domingo, 18 de junio de 2017

El desafío.

   Desde los años 80, diferentes medios jurídicos han venido advirtiendo que la Constitución española, presenta una evidente falta de legislación en lo que se refiere a qué ha de ocurrir si un Ayuntamiento, una diputación provincial o una autonomía decide legislar más allá de lo que la Constitución le permite. Ahora está muy de moda citar el artículo 155 como el garante de que las autonomías se sometan al orden imperante, pero el artículo 155, tal y como está redactado, parece referirse más que a la legislación emanada de un parlamento autonómico a la negativa de éste a aplicar leyes aprobadas por el parlamento nacional. El propio hecho de que el alcance de este artículo sea discutible, muestra la falta de salvaguardias claras de las que hemos comenzado hablando. Como digo, han pasado no menos de 30 años desde las primeras denuncias de este hecho y ninguno de los sucesivos gobiernos, con mayorías absolutas o no, ha tratado de remediar la situación. Ya tuvimos un ejemplo claro de lo que podía ocurrir en la Marbella de Jesús Gil (y de los que vinieron después de él), donde los políticos hicieron, literalmente, lo que les dio la gana, sin que ninguna instancia, teóricamente superior, interviniera para impedirlo. Todos conocemos Ayuntamientos cuya corporación democráticamente elegida y la que le sucedió, están encausadas por corrupción y no pasa nada ni nadie hace siquiera el intento de disolverla. ¿Por qué? La razón fundamental radica en que, estando las cosas como están, todos los partidos políticos pueden sacar tajada mientras esperan, disfrutando plácidamente del producto de su pillaje, que les alcance esa tortuga artrítica llamada justicia.
   Desde el advenimiento de la democracia se halla pendiente una cosa llamada el estatuto del funcionario. Al igual que hay un estatuto del trabajador, que señala las líneas rojas que ninguna legislación ni pacto laboral puede sobrepasar, resulta deseable un estatuto de los trabajadores del Estado, que deje claras las líneas rojas que, bajo ningún concepto se pueden sobrepasar. Pues bien, ese estatuto sigue pendiente. El motivo principal es que debería dilucidar cuáles son las relaciones entre los funcionarios y sus superiores jerárquicos designados por la autoridad política. En particular, ese estatuto debería establecer cuándo y bajo qué condiciones, el funcionario puede negarse a cumplir una orden de sus superiores políticos. Parece lógico que, por mucho que trabaje para el Estado (y precisamente por trabajar para el Estado), el funcionario debe tener la capacidad de decirle “no” a una orden procedente de un cargo político cuando ésta contravenga los intereses del Estado o, al menos, la legislación internacional a la que dice someterse la Constitución o, por lo menos, las leyes vigentes. Se me dirá que el funcionario tiene el deber de denunciar cualquiera de estas situaciones, pero aquí volvemos a lo mismo. Un cargo político dispuesto a dictar órdenes contrarias a las leyes no tendrá reparo alguno en represaliar a cualquiera que se niegue a cumplir sus órdenes y sí, la justicia acabará por castigarlo, pero le alcanzará mucho más tarde que a su subordinado, pues mientras el cargo político puede protegerse en la presunción de inocencia, el funcionario queda obligado al cumplimiento de cualquier orden bajo la amenaza de ese motivo de expulsión del cuerpo que es la “dejación de funciones”. De hecho, llegado el momento, el funcionario tendrá que demostrar que recibió órdenes en el sentido de quebrantar la ley, algo que en este país resulta extremadamente difícil porque la administración funciona, sistemáticamente, bajo mandato oral. Si alguien tuviera la paciencia de leer todos los escritos administrativos cursados desde superiores jerárquicos a instancias por debajo de ellos, podría observar que toda esa gigantesca montaña de papeles, incluye informes, requerimientos, resoluciones y demás, pero ni una sola orden. Nadie en este país da órdenes por escrito. Una vez más cabe preguntar por qué y una vez más la respuesta es que la actuación política en este país se mantiene sistemáticamente en los bordes de la ley si no traspasándola y nadie está realmente interesado en cambiar eso.
   Hay un delito recogido en la legislación española que es el delito de prevaricación y que consiste en faltar conscientemente a los deberes del cargo que se ostenta o bien en cometer una injusticia con conciencia plena de que se está llevando a cabo una acción injusta. La naturaleza del delito, por tanto, no implica el perjuicio de nadie. De hecho, un cargo público puede actuar para favorecer a una persona y, sin embargo, precisamente por ello, cometer delito de prevaricación. Por tanto, el delito de prevaricación lleva implícita la necesidad de que los fiscales actúen contra él de oficio, es decir, sin que medie denuncia de parte alguna. En esto, precisamente, consiste el equilibrio de poderes en que se basa la democracia, a saber, que el poder jurídico vigile la actuación de los poderes legislativo y ejecutivo para que no sobrepasen sus competencias. ¿Actúan de oficio los fiscales contra la prevaricación? Ya se cuidarán de hacerlo. Lo normal en este país es que el delito de prevaricación entre en juego cuando ya han sido suficientemente probados otros delitos y, una vez más, encontramos las razones antedichas, a saber, que de aplicar rigurosamente tal figura jurídica, la mitad de la clase política española estaría ya inhabilitada.
   En los últimos tiempos El País viene dedicando una sección que llama “el desafío secesionista” a las decisiones del gobierno catalán. ¿Dónde habrían llegado las autoridades de Cataluña si la Constitución dejara claros los límites de acción de los gobiernos autonómicos y las consecuencias de sobrepasarlos? ¿Dónde habrían llegado Mas, Junqueras, Puigdemont y los demás si existiera un estatuto del funcionario? ¿Dónde estarían si los fiscales tuvieran costumbre de actuar de oficio contra todo lo que oliese a prevaricación? Sí, ciertamente, España tiene un desafío, pero no se halla en las alucinaciones del gobierno catalán, es el desafío de llegar a ser algún día, de verdad, un Estado de derecho.

domingo, 11 de junio de 2017

El descontrol del control.

   El pasado 22 de marzo, un sujeto recorrió el puente de Westminster a más de 100 Km/h atropellando a cuantas personas pudo para empotrarse posteriormente contra la verja del Parlamento. Cuando la policía salió a su encuentro, apuñaló a uno de los agentes y fue abatido por otro. El asesino adoptó por nombre Khalid Masood tras convertirse al Islam, habiendo nacido como Adrian Russell Ajao. Casado y con tres hijos, había sido fichado por la policía y condenado en varias ocasiones por agresión, tenencia de armas y delitos de orden público. La última condena databa de 2003. Había sido investigado por la inteligencia británica y por el MI5 en relación con sus contactos con sectores extremadamente violentos del islamismo radical, pero se lo dejó tranquilo por considerarlo un elemento periférico carente de mayor peligro. Como es habitual, en cuanto se enteró por las noticias de que el gobierno británico trataría lo ocurrido como un atentado terrorista, el ISIS lo reivindicó como una acción propia.
   El 22 de mayo, a la salida del concierto de la otrora estrella infantil Ariana Grande, un terrorista suicida hace explotar una carga con metralla matando a 22 personas e hiriendo a 59. Este atentado sigue un modelo de actuación sobre aglomeraciones ampliamente utilizado por el terrorismo suní contra chiíes en Oriente Próximo y contra la población en general por Boko Haram en Nigeria entre otros. Los medios de comunicación publican que el autor, Salman Abedi, llamó a su madre para “pedirle perdón” antes del atentado. Su familia había regresado a Libia de donde era originaria, pero Salman, excusándose con un viaje a La Meca, volvió a Manchester, la ciudad de su infancia, para cometer el atentado. Testigos que aseguraban conocerle relataron que tuvo problemas para adaptarse al estilo de vida occidental, sus relaciones familiares resultaron tortuosas y sus padres trataron varias veces de llevárselo a Libia. El motivo lo cuentan otros testigos, Abedi no escondía su “apoyo al terrorismo” y con frecuencia señalaba lo positivo que resultaba “ser un atacante suicida”. Sus declaraciones no debieron parecer la típica baladronada adolescente porque hasta dos personas parecen haber llamado a la línea de la policía para advertir de sus puntos de vista. En sus últimos tiempos en Manchester le dio por rezar a gritos en mitad de la calle. Gracias a las filtraciones de los servicios de información norteamericanos sabemos que el dispositivo que utilizó para activar la bomba no era el típico interruptor, sino que más bien parecía una ficha con circuitos, algo compatible con la idea de que fue accionada a distancia, siendo Abedi una simple mula de carga. La propia elaboración del explosivo, así como la selección de la correspondiente metralla, muestra una naturaleza elaborada que responde a una red más bien amplia, asentada y estructurada. De hecho la policía ha detenido a más de 20 personas en relación con este atentado. El ISIS lo reivindicó en cuanto los periódicos de todo el mundo hubieron recogido la noticia.
   El 3 de junio, sábado por la noche, un grupo de tres terroristas, cruza el puente de Londres atropellando a todo el que puede. Tras dejar inutilizado el vehículo se dirigen a Borough Market atacando con cuchillos a los clientes de restaurantes y viandantes. Uno de ellos es Ignacio Echeverría, joven español nacido en el Ferrol. Licenciado en derecho, hablaba cuatro idiomas y trabajó en varios bancos españoles nada menos que vigilando la posible naturaleza delictiva de transacciones financieras internacionales. Tenía ideas propias, cierta tendencia a defenderlas frente a cualquiera y no era de los que reía los chistes de los jefes. Obviamente con tales credenciales terminó donde únicamente puede terminar alguien así en este país, en la cola del paro. Decidió probar fortuna en Londres. El todopoderoso HSBC lo contrató en cuanto llamó a su puerta. Armado con un patinete (sic) se lanzó contra los terroristas cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Su arrojo le costó la vida. Unos minutos después la policía llegó al lugar de los hechos, tras disparar 50 tiros, acabó con los terroristas. En cuanto el gobierno británico hizo público que trataría el incidente como un atentado y pese a los contactos de varios de los atacantes con Al-Qaeda, el ISIS lo reivindicó como propio.
   Los terroristas fueron identificados como Youssef Zaghba, Khuram Shazad Butt y Rachid Redouane. Youssef Zaghba, nacido en Marruecos, era hijo de una ciudadana italiana convertida al Islam. En 2016 fue detenido en el aeropuerto de Bolonia. Había comprado un billete sólo de ida para Turquía y viajaba sin equipaje, apenas con algo de ropa en una mochila y un móvil lleno de vídeos de decapitaciones. La policía italiana, sospechó que de Turquía pretendía viajar a Siria como tantos otros y no le perdió la pista a partir de entonces. Avisaron a las autoridades británicas de que Zaghba pasaba a su territorio. 
   Khuram Sazad Butt, figuraba en el círculo de Anjem Choduray, predicador que cumple condena por incitación al terrorismo. Expulsado de dos mezquitas por sus reiterados enfrentamientos con los imanes, había sido denunciado varias veces en la línea telefónica de la policía británica por sus ideas radicales. Una de las llamadas hacía referencia a una charla que mantuvo en un parque con un grupo de jovenzuelos ante los que sostuvo que “estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por Alá, incluso matar a mi madre”. Acostumbraba a ofrecer caramelos a los niños a cambio de adoctrinarlos. Un mes antes del atentado la policía debió tener indicios suficientes de que algo estaba ocurriendo porque sometió a un estrecho marcaje a los habitantes del barrio donde vivía, obviamente, a todos ellos, en tanto que comunidad, para que todo el que pudiera se radicalizara aún más.
   Rachid Redouane había luchado contra Gadafi en una milicia que acabó afiliándose al yihadismo y enviando reclutas a Siria. Sus contactos con Abedi no están claros pero en Londres residía en el mismo barrio que Sazad Butt, además de haber pertenecido también al círculo de Choduray. Un equipo de las fuerzas especiales de la policía irrumpió en la casa de Redouane en Irlanda y detuvo a su esposa, de la que ya se había separado. En su declaración ante la policía, reconoció que Reduane le pegaba y que prohibía a su hija ver la televisión para que no se volviera gay.
   Recordemos, en Gran Bretaña hay una cámara de seguridad por cada sesenta habitantes. Según fuentes oficiales, existen ahora mismo abiertas 500 investigaciones no relacionadas con estos hechos que involucran al menos a 3.000 personas. El pasado año la cifra de investigados por sus relaciones con el terrorismo superaron ampliamente los 20.000 individuos. Los últimos gobiernos conservadores recortaron el presupuesto de la policía en más de 600 millones de libras. Por otra parte, Gran Bretaña es un miembro destacado de la alianza Cinco Ojos (FVEY), lo cual significa acceso ilimitado a todas las comunicaciones de sus nacionales interceptadas por la NSA. ¿Qué significa 600 millones de libras menos para investigar a 20.000 personas por año? Muy fácil, significa sacar a policías de las calles y sustituir su labor por la vigilancia electrónica, muchísimo menos controlable desde un punto de vista jurídico. 20.000 personas por año ven violada la intimidad de sus comunicaciones para que terroristas como Masood, Abedi, Zaghba, Shazad y Redouane puedan seguir exhibiendo su radicalismo en calles y parques sin que nadie los vigile. ¿Cómo se podrían haber evitado estos atentados? Ya lo ha dicho Sadiq Khan el alcalde de Londres y su guante ha sido recogido por la Sra. May: hace falta más dinero para policías, hace falta interceptar más comunicaciones, hay que investigar a 30, 40, 50.000 personas por año, hay que seguir violando sistemáticamente la intimidad de los ciudadanos, nadie se quejará ahora que tiene metido el miedo en el cuerpo. En definitiva, se necesita más, más control de la población.
   ¿De verdad que promover que unos vecinos denuncien a otros, un clima de sospecha generalizado, la estigmatización del Islam, de barrios enteros de las grandes ciudades, evita atentados? ¿De verdad que controlar nuestros viajes, nuestros desplazamientos, nuestros paseos, evita atentados? ¿De verdad que inmiscuirse en nuestras llamadas telefónicas, en nuestros mensajes electrónicos, en nuestras comunicaciones, evita atentados? ¿De verdad que tenernos a todos fichados, clasificados, etiquetados, evita atentados? ¿No será justo al revés, que los atentados constituyen la excusa perfecta para tenernos a todos vigilados minuciosamente? Infiltrar a los movimientos terroristas fue una táctica que derrotó al anarquismo violento del siglo XIX, al IRA y a ETA, entre muchos otros. ¿Cuántos movimientos terroristas ha conseguido derrotar veinte años de vigilancia electrónica?

domingo, 4 de junio de 2017

Reflexiones sobre la muerte (1)

“Lo imposible es no componer siquiera una sola vez la Odisea. Nadie es alguien, un hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy”. 
Este pasaje de “El inmortal” de Borges constituye la más brillante apología de la finitud humana que conozco. Efectivamente, si tuviéramos la potestad de vivir eternamente, todos acabaríamos viviendo la misma vida, alcanzaríamos los cielos y los infiernos, la postración y la felicidad, la genialidad y la miseria, pero, al cabo, podría decirse de nosotros que no habíamos vivido, al menos no habríamos vivido nuestra vida, viviríamos la eterna e infinita vida de todos, la que todos los seres humanos experimentarían. La muerte, el disponer de un tiempo limitado, nos permite tener una vida diferente a la de los demás, individual, concreta, permite hacer de la vida de nuestro género mi vida, la que yo invento y decido. Gracias a que mi tiempo tiene una duración limitada, lo que yo escribo, lo que yo construyo, lo que yo alcanzo, por poco que valga, sólo yo lo he logrado. Mi vida resulta irrepetible, única. Mi muerte, mi horrible, mi espantosa muerte, esa muerte que nos perturba, de la que huimos y contra la que nos peleamos con todas nuestras rutinas, ocupaciones y entretenimientos, lejos de constituir un obstáculo para nuestros proyectos, les confiere una ventaja.
   Tal vez Borges lo supiera, tal vez no, pero hay varios puntos de su razonamiento que vienen avalados por la biología. Propiamente no puede decirse que los procariotas mueran. Existe, naturalmente, la muerte accidental. Para una bacteria toparse con un antibiótico resulta letal y, por supuesto, tienen sus correspondientes depredadores. Pero si se la deja en un ambiente con alimento puede perdurar indefinidamente sin que se produzca muerte por envejecimiento, por decirlo así, una muerte intrínseca. En realidad la cosa resulta más compleja. Cada cierto tiempo, en condiciones ideales cada 24 horas como mucho, las bacterias se dividen, así que lo que podríamos llamar “muerte” se identifica en ellas con el nacimiento, muere un individuo concreto y nacen dos de él. Por lo mismo, podemos eliminar el término “muerte” del lenguaje para describir las bacterias. Igualmente debemos abandonar nuestro concepto de individualidad. Aunque una bacteria concreta se halle delimitada por su correspondiente pared bacteriana, ningún otro componente celular, quiero decir, ningún otro componente interior, intrínseco, la diferencia del resto de bacterias de una colonia. Con frecuencia practican lo que se llama conjugación, por la cual cuando una de ellas posee unos genes que le confieren alguna ventaja adaptativa, se los pasa al resto de miembros de la cepa, por lo que, al poco tiempo, todas vuelven a resultar idénticas.
   La diferencia entre los procariotas y los eucariotas consiste en que éstos poseen un núcleo claramente delimitado en el que se encierra el material genético. Los eucariotas unicelulares conservan la ausencia de muerte por envejecimiento presente en los procariotas, pero el tránsito que condujo a la aparición de los eucariotas pluricelulares conllevó el surgimiento de lo que habitualmente consideramos como “muerte”. Las células que componen los organismos envejecen y por más que se las rodee de alimento y de condiciones de vida ideales, acaban por morir. Si efectivamente, puede considerarse a los eucariotas pluricelulares como organismos más avanzados que los procariotas y si aquéllos poseen una característica consistente en morir, entonces, sólo podemos extraer la conclusión de que la muerte constituye una ventaja adaptativa, ha resultado seleccionada por la naturaleza igual que todas las demás características que poseemos. ¿En qué consiste semejante ventaja evolutiva? ¿qué ventaja tiene morirse? Desde un punto de vista individual, obviamente, ninguna. Pero la madre naturaleza toma muy poco en consideración a los individuos, únicamente la especie tiene relevancia para ella. Una especie constituida por individuos pluricelulares que no viniesen programados para su desaparición al cabo de un cierto tiempo, evolucionarían de un modo extremadamente lento a partir del momento en que tuviesen el más mínimo privilegio evolutivo para escapar de sus depredadores u obtener comida. Como consecuencia, tendríamos una población muy amplia y en continuo crecimiento que desaparecería toda ella de un golpe en cuanto hubiese un cambio ambiental de cierta importancia, por ejemplo, el provocado por la rápida desaparición de su medio alimenticio. Sustituir individuos carentes de muerte por envejecimiento por una sucesión de generaciones garantizaría así una continua carrera adaptativa a los cambios ambientales pues cada mejora que pudiese producirse en una generación, por significativa que pudiera considerarse, resultaría rápidamente menoscabada por la nueva generación de depredadores, parásitos y especies competidoras. Si quiere lo expreso de otra manera, la muerte garantiza la diversidad. Y aquí hay un aspecto fundamental de la muerte que debemos subrayar si queremos entender lo ventajoso que supuso su invención, a saber, que considerarla como el acabamiento de nuestra conciencia individual constituye un error de perspectiva. Bien al contrario, la muerte debe entenderse como la condición de posibilidad misma de nuestra conciencia individual.

domingo, 28 de mayo de 2017

Minimalismo (y 2)

   “Nada de ilusiones, nada de alusiones”, decía Donald Judd.  Pretender que una central de control ferroviario, una tienda o una fábrica centelleen como obras de arte, que “expresen” algo más allá de su simple presencia, que “emocionen”, implica el deseo por alterar su materialidad, por esconder su realidad, por ocultar lo que verdaderamente las constituye. No hay nada que añadir al contenido de un museo, igual que no hay nada que añadir a la partitura original de un músico y que no hay nada que añadir al texto de un filósofo. Dicen lo que dicen y no hay más. Hacerlos decir lo que no dicen, buscar significados ocultos, interpretar, siempre implica un deseo por ocultar la realidad. Un buen director de orquesta añade anotaciones a la obra para acercarla a los gustos del público o a las posibilidades de sus músicos, pero los grandes directores de orquesta se limitan a borrar las anotaciones que han realizado los que vinieron antes de él para restaurar a las partituras el brillo original. El minimalismo podría caracterizarse como la anti-hermenéutica. Y otro tanto cabe decir del minimalismo existencial. Si hemos de llevar a cabo nuestras vidas con menos de 100 cosas, debemos dejar fuera de nuestras mochilas las ilusiones con las que habitualmente cargamos y que tanto nos pesan. Ya no tendremos sitio para la ilusión de que si aguantamos al inaguantable de nuestro jefe obtendremos un ascenso, ni para esa otra que afirma que ganaremos más tiempo para nosotros dedicando más tiempo a nuestro trabajo, ni para la no menos famosa de que tenemos que encontrarle un sentido a nuestras vidas. Ya no enunciaremos más de lo que viene contenido en nuestros enunciados, en consecuencia, a menos que nosotros enunciemos el sentido de nuestras vidas, careceremos de él.
   Se ha solido calificar al minimalismo de antihumanista. Puede considerarse una crítica certera si se entiende por humanismo el que no supo defendernos de los campos de concentración, el que tapó con bonitas palabras hechos inquietantes, el que ascendió con el capitalismo y la burguesía. No menos certera pero mucho más interesante puede considerarse la crítica que advierte de la desaparición del cuerpo humano en el minimalismo. En efecto, el espacio minimalista ya no se configura a partir del cuerpo y sus dimensiones, hay una reconfiguración formal del espacio desde la cual habrá de entenderse todo lo que el cuerpo humano hace. En particular, no puede partirse del prejuicio de la existencia de un espacio interior, individual, subjetivo, separado por muros de un exterior, del que debe ocultarse, huir o esconderse. La frontera interior/exterior, que tan amablemente nos ponen ahí para que aprendamos a pensarnos en sus términos, desaparece, sustituida la mayor parte de las veces por cristales fáciles de romper. 
   Sin embargo, aquí, una vez más, surge la paradoja que late en todo minimalismo. Por una parte, el cuerpo humano sólo puede captarse espiritualizado, consiste en lo que supera el umbral consciente cuando tropezamos con un ventanuco que no se encuentra a nuestra altura, cuando atravesamos un pórtico sobredimensionado, cuando oímos el retumbar de nuestras pisadas en una sala de exposiciones casi vacía. Multitud de autores minimalistas buscan expresamente en su trabajo conseguir la reflexión, la meditación, un cierto tratamiento de la parte no material del hombre. Por otra, existe una furiosa reivindicación de lo material como forma primaria de cualquier expresión estética, una eliminación, por ilusoria, de cualquier cosa que no aparezca materialmente enunciada, un rechazo a la idea de que una obra contenga algo así como un espíritu. Podría decirse que el minimalismo pretende, en definitiva, el encuentro con la parte inmaterial del hombre mediante su reducción a la materia, asombrosa pretensión ésta que debería fracasar en todos y cada uno de sus intentos. Resulta, por tanto, sorprendente que en tal pretensión se halle uno de sus más reiterados éxitos. Su austeridad, el prescindir de todo aquello de lo que se puede prescindir, constituye con frecuencia la entrada hacia un cierto género de espiritualidad, reivindicada en multitud de obras minimalistas de todos los géneros. ¿Cómo puede ocurrir? En realidad ya hemos respondido a esta pregunta. Si queremos que en el proceso de reducción no se pierdan los caracteres propios de lo humano, debemos abandonar la idea de que la reducción nos conduzca a algo simple, mecánico, determinista. Para que la reducción tenga sentido, para que constituya una verdadera explicitación de lo humano y no su supresión, debemos sobresignificar los materiales a los que quedará reducido todo. Por tanto, cualquier género de reducción que pretenda hallar como producto último de su destilación aquello que nos define como seres humanos, no podrá llevarnos de lo complejo a lo simple sino, precisamente, al modo en que la complejidad queda encerrada en lo simple. Ahora podemos entender hasta qué punto resulta esperpéntico intentar reducir la mente humana al cableado de unos circuitos electrónicos. Nuestro cuerpo no abunda en silicio, mercurio o plomo, como ocurre con los ordenadores, lo conforman mayoritariamente átomos de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno y éstos, amigos míos, constituyen los materiales con los que se forjan los sueños. 

domingo, 21 de mayo de 2017

Minimalismo (1)

  A comienzos de los años 60, una serie de artistas comenzaron a sentirse incómodos con las corrientes dominantes en sus disciplinas. Tomaron como bandera de enganche el lema de Mies van der Rohe “menos es más” y convirtieron en programa los retazos que habían aparecido con la obra de Eric Satie  y Kazimir Malevich. El minimalismo tuvo desarrollos en pintura (Robert Mangold, Agnes Martin y Robert Ryman), escultura (Carl Andre, Dan Flavin, Donald Judd, Sol LeWitt y Robert Morris), arquitectura (John Pawson, Souto de Moura, Tadao Ando, Hiroshi Naito o Rudi Riccioti), música (Terry Riley, La Monte Young, Steve Reich, Philip Glass, John Adams, Michael Nyman) y últimamente ha aparecido un minimalismo existencial. Frente a la catarata, la avalancha, la saturación de imágenes, informaciones, eslóganes, lemas, productos, significados y opiniones, el minimalismo proponía la reducción, la eliminación de lo superfluo. Su búsqueda entronca con cierta manera de entender la fenomenología de Husserl, considerando la puesta entre paréntesis, la vuelta a las cosas mismas, la reducción, como el aspecto esencial su metodología. Frente a la lectura hermenéutica de la fenomenología que desembocó en la inflación de los símbolos y sus interpretaciones, el minimalismo consideraba a aquélla una cierta forma de positivismo, de búsqueda de la experiencia en su sentido primigenio, liberada de cualquier sedimento teorético sobreimpuesto. Aquí radica su aspecto peor entendido. El minimalismo nunca ha consistido en una escuela, ni en una corriente y ni siquiera en un estilo de vida. Constituye una búsqueda, la búsqueda de una solución a la paradoja que anida en su núcleo más profundo. En efecto, con frecuencia suele usarse el adjetivo “simple” para describir al minimalismo. Sin embargo, el minimalismo puede caracterizarse por muchas cosas menos por su simplicidad. Para nada puede considerarse simple encontrar la forma mínima, aquella que con un mínimo de recursos, permita un máximo de expresión. Piense en lo que significa vivir minimalmente o, como lo propone Antonio G. vivir con menos de 100 cosas. ¿Cuántos cálculos tendría que hacer? ¿cuántos intentos tendría que realizar? ¿cuántos esfuerzos le supondría? Ciertamente, el minimalismo se ha caracterizado por su simplicidad formal, pero tal simplicidad resulta mera apariencia, escondiendo la enorme complejidad de conseguir lo simple.
   Consecuencia de la anterior surge otra paradoja. Por un lado, la obra minimalista carece de efectos de composición y de ornamentación, con frecuencia presenta una geometría rectilínea e, inevitablemente, si quiere generar algún tipo de ritmo, debe acudir a la repetición. Dicho de otro modo, cualquier obra minimalista reúne las características formales de una máquina. Hay en todo minimalismo una cierta atracción fatal por la tecnología. Y, sin embargo, resulta difícilmente integrable en los procesos maquínicos por su carácter absolutamente contrario a la economía imperante. Se opone, en efecto, al principio fundamental de nuestra economía de mercado: la acumulación material de bienes. Pero, además, la austeridad en los presupuestos exige la utilización de materias primas nobles o producto de la última tecnología, cuando no de acabados absolutamente perfectos como sólo puede conseguirse mediante la intervención de artesanos. Si, efectivamente, “menos es más”, si deben utilizarse formas mínimas pero con un máximo de capacidad expresiva, entonces ésta debe recaer sobre los propios materiales. Piénselo, si en lugar de tener dos docenas de pares de zapatos hubiera de quedarse con un solo par, ¿no se compraría los mejores que pudiera encontrar, los que, a la vez, resultasen cómodos, resistentes, elegantes, capaces de decir algo de Ud? ¿Cuánto le costarían? ¿Cuánto tardaría en encontrarlos?
   Con esto llegamos a un aspecto clave del minimalismo, el aspecto con el que peor lidiaron quienes lo tomaron como eje de sus creaciones. En los escritos de Judd pueden encontrarse con frecuencia tres tipos de declaraciones. Por una parte, suele afirmar, casi citando a Husserl, que el minimalismo consiste una reducción hasta llegar a “lo esencial”. Por otra parte, dado que los materiales no se esconden, no se camuflan, no pretenden parecer otra cosa, el orden en que se disponen deviene el aspecto central de toda obra. Pese a ello, Judd considera que no puede predicarse del orden su carácter esencial, el orden tiene que aparecer simplemente como orden, no como esencia o como razón. Ante la ausencia de referencialidad, ante el silencio, ante la renuncia como acto de enunciación, la esencia buscada por el minimalismo se convierte en un punto de fuga, en un límite. Porque cuando la esencia aparece explícitamente, cuando se hace una silla carente de adornos, de ornamentación, de composición, una silla cuya naturaleza consiste únicamente en su carácter de silla, entonces, según Judd, ya no nos hallamos en el mundo del arte, nos encontramos en el mundo del diseño, mundo que siempre tuvo mucho cuidado de separar del primero.
   El problema, una vez más, consiste en buscar lo que las cosas “son”, cuando, realmente, las cosas no “son” nada. Nosotros las hacemos “ser” desde el momento en que las predicamos, les atribuimos categorías, las enunciamos. El “ser” de las cosas consiste únicamente en su devenir, precisamente aquello que jamás resulta abarcado por nuestro dichoso verbo. La reducción por tanto, no puede alcanzar esencia alguna, a menos que admitamos que ésta resulta de nuestra propia invención. Las obras de Judd, como todas las demás, se hallan sometidas al paso implacable del tiempo, ése que acaba convirtiéndolas en algo diferente del original salido de las manos de su autor pues tienen ya tantas restauraciones, tantas reparaciones, tantas reconstrucciones, que no queda ni una sola pincelada en ellas de las dadas por quien las firmó. Podremos entender muy fácilmente lo que trato de decir si nos enfocamos hacia el minimalismo existencial. Una de sus reglas básicas consiste en abandonar el apego a las posesiones materiales. Si hemos de vivir con menos de cien cosas, no sólo nos hallaremos en la obligación de dar o tirar buena parte de lo que tenemos, también habremos de irnos deshaciendo de lo que vamos adquiriendo conforme cambien nuestros intereses. Literalmente se trata de no tener más cosas de las que caben en una mochila. Si quieren se lo digo de otro modo: hay que vivir como si nos hallásemos siempre a las puertas de un viaje si no embarcados en él. La idea de permanencia, de duración en un mismo sitio, de sedentarismo, el propio concepto de esencia, resulta entonces intrínsecamente contradictorio con cualquier pretensión minimal. Producir la máxima expresión con los elementos mínimos implica seguir diciéndole cosas a los que han de venir, pero eso resulta imposible de conseguir si se aspira a expresar siempre la misma esencia. Como lo ha puesto de manifiesto la crítica de autores como Tadao Ando o Eduardo Souto de Mora a la construcción de edificios iguales en cualquier parte del mundo, una arquitectura verdaderamente minimal debe aspirar a la desaparición o, al menos, al cambio, a que su entorno la fagocite. Ahora podemos entender el sentido de toda esa arquitectura de minismalismo high-tech construida para dotar de una imagen reconocible a una ciudad, para configurar definitivamente su urbanismo, para convertirse ella misma en icono. Ciertamente, constituye una expresión máxima, la máxima expresión de un disparate.

domingo, 14 de mayo de 2017

Ahora que Macron ha ganado.

   Emmanuele Macron es el hombre que quiso estudiar filosofía antes de dedicarse a la política, es el presidente de la república francesa más joven desde Napoleón, es el héroe victorioso que, en solitario y sin más armas que su talento, derrotó a la malvada hidra de mil cabezas, es la persona que ha provocado un terremoto de tal magnitud que el sistema tradicional de partidos en Francia se desmorona. Tuvo la suficiente visión como para saber que había llegado su momento cuando nadie apostaba por él. Representa el europeísmo, la moderación, la vuelta de las buenas maneras. Pero ahora que Macron ha ganado, ahora que el europeísmo respira aliviado, ahora que sólo nos queda restañar las heridas del Brexit, recuerdo las declaraciones de Heinz-Christian Strache, líder del ultraderechista FPÖ, cuando su secuaz, Norbert Hofer, perdió, por 31.000 votos, las elecciones presidenciales austriacas en diciembre pasado: “Hofer quería un cambio positivo y el sistema se ha impuesto”. Macron, como Hillary Clinton, como Mark Rutte, es, ante todo, un hijo del “sistema”. Ingresó en el Partido Socialista Francés con 24 años y en la administración pública tras pasar por la ENA como toda la élite política del país vecino. No tardó mucho en abandonar su cargo en el Estado para fichar nada menos que por la banca Rothschild. Allí, aprovechando los conocimientos y los contactos de la familia de su mujer, medió entre lucifer y el demonio, es decir, entre Nestlé y Pfizer, en una bonita operación financiera que lo hizo millonario. A partir de ese momento las puertas del Elíseo estuvieron abiertas para él, primero con Sarkozy y después con Hollande. A ministro llegó de la mano del otrora presidenciable Manuel Valls. 
   Para nadie constituye un secreto que es el preferido de Hollande, de los empresarios, de los Rothschild en particular y de los banqueros en general. Su europeísmo no va más allá de la defensa del mercado único, su liberalismo no pasa de lo económico, su centrismo es la consecuencia lógica de que derecha e izquierda apenas están separados por cuestiones de matices y su ideario político queda definido por su ambición personal. Está construyendo un partido a su medida con neófitos que irán ascendiendo o no según sea su lealtad al líder. Macron no es de derechas ni de izquierdas, es de lo que convenga o, mejor aún, es de Macron. Personifica ejemplarmente, la facilidad con que hoy se puede ser progresista mientras se hace caja. Sabe quiénes son sus amigos y los defenderá y, desde luego, no son los ciudadanos que le han votado. En definitiva, es el candidato de la continuidad, de lo mismo de siempre. Como en Holanda, como en Austria, una vez más, se ha demostrado que si la ultraderecha no existiera, habría que inventarla, es la mejor manera de que nada cambie con la excusa de “nosotros o el caos”. Y a quienes eligen el caos, ya se sabe lo que les espera: Donald Trump.
   Marie Le Pen, como Hofer, pretendía acabar con “la trama”, cambiar las cosas, aniquilar “la casta”, pero “el sistema” la dejó en la cuneta. ¿Cuál es “el sistema” contra el que luchó Hofer, Strache, Wilders, Le Pen? ¿cuál es “el sistema” que quiere cambiar Trump? En qué se ha convertido la lucha contra “el sistema” puede verse claramente si nos vamos a lo que se supone que es el otro extremo del arco político. “El sistema” es aquello contra lo que no sólo lucha la extrema derecha. Lo señaló Jean-Luc Mélenchon con su (no) recomendación de voto. También él estaba contra “el sistema” encarnado por Macron. “El sistema” a derribar no consiste en que todos los pobres sean iguales ante la ley, consiste en que haya una legislación, la europea, por encima de la nacional, dificultando que los gobiernos hagan leyes en función de las necesidades de sus amiguetes. “El sistema” no consiste en que siendo el mercado libre nadie más lo sea, consiste en que el mercado tenga derecho a esclavizar únicamente a los que tienen un determinado pasaporte y no al primero que llegue a solicitar el puesto de trabajo. “El sistema” no consiste en que quien posee el poder económico posea también el poder político, consiste en que el poder económico esté en manos de corporaciones multinacionales y no de macrocorporaciones nacionales. “El sistema” no consiste en que los campesinos de África se mueran de hambre porque no pueden competir con nuestros productos subvencionados, consiste la prohibición de subvencionar todos nuestros productos. Y, por supuesto, “el sistema”, no consiste en que el Estado (y quienes lo controlan) pueda hacer lo que quiera con sus ciudadanos, consiste en que aún existan algunos límites en su actuación. Ése es "el sistema" con el que quieren terminar desde los extremos políticos y ése es el sistema que Macron ha venido a salvar. Ahora que ha ganado, sólo nos queda, pues, seguir esperando que un día aparezca alguien dispuesto a que las cosas vayan a mejor.

domingo, 7 de mayo de 2017

Por qué me automedico.

   - Buenas tardes, doctor.
   - Buenas tardes, siéntese y cuénteme qué le ocurre.
  - Pues verá, doctor, hace unos catorce días comenzó a molestarme la garganta, eso derivó en un resfriado que me ha durado unos diez días del que me estoy recuperando, pero vuelvo a sentirme la garganta irritada.
   - Nombre y apellidos.
   - Luna Alcoba, Manuel.
   - Veamos, estuvo aquí en febrero por dolor de garganta, malestar general y mocos abundantes.
   - ¿Febrero? No recuerdo. Es posible, la verdad es que se trata del quinto resfriado que he tenido en este año.
   - Puede ser una alergia.
   - Sí, bueno, verá doctor, no es la primera vez en mi vida que tengo más de tres resfriados en un año. En otras ocasiones ya me han hecho pruebas de alergia y nunca me salió nada.
   - ¿Tiene mal cuerpo?
   - Pues no, la verdad es que con este resfriado no me ha llegado a ocurrir.
   - ¿Picor de ojos, de garganta?
   - No. La garganta me molesta y en ocasiones siento punzadas en el oído izquierdo.
   - ¿Tiene moco abundante en forma de agüilla?
   - No, los mocos que tengo son espesos, se podría cazar moscas con ellos.
   - Bien, le vamos a hacer un análisis de sangre a ver qué sale. Si los leucocitos están alterados será una alergia. Vamos a ver esa garganta. Póngase ahí.
   “¡Ah, es verdad! - pensé entonces - Me ha mandado un análisis de sangre sin ni siquiera mirarme la garganta”.
   Me miró la garganta y los oídos.
   - Pues tiene la garganta bastante irritada.
   “No, si es que tenía que haber empezado explicándole eso”, pensé.
   - Bueno, le voy a mandar una emulsión que contiene paracetamol para el mal cuerpo y un antihistamínico para el agüilla de la nariz.
   “¿Y contra el embarazo no me va a mandar nada? Como tampoco lo tengo...”
   - También le mando unas gotas para la nariz que sirven para la otitis media que puede estar padeciendo. Se me hace el análisis de sangre y vuelve por aquí en unos días.
   - Pues muchas gracias, doctor.
   En la farmacia descubrí que nada de lo que me había recetado lo cubría el seguro, 35€ del ala me dejé allí. Al llegar a casa leo los prospectos de lo que me ha mandado. En efecto, una emulsión “con sabor a chocolate”, según consta en la caja y “unas gotas para la nariz” que resulta ser un inhalador indicado contra la rinitis alérgica. 35€ tirados a la basura porque, desde luego, no me iba a tomar nada de aquello. Rebuscando por el botiquín de casa me encontré una caja de antibióticos sin usar. Apenas me tomé la primera dosis mi garganta mejoró. Al cabo de tres días había recuperado su estado natural de ser.
   La próxima vez iré a un curandero muy bueno que me han recomendado. No es que yo crea en los curanderos, pero, por lo menos te escuchan.
   Menos mal que era un médico de pago.

domingo, 30 de abril de 2017

Por qué soy omnívoro.

   En Selling Sickness: How the World's Biggest Pharmaceutical Companies Are Turning Us All Into Patients, Alan Cassels y Ray Moynihan contaban la anécdota de cierto directivo de una empresa farmacéutica que se decía cansado de fabricar medicamentos para enfermos y deseoso de fabricar pastillas para gente sana. ¿Cómo se puede fabricar pastillas para personas sanas? Esta pregunta tiene dos respuestas posibles, la primea es convencerlas de que no están sanas. Un ejemplo es la osteoporosis. La OMS (Organización del Miedo Sistemático) o WHO, en sus siglas en inglés (World Hysterical Organization), decidió adoptar como densidad promedio del hueso de una mujer el de las mujeres de treinta años. A partir de entonces, una mujer de 31 años, por definición, es una mujer enferma que tiene que tomar algo para paliar su enfermedad. Otra posible respuesta es convencer a la gente de que puede estar todavía más sana. Así nacieron las campañas en favor del vegetarianismo que culminaron cuando en octubre de 2015, la OMS (¡qué casualidad, la OMS sale dos veces en esta historia!) declaró cancerígena a la carne, la procesada, la roja y la que está buena en general. El éxito de esta segunda vía de acción sobre la mente de los seres humanos resulta indudable. La población de vegetarianos en el mundo alcanza ya los 600 millones de personas, airean los medios, y van en aumento. Casi les falta el corolario lógico: 600 millones no pueden estar equivocados, coma Ud...
   Con cifras contundentes, la propagación de miedos “científicamente” fundamentados y tiernos argumentos acerca de la vida de los animales, se hace el truco de los trileros para que evitemos preguntarnos lo obvio: ¿cómo puede ser que el camino hacia una vida más sana esté empedrado de píldoras? Si yo quiero estar sano, es decir, no enfermar para no tener que curarme tomando pastillas, debo tomar... ¿pastillas? ¿Cómo puede ser sano un régimen alimenticio que pone a las personas al borde de la hipovitaminosis? ¿Qué disparatado concepto de “salud” han inoculado en nuestras cabezas? 
   Es posible que si Ud. no practica el vegetarianismo ni el veganismo, ni se halla en contacto cotidiano con alguien que lo haga, no sepa a lo que me estoy refiriendo. Un vegetariano estricto, es decir, alguien que no come carne en ninguna ocasión o un vegano, es decir, alguien que no ingiere ningún tipo de producto animal (incluyendo leche y huevos), queda desprovisto de las fuentes más habituales de vitaminas A, D, el complejo vitamínico B, zinc, yodo, hierro, calcio, ácidos grasos en general y omega-3 en particular, sin mencionar el tema de las proteínas. Rápidamente cualquier vegetariano/vegano, le dirá que  adoptando una dieta adecuada se pueden obtener todos esos nutrientes sin necesidad de ingerir carne. El problema está en que los expertos carecen de los conocimientos necesarios para especificar en qué consiste esa "dieta adecuada", conocimiento, sin embargo, que los vegetarianos parecen poseer de forma intuitiva. 
   Las vitaminas se presentan en cantidades exiguas, aunque imprescindibles, en nuestro organismo y aún más exiguas en los alimentos. Determinar cuánto de ellas hay en un alimento que no se caracteriza por ser “rico” en dicha vitamina puede ser muy complicado y aún más establecer qué cantidad de ese alimento hay que tomar para alcanzar la ingesta mínima requerida. Todavía peor, la mayor parte de las vitaminas no son absorbidas directamente, sino que se toman en forma de provitaminas que después transformamos en la vitamina en cuestión. No todos los ciclos que llevan de la provitamina a la vitamina se conocen con exactitud y muchas sustancias teóricamente susceptibles de ser transformadas por nosotros en vitaminas, en la práctica no lo son, caso de la pseudovitamina B12 de algunas algas. El recurso a los suplementos dietéticos resulta, pues, inevitable. Pero aquí, una vez más, nos hallamos en manos de esa industria que nos alimenta con medias verdades y resulta frecuente que en los análisis de sangre de los vegetarianos aparezcan déficits de algún elemento indispensable para la vida. 
   Ludwig Feuerbach afirmó en el siglo XIX que somos lo que comemos. Un vegetariano tiene ahora dos opciones. La primera es no aceptar la afirmación de Feuerbach, lo cual implica que lo que comemos no es nada esencial para nosotros, esto es, que el vegetarianismo constituye una cuestión de moda o una pose. La otra posibilidad es que acepte lo que decía Feuerbach, en tal caso debe concluir que si somos seres inteligentes es por lo que hemos estado comiendo hasta ahora. En efecto, lean para qué sirven la vitamina A, la D, el complejo vitamínico B, los ácidos grasos de cadena larga, el zinc, etc. Una y otra vez encontrarán mencionado al sistema nervioso central o, lo que viene a ser lo mismo, el sistema inmunitario. Nuestros primos los chimpancés, con los que compartimos más del 98% de los genes, necesitan ingerir carne al menos una vez al mes. En partidas de caza perfectamente coordinadas, los machos rodean en las copas de los árboles algún primate de menor tamaño, lo matan, lo descuartizan y se lo comen. El reparto de la carne sigue rigurosamente la pirámide social, mostrando, de este modo, la importancia de semejante aporte dietético. Los más de 200 millones de neuronas que rodean nuestro aparato digestivo se han desarrollado, entre otras cosas, para extraer hasta el último nutriente necesario de una dieta extremadamente diversificada y con carne abundante y el crecimiento de nuestro cerebro ha corrido paralelo a, por no decir se ha producido como consecuencia de, esta dieta.
   Asunto diferente, por supuesto, es que una industria cada vez más salida de madre, nos sirva carnes con generosas proporciones de antibióticos, anabolizantes, conservantes y residuos de piensos que propician el crecimiento rápido del ganado y del cáncer. Pero de tales males no se hallan libres frutas y verduras, cuyo consumo es tan sano y natural que no debe hacerse sin un intenso lavado que, en realidad, nadie lleva a cabo en su casa, suponiendo, cosa harto dudosa, que todos los pesticidas y abonos se queden en la piel como nos han venido contando. Nada de eso altera el hecho de que durante un millón de años hemos sido cazadores recolectores y que una decisión cultural adoptada en el curso de una vida difícilmente puede cambiarlo para bien. Aún más, lo que están intentando los vegetarianos ya lo intentó la naturaleza antes. En el curso de la evolución que llevó hasta nosotros, existió un género de homínido llamado Paranthropus robustus. Provisto de un aparato masticador mucho más poderoso que el de sus primos los Australopithecus, se cree que su dieta era predominantemente, si no exclusivamente, vegetariana, mientras que muchos Australopithecus eran casi exclusivamente carnívoros. Los Australopithecus acabaron por dar lugar a nosotros, los Paranthropus se extinguieron.

domingo, 23 de abril de 2017

Democracia y votación.

   Una de las máximas que llevan grabados todos los políticos españoles en la frente es que la democracia consiste en votar. El voto es la esencia de la democracia, el requisito necesario y suficiente para que algo pueda ser considerado democrático. La democracia se reduce al acto por el cual una mayoría se impone a una minoría o, mejor aún, democracia es algo que se hace una vez cada cuatro años. No importa cuál sea la cuestión, no importa cuáles sean las circunstancias, no importa qué sea lo que se pregunte, si la mitad más uno de los votantes muestra su acuerdo con algo, la democracia ha hablado y ha quedado sentenciada la línea que distingue el bien del mal, la verdad de la mentira, la justicia de la injusticia. Por eso, en democracia, todo se dirime en las elecciones. El nepotismo, la corrupción, la estupidez, la incapacidad, la desvergüenza, no existen a menos que las urnas nieguen la victoria a quienes las practican con fruición.
   Si tuviéramos que tomarnos en serio la propuesta de nuestros políticos, resultaría que España es una democracia desde 1947, fecha en la que Franco convocó la primera de las tres elecciones a Cortes que viviría el régimen. Ciertamente eran unas elecciones bastante peculiares, sólo podían votar los varones y el ser cabeza de familia o miembro del partido único, confería votos adicionales. También fue siempre una "democracia" la ya extinta URSS. Se me argumentará, probablemente, que en tales casos no se puede hablar verdaderamente de votaciones, pues se trataba de elegir entre miembros del todopoderoso partido único y algún que otro “independiente” más o menos descolgado del régimen dominante. Bien, cambiemos entonces de aires.
   Desde la revolución islámica, las autoridades iraníes presumen de ser la mayor democracia del mundo musulmán. Periódicamente se celebran elecciones a nivel local, regional y nacional, a las que se presentan candidatos de diferentes formaciones y tendencias, resultando elegidos los más votados. No obstante, para preservar la Revolución, los padres fundadores del nuevo Estado pusieron una salvaguarda, el "Consejo de Guardianes de la Revolución". Tiene doce miembros, seis de ellos son nombrados directamente por el Líder Supremo y otros seis por el parlamento. Una de sus funciones es analizar la idoneidad de los candidatos presentados a las elecciones. Ciertamente no es el único filtro que deben haber pasado éstos. Antes de que su candidatura llegue al Consejo es necesario el visto bueno del Ministerio de Inteligencia, del Poder Judicial y de la policía. En última instancia, el Consejo decidirá sobre el grado de fidelidad a la Revolución, es decir, la adecuación o no del candidato para figurar en las listas. En esencia, en la cuestión clave, es decir, en no alterar la estructura de poder y en mantener en el mando a los mismos de siempre, todos los candidatos están de acuerdo. Eso sí, la gente vota. Por tanto, estamos ante una democracia... ¿o no? “Sigue Ud. con las mismas, se me argumentará, para que una votación lo sea realmente, para que haya democracia, hace falta pluralismo político y en Irán, realmente, no lo hay”. Bueno, cambiemos entonces de continente.
   En Sudáfrica siempre existió el pluralismo político. Las primeras elecciones de la entonces llamada Unión Sudafricana tuvieron lugar en 1910 y a ella ya concurrieron diferentes formaciones políticas, si bien los partidos que después conformarían la vida parlamentaria del país aparecieron un poco más tarde. El Partido Comunista de Sudáfrica se fundó en 1921, el Partido Nacional en 1914, el Partido Sudafricano en 1911, a esa época pertenece también el Partido Laborista Sudafricano. Las votaciones decidían el gobierno de la colonia y en 1960, por votación, se declaró la independencia de Gran Bretaña. Difícilmente un político español pondrá pega alguna a la muy democrática República Sudafricana. Ahora bien, ¿ha sido realmente Sudáfrica una democracia durante toda su historia? Desde el tratado de Vereeniging que puso fin a la Segunda Guerra Boér en 1902, los negros carecían de derecho a voto. Cuatro millones de ciudadanos decidían sobre el destino de 24 millones de personas tratadas como poco más que animales en su propio país. ¿Acaso es esto una democracia?
   Vayamos ahora al principio de todo, vayamos a Atenas, la cuna de la democracia, la inventora de la democracia. ¿Había pluralidad de partidos políticos en Atenas? ¿Había elecciones en Atenas? La Asamblea era un órgano de participación directa, es decir, estaba conformada por los propios ciudadanos y no sus representantes. Apenas un centenar, del millar largo de cargos atenienses, eran efectivamente elegidos, el resto se sorteaba. Probablemente no había un protocolo fijo para la toma de decisiones de la Asamblea y el hecho de que pudiera estar compuesta hasta por 6000 personas hace muy poco probable que todos los asuntos fuesen sometidos a votación. El asentimiento, la aclamación y el recuento a ojo de las manos levantadas constituía el proceder habitual. La votación con bolas de color para el sí o el no sólo se efectuaba cuando resultaba difícil establecer de qué lado estaba la mayoría. El voto en Atenas era más bien la excepción que la regla.
   Podemos ir más allá. Imaginemos un país en el que todos sus ciudadanos sean exactamente iguales ante la ley. Ni el dinero, ni el cargo, ni la familia, ni la religión, ni el sexo, ni el color de la piel, ejercerán el menor influjo sobre sus derechos, deberes o posible movilidad social. Todos tendrán las mismas oportunidades, entre otras cosas, de alcanzar cargos públicos, todos se sabrán igualmente alcanzables por el brazo de la justicia. ¿No se deduce de aquí el derecho al voto? O, mejor aún, como en el caso de Atenas, ¿no resultará excepcional la utilización del voto en este país? Y al contrario ¿acaso del derecho al voto se deduce el igual sometimiento a la ley de todos los ciudadanos? Pues ahora ya sabemos lo que quieren decir nuestros políticos cuando afirman que la democracia consiste en votar. Quieren decir que, como ocurría en Sudáfrica, como ocurre en Irán, una minoría, los que siempre han mandado, los que acumulan la riqueza, los que controlan el pluralismo político por la vía de prestar más o menos dinero a quienes han de presentarse a las elecciones, conservarán siempre la sartén por el mango con independencia de cuantas votaciones se hagan. Quieren decir que los derechos están en función del cargo, de la familia o de la cuenta bancaria. Quieren decir que todos los pobres son iguales ante la ley. Quieren decir, en definitiva, que no ven el momento de acabar con el estado de derecho.

viernes, 14 de abril de 2017

La presciencia de Trump (2 de 2)

   Poco antes de las tres de la tarde del 3 de abril de 2017, una bomba explota en un vagón de metro en pleno centro de San Petesburgo. Las primeras informaciones señalan que las cámaras han registrado cómo un individuo arrojaba una mochila en el interior de un vagón justo antes de que se cerraran las puertas del mismo. La versión policial habla de dos sujetos, uno que se habría inmolado y otro de barba oscura que habría colocado un artefacto en otra estación de metro, cercana a la estación de trenes de la ciudad. No hay explicaciones acerca de cómo se halló esta segunda bomba, cuál era su material explosivo, si coincidía con la anterior ni por qué no explotó. El sujeto de barba oscura identificado por la policía se entrega para poner de manifiesto que no tiene nada que ver con los atentados. 
   El ISIS, que reivindica como acciones propias hasta los accidentes de tráfico, no ha hecho público mensaje alguno sobre este atentado. Hasta el momento presente ninguna organización terrorista lo ha reivindicado. Resulta muy conveniente como lo demuestra la precavida reacción de Putin. Durante meses la prensa afín (aunque sería mejor decir, la prensa rusa, a secas) ha estado vendiendo la especie de que el apoyo al carcinero sirio ha tenido por objetivo librar a Rusia de los ataques del ISIS. Este atentado sería un duro golpe si tal organización lo reivindicara como propio o si hubiese sido llevado a cabo por alguien relacionado con Siria. Por eso resulta providencial que en medio de los cuerpos destrozados del metro, la policía rusa identifique con espectacular velocidad los restos de Akbarzhón Dzhalílov, de origen uzbeco aunque nacido en Kirguizistán y que recibió pasaporte ruso con 16 años. Residía en San Petesburgo desde 2011. La policía informa que se habría convertido al islamismo radical en un curso exprés de cuatro semanas recibido durante un viaje a su tierra natal. Posteriormente será detenido un grupo de personas en San Petesburgo y Moscú también procedentes de Asia Central. Durante los arrestos se encontrará otra bomba casera de material sin identificar. 
   7 de abril de 2017, viernes (como había predicho Donald Trump), Estocolmo, capital de Suecia (como había predicho Donald Trump), un extranjero (como había predicho Donald Trump), irrumpe en una céntrica calle peatonal a bordo de una furgoneta, mata a cuatro personas y deja once heridos. A bordo del vehículo se encuentra una bomba casera que no llega a explotar y de material no identificado. Casualmente también se trata de un uzbeco.
   Supongamos que no hubiese habido atentado en San Petesburgo. Las autoridades suecas tendrían motivos para mirar hacia Moscú, sospechando que sus servicios secretos habían jugado sucio, al no avisarles de los tejemanejes de un ciudadano de su órbita llegado a la capital sueca y con turbios contactos. Pongamos sobre la mesa el atentado de San Petesburgo, ¿acaso no debería aumentar la colaboración entre Suecia y Rusia contra un enemigo común que ha atacado a ambas? ¿acaso el gobierno sueco no debería restablecer relaciones de confianza con Putin, obviando sus jueguecitos estratégicos en el Báltico? ¿acaso la OTAN puede proteger a Suecia de situaciones como esta? Porque está claro que, de existir colaboración con ellos, los servicios secretos rusos sí que pueden.
   ¿Cuánto esfuerzo puede costarle a un servicio secreto, con toda la información que tiene acumulada sobre cada uno de nosotros, convencer a alguien de que está cometiendo un atentado en nombre de una organización con la que, realmente, no ha tenido ningún contacto? Cuando el terrorismo consistía en “organizaciones”, más o menos estructuradas, se produjeron numerosos casos de células reclutadas por un movimiento terrorista que, en realidad, estaban obedeciendo órdenes de alguien que no tenía nada que ver con él. En estos tiempos de terrorismo por inspiración, de pishing, de "lobos solitarios", la impostura resulta trivial. 
   ¿Y Trump? ¿qué bola de cristal utilizó? ¿o acaso no fue una bola de cristal? ¿un informe, una comunicación verbal? ¿pero de quién? Porque se equivocó en la fecha (no en el día). ¿O tal vez no se equivocó y, simplemente, se precipitó, obligando a retrasar los planes, a reelaborarlos, a pegarles por delante un atentado que no estaba previsto de antemano para que la cosa no quedase demasiado evidente? ¿O quizás fue a la inversa? ¿Quizás se trataba de confirmar a posteriori las afirmaciones de Trump? Ciertamente la Casa Blanca lo agradecería aunque fuese a costa de una luna de miel entre Estocolmo y Moscú.
   Cabe otra explicación, que estamos hablando de casualidades. Ciertamente, se trata de una versión sólida pues toda la historia del terrorismo está llena de casualidades. Sólo hay una cosa que no es casualidad: que, una vez más, han sido ciudadanos inocentes, como Ud. o como yo, quienes han pagado con su vida.

domingo, 9 de abril de 2017

La presciencia de Trump (1 de 2)

   18 de febrero de 2017, a las 17:00 el presidente Donald Trump da un discurso en el aeropuerto internacional de Orlando-Melbourne, Florida, durante el cual dice: 
"We've got to keep our country safe. You look at what's happening in Germany, you look at what's happening last night [es decir, el viernes] in Sweden. Sweden, who would believe this. Sweden. They took [inmigrantes] in large numbers. They're having problems like they never thought possible. You look at what's happening in Brussels. You look at what's happening all over the world. Take a look at Nice. Take a look at Paris".
   Las redes sociales no tardan mucho en hervir comentando estas palabras. La prensa sueca no da noticia alguna acerca de ningún incidente de importancia. El propio gobierno sueco acaba pidiendo explicaciones al Departamento de Estado norteamericano.  El ex primer ministro sueco, Carl Bildt, escribe en su cuenta de twitter: 
"¿Suecia? ¿Un ataque terrorista? ¿Qué se ha fumado?" 
Al día siguiente, 19 de febrero, al menos desde las nueve de la mañana, la prensa ya parece haberle encontrado un sentido a las palabras del presidente. El viernes por la noche, la cadena Fox, emitió una entrevista con Ami Horowitz acerca de su próximo documental. En él se atribuye el aumento de la criminalidad en Suecia a la política de puertas abiertas con la inmigración. Todo el mundo sabe que Trump ve la Fox, así que ahí podría estar la explicación de sus palabras. Ese mismo día, tras más de doce horas de especulaciones periodísticas, es decir, a las once de la noche, el presidente tuitea un mensaje en el que confirma esta versión. Se trata del primer tuit de Donald Trump del que se tiene noticias en el que explica, matiza o parece pedir excusas por algo que ha dicho. Hemos de recordar sus enfrentamientos con numerosos líderes mundiales, por ejemplo, el primer ministro australiano y sus numerosas salidas de tono, sin más explicaciones. Lo de Suecia parece requerir algo diferente.
   A principios de marzo, el gobierno sueco hace públicas una serie de medidas destinadas a reforzar el ejército del país. Supone la reinstauración del servicio militar obligatorio (si bien sólo acabarán cumpliéndolo un 5% de la población en edad de hacerlo). El propio gobierno sueco lo indica en el comunicado oficial: 
“Hay una situación de seguridad nueva. El restablecimiento del servicio militar obligatorio es una señal al mundo de que estamos aumentando nuestra defensa militar”. 
Nadie tiene la menor duda de que “el mundo”, significa “Rusia”. Al menos desde 2014, los servicios de inteligencia suecos han estado informando a su gobierno de un creciente interés ruso por el Báltico. Entre numerosos incidentes menores, en marzo de 2015, el ejército ruso realizó unas maniobras en las que simulaba tomar la isla de Gotland, situada frente al enclave de Kaliningrado y de soberanía sueca. A finales de ese año, el gobierno sueco decide incrementar un 11% el gasto militar. Para septiembre de este año 2017 están previstas unas maniobras conjuntas de la OTAN con el ejército sueco en territorios de este país, que incluyen ejercicios de defensa de sus fronteras, en particular, de la citada isla de Gotland.
   El 3 de abril de 2017, Vladimir Putin se encuentra en San Petesburgo. Le esperan dos eventos importantes. El primero es la visita de Alexánder Lukashenko, tiránico gobernante del otrora país hermano, Bielorrusia. Tras décadas de servilismo, Lukashenko ha comenzado a recelar de la voracidad de su vecino y a hacerle ojitos a Europa. Primero quiso comprobar la bondad de los rusos pidiéndoles una rebaja en la factura del gas y, al no recibirla, ha entrado en negociaciones con la Unión Europea que, de momento, ya han fructificado en la eliminación de visados para los ciudadanos de aquélla que quieran visitar Bielorrusia. Los rusos están interesados en reconducir a Lukashenko al redil sin necesidad de sacar músculo. En San Petesburgo, Putin también va a tener un encuentro con periodistas de provincias y participará en el foro de un movimiento fundado por él mismo. La propia visita a la ciudad es significativa. Es su ciudad, en la que ejerció como agente del KGB e hizo sus primeros pinitos en política. Por otra parte, la oposición ha decidido desafiarle en las calles recientemente y Rusia, particularmente Moscú, ha sufrido varios atentados en los últimos tiempos, en especial, en su metro. ¿Alguien se imagina San Petesburgo esos días sin policías en las calles, sin agentes de paisano infiltrados en la multitud, sin un peinado continuo de los servicios secretos? ¿Tampoco habrá agentes bielorrusos protegiendo a su presidente e impidiendo cualquier manifestación de esos opositores a los que se machaca en su país? ¿Y las comunicaciones electrónicas? 
   Casualmente desde que Snowden llegó a Moscú los servicios secretos rusos parecen haber dado un salto cualitativo en su capacidad para intervenir en el espectro radioeléctrico. Es algo extraño. Nos contaron que Snowden era empleado de una subcontrata. Aunque tuviera acceso a material clasificado, difícilmente podría reconstruir la tecnología que utilizaba. Otra cosa sería si estuviésemos hablando de alguien mucho más cercano al núcleo duro de la NSA, un ingeniero de alto nivel, alguien a quien los EEUU estuviesen interesados en juzgar por alta traición. En cualquier caso, ¿unos servicios secretos capaces de intervenir en el proceso electoral de otro país no habrían cribado exhaustivamente las comunicaciones de una ciudad a visitar por su presidente en las semanas, si no meses, anteriores a la visita? ¿Y no fueron capaces de encontrar nada?

domingo, 2 de abril de 2017

El experimento frustracion (y 3. Pegarle a no importa quien)

   Otro experimento que aparecía con frecuencia en los libros sobre conductismo constituía, en realidad, una certera carga de profundidad contra él. En su primera fase se entrena a un sujeto, una paloma, por ejemplo, para realizar una conducta, digamos, darle a un botón. Se le recompensará con alimento cada vez que lo haga, pongamos por caso, cinco veces. La paloma se acostumbra a golpear cinco veces el botón para que le salga su comida. A continuación se la coloca en una caja de Skinner ligeramente diferente de la anterior. En ella, además del dispositivo con el botón y el comedero, habrá un congénere inmovilizado. La paloma que aprendió a golpear el botón se somete entonces a un programa de extinción de la conducta o, dicho en plata, no se le va a dar comida por mucho que golpee el botón. ¿Qué ocurre entonces?  Lo que ocurre lo describieron hace 51 años, Nathan Azrin, Donald Hake y R. Hutchinson, del Hospital Anna State de Illinois, en “Extincion-induce aggression” (Journal of Experimental Analuysis of Behavior, vol. 9, págs. 191-204). Nuestra paloma sometida a un programa de extinción golpea el botoncito cinco veces y cuando observa que no cae comida golpea al sujeto inmovilizado. Vuelve al botón y vuelve a agredir al sujeto inmovilizado y así sucesivamente. En realidad, Azrin, Hake y Hutchinson utilizaron una paloma simulada, porque Roberts y Kiess, dos años antes (Roberts, W. W. and Kiess, H. 0. "Motivational properties of hypothalamic aggression in cats", en J. comp. physiol. Psychol., 1964, 58, 187-193) habían demostrado que estos ataques llevaban a la muerte del individuo inmovilizado. Hasta tres meses después de haber aprendido la conducta de picotear el botón para obtener comida, el programa de extinción generaba agresiones. Tal y como lo enfocan Azrin, Hake y Hutchinson, el intento explicativo llevado a cabo por Skinner para fundamentar estos hechos en el experimento superstición carecía de solidez, entre otras cosas porque ellos utilizaron pichones criados en aislamiento, observándose la misma conducta. El condicionamiento operante encontraba aquí, pues, otro de sus límites. 
   Los autores del artículo consideraron que dos parámetros determinaban la naturaleza de la agresión: la brusquedad del programa de extinción y la capacidad del otro individuo para repeler la agresión. Cuanto más abrupto resulte el paso de obtener recompensa por el comportamiento a no obtenerla, mayor resulta la tasa de agresiones y lo mismo ocurre cuando la capacidad para repeler las agresiones del otro sujeto se halla disminuida por su tamaño, por su fuerza o, lisa y llanamente, por encontrarse inmovilizado. Programas en los que se iba dilatando la aparición del reforzamiento (hasta, digamos, diez golpes del botón o quince o diecisiete), convertían las agresiones en algo mucho más esporádico. Numerosos estudios han reproducido este tipo de comportamiento en ratas, gatos, monos y, por supuesto, personas. De hecho, nos hallamos ante el modelo estándar de experimentos para determinar la eficacia de medicamentos contra la agresividad: se programa una extinción brusca de un comportamiento recompensado, se le administra el fármaco al sujeto y se compara el grado de agresividad que desarrolla con el de un grupo de control.
   ¿Qué ocurriría si en lugar de en un programa de extinción nos encontrásemos en un programa de evitación de estímulos aversivos? Aquí no tenemos a una paloma que golpea un botón para obtener comida sino a una rata que tiene que pulsar una palanca para evitar una descarga eléctrica. Una vez la rata aprende a pulsar la palanca para evitar la descarga eléctrica, metemos a un congénere inmovilizado en la jaula y dejamos que la rata sufra descargas eléctricas pese a pulsar la palanca. Observaremos, una vez más, la aparición de agresiones sobre el individuo inmovilizado. Cambiemos ligeramente el modelo experimental, permitiremos que la rata siga escapando de las descargas mediante el procedimiento de pulsar la palanca y, a la vez, le presentamos un congénere inmovilizado. ¿Qué ocurrirá? En estas circunstancias, las ratas atacan al sujeto inmovilizado e ignoran la palanca a pesar de que pulsándola pueden escapar al dolor. Prefieren hacer sufrir a otro sujeto antes que dejar de hacerlo ellas mismas.
   Biológicamente, quiero decir, fuera de los planteamientos de Skinner, tales comportamientos tienen sentido. En la naturaleza, el sujeto que priva de comida o el que causa dolor  y el sujeto sobre el que se puede llevar a cabo la agresión coinciden, de modo que la agresión se muestra como un comportamiento adaptativo en situaciones de competición por el alimento, las hembras o la existencia. Experimentalmente, ambos sujetos resultan disociados y la agresión recae sobre quien no tiene culpa alguna de los padecimientos del sujeto en cuestión.  Si aquí se hallase la explicación de semejantes comportamientos podríamos entender con este modelo también que, como se ha observado, leones y chimpancés cuyo habitat natural resulta destruido por la rápida acción de los seres humanos ataquen a sus crías. 
   Pues bien, una de las características de nuestras sociedades radica precisamente en el hecho de que la responsabilidad última de los padecimientos de sus miembros se diluye en instituciones, entramados sociales o subjetividades difusas (“el Estado”, “los mercados”, “la situación social, política y/o económica”). Se puede leer en cualquier diario, por ejemplo, que el trabajo que estamos acostumbrados a hacer, ese trabajo por el que nos han estado pagando hasta ahora, puede desaparecer de un día para otro. La frustración de los individuos recae entonces no sobre el causante directo de sus males, pues tal responsable directo no resulta localizable, sino sobre quien se halla más cercano a nosotros, atado a nosotros por circunstancias familiares, laborales o, simplemente, resulta percibido como más débil, quiero decir, ancianos, niños y mujeres.

domingo, 26 de marzo de 2017

El experimento frustración (2. Superstición)

   Más o menos para cuando el conductismo llegó a Sevilla, en EEUU comenzó el hartazgo con él. Encabezaron esta revuelta las grandes corporaciones industriales. Acostumbrados a hacer juegos de números sobre la nada, no tardaron en descubrir la obviedad que se ocultaba tras las gráficas conductistas: que si querían una mayor tasa de respuesta de sus empleados tenían que pagarles más. Todas las teorías de gestión de empresa se han construido, precisamente, para evitar semejante obviedad, así que desde el mundo de la empresa comenzó a reclamarse otra psicología. Asustados por la pérdida de clientes, los psicólogos norteamericanos comenzaron a afirmar que sí, que ellos habían escrito decenas de artículos sobre experimentos con la caja de Skinner, pero que, en realidad, nunca se lo habían creído demasiado y que si se juntaban las letras de sus artículos conforme a ciertas pautas podía leerse entre líneas la nueva palabra de moda: “cognitivo”. 
   Los cognitivistas convencidos de la facultad de Sevilla que se jubilaron hace poco, enseñaban en la época en que yo fui su alumno gráficas de tasas de respuestas, programas de adquisición y extinción de conducta y técnicas de moldeamiento. Lo más parecido a Freud que mencionaban en sus clases consistía en ciertos experimentos conductistas con chimpancés. Se les mencionaba a Neisser y te escupían. Pese a todo, el conductismo sevillano hizo gala de uno de los mayores logros conductistas en todo el mundo: merced a un acuerdo con el ayuntamiento, mantuvo controlado el número de palomas de la ciudad. Por eso siempre que recuerdo cosas del conductismo, recuerdo cosas positivas y no sus ridículos planteamientos generales.
   Una de ellas constituye, en realidad, el primero de los hallazgos de Skinner. Un día le colocó a sus palomas un programa de reforzamiento de tiempo fijo y se largó para tomarse un café. En sus jaulas individuales, las palomas recibían comida, digamos, cada cinco minutos. Cuando Skinner volvió, una de las palomas daba vueltas frenéticamente en su jaula, otra subía y bajaba violentamente el cuello, otra tenía las alas abiertas, otra se hallaba rígida como una estatua, etc. La explicación resulta simple. La primera paloma daba vueltas en su jaula cuando cayó el primer grano de comida. Como consecuencia, aumentó la probabilidad de que la paloma diera más vueltas a su jaula, esto aumentó la probabilidad de que la paloma recibiera comida mientras lo hacía, lo cual aumentó la probabilidad de dar vueltas, etc. Lo mismo ocurrió con el resto de comportamientos. Aquí tenemos, pues, la razón de por qué todos tenemos unos “calcetines de la suerte”, una “pulsera de la suerte” o, en definitiva, algún género de amuleto y Skinner no tuvo dificultades para que se aceptara en lo sucesivo que el conductismo constituía la mejor explicación de todo tipo de comportamientos humanos. 
   En verdad, los principios explicativos del conductismo no bastan para dar cuenta de lo que solemos llamar “superstición”. Con su famoso experimento, Skinner demostró que un patrón de reforzamiento temporal puede llevar a la aparición de comportamientos estereotipados en palomas, por ejemplo. Llamar a eso “superstición” no deja de constituir una analogía, más o menos fundamentada, pero desde luego, nada “científicamente” comprobado. Este tipo de estrategias se convirtió en el estándar de los razonamientos conductistas, se comprobaba cierto comportamiento en los animales y, posteriormente, mediante sutiles metáforas y analogías se inducía a pensar que los comportamientos humanos se hallaban moldeados por los mismos procedimientos. Ciertamente hubo experimentos con humanos, pero lo que constituyó la práctica totalidad de la base empírica del conductismo no trataba de ellos. La fortaleza del conductismo no se hallaba, como pretendió hacernos ver, en su carácter "científico", sino en la validez de sus analogías y éstas resultaban extremadamente débiles.
   Tomemos el caso de la “superstición”, ¿puede asumirse sin más que el comportamiento de unas palomas reproduce lo que ocurre con nosotros? En realidad no. Las palomas de Skinner se criaron en un ambiente tan estable que resulta ajeno a la vida de cualquier ser humano. Recuerdo que en cierta ocasión me regalaron una pulsera de la suerte. El primer día que me la puse el café me supo a rayos, vi por primera vez un autobús de la línea 14 pasar por mi barrio, me encontré un billete de cinco euros y me chocó la indumentaria verde fosforito de cierto corredor con el que me crucé. El segundo día el café me supo tan malo como el primero, volví a ver el autobús de la línea 14, me volvió a llamar la atención el atuendo del mismo corredor y me besó una atractiva desconocida. A estas alturas Ud. ya habrá comenzado a pensar en escribirme un e-mail preguntándome dónde puede comprarse una pulserita así. Sin embargo, una paloma de Skinner la habría tirado en un intento de que el café volviera a saberle bien. Dado que tres de los eventos que he citado anteriormente resultan idénticos, la asociación debiera haberse producido con cualquiera de ellos y no con el que difería en calidad de un día a otro. Aún más, uno de esos eventos, el mal sabor del café, puede considerarse perfectamente un estímulo aversivo, por lo que si el comportamiento de las palomas de Skinner resultara trasladable a los seres humanos, desde luego, no le hubiésemos atribuido nada así como “suerte” a la pulsera. Para que quede más clara la razón, expondré lo que ocurrió el tercer día. El tercer día, el café me supo un poco mejor que el día anterior, volví a cruzarme con un corredor que me impactó y el autobús de la línea 14 me atropelló. Ahora ya pueden entender por qué llamo a esta pulsera “mi pulsera de la suerte”, porque, gracias a ella, el autobús no me mató.
   La superstición humana no puede entenderse sin tomar en consideración todas aquellas veces en que nuestros calcetines, nuestra pulsera o nuestro amuleto han coincidido en el tiempo con algo que lejos de parecernos positivo nos ha parecido extremadamente desagradable. Para entender esto necesitamos apelar a las expectativas del sujeto o, mejor aún, a su capacidad para interpretar o para autonarrarse los acontecimientos de un modo u otro, algo que, desde luego, no resulta observable.

domingo, 19 de marzo de 2017

El experimento frustración (1. Psicología de mascotas)

“Dame una centena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón— prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”
   Este famoso texto pertenece a “La psicología tal como la ve el conductista”, artículo de John Broadus Watson, con el que se inauguraba el conductismo norteamericano. Watson alcanzó notoriedad por una serie de experimentos sobre modificación de la conducta en los que mostraba la posibilidad de inducir y de eliminar miedo a los animales en un niño de corta edad, “Albert”, de quien la historia de la psicología no nos aclara si acabó como médico, artista o ladrón. Si tenemos en cuenta hasta qué punto el miedo juega un papel central en el american way of life y que la sociedad en la que vivió Watson se hallaba preñada de ideales eugenésicos, podrá entenderse fácilmente su éxito. El conductismo de Watson no se limitaba, como en el caso de Pavlov, a constatar científicamente la asociación de estímulos con respuestas. Su seña característica consiste en la voluntad de intervenir en la conducta de los sujetos, de los sujetos humanos, modificándola. 
   La estrella de Watson comenzó a declinar cuando se descubrió la relación extramarital que mantenía con su colaboradora, Rosalie Rayner. Le costó un sonoro divorcio y la renuncia a su carrera académica. De este modo, Watson no sólo inauguró el conductismo norteamericano, también inauguró la larga lista de psicólogos que se pasaron al campo del marketing, razón por la cual sus envidiosos colegas decidieron condenarlo al olvido. Así la figura de Watson se perdió en las oscuridades de la historia de la ciencia hasta que un digno heredero de sus ideas vino a rescatarlo, Burrhus Frederik Skinner.
   Tras reiterados intentos por triunfar como escritor, Skinner tuvo una idea brillante. En lugar de narrar una ficción en un libro, la construiría a través de múltiples artículos e, incluso, artefactos, en ninguno de los cuales se haría más que insinuarla. En esencia, la fabulosa historia sobre la que versaría todo consistía en la posibilidad de convertir a la psicología en ciencia, de hecho, en ciencia matemática y experimental. Se fabricarían unas jaulas especiales, a partir de entonces llamadas “cajas de Skinner”, en los cuales se encerrarían palomas, ratas o cualquier otro animalito mucho más aceptable socialmente que un niño, al menos de momento. Estos artefactos, se hallarían dotados de botones o palancas que el sujeto experimental debía manipular para obtener comida. La cuidadosa observación y anotación de las respuestas del animal constituirían a partir de ahora el objeto de estudio de la psicología. Por supuesto, con las tasas de respuesta de los animalitos, el tiempo que tardaban en darlas o en dejar de darlas, se podrían hacer todo tipo de gráficas, a las cuales se les aplicaría fórmulas matemáticas cada vez más complejas.
   Las ventajas del planteamiento de Skinner saltaban a la vista para cualquiera. En primer lugar, a cambio de la fruslería de abandonar el que hasta entonces había constituido el objeto de estudio de la psicología, precisamente la psique, se le ofrecía a los psicólogos el ansiado grial de la cientificidad. Por otra parte, un denso entramado de matemáticas cada vez más exóticas permitía ocultar el que puede considerarse uno de los primeros y más importantes méritos de Skinner y todos sus seguidores, haber hecho por primera vez en la historia psicología de ratas, palomas y demás animalitos, rama ésta, la de la psicólogía de mascotas, cada vez más en boga hoy día. Finalmente, pero no menos importante, descubrió un campo ocupacional para los psicólogos en el mundo de la economía más allá del marketing, pues para cualquier empresario resultaba obvia la analogía entre la rata que pulsaba una palanca con objeto de conseguir comida y sus operarios.
   El conductismo de Skinner se expandió como un incendio veraniego en un bosque. Pronto no se hizo otra psicología en los EEUU fuera de sus estrictas normas “científicas”. En un bonito ejemplo de difusionismo, más o menos cuando el conductismo llegó a la Universidad Complutense de Madrid, un jovenzuelo llamado Noam Chomsky escribió una reseña sobre el libro de Skinner Verbal Behavior, en el que ponía de manifiesto lo que debería haber resultado patente desde un principio, a saber, que resulta extremadamente fácil condicionar a una paloma para picotear un botón pero no para que golpee el botón con el ala. Si efectivamente unos comportamientos resultan más fáciles de elicitar que otros, entonces la explicación última de la conducta no puede hallarse al nivel de lo observable. Tiene que haber algo más, algo “interno”, "genético" o, mencionemos la palabra tabú para el conductismo, “mental”, que la explique.

domingo, 12 de marzo de 2017

Cortina de humo

   Tengo tantos años que conozco muchas historias. Conozco la historia de dos jóvenes que comenzaron a salir juntos cuando estudiaban en el instituto. Compartieron casa en cuanto tuvieron dinero para comprarla y después de unos cuantos años de convivencia, se casaron. Un día ella le dijo a él que necesitaba tiempo para replantearse su relación e inició un viaje sola. Cuando volvió, le comunicó que había conocido al hombre de su vida y que tenía cinco días para abandonar la vivienda común, porque el hombre de su vida venía de camino y su marido sobraba. El le respondió dándole un guantazo. A la mañana del día siguiente ella apareció en su lugar de trabajo contando a todo quien quería escucharla que su ya ex-pareja la maltrataba.
   Conozco la historia de quienes se jugaron el pellejo por todos nosotros, por un mundo mejor y más justo y pagaron la frustración de no conseguirlo con sus mujeres. Conozco el proceso. Al principio no resulta muy distinguible de eso que todo el mundo cree connatural al amor, los celos. Después el control asfixiante deja paso a la degradación. Pegan porque han arrasado con todo lo reconocible como persona en una mujer.
   Conozco la historia del trabajador sin cualificación alguna, que se mata a trabajar por cuatro perras y se gasta tres y media en alcohol antes de llegar a casa. Vengará su rabia contra el primero que se le cruce, preferentemente su mujer, aunque también podría tocarle a sus hijos. Conozco los rumores de las vecinas después de la paliza y los insultos que se mascullan en voz baja sin que nadie llame a la policía mientras se espera que se repita la situación. Conozco los llantos de las viudas ante la caja en la que reposa el cuerpo de su marido, lamentando su marcha, “con lo que me quería, aunque me pegara”. Conozco los intentos de suicidio de mujeres desesperadas que ya no saben cómo escapar. Conozco los golpes, los llantos, el sonido que hace el cuerpo de una mujer al caer al suelo y cómo gritan sus hijos tratando de protegerla, porque pasé mi infancia en un barrio en el que nada de eso resultaba infrecuente y en verano se dormía (o se intentaba) con las ventanas abiertas.
   Conozco jovencitas a las que pone muy cachondas que su novio la emprenda a hostias con el primer desgraciado que las ha empujado sin darse cuenta. Conozco cómo lo jalean, lo orgullosas que se sienten de él y cómo lo maldicen cuando los golpes los han recibido ellas. Conozco su concepto de amor, el que le han inculcado desde tantas imágenes y que no tiene nada que ver con una relación entre personas, sino que consiste en la pura posesión, igual que se posee un coche, un perro o una pistola. El amor aflora cuando se juguetea con otro, cuando se le hace sentir que va a perder lo que posee, cuando se lo trata como a ese niño al que hacemos rabiar fingiendo quedarnos con su peluche o su caramelo. No hay amor sin daño, sin peligro, sin muerte.
   Conozco esa pareja que ha tenido una pelea brutal y ella, de los nervios, trata de sacar el palo de una fregona por el procedimiento de tirar de él mientras pisa las tiras que la componen. El palo se desprende bruscamente y la golpea en el mentón. Cae hacia atrás e impacta contra el filo de un mueble. Medio inconsciente, sangrando, su marido la lleva al hospital. Ha parado la hemorragia, la ha reanimado, le preocupa que se haya hecho más daño del que ya aparenta. Nervioso, aturdido, trata de explicar en el triage lo que ha ocurrido. “Es un poco torpe”, se le escapa. Nadie le volverá a preguntar nada, nadie le mirará ya igual, nadie que sepa la historia volverá a sentarse a su lado. Al principio no lo entiende, pero, de pronto, cae en la cuenta. A ella la han hecho entrar sola en consulta, sabe lo que le van a preguntar y un sudor frío recorre su espalda.
   Conozco a los niños que han vivido el maltrato de sus madres de modo cotidiano. Nunca abandonarán ya el hogar familiar porque no pasará un solo día de sus vidas que no lo recuerden. Conozco cómo respiran al día siguiente de tener que declarar contra sus padres. Conozco la historia de los que tratan de huir hasta de sí mismos y la de los que, de tan acostumbrados a las palizas, consideran normal o, mejor aún, recomendable, que se les pegue a las mujeres como una forma cotidiana de relacionarse con ellas. Se los puede calificar también de víctimas de los malos tratos y no tardarán mucho en encontrar sus propias víctimas.
   Conozco a los que de verdad se creen las consignas feministas y dan por supuesto que la masculinidad tiene que ver con la testosterona, con la violencia, con el poder. Encomian tanto las virtudes viriles que uno no entiende por qué andan por ahí persiguiendo faldas. Conozco su mirada de miedo ante la posibilidad de perder lo que les han convencido que son sus privilegios y que, en realidad, apenas se distinguen de morbosas inclinaciones, miserias y mutilaciones. Resulta enternecedor ver el pánico que les genera la posibilidad de encontrar una mujer más culta, más inteligente, con un futuro profesional mejor, alguien capaz de decirles "no" o "estás equivocado", una persona en fin. De tan débiles, frágiles y delicados, no soportan compartir sus vidas con un ser humano. Quieren tener a su lado un saco de boxeo, un bobblehead, una muñeca hinchable que sólo rechine cuando la penetren. Como las feministas, ellos también creen en la magia del verbo "ser" y que ser hombre o mujer consiste en que unas propiedades asombrosas te acompañan de la cuna al féretro.
   Conozco la historia de esa mujer de 91 años asesinada, por la que se guardó un minuto de silencio y a la que se la incluyó en las cifras de violencia de género a pesar de una carta de sus hijos en la que explicaban que había sido “un acto de amor” por parte de un anciano marido que siempre la cuidó, pero que no soportaba más verla sufrir por una enfermedad de esas que no matan ni dejan vivir.
   Conozco las estadísticas que señalan que la violencia contra las mujeres se halla más extendida en países mucho más ricos, mucho más cultos que nosotros, incluso esos países que figuran a la cabeza de los resultados educativos, pero en los que el alcohol y el control social corren como la sangre por nuestras venas. Conozco las estadísticas que señalan que no hay denuncias falsas por violencia de género porque en este país poner una denuncia falsa sale siempre gratis, conozco a quienes las airean y conozco la imposibilidad de cuantificar todas las denuncias que no se presentan o que se retiran. Conozco la ufana sonrisa de los políticos de turno, esos que parecen aguardar con ansia el próximo asesinato para poder hacerse la foto correspondiente, afirmando que, gracias a ellos y a sus leyes, la violencia de género ha bajado un 7% ó un 10% ó tanto que somos el país con menos muertes por ese tema de toda Europa, como si una sola mujer asesinada no constituyera ya una cifra inaceptable.
   Conozco la bochornosa historieta que le echa la culpa de la violencia de género al machismo, a la testosterona, al patriarcado romano o a cualquier otra memez semejante, historietas de las que se deduce que los romanos llegaron a Kiruna, que existe más machismo en los países en los que las mujeres presiden los gobiernos y las iglesias o que el cuerpo produce más testosterona a partir de los treinta y cinco años, edad media de los agresores. Conozco la vergonzosa mentira de que “cualquier hombre puede ser un maltratador”, la sueltan muy a menudo quienes se escandalizan cuando oyen que “cualquier musulmán puede ser un terrorista”, o que “cualquier extranjero puede ser un criminal”. No encierra más que la falta de voluntad para buscar la verdad.
   Tenemos una ley que incita a denunciar sin fundamento, pero que no ayuda a denunciar a quien realmente teme por su vida o la de sus hijos. Tenemos una ley que convierte a cualquier hombre en sospechoso, que elimina en la práctica el respeto a la presunción de inocencia y que así va preparando el camino para abolir tan obsoleta garantía de las libertades individuales. Y, sin embargo, sigue habiendo asesinatos de mujeres. 
   Tenemos a jueces y fiscales que, aplicando rigurosamente la ley, juzgan, condenan y firman órdenes de alejamiento que la policía no tiene tiempo de supervisar, haciéndonos llegar a la obvia conclusión de que los problemas sociales se solucionan con más policías, más fuerzas del orden, más coacción estatal. Y, mientras tanto, sigue habiendo asesinatos de mujeres. 
   Tenemos al Estado metido en las casas, en medio de las familias, entre las sábanas y, mientras tanto, sigue habiendo asesinatos de mujeres. 
   Tenemos decenas de asociaciones feministas financiadas con dinero estatal que, casualmente, reivindican el aumento del control del Estado sobre los ciudadanos, mientras sigue habiendo asesinatos de mujeres. 
   Tenemos montones de estómagos muy agradecidos en nuestras universidades que realizan estudios de género, que visibilizan a las mujeres en la ciencia, en la música, en las artes, pero, curiosamente no en los campos de exterminio, en los centros de tortura, en los genocidios, para así acostumbrarnos a la idea de que no hay hechos históricos, únicamente hay las interpretaciones que el poder quiera subvencionar. Y, mientras, sigue habiendo asesinatos de mujeres.
   ¿En serio que a nuestros políticos les interesa la violencia de género? ¿En serio que a todos esos/as expertillos/as en los efectos de la testosterona les interesa la violencia de género? ¿En serio que alguien quiere erradicar esta lacra? ¿En serio que alguien quiere saber la verdad? Más allá de las mujeres que ayudan cada día a las maltratadas, más allá de quienes se juegan la vida interponiéndose entre un agresor y su víctima, más allá de quienes quieren construir un nuevo concepto de masculinidad, sólo hay cortinas de humo que tratan de ocultar la incómoda verdad, el mal del cual la llamada violencia de género constituye mero síntoma. Actúen contra todas las formas de atontamiento social, empezando por el consumo de drogas y alcohol, actúen contra el riesgo de exclusión social, contra la idea de anteponer la competencia entre individuos al respeto mutuo, contra este nocivo concepto de propiedad que tenemos y que iguala posesiones y relaciones humanas, contra todos los elementos de control que hacen de nuestras muy libres sociedades remedos de sociedades carcelarias y habrán acabado con la violencia de género. Pero claro, si hicieran eso, no sólo habrían acabado con la violencia de género.

domingo, 5 de marzo de 2017

   El texto que debía ver la luz hoy excede las dimensiones habituales, no puede ser cortado en dos partes y necesita de un último repaso. Queda pues aplazada su publicación hasta el próximo fin de semana.