competencia para administrar justicia en nombre del pueblo” y que “los tribunales son independientes y están sujetos únicamente a la ley”. El Conselho consta de 17 miembros, de los cuales el parlamento por mayoría de tres quintos elige siete vocales, el Presidente de la República nombra 2 y los otros ocho los eligen los propios jueces. El modelo portugués no es una anomalía en Europa, bien al contrario, sigue la pauta del sistema judicial italiano o del francés, en el que la mayoría de los integrantes de los órganos del poder judicial lo nombran los propios magistrados. Existe otro tipo de modelos, en los que dicho órgano tiene un papel puramente administrativo, pues se accede a él, como a cualquier otra plaza del funcionariado, por méritos, limitándose su poder al de sancionar a los jueces que transgredan la ley. Este año, Polonia pasó de un sistema “a la francesa” a un sistema puramente español, lo cual, de entrada, no suena demasiado bien, pero a él le han añadido un Tribunal Disciplinario que responde únicamente ante el gobierno y todo tipo de sanciones para jueces que antepongan la legislación europea a la polaca o cuestionen la constitucionalidad de la leyes nacionales.

   La Constitución española, que la hizo gente de derechas y de izquierdas pero muy sabia en comparación con lo que vino después, remitía la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) a una futura ley orgánica de la judicatura dejando de facto dicha elección en manos de los jueces. La ley orgánica se fue retrasando y no vio la luz hasta 1985. Para entonces, Felipe González ya se había hartado de que los jueces le vinieran con zarandajas acerca de que las mayorías absolutas no eran óbice para saltarse las leyes cuando a uno le viniera en gana robar más de lo habitual. La ley del 85 entregaba al Congreso el nombramiento de diez de los 20 componentes del órgano de gobierno judicial y al Senado los otros diez. Todavía mejor, ni siquiera tenían que ser jueces ni fiscales, bastaba con que tuvieran “suficiente reputación en el ámbito judicial” (por ejemplo, profesores de derecho). Eso sí, para disimular un poco las cosas y que las futuras elecciones no sacaran tan suculenta presa de sus garras, establecía la necesidad de que todos ellos fueran nombrados por una mayoría de tres quintos de las respectivas cámaras. La imagen de un Felipe González que ya había abandonado la chaqueta de pana, pero que iba por Europa de progre y de legítimo heredero de la República nos evitó un rapapolvos como el que le ha caído en estos días a Polonia. Los jueces no se lo perdonaron y se cebaron con deleite en las decenas de corruptelas de las que el socialismo sembró nuestro país durante 14 años. Pero mientras el PP dejaba constancia pública, con una sonrisa, de cada acción judicial, privadamente tomaba nota de lo que estaba ocurriendo para que a ellos no les pasase lo mismo. En cuanto tuvo mayoría absoluta, el tío del bigote promovió una revolucionaria reforma judicial que, en realidad, se limitaba a decir que los miembros elegidos por las cámaras saldrían de listas promovidas por las asociaciones de jueces y fiscales políticamente orientadas, es decir, que los partidos políticos señalarían a las asociaciones de jueces y fiscales los nombres de entre quienes acabarían eligiendo a los miembros de CGPJ. Esta reforma no le gustó a nadie, salvo a las asociaciones de jueces y fiscales, claro. En 2012, el flamante ministro de Justicia, Ruiz Gallardón, anunció a bombo y platillo una nueva reforma que se proponía devolver a los jueces el autogobierno con la esperanza de que éstos recordasen tal gesto de magnanimidad en los futuros juicios sobre corrupción del PP. Pero cuando el proyecto de ley llegó al Consejo de Ministros, de esa novedad no quedaba nada. Tan diluida llegó la “reforma” que nunca se tramitó. Al parecer, PP y PSOE habían alcanzado un acuerdo para renovar la cúpula del órgano y el PSOE pidió durante las negociaciones de la misma parar la futura ley, algo que el PP le concedió sin necesidad de un segundo ruego… Hasta hoy. Todos y cada uno de los integrantes del CGPJ llevan ocho años en el cargo. La prescriptiva renovación quinquenal no se ha llevado a cabo desde 2013. Cada cierto tiempo, los partidos hacen el amago de negociar, pero no negocian. Se limitan a proponer miembros inasumibles para el resto de partidos y ante la negativa de los otros, se levantan de la mesa sin más. El PP acusa al PSOE de "no tener voluntad de renovar el CGPJ", el PSOE acusa al PP de "no tener voluntad de renovar el CGPJ" y los dos acusan al tercer partido más votado de "no tener voluntad de renovar el CGPJ". Para dejar más claro de qué va todo esto, en 2020 se prohibió que los miembros en funciones del CGPJ hicieran nombramientos, “reforma” que hubo que desmontar a toda prisa unos meses después porque, lisa y llanamente, la justicia española estaba al borde del colapso. Ese año, un informe sobre el Estado de Derecho en España de la Comisión Europea subrayaba la escandalosa situación del órgano en el que se visibiliza la independencia del poder judicial y, de pasada, también ponía el acento en que “no se ha implantado una estrategia global específica de lucha contra la corrupción”. Para solucionar estos desmanes, el gobierno de Pedro “el hermoso”, amparado en las impolutas huestes de la progresía más izquierdista ha comenzado a alentar una futura reforma “a la polaca” que “desbloqueará la situación” y que se limita a quitar el obstáculo de los tres quintos para que los políticos forjen un órgano de gobierno judicial a su imagen y semejanza laminando inventos fascistoides como que en un Estado de Derecho el poder judicial debería ser independiente. Si a estas alturas Ud. tiene la menor duda de que los padres de nuestra patria están tratando de impedir que los jueces sigan persiguiendo algunas de sus corruptelas más evidentes por el procedimiento de nombrarlos ellos mismos, tengo un negocio que proponerle a propósito de un billete de lotería que no puedo cobrar. Póngase en contacto conmigo en tocomocho@todotimos.com.

domingo, 23 de octubre de 2022

¡Manolito presidente! ¡Manolito presidente!

   El día de elección del delegado de curso es uno de los días de fiesta en cualquier grupo de cualquier centro escolar. A nada se dedican con mayor entusiasmo y concentración los alumnos que a la elección de su delegado. Con dificultad se puede contener la euforia mientras se les desgranan las funciones y deberes de quien adquiera la responsabilidad. En ocasiones se postulan candidatos, algunos de los cuales llevan ya varios días haciendo campaña por lo bajinis o por boca de sus adláteres, que van convenciendo a los demás. Otras veces hay que sacarlos poco menos que por la oreja porque nadie quiere afrontar el riesgo de quedar en ridículo al no obtener voto alguno. En más de la mitad de los casos las elecciones las gana “Manolito” por mayoría más o menos aplastante respecto de alguien cabal y responsable. El “Manolito” elegido en un grupo es el calco del “Manolito” elegido en los demás. Se trata de un modelo que parece prefabricado y que se repite año tras año, curso tras curso, con escasísimas variantes de una generación a otra. Creció con la sensación de que en su casa no le prestaban la atención que merecía. A veces es verdad, se trata de familias semidesestructuradas en las que la apariencia de un hogar normal pende cada día de un hilo. El padre, ausente, en el paro de larga duración o violento cada vez que bebe, parece como si no estuviera o se desea que no esté. La madre tiene que arreglar los desmanes del marido, aportar medios de subsistencia y, con frecuencia, cuidar de padres ancianos. La atención de los progenitores se logra sólo en situaciones extremas. Ese rato en el que te acompañan para que el Jefe de Estudios comunique el último motivo de expulsión es, con frecuencia, el único momento en que se comparte algo con ellos y se anhela su repetición. A veces, la sensación de desamparo es puramente subjetiva, algo muy frecuente entre los miembros más pequeños de la familia, que siempre buscan algún modo de destacar. A veces, sin embargo, es muy difícil apreciar qué falla, porque el agotamiento moral con el que los padres vuelven del trabajo o la creencia de que teniendo dinero todo lo demás va de suyo y no hace falta pensar demasiado en los demás, sólo podría detectarse viviendo día a día lo que ese joven va absorbiendo de su entorno. En todos los casos, que el profesor se aprenda tu nombre antes que el de cualquier otro, que te dedique la mayor parte de su tiempo cada día, aunque sea para abroncarte, el paseillo triunfal camino de la jefatura de estudios, constituye un plus de atención mucho más fácil de conseguir en el aula que en casa. En cierto modo, nada de esto es culpa suya, "Manolito" es "Manolito" y eso no tiene arreglo.

   Pues bien, este “Manolito” al que todos los profesores conocen aunque no le hayan dado clase, acaba siempre como delegado o como uno de los candidatos más votados del curso. En el acto final de elección, entre aplausos al recién nombrado delegado, si no se controla mucho a los alumnos, alguien acaba gritando “¡Manolito presidente!¡Manolito presidente!” Después, "Manolito", obviamente, está siempre expulsado o falta o no acude a las reuniones importantes o acaba dejando que el subdelegado, la persona cabal y responsable, haga todo el trabajo. Nada de eso impedirá que al año siguiente vuelva a ser uno de los candidatos preferidos o, directamente, el elegido.

   Es fácil decir que los jóvenes son irresponsables, que se delega en ellos el aprendizaje del ejercicio democrático y que lo arrojan por la borda entre guasas, que no actúan con cordura o sensatez, que les falta conocimiento de lo que realmente constituyen sus intereses. Desde luego, puede considerarse que se permite que los jóvenes elijan a “Manolito” y que después se acostumbran a votar únicamente a “Manolitos” cuando devienen adultos. Pero también cabe el razonamiento inverso, que los jóvenes ven a los adultos votar a Donald Trump, a Abascal, a Berlusconi, a Boris Johnson y, claro, no hacen más que seguir dicha pauta con las copias que tienen más cercanas. Incluso puede argüirse que nos hemos vuelto todos tan descerebrados como los jóvenes que votan a "Manolito". En cualquier caso, lo cierto es que estamos acostumbramos a que nos dirijan “Manolitos” de toda índole y su inoperancia ante las crisis de un cuatrienio no impide que volvamos a votarles para el siguiente… a menos que aparezca en liza un “Manolito” más “Manolito” que el anterior. Soltamos continuamente pestes de políticos que son esto o aquello, políticos que son todos iguales, políticos que no son capaces de hacer una a derechas. Pero es que, como "Manolito", son descerebrados que no van a dejar de ser descerebrados por mucho que su cargo tenga cada vez más responsabilidad. Por tanto, la solución al problema no está en ellos, ellos no pueden solucionar nada porque no son capaces más que de estropear las cosas. La solución al problema está en una pregunta muy simple y muy elemental: ¿por qué no dejamos de votar a “Manolito”? ¿por qué no castigamos con nuestro voto a todo aquel que sabemos que ha mentido, que está mintiendo o que nos mentirá a las primeras de cambio? ¿por qué no votamos a quienes hayan probado suficientemente su integridad moral, su capacidad para dar soluciones que beneficien a todos? Si votásemos únicamente a quienes encarnaran modelos de sensatez y probidad, a nuestros políticos no les quedaría otra opción que cambiar si quisieren seguir ejerciendo cargos... Pero, claro, entonces ya no tendríamos motivos para quejarnos de ellos.

domingo, 16 de octubre de 2022

España ya no es diferente.

   Hay dos tipos de leyes en España. Las leyes que se aprueban con su correspondiente complemento presupuestario y que benefician a unos pocos y perjudican a la mayoría y las que se aprueban sin que al Estado le cueste un duro y que o no sirven para nada o acaban perjudicando a todo el mundo. Ninguna de ellas recibe demasiada preparación ni estudio. De las primeras hay pocas, muy poquitas, no vaya a ser que se equivoquen y cambie algo. Del resto, como, por ejemplo, leyes educativas, las hay a patadas. A nuestra insigne ministra Orwell, ya saben la del “Ministerio de Igualdad para todos, pero para unos más que para otros”, la Sra. Montero, se le ha ocurrido una de estas leyes geniales, la "ley trans" que pone a España en el marco de los países socialmente más avanzados como Suecia, Finlandia o Nueva Zelanda… que están pensando modificar las suyas. En esencia nuestra ley trans ha aprobado la barra libre en la elección de sexo, sin necesidad de informes médicos, psicológicos, aprobación de padres/tutores, ni zarandajas fascistoides de ese tipo. Desde los 14 años una persona puede ya inscribirse en el registro procedente y acudir a una “Clínica de afirmación sexual” donde, dada la deliberada ambigüedad de la ley, el correspondiente médico decidirá si la atiborra de fármacos o espera aún unos meses. La aprobación de la ley, en pleno verano y poco menos que a traición, ha llenado las redes sociales de mensajes contra las “personas menstruantes”, las “portadoras de agujeros delanteros”, el derecho exclusivo a llevar tampones en el bolso y cosas semejantes de un colectivo trans que parece haber olvidado las sutilezas del pensamiento queer para adueñarse por las bravas de las argumentaciones feministas reorientándolas hacia sus propios intereses. Al espanto de muchas mujeres que vuelven a sentirse avasalladas por los hombres, esta vez maquillados, lo han acusado de “feminismo institucional aliado con la ultraderecha”, es decir, de ser las huestes de una Carmen Calvo que sigue sin asumir que Pedro Sánchez prefirió a la Montero antes que a ella. No hay muchas dudas de qué van a hacer las mujeres de este país en las próximas elecciones generales. Entre la Sra. Montero capitaneando a las mujeres con pene, los delirios que suelta cada día Isabelita “la loca”, las locuras que farfulla el delirante barbudo de Vox o Pedro “el hermoso” haciéndoles guiños como si él no hubiese tenido nada que ver con la aprobación de la ley trans, no hay mucho color. Habrá que ver para qué le sirve al PSOE ganar votos si, como todo el mundo prevé, Podemas se hunde. A quien no le importa lo más mínimo es a la Sra. Montero, a la que el agradecimiento de la industria farmacéutica por liderar su emancipadora ley le dará de sobras para vivir cómodamente los próximos años.

   Hasta hace muy poco podíamos consolarnos pensando que estas leyes, redactadas de cualquier modo y aprobadas por las bravas, eran producto de la idiosincrasia patria. Sin embargo, días atrás, un ciudadano británico me advirtió que hoy se vive mejor aquí que en su país. Si por “vivir mejor” entendemos el dolor de estómago que a uno le entra leyendo el periódico en el desayuno, desde luego es verdad. Gran Bretaña, harta del sojuzgamiento de Bruselas, decidió sacudirse su yugo para seguir decididamente el camino de… Italia. Cuatro primeros ministros llevan ya en seis años y van camino del quinto. Al hombre que prometió que el Reino Unido sería una fiesta y al que, incomprensiblemente, echaron por cumplir con su palabra (al menos en su casa), le ha sucedido Lettuce Truss. La Sra. Truss, que llegó a manifestarse contra el gobierno de Thatcher, ha leído tanto en la prensa que es la nueva encarnación del viejo espíritu neoconservador, que se lo ha creído. Se rodeó de un grupo de amiguetes, tan alucinados como ella con la idea de que volvían los ochenta y, sin consultar a tirios ni a troyanos, se sacaron de la manga una propuesta para poner al país en la senda del crecimiento que recuerda a la inmunidad del rebaño pregonada en los inicios de la pandemia por el payaso Boris. El papel de médico loco lo jugaba esta vez Kwasi Kwarteng a quien adiestraron para el rol en JPMorgan. La idea era aliviar las duras cargas de los más ricos y sustituir sus sacrificadas dádivas al erario público fabricando papel. Olvidaron dos cosas, que la música que suena en la radio de los pobres indica claramente que ya no estamos en los ochenta y que fuera del paraguas protector de desmanes de la Unión Europea uno se moja. La caída de la libra, el hundimiento del bono y, como consecuencia, la amenaza de quiebra de todo el sistema de pensiones británico, obligó a una feroz intervención del Banco de Inglaterra. Creyéndose que seguía en Europa y gozaba de agua ilimitada para apagar cualquier incendio, Truss y Kwarteng resistieron una semana desafiando a los mercados, introduciendo “modificaciones” sobre su plan inicial y, por fin, diciendo “Diego” donde habían dicho “digo”. A lo largo de la semana el banco emisor informó a Truss y sus amiguetes que no, que ya no tenían liquidez ilimitada y que la manguera se cerraría este viernes cayese quien cayese. Y cayó Kwarteng. Muchos se preguntan cuánto tardará en seguirle una Liz Truss que nunca gozó del favor de los parlamentarios tories. Desde luego, visto lo visto, sí, casi mejor una ley trans, es más barata. 

domingo, 9 de octubre de 2022

El ombligo del mundo.

   Te Pito o te Henua, literalmente, "el ombligo del mundo", es una enorme piedra redonda situada en Rapanui o Isla de Pascua, aunque algunos creen que es la denominación original de aquel territorio. La isla está situada a 2.000 kilómetros de la isla más cercana y a 3.500 de las tierras continentales más cercanas, lo cual genera la primera pregunta: ¿cómo demonios llegaron los seres humanos allí? Al parecer, la colonización humana del Pacífico coincidió con un cambio climático que volvió la zona particularmente árida. La necesidad de encontrar recursos hídricos obligó a realizar viajes arriesgados cada vez más hacia el Este, a la búsqueda de zonas donde asentarse, lo cual originó arriesgados saltos de archipiélago en archipiélago. Naturalmente no existe recuento alguno de cuántas expediciones acabaron sucumbiendo antes de encontrar nuevas tierras que poblar en la inmensidad de un océano inmisericorde. Pero en el caso de Rapanui la cosa va más allá. Lisa y llanamente no hay nada a su alrededor en 2.000 kilómetros a la redonda y, por supuesto, a ras de mar, no hay el menor indicio de la existencia de la isla hasta que ya se está muy cercano a ella. Los rastros arqueológicos no permiten precisar cuándo se produjo la hazaña. Se suele situar en el siglo IX la época de la primera colonización humana, aunque algunos estudios la posponen hasta el siglo XIII. Tampoco está claro de dónde procedían los primeros habitantes. Si bien la mayoría de los estudiosos señalan que serían polinesios de las islas "más cercanas", también existe la teoría del origen sudamericano, entre otras cosas, porque los polinesios cultivaron con fruición la batata, procedente de Sudamérica. Por entonces la isla era un vergel de toromiros, con praderas de helechos y bosques de palmeras gigantes y, cabe suponer, con un amplio bioma que incluía garzas, búhos, fochas y loros. 

   La población dividió la isla en sectores, cada uno con una zona costera y una parte cultivable del interior. En la costa se situaban los lugares ceremoniales, en los que se desarrolló un culto a los antepasados que pasaba por erigirles prodigiosas estatuas de hasta diez metros de altura y cinco toneladas de peso. Labradas en piedra procedente del volcán extinguido del centro de la isla, se colocaban sobre una plataforma, en principio de madera. En un principio llevaban moños o penachos de plumas tallados en piedra de hasta diez toneladas de peso depositados sobre sus cabezas tras llegar a su destino definitivo. Finalmente, placas de coral hacían las veces de ojos para que el moai “cobrara vida”. En poco menos de 165 kilómetros cuadrados llegó a haber cerca de 900 moais, aunque algo menos de la mitad quedaron en fase de construcción precipitadamente abandonada. El traslado hasta el lugar donde quedaban plantados, las grúas o los artefactos utilizados para izarlos y colocarles el remate final, empleaba abundante madera que se sacó de los troncos de los árboles de la zona, hasta que toda la isla quedó literalmente deforestada. Una serie de investigaciones recientes han demostrado que los moais podían trasladarse de pie, haciéndolos oscilar como si caminasen. De hecho, la tradición oral de los habitantes de la isla afirmaba que los moais caminaban. Para cuando esto comenzó a ocurrir, la deforestación extrema, la caza intensiva, habían convertido el vergel original en una zona tan árida que los vientos la azotaban sin piedad de un lado a otro. Probablemente ese empobrecimiento de los recursos generó una guerra sin cuartel entre las tribus, que incluía atacar los moais del resto de tribus. 

   La sobrepoblación, la deforestación, el consiguiente cambio del clima de la isla y, como consecuencia de todo ello, las ya mencionadas guerras, sumieron a Rapanui en una crisis que facilitó las incursiones de todo tipo de enemigos y, a partir del siglo XVIII, de los europeos, que esclavizaron en masa a sus habitantes aparte de contagiarles enfermedades sin cuento. Cuando Chile se anexionó el territorio, en 1887, sólo quedaban 101 habitantes en la isla, de los cuales 12 eran hombres adultos. La clase sacerdotal, la única capaz de entender los jeroglíficos que adornan los moais y cuevas y que explican su origen y significado, había desaparecido hacía ya mucho. Necesitados de mano de obra, los chilenos permitieron la llegada de población polinesia de otras islas, que conforman la mayor parte de los que hoy se consideran habitantes “originarios” de la misma.

   El coronavirus dejó a la isla de Pascua en su situación de partida, prácticamente aislada. Sin turismo, pero también sin casos de COVID-19, el desempleo alcanzó casi al 60% de la población y el precio de los productos básicos se disparó. Sin embargo, el escaso 10% de la población que participó en el referéndum de 2021 para decidir si se volvía a reabrir al turismo, votó en contra de hacerlo, fascinados por haber logrado un aislamiento casi total de este mundo en el que tantos países anhelan parecerse a ellos… mientras practican un turismo que arrasa todo cuanto encuentra a su paso. El pasado viernes, un incendio intencionado en un pastizal se descontroló y devastó un centenar de hectáreas. Gracias a su aislamiento, los bomberos locales tardaron días en controlarlo, lo suficiente como para que el fuego devorara decenas de moais. La piedra volcánica, hecha de ceniza prensada, no soportó bien el calor del incendio y todos aquellos a los que afectó el fuego han quedado irremediablemente dañados. El mensaje que los hombres y mujeres que habitaron la isla de Pascua quisieron lanzar a sus descendientes y al mundo aniquilando su ecosistema para dar algo de orden y significado a sus vidas, se ha perdido ahora como una gota de lluvia en el océano, símbolo último, quizás, de lo que aguarda a la cultura, las esperanzas y las ambiciones de todos nosotros. 

domingo, 2 de octubre de 2022

Malí como modelo.

   Escribí sobre Malí en este blog por primera vez en febrero de 2013 y desde entonces, cada vez que he vuelto sobre el tema, mis presentimientos no han hecho otra cosa que oscurecerse. Quise desear que la intervención francesa, terminara exitosamente y que las tropas occidentales acabaran marchándose dejando atrás un país relativamente estabilizado y capaz de gobernarse a sí mismo, pero nada ha ido en esa dirección Las tropas francesas lograron restablecer el control sobre las ciudades del norte, aunque las grandes extensiones de terreno que las rodean no dejaron de pertenecer a los grupos yihadistas y a los bandidos de toda laya. El entrenamiento de las tropas malienses y el armamento distribuido a manos llenas entre unidades de autodefensa sirvió para exacerbar las luchas interétnicas, con poca o nula influencia sobre la capacidad del Estado para ampliar su presencia. La corrupción siguió galopando a sus anchas, el ejército se mostró más interesado por la política que por el combate, los periodistas occidentales se marcharon y acabó ocurriendo lo inevitable. Poco a poco el impulso inicial se fue perdiendo. Los tuaregs, teóricamente resentidos con sus antiguos aliados yihadistas, pasaron a ponerse de perfil cuando les convenía, los atentados, las matanzas, los robos de ganado y las subsiguientes hambrunas volvieron a apoderarse del norte y las unidades amparadas en la operación internacional de la ONU comenzaron a considerar un éxito mantenerse con vida. En medio de todo, decenas de miles de desplazados, carnicerías sin cuento y sin límite, una generación entera condenada a una vida infrahumana.

   El 18 de agosto de 2020, el general Assimi Goïta encabezó un golpe de estado para la formación de un gobierno de transición en el que él ocuparía la vicepresidencia, pero en mayo de 2021 decidió que aquello le sabía a poco y desencadenó un nuevo golpe para convertirse en presidente. Desde entonces su gobierno se ha dedicado esencialmente a echar gasolina al descontento popular con la intervención internacional. Ha roto el tratado de cooperación por el que Malí solicitó la ayuda de Francia, ha expulsado al embajador francés, ha prohibido el funcionamiento de las cadenas de radio y televisión francesa, ha roto relaciones con los organismos internacionales y el pasado mes de agosto acusó a los galos de "suscitar el odio étnico". La inquina hacia Francia en particular y hacia Occidente en general "sorprendentemente" se ha convertido en apasionada rusofilia. El país ha entregado la estrategia antiterrorista a los matones del grupo Wagner, ha gastado un dinero que nadie suponía que tenía en comprar modernísimos SU-25 diseñados en los años 60 y fabricados en los 80 y ha acogido con sonrisas la visita del Ministro de Exteriores de Irán, que nadie tiene muy claro qué iba a buscar allí y qué pretendía recibir a cambio. En el día de la independencia, hubo más banderas rusas que malienses, más vítores al gobierno que recuerdo de quienes dieron su vida por el nacimiento del país, mientras que una mayoría étnicamente pura aclamaba enfervorizada a un Goïta enfundado en gorilas marca Wagner. Ni los rusos ni los iraníes se preocupan por derechos humanos, por la convivencia interétnica, por el dinero que desaparece a raudales de las arcas públicas, ni por todas esas zarandajas neocoloniales. Tampoco es que contribuyan mucho a los intereses del gobierno. Carecen de inteligencia sobre el terreno, de experiencia en la lucha contrainsurgente en África y, aún más, de efectivos para tapar el agujero de 15.000 hombres que la marcha del contingente internacional ha dejado. Mostrando su brillantez estratégica, Goïta, ha convertido en soldados por decreto a las milicias tuaregs cuyo levantamiento inició la crisis. Nada de eso ha impedido el avance del yihadismo que vuelve, como en 2012, a desarrollar ataques muy cerca de la capital. El problema no es ya que Malí pueda convertirse en un nuevo Afganistán, el problema es que ni siquiera los grupúsculos yihadistas que pueden acabar ocupando el poder poseen coherencia suficiente para otorgar estabilidad y paz aunque sea bajo el manto del terror.

   Pero lo peor de Malí no es el abismo al que se está asomando. Lo peor de Malí es que se ha convertido en un modelo por el que sus vecinos comienzan a sentir fatal atracción. Esta semana se ha producido el quinto golpe de estado en Burkina Faso en lo que va de año. Una vez más, la incontrolable expansión del yihadismo ha sido la excusa. Una vez más, han aparecido banderas rusas en manos de manifestantes que no tienen dinero ni para comprar las de su país. Una vez más, la francofobia y la rusofilia se han convertido en el programa de los golpistas. Burkina Faso comparte con Malí las mismas promesas de riquezas naturales sin fin que no conocerá la actual generación de masacrados, las mismas hambrunas por culpa de la expansión de las zonas desérticas y la misma frontera sin control que comparten con el tercero en discordia, Níger, la teórica base del contraterrorismo norteamericano en el Sahel y, aún mejor, tercer productor mundial de Uranio. 

   Es lógico que ahora mismo tengamos nuestra mirada en otras guerras y otras catástrofes humanitarias más cercanas geográficamente, es lógico que no haya bomberos para tanto fuego, es lógico que haya quien se aproveche de ello. Por otra parte, Macron está en lo cierto, sin el compromiso del gobierno de turno, Occidente no puede (y cabe preguntar si debe intentar) obrar milagros en la lucha contra el terrorismo. Pero el día en que Ucrania sea un país libre de invasores, habrá que irse planteando modos creativos y eficaces de evitar que gobiernos poco o nada comprometidos con la estabilidad de sus países acaben conduciendo a la catástrofe a sus gobernados, dicho de otro modo, modos creativos y eficaces de prevenir el terrorismo en lugar de combatirlo cuando la sangre de los inocentes ya se ha derramado.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Certezas de una derrota.

   "Casualmente", la ofensiva ucraniana que ha liberado en pocos días todo lo que lo que el ejército ruso tardó meses en conquistar y que lo ha puesto pies en polvorosa, se produjo poco antes de la cumbre de Samarcanda y unas semanas antes de la Asamblea General de la ONU. A la reunión de la Organización para la Cooperación de Shanghái acudió un Putin, todo sonrisas, que quería demostrar que Occidente podía aislarlo pero que el mundo se ha vuelto multilateral y que él tiene amigos en todas partes. Así lo vendió la prensa rusa y así lo ha vendido parte de la prensa occidental a la que no le importa informar de cualquier manera o a la que le importa mucho más el dinero que llega desde Moscú. La foto de Putin rodeado de sus socios de la OCS recordaba a la comida de navidad en torno al abuelete rico con todos sus hijos y nietos contentos y ansiosos porque el viejo se muera y poder heredarle. Xi ha actuado como Marlon Brando en "El Padrino", dejándose ver poco ante las cámaras y reuniéndose en privado con todo el mundo para arreglar los problemas. Pekín, que, como ya he explicado en alguna ocasión, considera "corto plazo" lo que se hace a diez años vista, está ahora mismo dividido entre quienes consideran que lo mejor es seguir apoyándose en una Rusia poderosa y quienes consideran que ha llegado la hora de absorberla. El comportamiento de Xi durante la cumbre de Samarcanda indica que van ganando los segundos. Pero no son los únicos que han llegado a esa conclusión. Turquía ya no se molesta en disimular que, tras Azerbaiyán, está aprovechando la coyuntura rusa para expandir su influencia por todas las repúblicas centroasiáticas. Saben que, más pronto o más tarde, sus intereses acabarán enfrentados con los de China, saben que contarán con el respaldo de EEUU en esa pugna, pero también saben que ese momento no ha llegado aún. Erdoğan le sonríe a Xi, habla de cooperar, pasa por alto la cuestión uigur, pero apenas el presidente chino regresa triunfante a Pekín, actúa como el único capaz de apaciguar el conflicto entre Kirguistán y Tayikistán. Y mientras entran en su patio trasero, mientras Modi (¡Modi! el Modi que está repartiendo a sangre y fuego Cachemira entre sus amigotes) le espeta que "no es época para guerras", mientras Erdoğan le pide que acabe con la barbarie, Putin sonríe. Y sonríe mientras reconoce que Xi le ha "preguntado" qué demonios está haciendo en Ucrania. Todo el mundo sabe que el hecho de que otro país "pregunte" por tus asuntos es motivo suficiente para tirarse los trastos diplomáticos a la cabeza. Pero Putin lo confiesa inocentemente ante los medios de comunicación e incluso afirma que ve "comprensible" la preocupación china, lo cual, en lenguaje diplomático significa: "nuestra posición es tan débil que ahora mismo no podemos hacer otra cosa". Unos días después, mientras Erdoğan declara que Putin tiene intención de terminar pronto la guerra y que, en su opinión, debería devolver los territorios ocupados desde 2014 para obtener una paz justa, se anuncia una comparecencia pública del presidente ruso. Pero Putin no comparece, ni siquiera es capaz de hacer una alocución en directo. La graba y, no sabemos con cuantas ediciones, se emite horas después de lo anunciado. Lloriquea ante las cámaras porque los malvados occidentales están utilizando tecnología punta (que Rusia presumía de tener también), para identificar y localizar cada unidad de su ejército, anuncia un decreto de movilización "parcial" cuyo texto, más bien, habla de movilización general, certifica la inmediata anexión de los territorios ocupados en cuanto se confirme que los "espontáneos" refrendos populares han sido ganados con una media del 80% de síes y advierte de que está dispuesto a utilizar su poderío nuclear a las primeras de cambio. Inmediatamente las preguntas se amontonan. ¿Las armas nucleares son el buque insignia del poderío militar ruso? ¿tendrán el mismo peso en los acontecimientos que el buque insignia de su marina? ¿Vista la eficacia del ejército ruso, dónde apuntan esas armas y dónde acabarán cayendo? ¿Putin no se ha dado cuenta de que si Ucrania, quiero decir, EEUU, sabe exactamente dónde está cada unidad de su ejército, su potencia de fuego, su capacidad de combate y hasta los planes que se están haciendo antes de que el propio Putin se entere, también tiene un conocimiento exhaustivo de su auténtico poderío nuclear, de la situación del mismo, de dónde se ubica y, llegado el caso, tendría noticia por anticipado de su decisión de utilizarlo? ¿No ha caído en la cuenta de que las amenazas nucleares que no funcionaron el 24 de febrero no van a tener más efecto el 24 de septiembre? ¿Qué plan b hay si no surten efecto? ¿provocar un holocausto, ante todo y sobre todo, de Rusia? ¿De verdad piensa declarar invasor al ejército ucraniano en las áreas anexionadas por decreto? ¿en serio cree que China se va a tirar con ellos por semejante precipicio? ¿Para qué necesita 300.000 reservistas si reconoce menos de 6.000 bajas en sus propias filas y 100.000 muertos entre las tropas ucranianas? ¿espera que los jóvenes vayan de buen grado a una guerra que, según Moscú, va según lo planeado y en la que, por tanto, no son necesarios? ¿o espera que la población rusa deje de creer en lo que dicen sus autoridades? ¿Cómo va a entrenar en semanas a esa masa ingente de nuevos reclutas si ha sido incapaz en años de entrenar a los profesionales? ¿con qué los va armar? ¿dónde los va a desplegar? ¿sabe Putin qué ocurrió en la Semana Trágica de Barcelona y por qué? De acuerdo, Putin ha perdido el norte, nunca ha tenido contacto con la realidad, ahora ni siquiera lo tiene con la cordura, pero ¿y su entorno? ¿Es cierto que, quince días antes de que se iniciara la ofensiva ucraniana, en un foro de seguridad, el Ministro de Defensa, Sergei Shoigú, se felicitó públicamente porque su ejército había demostrado la inutilidad de la ayuda occidental al ejército ucraniano? ¿Cómo pudo Lavrov reclamar el multilateralismo ausentándose de todos los discursos en el Consejo de Seguridad, incluido el de sus "aliados" chinos y lanzando críticas contra cada una de las instituciones internacionales? ¿Se puede decir más alto y claro: "sólo queremos escuchar el discurso de nuestro propio delirio"? 

   El Kremlin se ha aferra a la puntilla ardiente del invierno. Espera que el frío y las restricciones energéticas pongan en aprietos al gobierno alemán, espera que los estómagos agradecidos del fascismo italiano pongan en aprietos la unidad europea y, sobre todo, espera que las malas condiciones meteorológicas hagan lo que su ejército es incapaz de hacer, parar a los ucranianos. Todo eso son esperanzas. Certeza es que cientos de miles de jóvenes rusos van a pasar un invierno de hambre, frío y desesperanza en las trincheras de territorios invadidos, certeza es que millones de ucranianos van a pasar un invierno en condiciones miserables que no se han merecido de ninguna de las maneras y es una certeza absoluta que hay en Moscú un patético megalómano que ya sólo puede conciliar el sueño abrazado a su botón nuclear.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Juego de espejos (2 de 2).

   En el prefacio a la edición de 2001, Lewis reflexionaba sobre el destino de The Assassins: A Radical Sect in Islam. Decía que si bien el título había permanecido el mismo, los intereses editoriales de las épocas habían trastocado significativamente el subtítulo con las traducciones. En una de ellas, muy de finales del siglo XX, se había convertido en algo así como “los primeros terroristas de la historia”. Pese a la protesta de Lewis, un enunciado muy parecido figura en las páginas de su libro. Desde luego, como “primeros”, a los asesinos les habían ganado por la mano los zelotes y sicarios, un milenio anteriores. Pero tampoco el término “terrorista” parece bien elegido. Zelotes y sicarios, por ejemplo, atentaban contra lo que consideraban “colaboradores” del poder romano para disuadir a otros de hacer lo mismo. Los asesinos, hasta donde ha quedado constancia, no actuaron contra ciudadanos normales y corrientes, ni contra objetivos delegados, en definitiva, no actuaron sobre enemigos “simbólicos”, sino sobre quienes, efectivamente, poseían poder militar o intelectual para oponerse con eficacia a la expansión del movimiento. Sin duda, utilizaron el magnicidio, pero el magnicidio no define al terrorismo. Tradicionalmente el terrorista no mata a su enemigo, mata a quien lo simboliza. Usando el asesinato político los asesinos se limitaron a seguir la tradición de su época. Y, desde luego, eso no dice nada a favor ni en contra del Islam. Recordemos a este respecto que el magnicidio puede considerarse la causa natural de muerte entre los reyes godos. Sí resulta llamativa la frecuencia y sofisticación con que usaron la táctica de la infiltración y, aún más, el modo en que hicieron alarde de ella dejando al perpetrador del asesinato sin planes de huida para que sucumbiera a la venganza del poder establecido. Antes de que existiera Internet, antes de que existieran los televisores, antes de que hubiese medios de comunicación de masas, los asesinos lograron crear una imagen de su producto de extraordinaria eficacia, hasta el punto de que muchos gobernadores del califa de turno prefirieron mantener buenas relaciones con ellos en lugar de hacer caso a las instrucciones de quien los había nombrado. En el magnicidio como forma de crear una imagen de marca, en trasladar la batalla desde unos campos en los  que nunca hubiesen logrado imponerse por lo limitado de sus tropas hasta un mundo, el de la imagen, donde ese detalle pierde importancia, sí que hay un vestigio que enlaza a los asesinos con los modernos movimientos terroristas, pero resulta muy dudoso que lo hicieran de modo consciente, deliberado y, aún más, que le dieran importancia. Si nos atenemos a los hechos, manifestaron una clara intención de dominar el territorio y no tanto el imaginario colectivo, algo que llegó al grado de fijación en el caso de los castillos. Por ellos sintieron atracción claramente superior a la que sintieron por las aldeas, los villorrios y aún las ciudades. No debe extrañarnos que los historiadores marxistas del Islam los viesen como el remanente feudal que se oponía a las élites ya marcadamente burguesas de las ciudades. Aún más, la imagen, su imagen, el terror y la efectividad del mismo que ésta ejerció, la construyeron otros. 

   En primer lugar, los abasíes, conscientes de que su imperio dependía del carácter del califa. Después los selyúcidas, conscientes de que la unidad del suyo pendió siempre de un hilo. Y, finalmente, destilando lo mejor de los terrores inventados por unos y otros, los cruzados, a los que ni la convicción absoluta de seguir los dictados de Dios libró de la certeza de haberse convertido en invasores de tierras extranjeras. Los cruzados construyeron la conveniente narrativa de un Islam sanguinario, del uso impío del magnicidio, de la existencia de unos hechos a imagen y semejanza de sus propios fantasmas, de esos monstruos que sabían ocultos en las simas de sus corazones. Hasta tal punto anidan en nuestros corazones los fantasmas atribuidos al Islam que John Watson, en Behaviorism (1924) y Mick Herron, el autor de la famosa serie de Jackson Lamb, en La calle de los espías (2017), volvieron a recuperar el horripilante mito de los niños criados desde la cuna para convertirse en asesinos perfectos. Antes incluso de que Aristóteles llegara a Europa y permitiera construir la síntesis doctrinal sobre la que se asentó nuestra cultura durante siglos, Occidente ya necesitaba inventar un Otro contra el que poder definirse.

   Bernard Lewis denuncia, desde las primeras líneas de su magnífico texto, este endiablado juego de espejos. Aporta datos precisos, fuentes exactas, documentos habitualmente dispersos, discusiones filológicas y hasta una historia de su constitución y de su derrumbamiento (a nivel académico porque en la calle sigue subsistiendo). Uno acaba de leerlo con el placer de haber dedicado su tiempo a una buena lectura, de haber aprendido cosas importantes y de haber formado parte de algo necesario y justo. Y, sin embargo, lejos de romper el juego de espejos que denuncia, Los asesinos. Una secta islámica radical, sólo ha conseguido incorporarse a él. Lewis lo escribió como lo que era, un historiador que dominaba una docena de idiomas y que se especializó en la historia del Islam. Esta formación le valió un puesto en los servicios secretos británicos durante la Segunda Guerra Mundial y después compaginó su carrera como historiador con el cargo de asesor del Benjamin Netanyahu que ejerció como embajador de Israel ante la ONU y, posteriormente, de la administración de George W. Bush. Con frecuencia aparece citado en la lista de los ideólogos del neoconservadurismo que se inventaron la necesidad de invadir Irak. Hay quienes le consideran el mayor experto occidental en el Islam y quienes consideran que construyó una imagen del Islam demasiado unitaria y generalista. No puede considerarse semejante acusación novedosa. La lanzó Edward Said seis años después de que Lewis publicara Los asesinos en su libro Orientalismo. En él incluía a Lewis en el grupo de los historiadores franceses, ingleses y norteamericanos que habían construido el mito de un “Oriente”, exótico, romántico, feroz y hermoso y, por encima de todo, separado por abismos culturales, geográficos y religiosos de “Occidente”, como si constituyeran dos ámbitos diferentes regidos por diferentes condiciones. Esta puesta en práctica del principio de separación en ámbitos, argüía Said, había permitido construir una identidad occidental basada en la contraposición entre la imagen que Occidente tiene de sí mismo y la imagen, construida por negación de aquella, que tenemos de Oriente. De la separación entre estos dos ámbitos partían todos y cada uno de los estudios occidentales con independencia de su orientación, temática y motivo. Contaba Said que Occidente había logrado imponer esta imagen sobre Oriente, hasta el punto de que de Oriente sólo existía para Occidente lo que atravesaba el filtro impuesto por éste para comprender a aquél.

   El libro de Said tuvo también una enorme repercusión y se lo considera el pistoletazo de salida de lo que se llaman “estudios postcoloniales”. Nueve años después, cuando Said corría camino de que Israel lo declarara "terrorista" por defender la causa palestina y alguien le dejara una bomba en su despacho, Lewis (que no duda en equiparar al Islam, el cristianismo y el judaísmo de su familia como religiones éticas que repudian la violencia y que en 1968 llegó a defender que los turcos no trataron de exterminar a los armenios), lanzó su propio ataque contra Said. Lo acusó, precisamente, de haber creado un colectivo, el de los “orientalistas”, inexistente más allá de la etiqueta burocrática para clasificar los estudios. Lo acusó de haber sesgado las citas, los libros y, en especial, las nacionalidades, dejando fuera de sus críticas a los orientalistas alemanes y pasando por alto los manifiestos prejuicios de los orientalistas soviéticos hacia el mundo islámico. Lo acusó de hacer como si en Francia no hubiese existido un tal Claude Cahen, autor de los primeros textos sobre la perspectiva musulmana de las cruzadas. En definitiva, Lewis acusó a Said de haber creado una imagen fantasmagórica con todo lo que un musulmán teme encontrar cuando encara un libro occidental sobre el Islam y de haber definido en qué consistía el deber de un estudioso negando los valores y cualidades de esa imagen. Said, en este sentido, no tendría ni más ni menos razón que Lewis, ni que ninguno de los lectores que acudieron a su libro buscando truculentas historias sobre los comedores de hachís y la intrínseca maldad del Islam. Como sabe repetir cualquier papanatas, “interpretaciones hay muchas”, pero semejante perla de sabiduría sólo sirve para escamotear el reto al que debe enfrentarse cualquier intelectual honesto: no confundir la realidad con aquello que le permite escapar de sus pesadillas.

domingo, 11 de septiembre de 2022

Juego de espejos (1 de 2)

   En 1967, Bernard Lewis (1916-2018) publicó The Assassins: A Radical Sect in Islam. Su éxito inicial no ha tenido parangón con lo que ocurrió después. Traducido a múltiples idiomas, se ha convertido en un clásico fácil encontrar en las librerías al lado de volúmenes sobre el terrorismo islámico. The Assassins cuenta la historia de los hashashins, los terroristas a los que "el viejo de la montaña" criaba desde niños, enseñándoles idiomas varios y habilidades para matar a cualquiera en cualquier momento y lugar del mundo. "El viejo de la montaña" vivió cientos de años, aterrorizó al mundo islámico y cristiano, participando en múltiples complots, atentando profusamente contra los cruzados y vendiendo sus servicios al mejor postor. Una muestra, al cabo, de la violencia que promueve el Islam, una demostración de que no puede haber paz con él, el primer movimiento terrorista de la historia y el inicio del choque de civilizaciones que padecemos. A los integrantes de su organización los convencía de que podía otorgarles el paraíso a su capricho drogándolos con hachís y de ahí proviene el nombre de la secta, pues "asesino" significa "comedor de hachís". Cierto caballero que pasó por aquellas tierras, presenció cómo sus seguidores no dudaban en arrojarse al vacío desde lo alto de una torre con una indicación suya y, por la simpatía despertada, el viejo de la montaña le ofreció matar a quien nuestro testigo ocular le dijese... Sólo que no hay nada de real en todas estas historias. Los asesinos no comían hachís, su nombre no viene de ahí, el "viejo de la montaña" designaba al tradicional anciano de la tribu, secta o grupo, se cebaron, sobre todo, en los musulmanes suníes y no hay datos históricos de ninguna escuela de asesinos. Todo lo que el gran público conocía antes de la publicación del libro de Lewis se remonta a las fábulas construidas por los cronistas de las cruzadas a partir de rumores, chismes y anécdotas que ni entendían ni podían contextualizar, contados por fuentes musulmanas, en muchos casos, ya imbuidas en sus propias fábulas y malentendidos. También hay que reconocer que no resultaba fácil acudir a las fuentes primarias antes del siglo XX y no porque uno pudiera perder la vida en ello, sino porque tradicionalmente se mantenían en secreto. El motivo no cuesta mucho desentrañarlo.

   Tras la muerte de Mahoma, el Islam se dividió entre los seguidores de Alí y los de Abu Bakr. A los primeros se los conoció como partidarios de Alí, es decir, shiaq-u-Ali,  a la larga, chiitas. Como ocurrió con la Reforma, el cisma dio lugar a pugnas teológicas y matanzas sin cuento, en las que salieron perdiendo los partidarios de Alí. Entre sus principios figuran la unificación de los temas religiosos y políticos, la necesidad de una guía espiritual por parte un imán a cuyo lado, como mano ejecutora de sus deseos, se colocó un comandante militar y, como consecuencia de sus múltiples derrotas y sufrimientos, la taqiyya o permiso para ocultar las propias prácticas cuando el ambiente resultaba poco propicio. En 765, murió Ya‘far as-Sadiq, sexto imán chiita. Su hijo y sucesor, Ismail, murió antes que su padre, de modo que lo sucedió Musa al-Kazim. Pero no todos los chiitas lo aceptaron como imán. Una facción lanzó la idea de que Ismail no había muerto, sino que se había ocultado y que volvería al final de los tiempos. A esa facción se los llamó ismailitas y desarrollan una sofisticada teología en torno a los imanes ocultos y los imanes manifiestos que prosperó hasta convertirse en una de las corrientes intelectuales más poderosas del Islam. De hecho, el ismailismo floreció particularmente en Túnez creando un califato, el único chiita, que se extendió rápidamente hacia Oriente (el califato fatimí), conquistando Egipto y fundando El Cairo. 

   En Persia y Siria, el ismailismo se convirtió en una corriente de enorme atractivo para los nuevos conversos, los campesinos pobres y, de modo general, para todos los desplazados del poder por los suníes (árabes de origen) y, posteriormente, por los selyúcidas turcomanos. Sus filas se engrosaron gracias a la labor de fervientes misioneros que viajaron incansablemente por los territorios más remotos reclutando prosélitos y afinando sus tesis doctrinales. Uno de ellos se llamó Hasan-i Sabbah y en 1090 logró hacerse con la fortaleza de Alamut, en las montañas del norte de Irán. Desde ese momento, el ismailismo persa, como todo movimiento, partido político o país, quedó atrapado en su mito fundacional. Infiltrarse entre el enemigo, tomar fortalezas y subyugar los territorios circundantes se convirtió en su obsesión. Dos hechos vinieron a beneficiar su labor. En primer lugar la escisión que se produjo dentro del califato fatimí de Egipto en 1094 y que dejó sin referentes al ismailismo de Levante y, en segundo lugar, las convulsiones del califato abasí de Bagdad en pugna constante con los selyúcidas cuya capital se situó en la actual Teherán. Aprovechando las debilidades y los vacíos de poder generados por unos y otros, la forma más radical de ismailismo pregonada desde Alamut llegó a convertirse en un poder real al que había que tener muy en cuenta. Aunque han pasado a la historia por la espectacularidad de sus magnicidios, en realidad fueron unos maestros no del asesinato sino de la infiltración. Convertían secretamente o sobornaban a personajes clave cercanos a su objetivo y, cuando eso no era posible, colocaban allí a alguien con engaños y subterfugios. Intentaban encauzar los acontecimientos sutilmente y, al menor tropiezo, amenazaban o apuñalaban a la autoridad de turno, dejando siempre claro quién lo había hecho y su filiación. Cualquiera que obstaculizara el poder de los asesinos se convertía, eo ipso en su objetivo y por "obstaculizar" hay que entender desde ejercer la violencia sobre los ismailitas hasta criticar públicamente a los asesinos. Queda dicho que, desde la toma de Alamut, los ismailitas vieron incrementadas las persecuciones y matanzas que ya venían sufriendo. Como siempre, las peleas de familia revisten los peores caracteres y en esta en concreto, nadie escatimó insultos, sangre ni barrabasadas de todo tipo. Suele decirse que el Islam va siete siglos por detrás del cristianismo, pero cuando uno lee la descripción que hace Lewis de las luchas sectarias en Persia y Siria, no puede dejar de recordar las que siete siglos más tarde sacudirían a los reinos cristianos con la Reforma. A los asesinos nunca le interesaron los cruzados como tales sino en tanto que actores de esa jaula de grillos a la que llamamos Oriente Medio y con miras a socavar el poder suní en Siria. Lewis da cuenta de que, en un período concreto, algunos castillos dominados por los asesinos pagaban tributos a castillos controlados por la orden templaria u hospitalaria mientras que castillos cristianos pagaban tributo a castillos de los asesinos. El punto de mira de los asesinos siempre se situó en el poder suní y selyúcida. Paradójicamente, el esplendor de los tres acabó a la vez y frente al mismo enemigo. La llegada de los mongoles en el siglo XIII, dio la puntilla al califato abasí de Bagdad, arrinconó a los selyúcidas, tomó y aniquiló los castillos de los asesinos y desperdigó a las comunidades ismailitas que no consiguió exterminar. Desde entonces, como pacíficos campesinos y comerciantes, han quedado fracturados en remotos pueblecitos de Irán, Siria, algunos de los estados asiáticos surgidos de la desintegración de la URSS y la India.