domingo, 8 de junio de 2014

Un desastre llamado amor (y 4)

   No tengo muchas ganas de seguir hablando de algo tan triste como el amor, la verdad. Hay, sin embargo, un par de cosas que no me gustaría que se quedaran en el tintero. La primera arroja un atisbo de esperanza sobre esta tragedia. Sinceramente, me llena de alegría saber que, con toda probabilidad, me moriré antes de que el primer ser humano clonado pise la faz de este planeta. Junto a semejante desmán, dicen que en este siglo se desvelarán los secretos del cerebro. Si a ello unimos el afán de la industria farmacéutica por meterse en los más insignificantes acontecimientos de nuestras vidas, parece alumbrarse un futuro en el que se vacunará a la población contra el amor como hoy se hace contra la difteria. Por supuesto, eso no extinguirá la enfermedad. Unas píldoras maravillosas, revertirán el efecto de la vacuna durante ocho horas, con objeto de que quienes quieran estar enamorados, las tomen tres veces al día. ¿Se lo imaginan?  Podrá elegir a la persona que desee. Ya no habrá más enamoramientos desafortunados, no más amores imposibles, se acabó aquello de “siempre me gustaron los hombres altos y fíjate con qué tapón he acabado”. ¿Prefire las rubias? Busque a una que le plazca, con buena posición social, que le guste el fútbol, como la quiera, podrá negociar con ella los términos de la relación y luego, mirándose ambos a los ojos y acompañada con fresas y champán, ingerir la primera dosis de la píldora mágica. El más profundo amor se apoderará de ustedes hasta que un día decidan no tomar su dosis diaria aconsejada. Ya no habrá dudas acerca de si me quiere realmente o no. Se acabaron los engaños, ni un solo matrimonio se romperá “porque me enamoré de otro/a”. Para ello tendría que dejar de tomar su dosis y tomarla con otra persona, algo absurdo de hacer sin consentimiento mutuo, salvo casos de sadismo. Ni un solo corazón roto más. Al dejar de tomar la cápsulita en cuestión desaparecerán todas las penas y dolores asociados al amor. El amor no correspondido pasará a la historia como el sarampión. La gente leerá los melodramones decimonónicos y no entenderá nada. Por fin se dejarán de representar esas óperas trágicas y romanticonas del XIX. Al cabo de veinte años de relación, el amor será “como el primer día” si la dosis tomada ha permanecido constante. Incluso podrá haber una píldora del amor pediátrica, para que los niños quieran a sus padres y abuelos como es debido. Por supuesto, habrá gente que abuse del fármaco y, en un acto final de desesperación, se tomen todo un bote mezclado con alcohol. Podrá decirse de ellos con toda propiedad que “murieron de amor”. El amor llegará en el momento oportuno, en la dosis apropiada, del modo deseado y con la persona adecuada. Nos hallaremos ante una época en que, realmente, el amor contribuirá a la felicidad de los seres humanos y buena parte de sus penalidades habrán dejado de ser una amenaza, como ocurrió con la sífilis. ¿No le parece un futuro prometedor? ¿No es hermoso? ¿No le produce rabia, como a mí, no llegar a conocer esa época?
   Seguro que ha respondido que no. Creo haber mostrado que el amor es una desgracia, un obstáculo, un impedimento, algo nocivo o, cuando menos, improductivo, inútil. ¿Por qué no deshacernos de él? Aquí está encerrada la única enseñanza hermosa de todo esto. Nos han enseñado desde pequeñitos que útil es lo mismo que eficiente, que necesitamos cosas que nos permitan alcanzar otras, que el valor de algo se mide por su precio, que todo lo importante debe servir para algo. Hasta las palabras tienen que tener un uso y si no lo tienen son insignificantes. El caso es que todo lo insignificante tiene valor, que lo verdaderamente necesario es lo que no tiene utilidad, precio, ni significado alguno. Estamos rodeados de cosas inútiles, por las que no pagaríamos nada, carentes de cualquier uso reconocible y sin las que no podemos pasar. Si no me cree, mire en los cajones de su casa. Con toda probabilidad, encontrará fotografías viejas, llaves de casas que ya no habita, la entrada de aquella película, pequeños objetos a los que nadie podría adjudicarle funcionalidad alguna. ¿Por qué coleccionamos ese montón de inutilidades? ¿Por qué no tiramos todas esas cosas sin uso, inútiles? Hay un motivo muy simple, para nosotros tiene su importancia que estén en ese cajón una importancia que no puede cuantificarse en un precio, que no puede fijarse en su capacidad para producir nada. Y aquí hallamos la clave de todo: nos matamos cada día por cosas extremadamente útiles que, en cuanto nos permiten pararnos a pensar un momento, descubrios que no nos importan lo más mínimo. A cambio, dejamos constantemente de lado cosas a las que sólo raramente acabamos por otorgarle su verdadera importancia para nosotros. La esencia de los seres humanos radica precisamente en esto, en que no podemos vivir sin cosas que carecen de cualquier utilidad productiva, como el arte, el amor... o la filosofía.

domingo, 1 de junio de 2014

Un desastre llamado amor (3)

   De la novia de mi amigo Pepe no podía decirse que fuese poco agraciada, era fea. De hecho, era fea, antipática y contrahecha. Sin embargo, como ella se encargaba de recordarle en cuanto había la menor ocasión, Pepe no fue su primer novio, tampoco el último. Platón debe figurar como el primero en dejar constancia de la existencia de fenómenos como la ex-novia de mi amigo Pepe. Decía Platón que no nos enamoramos de una persona, nos enamoramos de una idea, de un ideal que creemos descubrir en esa persona. Esa idea, ese ideal, trasciende su apariencia física o caracteriológica y nos impulsa a sacar lo mejor de todos nosotros. Platón lo expresa de un modo mucho más poético de lo que pueda hacerlo yo y queda muy hermoso. Me parece, no obstante, que la consecuencia resulta clara: nadie puede enamorarse de un ser humano de carne y hueso. La mujer de nuestras vidas no nos araña cuando se encuentra en esa maravillosa semana de cada mes y le dices “buenos días”. El príncipe azul no se hurga en la nariz mientras el semáforo permanece en rojo. El próximo lunes por la mañana, tal y como suene el despertador, hágase una fotografía y, a media tarde, cuando ya merezca el calificativo de persona, juzgue si realmente alguien puede enamorarse de eso. En realidad todos los sabemos. Durante la fase de seducción tratamos de ocultar los aspectos que juzgamos más criticables de nuestro cuerpo o nuestra personalidad. Incluso cuando afirmamos “yo quiero que me quieran tal y como soy”, pensamos que mejor mostramos algunas de las cosas que somos hoy y otras más adelante.
   De los seres humanos reales, de estos pequeños seres egoístas y vanidosos, no hay manera de enamorarse. Tenemos que engañar y, sobre todo, engañarnos a nosotros mismos, forjarnos un ideal inexistente acerca de otra persona que nos lleve a quererla, que nos mueva, que nos arrebate. Y aquí viene una de las partes más divertidas del amor. Ese ideal, esa idea, no se encuentra en la otra persona. En ella, a lo sumo, hay trazas, algún rasgo que, vagamente, lo recuerda, un cierto aire de familia. Platón decía que ese ideal se hallaba en otro mundo, en el mundo de las ideas, de las cosas eternas y perfectas. Si renunciamos a creer en él, entonces el proceso del enamoramiento resulta mucho más claro. Porque, si abandonamos el platonismo, la única respuesta que nos queda, pasa por reconocer que ese ideal que creemos hallar en el otro, en realidad, nos pertenece en exclusiva. Nos enamoramos de la idea que tenemos de nosotros mismos y la proyectamos en otra persona. Esto explica lo de “la media naranja”, el “tenemos muchas cosas en común” o el tierno “tengo la sensación de conocerte desde siempre”. ¡Y tanto! Lo/a hemos visto cada mañana reflejado/a en el espejo. En común tenemos todas las cosas que pensamos que se hallan en nosotros. Y desde luego, si a la imagen de media naranja le hacemos una fotocopia, resultará difícil que no se parezca al original. Lo diré de un modo más fácil, nos enamoramos de una persona inventada, inventada por mi y que, por tanto, tiene los caracteres más hermosos de la humanidad, quiero decir, mis características.
   Esta mentira, este engaño primordial, constituye un requisito imprescindible para que haya enamoramiento. Sin la forja de un ideal, sin la búsqueda de puntos comunes donde no los hay, sin el descubrimiento de un semejante en alguien que, realmente, se diferencia notablemente de nosotros, no hay enamoramiento posible. Y, sin embargo, en este punto de partida se halla ya contenido el punto final. Después de descubrir en el otro que “en el fondo” es igual que yo, después de crear un ideal que ni por asomo se parece a la persona real, después de proyectar la imagen que tenemos de nosotros mismos sobre el otro, después de eso, llegamos a la lógica conclusión de que hay que "sacar lo mejor" de nuestra pareja aunque ella no se halle interesada en tal esfuerzo, quiero decir, hay que destruir cualquier arista, cualquier asomo de divergencia, cualquier intento de alejarse de ese ideal que hemos descubierto en ella. No se trata ya de que el otro “en el fondo” se parezca a mí, es que hay que cambiarlo para que consiga serlo plenamente. Resulta divertidísimo ver (desde fuera) a ese hombre que babeaba con la ropa atrevida que vestía su actual esposa, regañándola para que no se ponga ropa atrevida. Y esa chica a la que todo el mundo advertía que su novio era un juerguista incorregible, ¿recuerdan? Pues ahora no para de abroncarle para que no se vaya de juega con sus amigotes. ¿Ven a esa chica llorando? Llora porque un seductor incorregible la sedujo y la dejó abandonada a las primeras de cambio, exactamente como ella le vio hacer con muchas otras. ¿Y el cuarentón que se volvió loco por una veinteañeras? Seguro que lo conocen. La dejó la semana pasada, no aguantaba más sus gustos musicales, su forma de hablar y a sus amigos/as... veinteañeros. ¿Enloquecemos todos? No, simplemente nos negamos a aceptar que el amor de verdad, el amor por un ser humano de carne y hueso, tal y como es, con sus legañas y sus mocos, su mal humor y sus malos olores, sus vicios, bajezas, miserias y grandezas, ese amor, muy pocos llegan a conocerlo alguna vez en sus vidas.

domingo, 25 de mayo de 2014

Un desastre llamado amor (2)

   Cualquiera que se haya enamorado sabe que este arrebato de las narices suele hacer que nos enamoremos de la persona menos indicada en el momento más inoportuno. Tal hecho constituye, a mi entender, todo el meollo del asunto. Dicen los psicólogos que el enamoramiento consiste en un comportamiento adaptativo. En efecto, al amor de nuestras vidas lo descubrimos al llegar a un sitio nuevo o al encontrarnos en una situación nueva con alguien que ya conocíamos. Esto me lleva a pensar que, en contra de lo que suele decirse, sí podemos enamorarnos a voluntad, a lo mejor no de una persona concreta, pero sí que nos cabe elegir el momento. Si no me cree, haga lo siguiente. Dedíquese a dormir menos de la cuenta. No le pido que se pase una semana sin dormir, más bien se trata de ese proceso por el que el cansancio se va acumulando progresivamente, quiero decir, dormir una o dos horas menos de lo habitual durante días. Añada a eso una mayor intensidad en su trabajo. Tampoco se trata de someterse a una presión brutal, pero sí de incorporar una cantidad limitada de estrés inexistente hasta ese momento en su vida. Múdese de piso, de ciudad o de país o bien cambie de profesión. Procure hacer esto en esas semanas en las que es evidente que se avecina una nueva estación del año, últimos días de verano, el otoño o, mejor aún, la primavera. Si ha llegado hasta aquí, tiene elevadísimas probabilidades de enamorarse o, cuando menos, de obsesionarse con alguien a quien hasta ahora no le había prestado atención o que acaba de entrar en su vida. Eso sí, le  garantizó que esa persona no le convendrá para nada.
   Si por su profesión, por su familia o por su vecindario, se relaciona Ud. con trescientas mujeres diferentes al cabo del mes, acabará enamorado de la que más le puede hacer sufrir. Una persona cariñosa, leal, dispuesta a cambiar por nosotros, atenta, reúne todos los rasgos de una persona que nos deja fríos. A los seres humanos nos interesa toda aquella persona de la que tenemos la certeza absoluta que nos puede chulear con cierta frecuencia. Volvemos así a un tema sobre el que ya hemos hablado en este blog: los seres humanos hacemos todo lo posible para huir de la felicidad. Ningún modo mejor para conseguirlo que enamorarnos de alguien de quien tenemos la seguridad que no nos va a echar la menor cuenta o, mejor aún, que nos prestará atención únicamente para fustigarnos con su látigo. Todo lo demás, ni da morbo, ni resulta sexy, ni nos atrae. Por eso nos gusta tanto el amor, por eso nos quedamos atrapados en la miel de su recuerdo cual golosos moscardones, por eso nos parece insípida una vida sin amor, porque se trata de la descripción perfecta de una vida feliz y a nada le tememos tanto como a la felicidad. No, hay que enamorarse, enamorarse mucho y de alguien que nos pueda hacer pasar penalidades sin cuento. Y si al final resulta que esa persona parecía algo que acabó no siendo, si resulta que sus miradas insultantes escondían el deseo ardoroso de estar con nosotros, ya nos encargaremos nosotros mismos de hacerle pagar por sus pecados y convertir la relación en un infierno porque “he cambiado”.
   Bien, supongamos que les digo que aprendemos a amar del mismo modo que aprendemos otros comportamientos y, por tanto, que también podemos aprender a desenamorarnos. Sí, sí, puede desembarazarse de esos sentimientos cuando quiera, como ya hemos visto que puede adquirirlos. Todo se halla bajo su control. Aún más, resulta extremadamente fácil si podemos evitar ver con frecuencia a la persona de la que nos hemos enamorado.  Sacar a una persona de sus pensamientos, incluso de sus sueños, puede hacerse si uno realmente lo desea, se trata de una simple cuestión de voluntad. Una vez se ha dado este paso, lo demás se sigue de suyo. Si consigue dejar de ver a una persona, de pensar en ella, de soñar con ella, aún más, si tiene la voluntad de borrar su número de móvil, su correo electrónico y sus fotos, los sentimientos que un día despertó se irán al cabo de poco de tiempo, como lágrimas en la lluvia. Volverá a verlo/a y se preguntará: ¿de verdad yo me enamoré de éste/a? Pero, claro, he  pasado de puntillas por el obstáculo mayor que existe para todo esto: querer. Sólo hay algo más común y poderoso que el deseo de enamorarse, el deseo de no perder el amor por esa persona que no puede o no quiere ser nuestra. Diría aún más, el amor nos atrae tanto, por el riesgo que implica de lo que, en realidad, más le gusta a los seres humanos en este mundo: sentirse desgraciados por amar. Quien considera que la persona a la que ama resulta inalcanzable se aferra a ese sentimiento como un náufrago a un salvavidas, piensa que al fin ha encontrado lo que tanto andaba buscando, algo que le permita mantenerse eternamente alejado de la felicidad. Y si no me creen, no tienen más que recordar esa situación que todos hemos vivido. Todos hemos tenido ese/a amigo/a destrozado/a por un amor imposible, ese amigo antes alegre, chistoso, que ahora tiene siempre las lágrimas aflorando en sus ojos, ese amigo que anda sin poder levantar la cabeza del suelo... Y cuando llevamos dos meses consolándolo, intentando que no se emborrache cada día, vigilando que no se tire a las vías del tren, llega ese momento en el que uno ya no puede más y le suelta: “Mira, Pepe, tu novia era fea, muy fea, de hecho, era más fea que cualquiera de las tías que están bebiendo los vientos por ti, así que haz el favor de sonarte el moquillo y enrollarte con cualquiera de los bombones que hay en esta discoteca que ya no te aguanto más, hombre”.

domingo, 18 de mayo de 2014

Un desastre llamado amor (1)

   Hace mucho, mucho, mucho tiempo, cuando me hallaba en mi juventud y visitaba sitios como aquél, me presentaron a cierto chico de apellido impronunciable y aspecto adormilado en los pasillos del Instituto de Filosofía del CSIC. Según me explicaron, había venido desde Alemania a desarrollar parte de su tesis doctoral en Madrid. Me pareció disparatado abandonar la riqueza de las bibliotecas alemanas para acabar en el norte de África intentado hacer una tesis doctoral y se lo atribuí a que el sueño que parecía acarrear aquel tipo le impedía saber dónde había ido a parar. Años después, volví a encontrarme el mismo rostro adormilado y el apellido impronunciable en las hojas de un catálogo de libros de cierta editorial germana. Había publicado un libro titulado Die Zukunft der Liebe (El futuro del amor). En caso de que se tratase de su tesis doctoral, hacía mucho más comprensible su paso por Madrid. Hablarle de amor a una alemana se parece mucho a escribirle poesías a una pared. Si uno se lo curra de verdad y si a la chica en cuestión le has caído en gracia, puede que sólo tardes cuatro o seis semanas en que levante una ceja cuando habla contigo. Acostumbrados a las españolas, que a los cinco minutos ya les brillan los ojos o te miran con cara de asco, un español puede llevarse con las alemanas más chascos que granos tiene un celemín. De todos modos, yo no hubiese elegido Madrid para una tesis así, mejor me habría ido a Zaragoza, Valencia, algún lugar de Andalucía o Canarias. Pero no se trata de eso de lo que quería hablar.
   Quería hablar acerca del amor y no dónde resulta endémica dicha enfermedad. He dicho bien, enfermedad. Entre las múltiples desgracias que asuelan la humanidad, enamorarse puede considerarse de las más dañinas. Al fin y al cabo, el SIDA, el ébola, te matan y ya está. El amor se parece mucho más al herpes genital, ni te mata ni te deja vivir. Resulta difícil saber qué resulta más catastrófico del amor: su inutilidad; el que en unas ocasiones nos vuelve locos y en otras tontos; su capacidad para destrozar vidas; la intensidad de los sufrimientos que provoca; el que destruya relaciones sociales, familiares y personales; que dinamite cualquier plan o proyecto... No hay nada que contribuya más a hacernos desgraciados que enamorarnos, porque, en esencia, cuando uno se enamora se ha dictado sentencia. Básicamente pueden ocurrir dos cosas. La primera, muy desgraciada, que a la persona de la que nos hemos enamorado le importemos un pepino. La segunda, todavía peor, que la persona a la que amamos, también nos ame. Si Ud. pregunta por términos que designen lo contrario al amor, todo el mundo le hablará del odio, el desamor o algo parecido. Craso error. No hay nada más contrario al amor que la convivencia. Resuciten a Romeo y Julieta, pónganlos a limpiar el piso, sacar la basura y, todavía mejor, cambiar pañales, encuéntrenles un trabajo común, de modo que no dejen de verse a lo largo del día y en menos de un año pedirán cita con un abogado experto en divorcios. No hay amor suficientemente fuerte que resista los pelos en la bañera, la interrupción de un partido de fútbol “para hablar de lo nuestro” o la discusión acerca de qué gastos hay que recortar para llegar a final de mes. Cuando una de estas situaciones se presenta queda claro que la época en que modificábamos nuestro comportamiento para aumentar el bienestar del otro pasó a la historia y que ha comenzado la etapa del domino estratégico, comúnmente conocida como guerra. Hasta ahí dura el amor eterno. Según los expertos, unos seis meses, según mi experiencia personal, unas seis semanas. Después se da paso a otras cosas a las que podemos edulcorar con bonitos nombres, pero, en cualquier caso, ya no se trata de amor.
   El amor, para que verdaderamente merezca el calificativo de “eterno” o, al menos, de “duradero”, tiene que producirse entre personas que se vean los fines de semana, cada quince días o una vez al mes. Más allá de eso mata o se muere, lo cual resulta una demostración palpable de que nos hallamos ante un género de veneno. Resulta difícil saber para qué demonios puso la madre naturaleza este veneno en nuestra venas. Si se trataba de garantizar que el macho contribuyera al cuidado de la prole, bastaba con habernos dotado de un instinto paternal, que hubiese logrado resultados más duraderos y fiables. Dado que la madre naturaleza y, todavía más, la selección natural, no han demostrado hasta ahora semejante grado de estupidez como para poner en nosotros esta fuente inagotable de desgracias, hay que suponer que el amor no puede considerarse algo “natural”. No hablamos, pues, de un instinto, ni de algo con lo cual hayamos nacido, cosa que todo el mundo admitirá. El amor, como la gripe, se adquiere y se adquiere por el contacto con los demás. Como el salivado de los perros de Pavlov, se trata de un postizo añadido a los seres humanos por nuestro carácter cultural. De hecho, nos hallamos ante un rasgo universal, presente en todas las culturas como el tabú del incesto. El punto cero de la cultura, el núcleo mismo de su nacimiento, vendría entonces marcado, negativamente, por la prohibición de determinadas relaciones y, positivamente, por la necesidad de encauzar de modo romántico, quiero decir, tóxico, otras. Digámoslo de otra manera: se aprende a amar y, retomando el camino a la inversa, también podemos aprender a dejar de amar.

domingo, 11 de mayo de 2014

Filosofía en E-prime

  El vasco original, el anterior a la llegada de los primeros misioneros cristianos, carecía del verbo “ser”. Cuando lo oí por primera vez, durante una conversación privada con Javier Echeverría, no podía dar crédito a sus palabras. Por lo visto, tampoco René Thom pudo. Según me dijeron, cuando se lo contaron  comenzó a exclamar: “¡catástrofe! ¡catástrofe!” Me parece que algo relacionado con esta historia tuvo también su influencia en que Pierre Aubenque aceptara una cátedra de Ontología en la Universidad del País Vasco. Aubenque, menos popular que Thom, escribió un fantástico libro, El problema del ser en Aristóteles, con el que aprendí a ver en Aristóteles un filósofo griego y no el padre de la escolástica.
  No recuerdo haber leído nada acerca del vasco en los textos de Alfred Korzybski, pero seguro que le hubiese encantado. Korzybski escrbió en 1933 su Science and Sanity. An introduction to non-aristotelian systems and general semantics. La semántica general que debía ver la luz con este escrito quedó en poco menos que nada tras la muerte de Korzybski. Sin embargo, el impacto de este escrito sobre la praxis psicológica resultó enorme. Como el propio título del libro indica, su propósito es fundar sistemas no aristotélicos. Se alude con ello al Aristóteles de Aubenque, porque, entre otras cosas, Korzybski pretende eliminar el verbo “ser” de los discursos. Aunque la propuesta resulta novedosa, los argumentos no implican tanta novedad. De hecho, no se hace otra cosa que repetir los análisis aristotélicos presentándolos ahora como argumentos en contra de sus ideas.
  Aristóteles ya había caído en la cuenta de que con el “ser” hacemos realmente muchas cosas. Una de ellas consiste en identificar. “Ser” significa, en tales casos, “ser lo mismo”. El famoso “fútbol es fútbol”, constituye un ejemplo de este tipo de usos. Sin embargo, “ser” también sirve para adjudicar propiedades a un sujeto, a eso se lo llama su uso “predicativo”, como cuando decimos “Mariano es tonto”. Finalmente, el “es” puede tener también un sentido existencial, en el que, simplemente, se afirma de alguien o algo que “es”. La conclusión que sacaba Aristóteles de estos usos diversos consistía en afirmar que el verbo “ser” tenía un uso análogo, quiero decir, que en ciertos aspectos guardaban semejanzas y en otros no. O, como diría Wittgenstein, hay un cierto parecido de familia entre los diferentes usos. Para Korzybski, la analogía no podía significar más que equivocidad y equivocidad en el peor sentido que se quiera tomar. En efecto, cuando decimos “dos más dos son cuatro” creemos establecer una identidad y, por tanto, una verdad eterna e inalterable. Pero cuando decimos “Ana es una persona agradable”, también tendemos a creer en el establecimiento de una verdad eterna e inalterable. De hecho, con sólo pronunciar la frase “ésa es Ana”, ya creemos haber designado algo eterno e inalterable. El problema se multiplica cuando nuestro juicio no versa acerca de los demás, sino acerca de nosotros mismos. “Yo soy incapaz para las matemáticas” o “yo soy hipertenso”, designan barreras infranqueables que han quedado ahí para el resto de nuestras vidas, del mismo modo que la suma de dos más dos siempre dará por resultado cuatro. Las empresas farmacéuticas lo saben y tratan de colgarnos todo tipo de etiquetas duraderas mediante el verbo "ser", cuando, en realidad, tales etiquetas designan únicamente etapas de nuestras vidas. 
  Eliminar el verbo “ser” implica entrar en un mundo donde todo se halla en perpetuo flujo y devenir, en el que “Ana hoy” ya no puede identificarse con “Ana mañana”. Tal decisión implica introducir un índice temporal en los nombres. Por la misma razón los atributos se verbalizan y “yo soy hipertenso” se convierte en “yo hipertensionalizo”. De este modo, lo que habitualmente se presenta como un principio de identidad irrompible se convierte ahora en el desarrollo de un comportamiento que, como cualquier otro, puede alterarse a voluntad. Puede entenderse el enorme impacto de las propuestas de Korzybski en el desarrollo de nuevas terapias para el tratamiento de problemas psicológicos.
  Los sistemas no-aristotélicos de Korzybski han acabado convirtiéndose en lo que hoy se llama el E-prime(*), entendiendo por tal una manera de hablar y, particularmente, de escribir en inglés evitando el empleo del verbo “ser”. Pues bien, supongamos ahora que tomamos nuestro E-prime y tratamos de rescribir con él algún libro de filosofía. ¿Qué quedaría de los escritos de Parménides, de Hegel, de Heidegger...? De hecho, ¿se puede hacer filosofía en E-prime?


   (*) No debe confundirse con E-Prime®, un software pare la realización de experimentos científicos.

domingo, 4 de mayo de 2014

La máquina y el tiempo.

   El pasado fin de semana no apareció la habitual entrada en este blog por culpa de un problema informático. Mi ordenador llevaba varios días con un ruido raro. Al final, se apagó la pantalla y los intentos por reiniciarlo fueron baldíos. Según me dijeron en el servicio técnico se había ido el disco duro. Me lo devolvieron el viernes. Parecía funcionar correctamente y habían rescatado la práctica totalidad de datos. Por otra parte, suelo hacer copias de seguridad con cierta frecuencia. Sin embargo tener un ordenador que funciona bien resulta algo muy diferente de tener un ordenador que hace lo que uno necesita que haga. Con frecuencia ambos términos no pueden compatibilizarse. Dediqué todo el fin de semana a reinstalar los programas que necesitaba y a poner los datos en su ubicación pertinente. Cuando me di cuenta, pese a haber redactado una entrada, se había hecho tan tarde que no podía dedicarme a subirla. 
   Hasta aquí un relato aburrido por habitual y que seguro que a Ud. querido/a lector/a, le sonará extremadamente familiar porque lo ha vivido en alguna ocasión. Lo extraño, lo sorprendente, de toda esta historia consiste, precisamente, en que nos resulte tan aburrido por familiar. Hace apenas dos generaciones, los seres humanos podían vivir sin tener que afrontar el terror de perder todos sus recuerdos, de verse incapacitados para sus tareas habituales, de comprar, mantener el contacto con sus amigos y, sobre todo, ver desaparecida su identidad, por el fallo de un dispositivo. Nuestros padres, nuestros abuelos, se sorprenderían ante la certeza con que nos confrontamos cada día, a saber, que únicamente el papel garantiza la perdurabilidad.. Las fotografías no impresas, las canciones no recogidas en discos de vinilo, están destinadas a desaparecer como lágrimas en la lluvia. 
   Si uno abre un libro de los años 30 del siglo XX, El ser y el tiempo de Martin Heidegger, por ejemplo, no puede dejar de sonreír. Heidegger comienza muy bien, nos advierte que los útiles nos rodean aunque no reparamos en ellos... hasta que dejan de estar presentes o pierden su utilidad. En esto consiste el famoso ser-a-la-mano que bien podría definir lo que le ocurrió a mi disco duro. Este escrito describe algo del mundo actual, por tanto, hasta la página 115 o por ahí. Desde ese momento todo se transforma. El ser-a-la-mano ya no configura un espacio o, por lo menos, no un espacio físico. Los entes que mi mano buscaba para poner mi ordenador de nuevo en funcionamiento no se hallaban, desde luego, en mi cercanía. Todo lo más en la cercanía de mi ordenador, en esa red posicional que configura Internet y en la que la cercanía no la marca lo largo de mi mano sino el número de nodos que hay que atravesar hasta llegar a un servidor remoto. El ordenador, la red, la máquina o la tecnología, como se quiera decir, configura ahora el mundo, mundo no espacial o, al menos, no físicamente espacial, sino de un espacio topológico. De hecho, ya no se nos puede definir como “seres-con”. No convivimos o, dicho de otro modo, las personas que configuran nuestra vida no se hallan con nosotros en la misma habituación, edificio, ciudad o país. Incluso en el caso en que así pueda describirse la situación, no establecemos una relación con ellas por nuestra con-vivencia, la establecemos por medio de un aparato, como esos amigos que se mandan whatsapps de un lado a otro de la mesa del restaurante. De la máquina, no de los seres humanos puede ahora decirse con exactitud que “es-con”. Toda máquina “es-con” otra máquina con la que se conecta y sin la cual no podría existir. Una máquina que no “sea-con” otra, que no pueda “compartir un mundo”, quiero decir, información, con otra máquina, carece por completo de sentido y resulta condenada a su destrucción. 
   La propia máquina ha devenido el Da-sein de Heidegger, el ser-ahí, que en otras ocasiones aparece descrito como un kéntron, como el punto que define un entorno u horizonte. El televisor  está situado en el centro no geométrico, pero sí vital de nuestros salones. En torno a él se configura el horizonte de nuestras miradas. Otro tanto cabe decir de los ordenadores en nuestros despachos, oficinas y hogares. Como ya he explicado esta duplicidad de centros resulta incómoda y se acerca la época en que un sólo centro lo configure todo. Desde ese centro, el ser-ahí, quiero decir, el dispositivo, el televisor, el ordenador, se “encuentra”. El “encontrarse” lo define Heidegger de un modo cándido como el “temple”, el “estado de ánimo”, en resumen, el modo en que se conecta con lo que le rodea el Dasein. Y, en efecto, de ese centro ocupado por nuestro ordenador brotan todo tipo de conexiones hacia los más diferentes dispositivos para garantizar el ser-con de nuestra máquina. Conexiones que, como el temple o el estado de ánimo, dependen del día. Hay días en que nuestros aparatos deciden que no tienen ganas de conectarse y hay que hacerles verdaderas cucamonas para conseguir cambiar ese temple. De hecho yo tuve un ordenador al que había que mecer para que funcionara. Sí, sí, como lo oye, mecerlo. Un día le daba al botón de encendido y no ocurría nada. Le quitaba todos los cables a la torre, la cogía en brazos, le daba un paseíto por la habitación, volvía a enchufarle todos los cables y voilà, funcionaba a la perfección(*).
   Realmente podríamos seguir esta interpretación de El Ser y el tiempo mucho más lejos, pero bastará con recordar que, según Heidegger, el “ser-para-la-muerte”, configura toda la temporalidad del Dasein y su propia “mundaneidad”, quiero decir, su “ser-en-el-mundo”. No puede describirse con mayor precisión lo característico de cualquier dispositivo, su obsolescencia programada, el hecho de que, más pronto que tarde, dejará de funcionar, bien por un fallo, bien por no poderse conectar con los nuevos dispositivos que vayan surgiendo. Resulta ridículo, por tanto, leer las advertencias de Heidegger de que la técnica oculta el ser de las cosas, sus profecías ante un mundo técnico que tergiversa el sentido real de los acontecimientos. Sospechaba, quizás, lo que ha acabado ocurriendo, que la técnica se ha convertido en el único y verdadero ser de las cosas y que la propia filosofía de Heidegger no resulta inteligible hoy día más que como una analítica ontológica de nuestras máquinas. Al fin y al cabo, no hay mayor ejercicio de hermenéutica que interpretar lo que dice un manual de instrucciones.
   Por cierto, mi ordenador ha dejado de funcionar otra vez..





   (*) ¿Imposible? Pues no. Ocurría eso exactamente y se trataba de un problema de conexiones. El cable de la fuente de alimentación no entraba completamente en el enchufe del disco duro. El meneíto por la habitación solía hacer que entrara el par de milímetros suficientes para hacer contacto. Me costó media docena de viajes al servicio técnico averiguarlo.

domingo, 20 de abril de 2014

La reserva espiritual de Occidente (y 2)

   A veces, cuando digo que las religiones son un chiringuito financiero, la gente se ofende. La verdad es que no pretendo ofender a nadie cuando hago tales afirmaciones, me limito a exponer una hipótesis heurística. Buena parte de los principios con los que los técnicos de marketing se ganan la vida, fueron descubiertos hace miles de años por las jerarquías religiosas. Uno de los más evidentes es la importancia de la imagen de marca. Los empleados, los puntos de venta, los folletos, deben ser fácilmente identificable a través de imágenes, colores y símbolos. Todo el mundo sabe lo que está viendo cuando se cruza con un señor de larga sotana negra y fajín rojo, del mismo modo que reconocemos una empresa por sus colores de marca. La propia cruz, como la media luna o la estrella de David no es otra cosa que el logo de la empresa, omnipresente en cada templo como lo es en cada tienda. La función de estos colores, de estos símbolos es primordial, porque las empresas, como las religiones, progresan no gracias a la calidad de los productos que ofrece, sino a las expectativas que logra despertar en el creyente. Del mismo modo que el turista es capaz de predecir el sabor de la comida que va a paladear en tierras exóticas sólo con ver la M de McDonald's, adivina fácilmente cómo debe efectuar su pedido y reconoce cada producto aunque no conozca el idioma, el devoto debe saber qué ambiente le espera al traspasar el umbral del templo de su creencia en tierras extrañas. De algún modo se sentirá en casa, en su hogar, en comunión con quienes le rodean, como lo están todos los que en un momento dado paladean un Big Mac. Por supuesto, cada culto, como cada tempo de McDonald’s, tiene sus peculiaridades locales, pero lo esencial, es decir, el espíritu, es común.
   A veces, una franquicia, un empleado, recibe órdenes que no comprende o no comparte. Estas órdenes llegan de “más arriba”, de la sede central, como cuando El Corte Inglés decide hacer determinada promoción en unas fechas concretas. Los empleados, los sacerdotes de parroquia, son los últimos en enterarse y, sea cual sea su opinión personal al respecto, han hecho voto de obediencia. Respetará las órdenes y seguirá repartiendo cariño con una sonrisa. El Papa, el cónclave religioso de turno, como Isidoro Alvarez, es infalible. En este punto es probable que algún creyente salga con la consabida historia de que estoy confundiendo la religión con la jerarquía religiosa, es decir, que una cosa es el cristianismo, por ejemplo y otra muy distinta la iglesia. Este tipo de objeciones me resultan completamente ininteligibles. Es algo así como decir que una cosa es El Corte Inglés y otra muy distinta sus tiendas, franquicias y empresas participadas, o que una bacteria modificada por ingeniería genética para matar jóvenes entre 18 y 30 años no es mala, que lo malo es lo que se haga con ella. No, mire Ud. con una bacteria  modificada genéticamente para matar lo único que se puede hacer es matar y con una religión basada en la existencia de un dios verdadero lo único que se puede hacer es dotarla de una estructura que asegure la imposición de su verdad excluyente.
   Una vertiente de la objeción anterior es que hay gente y sectores dentro de cada religión que hace mucho bien por los demás, llegando al punto de mantenerse fiel a los supuestos dictados de esa religión. Semejante tesis no afecta en nada a lo que venimos diciendo. Es algo así como afirmar que El Corte Inglés es una empresa buena porque en ella trabajan muchas personas de indudable calidad moral o porque aporta dinero a numerosas ONGs. Ninguno de estos hechos demuestra que su función principal, como la de cualquier religión, es vender, quiero decir, hacer dinero del modo más duradero posible. De hecho, si me apuran, yo me siento mucho más inclinado a creer en El Corte Inglés que en cualquier religión porque para mí es un misterio mayor cómo consigue semejante empresa beneficios todos los años que el misterio de la santísima trinidad.
   Admito, de todos modos, que la comparación con El Corte Inglés es inadecuada. Uno va a El Corte Inglés y, tras mucho pelearse con los dependientes, suele conseguir comprar algo por un precio superior a cualquier otro sitio. Pide que se lo envíen y, al cabo de unos días, tiene el producto en casa. Descuajaringado casi siempre, pero lo tiene. Una religión cobra hoy por unos servicios que llegarán mañana o pasado o nunca. Pagas no para usar algo, pagas para dormir tranquilo. Una religión es, por tanto, más parecida a una empresa de seguros, vende humo.