domingo, 23 de julio de 2017

Dunkerque

   Esperaba, desde hacía tiempo, el estreno de Dunkerque. Su director, Christopher Nolan, me había fascinado con Following y, sobre todo, con Memento, una película que encierra profundas cuestiones filosóficas y un modo de narrar absolutamente fuera de lo habitual. Desgraciadamente, Memento no sólo llamó mi atención, también llamó la atención de Hollywood que tomó su estructura narrativa como un desafío a sus convencionalismos. Se propusieron asimilar a Nolan y lo consiguieron. Primero le pusieron al frente de un proyecto cargado de estrellas y ligero de ideas, Imsomnia y, después, para rematarlo, le endilgaron la  serie de Batman, al borde mismo de la extinción. Batman ganó con Nolan todo lo que Nolan perdió con Batman. A partir de aquí sus proyectos iniciaron una pendiente sin freno: The Prestige desaprovechaba un libro que ya de por sí desaprovechaba una buena idea, Inception era un puro querer y no poder e Interestelar, un pestiño infumable con final feliz. El propio Nolan pareció darse cuenta de hasta qué punto Hollywood lo había dejado exangüe y decidió intentar salvar lo que pudiese salvarse llevándolo de vuelta a casa. Dunkerque no constituye, pues, la narración de un hecho histórico, también narra lo que intentaba hacer el propio Nolan con su talento cinematográfico.
   El hecho histórico es que en 1940, tras la ruptura de la “Linea Maginot”, el cuerpo expedicionario británico se vio embolsado, por tropas alemanas que avanzaban desde Holanda, Bélgica y, particularmente, Francia. Girando por Abbeville hacia Boulogne, el general Heinz Wilhelm Guderian, como siempre al frente de sus tanques, consiguió plantarse en Calais antes de que los ingleses soñaran siquiera con organizar desde allí su retirada. Entonces intervino el mayor enemigo que tuvieron los ejércitos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, su alto mando con Hitler a la cabeza. Le ordenaron a Guderian que cesara su ofensavia. Durante un tiempo les hizo caso omiso afirmando que "no avanzaba, sólo realizaba acciones de reconocimiento”, pero cuando sus tanques ya habían reducido el perímetro a la ciudad de Dunkerque y su playa inmediata, teniendo una victoria decisiva en sus manos, se vio obligado a acatar las órdenes. 
   Por qué los alemanes permitieron la evacuación de buena parte del cuerpo expedicionario británico sigue sin estar claro hoy día. Parece que Hitler atesoraba la secreta esperanza de que Inglaterra acabaría uniéndosele en el dominio del mundo (sic) y que se dejó convencer por Göring de que la aviación causaría más daño que los tanques a un enemigo arrumbado en las playas sin posibilidad alguna de defensa. Por si fuera poco, muchos, empezando por su superior directo en el mando, von Kluge, veían con escalofríos las audacias de Guderian que, dicho sea de paso, siempre demostró tener la visión correcta de los hechos. 
   El 26 de mayo de 1940 comenzó oficialmente la evacuación de Dunkerque, con lo que quedaba del ejército francés en la zona defendiendo el perímetro y los ingleses tratando de embarcar rumbo a casa 400.000 hombres. Rápidamente la Luftwaffe comprobó la estulticia de Göring pues buena parte de las bombas que arrojaba sobre el enemigo se enterraban en la arena sin explotar. Prefirieron con mucho ametrallar a los soldados en la playa y bombardear los barcos en el mar, tarea que se volvió mucho más complicada cuando el alto mando británico decidió enviar todo tipo de embarcaciones civiles para realizar la repatriación de sus tropas.
   Nada de eso cuenta Nolan en su película porque no le interesa. Dunkerque no pretende ser la narración de un hecho histórico. Dunkerque cuenta lo que ocurre cuando la cadena de mando se ha debilitado lo suficiente como para convertir el instinto de supervivencia en el único motor de conducta, lo que pasa cuando el sentimiento de pertenencia a la manada puede más que los juicios acerca de contra quién se combate, de lo que puede ser heroico o cobarde y de lo que pueda llegar a ser considerado loable o mezquino. Cuenta cómo unos cientos de miles de chavales que acababan de abandonar la adolescencia fueron abandonados en una playa al albur de las bombas, las balas, las olas y su propio miedo. Y, sobre todo, cuenta cómo las guerras, los ejércitos y los gobiernos sacan partido de todo ello para sus propios fines. Lo hace con maestría, con elegancia, con un uso de los saltos narrativos que casa rigurosamente con las necesidades de lo que se quiere contar.
   Dicen que ha convertido en una gran victoria lo que fue una derrota, que ha hecho de la vergüenza de Dunkerque un motivo de orgullo nacional, que ha puesto una piedra fílmica más en la larga tradición de cantar las glorias del imperio de su graciosa majestad. Yo lo dudo. No casa mucho con esos juicios la frialdad con la que un contraalmirante da instrucciones para que un barco de la cruz roja se hunda lo más lejos posible del espigón aunque eso signifique que se ahoguen todos los heridos que van a bordo. No resulta muy heroica la actitud de unos militares que insisten, una y otra vez a lo largo de la película, que los barcos están allí para salvar a los británicos y que para los franceses, que valerosamente mantenían el perímetro permitiendo que la evacuación se llevara a cabo, sólo quedaba la rendición o la muerte. Pero, sobre todo, tales juicios no cuadran con la realidad histórica. Dunkerque fue un gran logro para los británicos, especialmente, teniendo en cuenta lo que pudo haber ocurrido y el discurso de Churchill (que había llegado al cargo de Primer Ministro quince días antes de lo que muestra la película) para la ocasión contiene toda la grandilocuencia característica de los políticos cuando intentan salvar las vergüenzas. 
   Ahora queda por ver si, una vez reagrupadas sus fuerzas, Nolan nos proporciona también grandes éxitos en los años venideros.

domingo, 16 de julio de 2017

Arrival

   Hace tiempo que tenía la película Arrival (La llegada, 2016) en el radar, pero hasta hace unos días no pude por fin sentarme a verla. Varias razones me llevaron a ella: su director, Denis Villeneuve es el encargado de poner en celuloide la innecesaria segunda parte de una de mis películas favoritas, Blade Runner; se supone la adaptación de un multipremiado relato corto de ciencia ficción, La historia de tu vida de Ted Chiang; la banda sonora de Johann Johannsson, fue una de las pocas músicas que me llamaron la atención el año pasado; y, por si fuera poco, la protagoniza Amy Adams. En realidad, lo que cuenta la película es bien poca cosa. Se parte de la idea de que el lenguaje determina el pensamiento y se acaba concluyendo, como hace todo buen determinista, que el tiempo es pura apariencia y, si se adquiere cierto conocimiento especializado, deja de apreciarse. Un recorrido tan breve da, desde luego, para un relato corto, pero no para rellenar cerca de dos horas de efectos especiales, así que el bueno de Villeneuve se dedica a marear un poco la perdiz con falsos flash-backs, con una fotografía que se pretende preciosista y con la música de Johannsson. La escasez de acción, como la escasez de notas en la banda sonora, llena buena parte del minutaje, por lo que no debe extrañarnos que una crítica acostumbrada a la saturación musical y auditiva, haya descrito  el film como un “poema” y le haya encontrado parecidos con la sobrevalodarísima obra de Terrence Malick.
   Me imagino que la primera intención de Chiang fue crear unos marcianos a los que pudiera apodarse los “trípodes”, pero como los chistes resultaban demasiado fáciles pensó en “pentalones”, lo cual no dejaba de proporcionar guasas acerca de la naturaleza de la quinta extremidad y ésta fue la razón por la que se acabaron convirtiendo en “heptalones”, disolviendo la gracia entre tantas patas. Ni que decir tiene que, en cuanto la ven sin máscara, los heptalones quedan fascinados con Amy Adams, cosa lógica porque lo de esta mujer (o lo de su cirujano plástico) no es de este planeta. Aquí les dejo unas fotos de la Sra. Adams en Muérete bonita, su primer papelito cuando contaba 25 años y en la ceremonia de los Oscar de febrero del corriente. 



En efecto, el rostro más reluciente, hermoso y juvenil corresponde al de la mujer que tiene una hija y 18 años más que el otro. Y ahora me lo explican si pueden. A este paso la Sra. Adams acabará siendo un bomboncito en el geriátrico.
   Naturalmente, todo lo anterior no dejan de ser frivolidades por las que no me hubiese molestado en escribir nada. El supuesto meollo del asunto no es otro que la tesis Sapir-Whorf, de la que ya hemos hablado varias veces aquí y que, cuando por fin parecía perder el último reducto de incondicionales, entre Chiang y Villeneuve, la van a convertir en meme de la cultura de masas. Los lingüistas, padres de este cordero y al que tantas oraciones le dedicaron, la abandonaron hace tiempo. Pero los filósofos del siglo XX, que, como los maridos engañados, fueron los últimos en enterarse de todo, todavía hoy la siguen repitiendo cual papagayos: el lenguaje determina el pensamiento, los límites del lenguaje son los límites del pensamiento, hablantes de idiomas distintos viven en mundos distintos. Ya expliqué que si eso fuese así, entonces el español y el italiano serían inconmensurables. Como no me gusta repetirme no voy a aclarar otra vez por qué, mejor voy a presentar una magnífica refutación de dicha tesis, la que muestra la propia película. En efecto, partiendo de que los hablantes de lenguas distintas viven en mundos distintos, es decir, de la tesis Sapir-Whorf y deseando comunicarse con los marcianitos de turno, la intrépida Louise llega a la conclusión de que mejor abandonar el lenguaje hablado y centrarse en un intercambio de signos. Y hete aquí que esta línea de trabajo se convierte en exitosa, pudiendo, primero intercambiar abundante información con los llegados y, posteriormente, hablar su lengua. Además, gracias al manejo de dichos signos, Louise comienza a adentrarse en un nuevo modo de pensar, el cual le permite abandonar las limitaciones del tiempo y ver el futuro. Lo diré de otro modo, se parte de la idea de que la lengua determina el pensamiento y se acaba concluyendo que lo que realmente determina el pensamiento son los signos. Afirmación esta última que, de ninguna de las maneras, cabe en la tesis Sapir-Whorf. En efecto, tomemos dos comunidades que hablan lenguas diferentes, pero que la escriben con los mismos caracteres, ¿se entenderían o habría inconmensurabilidades entre ellos? Obviamente, la tesis Sapir-Whorf, o, por ser más exactos, el bueno de Whorf, concluiría que podrían existir enormes inconmensurabilidades entre ellas, como las que existen, pongamos por caso, entre napolitanos y brandenburgueses. Supongamos ahora lo contrario, quiero decir, una comunidad que maneja una lengua común, pero que escribe dicha lengua con caracteres diferentes. ¿Habría dificultades para entenderse entre ellos? De un modo obvio, la respuesta de Whorf sería negativa. Hasta qué punto dichas intuiciones son correctas podrá apreciarlo si estudia la disolución de Yugoslavia, país compuesto por dos comunidades, serbios y croatas, más una minoría musulmana, que hablaban el mismo idioma pero lo escribían usando grafías diferentes. Pues bien, lo que nos muestra la película es, precisamente, la importancia de los signos con los que apuntalamos nuestro pensamiento y no de la lengua con la que se expresan, algo bastante más cercano de la realidad que lo que se pretendía inicialmente defender. Que semejante contradicción, lejos de valerle el reproche de alguien, le haya proporcionado a la película y al relato en el que se basa, premios y honores de la crítica muestra bien a las claras el chiringuito que hay montado para alejar nuestras miradas del verdadero determinismo que nos atenaza y que no se halla ni en los genes, ni en el lenguaje, ni en un supuesto futuro ya escrito, sino en una mitología montada para volvernos idiotas a todos llenándonos la cabeza de incoherencias. Afortunadamente, la película termina de un modo optimista, mostrándonos en imágenes una de las más acertadas afirmaciones de Karl Marx, a saber, que "todo lo sólido se desvanece en el aire".

domingo, 9 de julio de 2017

Reflexiones sobre la muerte (3)

   El modo en que los modernos occidentales nos enfrentamos a la muerte resulta ridículo. En realidad, se trata únicamente de una consecuencia de nuestro modo erróneo de habérnosla con el tiempo. Casi todo el mundo antes de morir pide precisamente eso, más tiempo. Se trata de otra versión de un problema común en nuestras sociedades y que ya he mencionado varias veces, el problema del más. Queremos más tiempo, queremos vivir más, queremos cumplir más años, todo lo cual puede aceptarse como correcto, pero ¿más para qué? ¿para cometer más veces los mismos errores? ¿para cometer más errores? Si trabaja como comercial para alguna empresa sabrá que dedica más tiempo a planificar su jornada, buscar aparcamiento, circular, hablar con la secretaria o con miembros de la organización sin poder ejecutivo, que a esa entrevista en la que se va a decidir si recibirá un nuevo pedido o no. En muchas profesiones rellenar informes sobre lo que se ha hecho o lo que se va a hacer consume más tiempo que hacerlo. De modo general, utilizamos nuestro tiempo para planificar qué vamos a hacer con el tiempo que viene a continuación y no para vivir el momento en que nos encontramos. Si efectivamente un buen Dios de los cielos nos concediera más tiempo, lo emplearíamos en organizar qué haríamos con el tiempo que nos concedería en la próxima prorroga.
   Muchos occidentales han encontrado la manera de disfrutar de una prórroga perfecta en la creencia en la reencarnación. Primero lo adoptaron todo tipo de actores de Hollywood, tan satisfechos con la vida que habían vivido, que querían vivirla otra vez. Como resulta lógico, una vez proyectada la idea de la reencarnación en imágenes, se extendió. Poder vivir otra vez representa para nosotros el modo mágico de vivir más tiempo. El ridículo encerrado en semejante razonamiento no tiene límites. Para empezar buena parte de los creyentes en la reencarnación no quieren renunciar a un cristianismo adoptado por tradición. Para su mentalidad el budismo o el hinduismo resultan demasiado exóticos. Acuden a su párroco de zona y éste les confirma que sí, que por supuesto, que por qué no van a poder ser cristianos creyendo en la reencarnación. Ya se sabe, tan poca gente marca la casilla de donar sus impuestos a la Iglesia que hay que recolectar feligreses como se pueda. La inmensa mayoría se siente satisfecho con esto y va por ahí tan contento sin entender que ni el cristianismo puede compaginarse con la doctrina de la reencarnación ni ésta representa para las religiones de oriente nada bueno ni deseable. En realidad, todas las religiones que hablan de la reencarnación lo consideran lo malo, lo que debe evitarse a toda costa, el equivalente de nuestro infierno, pues este mundo se caracteriza por el sufrimiento que nos causa y hay que evitar volver a él. Por si fuera poco, toda creencia en que volvemos más de una vez a este mundo, considera necesario un lavado de cerebro para que no quede nada de nuestra vida anterior. Así que, en efecto, volvemos a este mundo, pero volvemos sin recuerdos, sin carácter, sin los seres queridos, sin todo aquello que nos define. ¿Qué diferencia existe entre esto y la simple y llana muerte en la que nada perdura? Muy fácil, que tenemos más tiempo.
   De acuerdo, tengamos más tiempo, pero, una vez más, ¿para qué? Los hombres del siglo XX creen que la vida tiene las mismas características que Facebook, Instagram o Twitter. Uno se apunta a Facebook, sube fotos a su cuenta y cincuenta años después, cuando alguien la consulta, cree que uno sigue saliendo de juerga los fines de semana, que su hijo sigue teniendo tres meses y que aún conserva la gatita aquella que se pasaba las horas muertas mirando la lavadora. Pero no, la gatita llegó a la conclusión de que se divertiría más desde dentro que desde fuera y, en un despiste, apareció ahogada entre la ropa limpia, su hijo se cambió de sexo hace dos años y ahora se dedica a la vida loca y desde que le internó en un geriátrico, Ud. ha dejado de tomar chupitos los fines de semana. 
   El cuerpo humano no se halla diseñado para una longevidad demasiado prolongada. A partir de los 40 años, la naturaleza abandona despiadadamente a las mujeres y, poco después, a los hombres. Las terapias encaminadas a evitar semejante desafecto han logrado hacer los años restantes más penosos pero no han conseguido evitar, afortunadamente, lo que millones de años de selección natural tan sabiamente han tejido. Se puede ir más allá, sin duda, pero el propósito de convertir el siglo en la esperanza media de vida, nos condena a lo que sólo puede considerarse un encarnizamiento terapéutico. La vista no aguanta, el sistema digestivo tampoco, se nos cae todo lo que no tengamos de silicona, se olvida el control de esfínteres y, al final, nos olvidamos de nosotros mismos. Si permitimos que las empresas farmacéuticas sigan en ello, tendremos otra vida en esta, sí, pero, una vez más, con el inevitable borrado de todo lo que en nosotros puede considerarse identidad personal. Y aquí encontramos un elemento clave en esta historia. Tenemos miedo a la pérdida absoluta y definitiva de conciencia, pero no a los olvidos cotidianos, a esos momentos de los que no recordamos nada, a la amnesia causada por el alcohol o las drogas. Nos aterroriza desaparecer cuando nuestra vida se halla plagada de instantes que han desaparecido para nosotros, de entrañables amigos de copas que ya no nos recuerdan, sin que nos importe demasiado. Nos hiela la sangre la posibilidad de que cese nuestro pensamiento cuando dedicamos nuestra vida a hacer todo lo posible para no pensar.

domingo, 2 de julio de 2017

Reflexiones sobre la muerte (2)

   La razón por la que la muerte nos parece terrible se halla en nuestra manía de mirarla a los ojos como individuos concretos y singulares, perdiendo cualquier perspectiva global. Mirar desde un punto de vista limitado y concreto siempre genera un dolor innecesario porque carece de toda lógica. No hay más que pensar en los niños pequeños, en esa etapa en la que duermen mal, se muestran quejicosos e incluso tienen fiebre porque les van a salir los dientes. Puede buscar por Internet y leerá cómo piezas óseas afiladas o romas, tiene que desgarrar las tiernas carnes infantiles y abrir las encías para aflorar. Uno se imagina el sufrimiento interminable de bebecitos que no entienden qué les ocurre y a los que tampoco se les puede explicar ni justificar. Sin embargo, realmente no hay nada de eso. Simplemente, los niños con esta edad carecen de la capacidad de formar recuerdos, así que, por mucho que pueda llegar a dolerles la salida de los dientes no lo recordarán. Mejor aún, por las muestras de dolor que manifiestan, casi puede asegurarse que se trata de poco más que de un escozor, sin duda insufrible para quien parece dispuesto a llorar porque tiene sueño. Pero ahí no termina la cosa. ¿Se imagina Ud. que un día se le empezara a mover un diente? ¿que se le aflojara cada vez más? ¿que llegase un punto en que pudiera retorcerlo, que le sangrase? ¿Cómo lo viviría? ¿No generaría en Ud. un trauma insoportable? Pues no sufra por su hijo, porque para los niños resulta una experiencia divertida.
   De la misma manera, pensamos que todos los seres humanos deben experimentar la muerte como la experimentamos nosotros los occidentales de hoy día. Aún más, pensamos que una persona de 90 años experimenta la muerte como nosotros nos lo imaginamos cuando tenemos 20, 30 ó 40 años. Craso error. Envejecer consiste en un proceso maravilloso por el que la muerte va perdiendo su carácter horrible y la vida su aspecto alegre. Pensar en la clausura de todas las posibilidades mientras el cuerpo se halla adornado por la juventud, la vitalidad, cuando aún no nos ha traicionado de ninguna manera, resulta terrible. Pensar en la no existencia de un mañana cuando en cada momento se toma conciencia de cada hueso, de cada inspiración, de cada instante porque consiste en un puro dolor, cambia mucho la manera de considerar la muerte.
   Tampoco el miedo a la muerte nos ha acompañado desde el primer día que hollamos la faz de la tierra. Para lo que podríamos reconocer como nuestros primeros congéneres, la muerte se hallaría identificada con los depredadores, los ríos con mucho caudal, la lava, el fuego, la inanición o la enfermedad. Debió constituir una experiencia terriblemente descorazonadora descubrir que haber alcanzado un dominio del entorno que permitía dejar estos peligros atrás, no significaba tener asegurada la existencia de un modo indefinido. La muerte del primer ser humano por vejez debió causar un profundo impacto entre los primates que la presenciaron. Tanto que, probablemente, se negaron a aceptar que todo había terminado y trataron de preservar su cuerpo y sus pertenencias en la idea de que, sin nada observable que lo hubiese matado, algo debería perdurar.
   La muerte por envejecimiento, el hecho de que la mortalidad constituye un rasgo que nos caracteriza y de un modo tan propio como la animalidad o la racionalidad, constituyó una experiencia realmente esporádica durante la práctica totalidad del tiempo que llevamos en este planeta. Durante miles de años, la gente no moría por envejecimiento, moría por las guerras, las hambrunas, la enfermedad o los accidentes. La muerte segaba las vidas de un modo azaroso, sin tomar en cuenta posición social, edad, proyecto vital y, mucho menos, el carácter saludable o no de los hábitos adoptados. Dicho de otro modo, durante miles de años, la muerte no mostró su carácter necesario. Los escritos, las canciones, los refranes, lamentaban la incapacidad de los seres humanos para evitar la muerte, no la intrínseca mortalidad de los seres humanos. El hecho de que los seres humanos, necesariamente, tengamos que morir, aparecía casi como una bendición, la gloriosa salida de un mundo de incertidumbres, de un valle de lágrimas. Nuestro modo de entender la muerte hoy conforma, por tanto, nuestro modo de entender la muerte hoy, aquí, nada más. En él no podrán hallarse más que vestigios, coincidencias casuales, tal vez, con el modo de entender la muerte en otros pueblos y culturas. Pero de ningún modo tenemos derecho a erigirnos en los representantes de la condición objetiva de qué significa morir. Esta concepción de la muerte como acontecimiento terrible que se produce tras una enfermedad inevitable, contra la que valerosamente lucha la ciencia, llamada envejecimiento, no deja de constituir parte de una serie de creencias sostenida por nuestra mitología y a este respecto, como conjunto de creencias que forma parte de una cultura, tiene la misma validez que la de algunos pueblos precolombinos que consideraban que las almas de los guerreros se convertían en mariposas que vagaban por los bosques hasta que las disolvían las lluvias.

domingo, 25 de junio de 2017

Principios básicos del ciclista español.

   1º) Ud. es ciclista, por tanto, puede hacer lo que le venga en gana. 
   2º) La bicicleta es un vehículo para todo el mundo. Si a Ud. le falta un brazo, el ciclismo es su deporte. Si a Ud. le falta una pierna, el ciclismo es su deporte. Si Ud. pesa 600 arrobas a la canal, el ciclismo es su deporte.
   3º) El ciclismo adelgaza, ¿ha visto el Tour de Francia? ¿La Vuelta ciclista? ¿El Giro? ¿Compite algún ciclista gordo? Luego el ciclismo adelgaza.
   4º) Le dirán las malas lenguas que los ciclistas están tan delgaditos porque hacen un feroz régimen alimenticio durante todo el año, porque en cuanto se pasan un gramo de lo que el médico del equipo les marca, les ponen un régimen de comida más estricto aún. Le dirán que mucha gente desconfiaba de que Indurain llegase a algo precisamente porque tenía el culo demasiado gordo. Le dirán que si Ud. hace 50 Km. en bicicleta hasta esa venta tan famosa y allí se come un cochinillo regado de cerveza no va a adelgazar nada. No les haga caso, recuerde el punto 3. No hay sonido más hermoso que el crujir de una bicicleta bajo el peso del que va encima.
   5º) ¿Ha visto el Tour de Francia? ¿La Vuelta ciclista? ¿El Giro? ¿A qué hora lo echan por la tele? Pues ésa es la hora a la que debe salir Ud. a hacer ciclismo. Pedalear con la fresquita es de maricas.
   6º) Lo malo de hacer ciclismo a esa hora es el calor, por tanto, los días ideales para practicarlo son los días con mucho viento. Si hace tanto viento que la bicicleta se le va para un lado y para otro, mucho mejor, es Ud. ciclista, la bicicleta manda, olvídese de llevarla donde Ud. quiere.
   7º) ¿Ha visto el Tour de Francia? ¿La Vuelta ciclista? ¿El Giro? El lugar natural del ciclista es la mitad de la calzada. Si por la generosidad de todo ciclista Ud. concede dejarle una parte de la misma a los vehículos motorizados, éstos deben hacerle una reverencia al pasar, recuerde el punto primero.
   8º) El ciclismo fomenta la amistad. ¿Para qué salir con los amigos a hacer ciclismo si no se puede hablar con ellos durante el trayecto? La mejor manera de hacer ciclismo en grupo es participando todos en una amigable conversación, disfrutando de la naturaleza, del aire fresco, pedaleando hombro con hombro los cinco, seis, siete amigos, mientras una cola de catorce coches aguarda detrás pitando.
   9º) El ciclismo es sano. ¿No ha visto Ud. las noticias sobre ciclismo? Nada más saludable que la vida de un ciclista. Un ciclista jamás se cae, lo tiran. Caerse de un vehículo de dos ruedas es físicamente imposible. Todas las leyes de la naturaleza se hallan confabuladas para mantener un vehículo de dos ruedas en posición vertical. Una caída sólo puede ocurrir cuando algún cavernícola de los que circulan en coche incurre en alguno de sus criminales atentados contra el pobre e indefenso ciclista. Además, gracias al ciclismo, uno puede disfrutar del aire puro y no contaminado de las  grandes ciudades en hora punta y de las carreteras con mucho tráfico.
   10º) No haga jamás ciclismo en carreteras con amplios arcenes, resulta extremadamente aburrido y, lo que es aún peor, no molestará a nadie. Si, por algún motivo, no tiene más remedio que circular por una carretera con un arcén amplio, recuerde lo dicho en el punto 7, su lugar natural es el centro de la calzada.
   11º) El ciclista adora el aire puro, la naturaleza. Por tanto, las carreteras ideales para hacer ciclismo son las carreteras de segunda o de tercera, sin arcenes, llenas de curvas y cambios de rasante, ésas en las que nadie es capaz de adivinar qué hay cien metros más allá. No dude en buscarse un amplio grupo de amigos con los que hacer kilómetros por ellas los días de mucho viento.
   12º) Si en su ciudad no existe carril bici participe en todo tipo de manifestaciones, protestas y concentraciones solicitándolo.
   13º) Si en su ciudad existe carril bici, ignórelo y circule por la calzada, lo más alejado posible del bordillo, recuerde el punto 7.
   14º) Si hay zonas de su ciudad a las que no llega el carril bici y existen muchos peatones, circule por la acera. Recuerde el punto 1. No permita que señoras con carritos de bebé, niños, ancianos y viandantes en general le hagan rectificar su marcha y nunca, bajo ningún concepto, frene. Si a alguna ancianita no le da tiempo de quitarse cuando Ud. se acerca puede elegir entre atropellarla alegremente o desviarse en el último segundo mientras le grita: “¡apártate, vieja fascista!”
   15º) Recuerde el punto 1, las señales de tráfico no están hechas para Ud. No tiene ni que pararse en los semáforos ni que respetar un stop ni que cederle el paso a nadie bajo ningún concepto.
   16º) Lo anterior se aplica igualmente a las rotondas. Un buen ciclista español se las pone por montera.
   17º) Una bicicleta es como un coche de lujo, todos los conductores están obligados a saber hacia dónde se dirige Ud. No se moleste, por tanto, en señalizar nada.
   18º) Ciclismo de verdad es el que se practica en España y no esas mariconadas europeas con semáforos en los carriles bici para que pasen los peatones.
   19º) Resulta imprescindible enseñarle todas las normas anteriores a los niños desde su más tierna infancia, para que se inicien en su práctica lo antes posible y las apliquen con toda naturalidad cuando sean mayores.
   20º) Poco a poco, el ciclismo va calando en la vida de los españoles. Dicen que porque han descubierto lo beneficioso que es para su salud, por el esfuerzo de los ayuntamientos y de los santos varones que los dirigen, siempre preocupados por nuestro bienestar o porque el aparcamiento se ha vuelto imposible en el centro de nuestras ciudades. En realidad, cada día más españoles hacen ciclismo porque han descubierto que gracias a él pueden practicar el deporte que más les gusta en este mundo: molestar.

domingo, 18 de junio de 2017

El desafío.

   Desde los años 80, diferentes medios jurídicos han venido advirtiendo que la Constitución española, presenta una evidente falta de legislación en lo que se refiere a qué ha de ocurrir si un Ayuntamiento, una diputación provincial o una autonomía decide legislar más allá de lo que la Constitución le permite. Ahora está muy de moda citar el artículo 155 como el garante de que las autonomías se sometan al orden imperante, pero el artículo 155, tal y como está redactado, parece referirse más que a la legislación emanada de un parlamento autonómico a la negativa de éste a aplicar leyes aprobadas por el parlamento nacional. El propio hecho de que el alcance de este artículo sea discutible, muestra la falta de salvaguardias claras de las que hemos comenzado hablando. Como digo, han pasado no menos de 30 años desde las primeras denuncias de este hecho y ninguno de los sucesivos gobiernos, con mayorías absolutas o no, ha tratado de remediar la situación. Ya tuvimos un ejemplo claro de lo que podía ocurrir en la Marbella de Jesús Gil (y de los que vinieron después de él), donde los políticos hicieron, literalmente, lo que les dio la gana, sin que ninguna instancia, teóricamente superior, interviniera para impedirlo. Todos conocemos Ayuntamientos cuya corporación democráticamente elegida y la que le sucedió, están encausadas por corrupción y no pasa nada ni nadie hace siquiera el intento de disolverla. ¿Por qué? La razón fundamental radica en que, estando las cosas como están, todos los partidos políticos pueden sacar tajada mientras esperan, disfrutando plácidamente del producto de su pillaje, que les alcance esa tortuga artrítica llamada justicia.
   Desde el advenimiento de la democracia se halla pendiente una cosa llamada el estatuto del funcionario. Al igual que hay un estatuto del trabajador, que señala las líneas rojas que ninguna legislación ni pacto laboral puede sobrepasar, resulta deseable un estatuto de los trabajadores del Estado, que deje claras las líneas rojas que, bajo ningún concepto se pueden sobrepasar. Pues bien, ese estatuto sigue pendiente. El motivo principal es que debería dilucidar cuáles son las relaciones entre los funcionarios y sus superiores jerárquicos designados por la autoridad política. En particular, ese estatuto debería establecer cuándo y bajo qué condiciones, el funcionario puede negarse a cumplir una orden de sus superiores políticos. Parece lógico que, por mucho que trabaje para el Estado (y precisamente por trabajar para el Estado), el funcionario debe tener la capacidad de decirle “no” a una orden procedente de un cargo político cuando ésta contravenga los intereses del Estado o, al menos, la legislación internacional a la que dice someterse la Constitución o, por lo menos, las leyes vigentes. Se me dirá que el funcionario tiene el deber de denunciar cualquiera de estas situaciones, pero aquí volvemos a lo mismo. Un cargo político dispuesto a dictar órdenes contrarias a las leyes no tendrá reparo alguno en represaliar a cualquiera que se niegue a cumplir sus órdenes y sí, la justicia acabará por castigarlo, pero le alcanzará mucho más tarde que a su subordinado, pues mientras el cargo político puede protegerse en la presunción de inocencia, el funcionario queda obligado al cumplimiento de cualquier orden bajo la amenaza de ese motivo de expulsión del cuerpo que es la “dejación de funciones”. De hecho, llegado el momento, el funcionario tendrá que demostrar que recibió órdenes en el sentido de quebrantar la ley, algo que en este país resulta extremadamente difícil porque la administración funciona, sistemáticamente, bajo mandato oral. Si alguien tuviera la paciencia de leer todos los escritos administrativos cursados desde superiores jerárquicos a instancias por debajo de ellos, podría observar que toda esa gigantesca montaña de papeles, incluye informes, requerimientos, resoluciones y demás, pero ni una sola orden. Nadie en este país da órdenes por escrito. Una vez más cabe preguntar por qué y una vez más la respuesta es que la actuación política en este país se mantiene sistemáticamente en los bordes de la ley si no traspasándola y nadie está realmente interesado en cambiar eso.
   Hay un delito recogido en la legislación española que es el delito de prevaricación y que consiste en faltar conscientemente a los deberes del cargo que se ostenta o bien en cometer una injusticia con conciencia plena de que se está llevando a cabo una acción injusta. La naturaleza del delito, por tanto, no implica el perjuicio de nadie. De hecho, un cargo público puede actuar para favorecer a una persona y, sin embargo, precisamente por ello, cometer delito de prevaricación. Por tanto, el delito de prevaricación lleva implícita la necesidad de que los fiscales actúen contra él de oficio, es decir, sin que medie denuncia de parte alguna. En esto, precisamente, consiste el equilibrio de poderes en que se basa la democracia, a saber, que el poder jurídico vigile la actuación de los poderes legislativo y ejecutivo para que no sobrepasen sus competencias. ¿Actúan de oficio los fiscales contra la prevaricación? Ya se cuidarán de hacerlo. Lo normal en este país es que el delito de prevaricación entre en juego cuando ya han sido suficientemente probados otros delitos y, una vez más, encontramos las razones antedichas, a saber, que de aplicar rigurosamente tal figura jurídica, la mitad de la clase política española estaría ya inhabilitada.
   En los últimos tiempos El País viene dedicando una sección que llama “el desafío secesionista” a las decisiones del gobierno catalán. ¿Dónde habrían llegado las autoridades de Cataluña si la Constitución dejara claros los límites de acción de los gobiernos autonómicos y las consecuencias de sobrepasarlos? ¿Dónde habrían llegado Mas, Junqueras, Puigdemont y los demás si existiera un estatuto del funcionario? ¿Dónde estarían si los fiscales tuvieran costumbre de actuar de oficio contra todo lo que oliese a prevaricación? Sí, ciertamente, España tiene un desafío, pero no se halla en las alucinaciones del gobierno catalán, es el desafío de llegar a ser algún día, de verdad, un Estado de derecho.

domingo, 11 de junio de 2017

El descontrol del control.

   El pasado 22 de marzo, un sujeto recorrió el puente de Westminster a más de 100 Km/h atropellando a cuantas personas pudo para empotrarse posteriormente contra la verja del Parlamento. Cuando la policía salió a su encuentro, apuñaló a uno de los agentes y fue abatido por otro. El asesino adoptó por nombre Khalid Masood tras convertirse al Islam, habiendo nacido como Adrian Russell Ajao. Casado y con tres hijos, había sido fichado por la policía y condenado en varias ocasiones por agresión, tenencia de armas y delitos de orden público. La última condena databa de 2003. Había sido investigado por la inteligencia británica y por el MI5 en relación con sus contactos con sectores extremadamente violentos del islamismo radical, pero se lo dejó tranquilo por considerarlo un elemento periférico carente de mayor peligro. Como es habitual, en cuanto se enteró por las noticias de que el gobierno británico trataría lo ocurrido como un atentado terrorista, el ISIS lo reivindicó como una acción propia.
   El 22 de mayo, a la salida del concierto de la otrora estrella infantil Ariana Grande, un terrorista suicida hace explotar una carga con metralla matando a 22 personas e hiriendo a 59. Este atentado sigue un modelo de actuación sobre aglomeraciones ampliamente utilizado por el terrorismo suní contra chiíes en Oriente Próximo y contra la población en general por Boko Haram en Nigeria entre otros. Los medios de comunicación publican que el autor, Salman Abedi, llamó a su madre para “pedirle perdón” antes del atentado. Su familia había regresado a Libia de donde era originaria, pero Salman, excusándose con un viaje a La Meca, volvió a Manchester, la ciudad de su infancia, para cometer el atentado. Testigos que aseguraban conocerle relataron que tuvo problemas para adaptarse al estilo de vida occidental, sus relaciones familiares resultaron tortuosas y sus padres trataron varias veces de llevárselo a Libia. El motivo lo cuentan otros testigos, Abedi no escondía su “apoyo al terrorismo” y con frecuencia señalaba lo positivo que resultaba “ser un atacante suicida”. Sus declaraciones no debieron parecer la típica baladronada adolescente porque hasta dos personas parecen haber llamado a la línea de la policía para advertir de sus puntos de vista. En sus últimos tiempos en Manchester le dio por rezar a gritos en mitad de la calle. Gracias a las filtraciones de los servicios de información norteamericanos sabemos que el dispositivo que utilizó para activar la bomba no era el típico interruptor, sino que más bien parecía una ficha con circuitos, algo compatible con la idea de que fue accionada a distancia, siendo Abedi una simple mula de carga. La propia elaboración del explosivo, así como la selección de la correspondiente metralla, muestra una naturaleza elaborada que responde a una red más bien amplia, asentada y estructurada. De hecho la policía ha detenido a más de 20 personas en relación con este atentado. El ISIS lo reivindicó en cuanto los periódicos de todo el mundo hubieron recogido la noticia.
   El 3 de junio, sábado por la noche, un grupo de tres terroristas, cruza el puente de Londres atropellando a todo el que puede. Tras dejar inutilizado el vehículo se dirigen a Borough Market atacando con cuchillos a los clientes de restaurantes y viandantes. Uno de ellos es Ignacio Echeverría, joven español nacido en el Ferrol. Licenciado en derecho, hablaba cuatro idiomas y trabajó en varios bancos españoles nada menos que vigilando la posible naturaleza delictiva de transacciones financieras internacionales. Tenía ideas propias, cierta tendencia a defenderlas frente a cualquiera y no era de los que reía los chistes de los jefes. Obviamente con tales credenciales terminó donde únicamente puede terminar alguien así en este país, en la cola del paro. Decidió probar fortuna en Londres. El todopoderoso HSBC lo contrató en cuanto llamó a su puerta. Armado con un patinete (sic) se lanzó contra los terroristas cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Su arrojo le costó la vida. Unos minutos después la policía llegó al lugar de los hechos, tras disparar 50 tiros, acabó con los terroristas. En cuanto el gobierno británico hizo público que trataría el incidente como un atentado y pese a los contactos de varios de los atacantes con Al-Qaeda, el ISIS lo reivindicó como propio.
   Los terroristas fueron identificados como Youssef Zaghba, Khuram Shazad Butt y Rachid Redouane. Youssef Zaghba, nacido en Marruecos, era hijo de una ciudadana italiana convertida al Islam. En 2016 fue detenido en el aeropuerto de Bolonia. Había comprado un billete sólo de ida para Turquía y viajaba sin equipaje, apenas con algo de ropa en una mochila y un móvil lleno de vídeos de decapitaciones. La policía italiana, sospechó que de Turquía pretendía viajar a Siria como tantos otros y no le perdió la pista a partir de entonces. Avisaron a las autoridades británicas de que Zaghba pasaba a su territorio. 
   Khuram Sazad Butt, figuraba en el círculo de Anjem Choduray, predicador que cumple condena por incitación al terrorismo. Expulsado de dos mezquitas por sus reiterados enfrentamientos con los imanes, había sido denunciado varias veces en la línea telefónica de la policía británica por sus ideas radicales. Una de las llamadas hacía referencia a una charla que mantuvo en un parque con un grupo de jovenzuelos ante los que sostuvo que “estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por Alá, incluso matar a mi madre”. Acostumbraba a ofrecer caramelos a los niños a cambio de adoctrinarlos. Un mes antes del atentado la policía debió tener indicios suficientes de que algo estaba ocurriendo porque sometió a un estrecho marcaje a los habitantes del barrio donde vivía, obviamente, a todos ellos, en tanto que comunidad, para que todo el que pudiera se radicalizara aún más.
   Rachid Redouane había luchado contra Gadafi en una milicia que acabó afiliándose al yihadismo y enviando reclutas a Siria. Sus contactos con Abedi no están claros pero en Londres residía en el mismo barrio que Sazad Butt, además de haber pertenecido también al círculo de Choduray. Un equipo de las fuerzas especiales de la policía irrumpió en la casa de Redouane en Irlanda y detuvo a su esposa, de la que ya se había separado. En su declaración ante la policía, reconoció que Reduane le pegaba y que prohibía a su hija ver la televisión para que no se volviera gay.
   Recordemos, en Gran Bretaña hay una cámara de seguridad por cada sesenta habitantes. Según fuentes oficiales, existen ahora mismo abiertas 500 investigaciones no relacionadas con estos hechos que involucran al menos a 3.000 personas. El pasado año la cifra de investigados por sus relaciones con el terrorismo superaron ampliamente los 20.000 individuos. Los últimos gobiernos conservadores recortaron el presupuesto de la policía en más de 600 millones de libras. Por otra parte, Gran Bretaña es un miembro destacado de la alianza Cinco Ojos (FVEY), lo cual significa acceso ilimitado a todas las comunicaciones de sus nacionales interceptadas por la NSA. ¿Qué significa 600 millones de libras menos para investigar a 20.000 personas por año? Muy fácil, significa sacar a policías de las calles y sustituir su labor por la vigilancia electrónica, muchísimo menos controlable desde un punto de vista jurídico. 20.000 personas por año ven violada la intimidad de sus comunicaciones para que terroristas como Masood, Abedi, Zaghba, Shazad y Redouane puedan seguir exhibiendo su radicalismo en calles y parques sin que nadie los vigile. ¿Cómo se podrían haber evitado estos atentados? Ya lo ha dicho Sadiq Khan el alcalde de Londres y su guante ha sido recogido por la Sra. May: hace falta más dinero para policías, hace falta interceptar más comunicaciones, hay que investigar a 30, 40, 50.000 personas por año, hay que seguir violando sistemáticamente la intimidad de los ciudadanos, nadie se quejará ahora que tiene metido el miedo en el cuerpo. En definitiva, se necesita más, más control de la población.
   ¿De verdad que promover que unos vecinos denuncien a otros, un clima de sospecha generalizado, la estigmatización del Islam, de barrios enteros de las grandes ciudades, evita atentados? ¿De verdad que controlar nuestros viajes, nuestros desplazamientos, nuestros paseos, evita atentados? ¿De verdad que inmiscuirse en nuestras llamadas telefónicas, en nuestros mensajes electrónicos, en nuestras comunicaciones, evita atentados? ¿De verdad que tenernos a todos fichados, clasificados, etiquetados, evita atentados? ¿No será justo al revés, que los atentados constituyen la excusa perfecta para tenernos a todos vigilados minuciosamente? Infiltrar a los movimientos terroristas fue una táctica que derrotó al anarquismo violento del siglo XIX, al IRA y a ETA, entre muchos otros. ¿Cuántos movimientos terroristas ha conseguido derrotar veinte años de vigilancia electrónica?