domingo, 22 de junio de 2025

Un experimento sobre creatividad en filosofía (2 de 2)

   Una de las razones por las que le he tomado particular cariño a mi “Caja morfológica del concepto de guerra híbrida” consiste en que el primer revisor escribió: “Se recomienda aceptar este excelente artículo sin modificaciones”. En los 150 años (o algo así) que llevo enviando textos a las revistas de filosofía, las revisiones que aconsejaban su publicación siempre venían a decir: “bueno, no le llega ni a la suela del zapato a lo que yo podría haber escrito si hubiese tenido tiempo, pero venga, publíquenlo”. Sinceramente, encontrar una revisión que calificaba mi artículo de “excelente” y que solo proponía modificaciones tipográficas me emocionó.

   Resulta comprensible que la introducción de nuevas metodologías provoque incomprensión y, de modo general, la incomprensión conduce a no reparar en información explícitamente ofrecida. Este hecho se exacerba en el caso de la combinatoria, cuyas potencialidades escapan por completo a la mentalidad del común de los mortales. Así, por más que se especifique el número exacto de 331.779 definiciones posibles para la guerra híbrida y 129.564 definiciones para la filosofía, los revisores siguen leyendo que existen “infinitas” definiciones. Se niegan a entender que un número grande, aunque finito, tiene unas implicaciones totalmente diferentes del inexhaurible infinito. De modo semejante, aunque se les diga que las cajas morfológicas abarcan todo lo que tradicionalmente hemos entendido como la “esencia” de las cosas, que permiten abandonar, por fin, la noria del ser, que esa sí que nos obliga a dar vueltas y más vueltas hasta el infinito, siguen pidiendo una “esencia”, que se les diga qué es una guerra híbrida o qué es la filosofía, como si ahí pudiera haber alguna novedad. En este momento, se produce ya la desconexión definitiva, las críticas pierden pie con lo escrito negro sobre blanco y se comienza a sacar afirmaciones de contexto y a negar cualquier afirmación encontrada al azar sin otra justificación que el simple “esto no es así”. Pero en este punto parece haber mayor prudencia en el ámbito de la estrategia militar que en el ámbito de la filosofía, pues en este último, los revisores presentan como crítica todas aquellas alusiones y desarrollos filosóficos que no conocen y que ni siquiera parecen haberse tomado la molestia de buscar en Google. Sin embargo, a los perspicaces filósofos se les pasa por alto una crítica clave de las cajas morfológicas, que el tercer revisor de la revista de estrategia, el que finalmente decidió a favor de publicar el artículo, vio con perfecta claridad. En efecto, las cajas morfológicas, tal y como aparecen en estos artículos gemelos, no exhiben pesado alguno de las diferentes definiciones de un concepto. Puede objetarse (y hay fundamento para hacerlo), que esta aceptación de todas las definiciones por igual distorsiona la radiografía de la situación que las cajas morfológicas presentan. Puede contraargumentarse, sin embargo, que precisamente este otorgar la misma importancia a todas las definiciones acaba constituyendo la base para la creatividad porque elimina nuestro sesgo valorativo y, por tanto, nos obliga a pensar fuera de nuestro modo habitual de entender las cosas, factor clave para engendrar nuevas ideas.

   En total, las tres revisiones a las que la revista de estrategia sometió mi artículo contabilizaban 1.100 palabras. Las dos revisiones de la revista de filosofía constaban de más de 1.200 palabras y uno de los revisores afirmaba que “como estos podría hacer muchísimos otros comentarios”. Comparar estas revisiones desata inmediatamente la risa. A este revisor la redacción le parecía descuidada, carente de orden y con frases incomprensibles. Al otro revisor de filosofía, la redacción le parecía “clara”. Igualmente desternillantes resultan las coincidencias entre los diferentes revisores que recomendaban no publicar los artículos. Sin, aparentemente, plantearse lo que sus afirmaciones significan para sus respectivas disciplinas, tanto un revisor de la revista de filosofía como uno de las revista de estrategia, negaban la aplicabilidad de las cajas morfológicas a su campo de estudio argumentando que en él las palabras pueden significar cualquier cosa, que presentan una equivocidad que las hace adaptarse a lo que se le antoje a quien las usa. Lo cual no impedía al mismo revisor de la revista de estrategia rechazar la publicación porque “el trabajo queda circunscrito a un ejercicio mental” (¿qué otra cosa queda si a los términos de una disciplina los caracteriza su equivocidad?) Pero si un revisor de filosofía rechazaba la publicación de mi artículo porque en filosofía las palabras significan cosas diferentes dependiendo de quien las emplee, el otro revisor de la revista de filosofía rechazaba la publicación de mi artículo porque “el trabajo realizado parece no ser algo más que un mero juego con palabras”, acusación chistosa donde las haya en el mundo de la filosofía. 

   El artículo dedicado a la guerra híbrida contenía una crítica a cierto alto mando de la Guardia Civil por tergiversar una cita. Ninguno de los revisores consideró que mereciera un comentario esta circunstancia. El artículo dedicado a la filosofía contenía una crítica a cierto profesor de filosofía por omitir una cita. Una parte de los comentarios del revisor que podía efectuar “muchísimos otros” consistía en una larga parrafada para disculpar a quien había omitido la cita con el argumento de que esta no pertenecía a Jacques Maritain, como yo decía, sino a Gustavo Bueno o a Aristóteles mismo (!?) 

   El artículo explicaba que las cajas morfológicas habían demostrado su aplicación en una gran variedad de campos y que tenían pretensión de aplicabilidad en todas las áreas del saber, lo cual no evitó que uno de los revisores de la revista de filosofía considerase “injustificada” y “arbitraria” “la extrapolación de un método… [de] la astronomía”. Al parecer, los filósofos saben lo que pasa en el cielo sin necesidad de mirar por telescopios. 

   Existen dificultades no sé si llamarlas formales o materiales, para escribir un artículo sobre una caja morfológica que consiste en la enorme cantidad de fuentes que obliga a citar, lo cual genera problemas muy sensibles para mantenerse en el cómputo total de palabras que habitualmente exigen las revistas. Eso conlleva la búsqueda de criterios que permitan limitar el número de definiciones tenido en cuenta, algo que entendieron perfectamente los revisores de la revista de estrategia pero que los filósofos consideraron decisiones “arbitrarias” o “injustas”. 

   Que dos revisiones de filosofía ocupen más espacio que tres revisiones del mundo de la estrategia, que los filósofos se nieguen a mirar por el telescopio de un astrónomo, que se prefiera reconocer la propia ignorancia a efectuar una elemental búsqueda en Google, defender cualquier cosa que vaya en contra de lo que se dice en un artículo, por incidental que resulte para lo que se quiere concluir y utilizando no importa qué argumentos, que se consideren “arbitrarias” o “injustas” decisiones adoptadas para someterse al formato solicitado, sostener ora una cosa, ora la contraria, para aumentar el número de críticas obviando, sin embargo, las que en justicia podrían hacerse, todo ello resulta compatible con un rechazo visceral y furibundo a lo propuesto. Pero, por si no hubiese quedado claro, hay pasajes de las revisiones en las que su autor casi acaba por confesar lo que realmente piensa. El segundo revisor de la revista de filosofía escribió que “no se puede hablar "desde fuera" de la filosofía, y podría decirse que este es el error esencial del artículo” y, más adelante, insistió en que había que rechazar el artículo porque las nuevas definiciones de filosofía “se hacen desde "fuera" no de la filosofía, como él [yo] dice, sino de una filosofía propia” (cursiva mía). “Hay que tener una filosofía reconocida y aceptada por todos, hay que pertenecer a una escuela, para hacer cosas nuevas, señor mío”, parece haber pasado por su mente al escribir estas líneas. La filosofía, como la entiende la mayor parte de quienes pueblan el ámbito de la filosofía hispánica, consiste en rumiar los textos, en amasarlos como panaderos, en prolongar rancias tradiciones escolásticas y, únicamente después de haberse empapado de sus prejuicios, de sus presupuestos, de sus anteojeras hasta el punto de no poder abandonarlas ya nunca, puede darse el minúsculo paso adelante de llamar la atención sobre un pasaje poco citado, una nota a pie de página, al que se le otorgará una explicación que todo el mundo podrá entender porque apenas si se aparta de lo ya dicho siempre por todos. A quien lo haga se lo aplaudirá como al primer gran filósofo del siglo XXI hasta que aparezca otro escolarca que haga exactamente lo mismo. 

   En conclusión, nuestro experimento confirma que la filosofía acoge con mucho menos entusiasmo la creatividad que otras ramas del saber a las que la filosofía se considera muy superior en términos de tolerancia o racionalidad. En la filosofía contemporánea la fuerza de la tradición puede mucho más que la fuerza de la razón y pocos de quienes cuentan la anécdota hubiesen dudado en condenar a Galileo. Por supuesto, se necesitan nuevos experimentos, nuevas metodologías, aplicarlos a otros ámbitos lingüísticos, para apuntalar o descartar esta conclusión. No obstante, de este resultado pueden extraerse ya recomendaciones para las revistas de filosofía. Por ejemplo, allí donde se dice que constituye un requisito imprescindible para la aceptación de un manuscrito su originalidad, que añadan entre paréntesis: “no excesiva”. De este modo las revistas podrían disminuir el volumen de recepción de manuscritos y ahorrarse tiempo dándole capotazos a sujetos como yo. En esta época en la que no tenemos tiempo para nada, la sinceridad supone una considerable economía, cuestión sobre la que quizás escriba próximamente. Mientras tanto, dejo aquí una versión apenas modificada del artículo, el programa utilizado para generar cajas morfológicas y la hoja de excel que contiene 129.564 definiciones de filosofía. Quienes llevan 2.500 años dando vueltas en la noria del ser no apreciarán en ella valor alguno, pero a quienes andan siempre a la búsqueda de nuevos juguetes con los que jugar, seguro que les proporcionará momentos de gozo. Podéis tomar de ellas las que queráis, podéis llevaros la docena, el centenar, los miles de definiciones que más os gusten, imaginar en qué mundos jugarían un papel trascendental, construir los textos filosóficos en los que podrían hallarse incluidas, seguir sus reglas de competencia y colaboración con otras definiciones, medir las distancias respecto de las definiciones clásicas, etc. etc. Pero no olvidéis nunca reír y filosofar.  

domingo, 15 de junio de 2025

Un experimento sobre creatividad en filosofía (1 de 2)

   Como ya expliqué, este blog había quedado pausado porque me enfrentaba a una guerra que atraviesa su cuarto año y cuyo final ni vislumbro ni vislumbraré. Esta guerra tiene como objetivo la popularización, dentro del campo de la filosofía, de procedimientos heurísticos para la creación sistemática de nuevas ideas. A lo largo de estos meses he ido enviando sucesivas oleadas de artículos a las más diversas revistas del campo. Una primera oleada la compusieron artículos de lo que podríamos llamar “creatividad pura” basada en TRIZ. En una segunda oleada se abordaron temas o bien con cajas morfológicas o bien con un procedimiento de mi creación que utilizaba tanto a estas como los protocolos de TRIZ. Intercalada con ambas existe una tercera oleada de lo que podríamos llamar “artículos divulgativos”, en los que no se muestra la utilidad de estas heurísticas sino que, simplemente, se las da a conocer. La recepción de artículos, drásticamente originales, que no se encuadran en ninguna escuela filosófica existente, que chorrean ideas nuevas por todas partes, desde su estructura hasta sus conclusiones, han generado tres tipos de respuestas por parte de las revistas de filosofía. Un número significativo de ellas se han puesto de perfil, rechazando los artículos por “tener muchos en espera” o por “carecer de revisores adecuados”. He recibido comentarios de los revisores del tipo “yo… bueno, ejem… si por lo menos estuviera escrito en inglés… pero, así, sin saber quién lo ha escrito…” La mayoría de las revisiones de rechazo mostraban respuestas viscerales, calificando el artículo en cuestión de “disparatado” en el mejor de los casos. Finalmente, en un puñado de revistas, encontré personas que se toman en serio su trabajo de divulgar las fronteras del saber y que pelean incansablemente hasta encontrar revisores que ofrezcan un juicio ponderado de lo contenido en los artículos que reciben. 

   Inevitablemente, en una guerra como esta, te asaltan las dudas: ¿acaso me empeño en introducir novedades en el campo más refractario a las novedades? ¿acaso me empeño en introducir novedades en el ámbito lingüístico más refractario a introducir novedades? ¿a qué comparativa hace referencia ese “más”? ¿la filosofía hispánica tiene más aversión a la creatividad que la teología hispánica, que la física hispánica, que la historiografía hispánica? ¿Qué responderían los filósofos si se les preguntase quién muestra mayor desprecio hacia las ideas nuevas que ellos? ¿responderían que todo el mundo? ¿que todo el mundo menos los artistas? ¿alguno mencionaría que en el ámbito castrense hay más creatividad que en la filosofía? Para responder a estas preguntas decidí realizar un experimento.

   La hipótesis de partida consistiría en que la filosofía tiene más aversión a la novedad que otros ámbitos del saber como, por ejemplo, el ámbito militar. Para contrastarla diseñé el siguiente experimento. En primer lugar, escribir dos artículos altamente creativos, tanto a nivel de estructura como de metodología aplicada y de las ideas desarrolladas. Pertenecerían a dos ámbitos diferentes, uno de ellos a la filosofía y otro a la estrategia militar. Se enviarían a dos revistas de reconocido prestigio. Comparando la recepción de uno y otro se podría tener una idea muy clara de la tolerancia a las nuevas ideas de cada ámbito. Como metodología se eligió las cajas morfológicas. En este caso, la caja morfológica se utilizaría para analizar un concepto del mundo de la estrategia militar y otro del mundo de la filosofía. El empleo de cajas morfológicas para el análisis de conceptos solo posee un precedente, el análisis del concepto de propiedad emergente por parte de Tom Ritchey en 2014. Para el presente experimento se eligió el concepto de “guerra híbrida” del mundo de la estrategia militar y el propio concepto de filosofía. 

   En la caja morfológica de la filosofía se utilizaron un centenar de definiciones extraídas mayoritariamente de diccionarios de filosofía al uso. No había nada así para el concepto de guerra híbrida, de modo que se recurrió a cerca de 80 artículos y libros sobre la materia. Estructuralmente, los epígrafes de uno calcarían los del otro. Se renunció a dar ninguna definición nueva de “guerra híbrida” porque el análisis de dicho concepto lo desveló como absolutamente problemático, con lo que no tenía sentido prolongar la cadena de sus definiciones. Por contra, una parte significativa del artículo de filosofía consistió en proporcionar una docena de nuevas definiciones de filosofía. Mientras que la revista de estrategia imponía un límite temporal para la entrega de originales, nada así había para la revista de filosofía, de modo que procedí a redactar en primer lugar la caja morfológica del concepto de guerra híbrida, artículo enviado en octubre de 2023 y aceptado para su publicación en enero de 2024 por la Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos vinculada al Ministerio de Defensa. En esta tesitura, decidí sesgar el experimento. La carta de presentación del artículo de filosofía incluiría ya una cita expresa a ese artículo, de modo que el equipo de redacción de la revista de filosofía seleccionada habría quedado preavisado de que la aplicación de esta nueva metodología en lo que se refiere al análisis de conceptos había recibido el visto bueno en otro ámbito del saber. El 10 de octubre de 2024 envié la caja morfológica de la filosofía a cierta prestigiosa revista vinculada a la Universidad Complutense de Madrid. Nueve días después recibí un e-mail estándar en el que se rechazaba hasta la posibilidad de someterlo a revisión por "no ajustarse a los intereses de nuestra revista". Dicho de otro modo, la creatividad, la incorporación de nuevas metodologías, la novedad, no le interesa a esta revista de filosofía. No forma parte de los intereses de la filosofía española dar voz a las nuevas ideas. 

   Desde luego, pude dar el experimento por concluido. Para el 19 de octubre de 2024 no solo había quedado claro que el mundo de la estrategia militar en España acoge con mucho mejor ánimo las nuevas propuestas que el mundo de la filosofía española, sino que yo ya sabía también que esa acogida se extendía a los lectores de ese ámbito, pues mi artículo sobre la guerra híbrida caminaba por entonces hacia las 200 descargas con paso firme (de las cuales solo dos había efectuado yo). Sin embargo, quedaban algunos cabos sueltos. Al fin y al cabo, dejar patente que la facultad de filosofía de la Universidad Complutense tiene aversión a las nuevas ideas no requería tanto esfuerzo. Además, me lo habían dicho muy claro, pero el experimento se diseñó para averiguar cómo de alto podía llegar a gritar  el mundo de la filosofía cuando se lo confronta con nuevas ideas y ese dato no lo tenía. En mi poder se hallaban los comentarios que me enviaron los revisores de la revista de estrategia y el experimento se diseñó para contrastarlos con los comentarios de revisores procedentes del mundo de la filosofía. Decidí, en consecuencia, prolongar el experimento. Mi primer escrito sobre la aplicación de heurísticas a nuevos campos versó sobre temáticas de seguridad. A resultas de él recibí una invitación de la Universidad Militar Nueva Granada en Bogotá para participar en un coloquio. Por tanto, elegí una revista colombiana para proseguir mi experimento. Y aquí sí, obtuve las revisiones que iba buscando.

miércoles, 15 de noviembre de 2023

¿Qué es el futuro?

   Hasta ahora, la metafísica solo ha sabido decirnos lo que el ser es. Y lo malo de una metafísica que habla desde el ser, sobre el ser y para el ser no consiste en que incurra en absurdas circularidades ni en que momifique la realidad, momifique la razón y hasta momifique a quienes la hacen, lo verdaderamente perverso que hay en ella radica en que pretende reducir nuestro horizonte a las formas del ser. Nada mejor para conseguirlo que cercenar cualquier capacidad productiva, predictiva, innovadora. Si todo lo que es ha sido desde siempre, si el futuro de la metafísica radica en pensar por adelantado lo que viene hacia nosotros desde la esencia de la identidad de hombre y ser, exactamente del mismo modo que fue hacia Heráclito y Parménides, si se trata de corresponder a cualquier forma de esencia, entonces nada nuevo cabe esperar del futuro más que lo que ya ocurrió, ninguna novedad habrá en una forma de destrucción masiva del porvenir que no se encontrase ya contenida en las primeras formulaciones del principio de razón suficiente y, por encima de todo, ninguna capacidad inventiva necesitaremos para enfrentarnos a ello. El futuro no es más que el pasado. Ser futuro significa para la tradición vigesimica ser uno, eterno, inmutable, esférico, ser por todas partes lo mismo, ser permanente e inmóvil. La historia, como la flecha de Zenon, nunca puede salir de sí misma, nunca puede proyectarse más allá de sus límites, nunca puede avanzar. Y si en algún momento avanzase, si en algún momento hubiéramos de admitir que existe un fin que perseguir, un objetivo que lograr, una causa final que lo mueve todo y hacia la que todo tiende, la unicidad de ese fin no nos llevaría más que al mismo punto de partida, como el sol, como la luna, como la esfera de las estrellas fijas. El movimiento es perpetuación de lo mismo, mantenimiento de las formas eternas, con horizonte fijado en la catarata del fin del mundo. Al cabo, Occidente solo ha predicado el ser verdadero de lo que no tiene futuro, de Aquel para quien pasado y futuro significan exactamente lo mismo: nada. He ahí el punto de vista de la filosofía. Desde luego el punto de vista sub specie aeternitatis, pero, por encima de todo, el punto de vista del futuro en singular, en el que culminan el Espíritu Absoluto o el Capital, en el que todo vuelve o todo acaba, que para el caso significan lo mismo. No hay más que leer a Schelling para constatar que la filosofía se ha entendido a sí misma como testigo de lo que hace época, de lo que queda en la historia, de lo que la autoconciencia reconoce como su pasado. Las tareas de la filosofía coinciden en este sentido con la historiografía, hasta el punto de que los más adelantados predican que filosofía e historia de la filosofía coinciden. Y, como la historiografía, la filosofía ha adoptado el punto de vista de la narración victoriosa, de la narración que, por cuestiones políticas, económicas, militares o de pura meritocracia administrativa, se impusieron a las otras, convirtiéndolas en el punto de vista sancionado por la racionalidad. La narración del pasado, la filosofía entendida como narración acerca de lo que le sucedió al ser, al Espíritu, al Capital o a la religión, no hace más que servir rastreramente a lo dado. Los cartagineses, los judíos, los palestinos, los indios exterminados en América o en la India, el comunismo, no solo sucumbieron a las derrotas, el exterminio y el abandono, además, por eso mismo, se los priva de contenido, de razón, de ser. El ser, como el talento, constituye un privilegio de quien triunfa. Queda únicamente dar la vuelta a esta afirmación: puesto que lo que es triunfó, ya nunca podrá dejar de ser. La democracia liberal sobrevivirá con mucho al Reich de los 1.000 años perdurando por toda la eternidad ya que sus alternativas no son. No se trata, como quiere Inayatullah (“Futures through Stories”, Critical Muslim, Jaunary-March 2019, 29, págs. 57 y 59), de una letanía que de tanto repetir la descripción del futuro oficial acaba por hacerlo... oficial. Se trata de que el futuro es incuestionable porque la narración acerca de lo que es solo puede tomar la forma de una letanía, en la que futuro y pasado se confunden e intercambian. La crítica a la fantasía, el desprecio a la imaginación, taparse ojos y oídos para obstinarse en que la filosofía no puede hacer prospectiva, forman parte de la propia pregunta acerca del ser, pues, obviamente, los innovadores no utilizan como faro de sus pesquisas lo que las cosas son. Bien al contrario, los creadores, los inventores, los forjadores de nuevas teorías, llámense Maxwell, Edison, Hölderlin o Leibniz, se han preocupado siempre por lo que las cosas no son. Si el riesgo de abandonar el ser, de olvidarnos del ser, consiste en que podemos aventurarnos por los caminos de H. G. Wells cuando predijo la creación de los tanques, de Julio Verne cuando anticipó los submarinos o de Isaac Asimov cuando mostró la posibilidad de satélites geoestacionarios, podemos lanzarnos tranquilos por semejantes derroteros, pues, no cabe duda, la posteridad nos juzgará con benevolencia.

   El futuro es nada, no es, pero no porque carezca de realidad, sino porque carece de la unicidad, del estatismo, de la inmovilidad del ser. El futuro se dice únicamente en el discurso que no afirma ni niega nada del ser de las cosas. El futuro, a diferencia del ser, se dice siempre en plural. No hay futuro, hay futuros. Futuros posibles, futuros probables, futuros improbables y futuros imposibles. A nosotros nos corresponde elegir hacia cual de todos ellos queremos ir. Después vendrán los filósofos y nos contarán que ese futuro era inevitable.

domingo, 27 de agosto de 2023

Duelo de titanes.

   Vivimos en España una lucha de poder sin igual, una confrontación entre dos modos de entender el destino de este país, entre dos Weltanschauungen que decidirá nuestro destino en la próxima década. Y no me refiero a la formación de gobierno, que eso apenas si será una carambola del duelo de titanes al que me estoy refiriendo, el de Pedro Sánchez con Luis Rubiales.

   Ya he explicado aquí que se llama diwan a la corte de las maravillas que rodea a Su Majestad, el sátrapa de Marruecos. El diwan tiene una ideología, un objetivo y un modelo de país muy claro y definido llamado dinero. Constituye uno de los pilares de la monarquía alauí. El otro es el apoyo norteamericano desde su fundación. Pero, claro, los norteamericanos no dan dinero, más bien, hay que ponerle una alfombra roja a quien venga de allí para quedarse con cualquier parcela de lo económicamente rentable. Si tu hambre de oro no queda saciada con lo que puedes arrebatarle a tus súbditos, existe una manera de multiplicarlo llamado "Mundial de fútbol". Marruecos lleva 30 años intentando conseguir uno. Siempre ha tenido factores en contra. Primero fue que carecía de la infraestructura básica, después su irrelevancia futbolística y, finalmente, lo otro. En qué consiste "lo otro" lo comprobó en sus propias carnes el insigne Luis Rubiales. Cuando llegó a la presidencia de la honorabilísima Real Federación Española de Fútbol, encontró encima de la mesa de su despacho un generoso sobre de billetes a modo de felicitación de Su Majestad, el déspota de Marruecos. Ni corto ni perezoso, Rubiales decidió que la Supercopa de España de ese año se celebrara en Tánger, que en aquella época era el estadio más grande del mundo sin luz ni agua. Los argumentos del impresentable de Rubiales para esta decisión fueron contundentes: el rey lo pagaba todo. Y allí que fueron equipos y un puñado de aficionados para entender cómo se sentía uno trabajando como animador en una fiesta de Su Majestad. Rubiales el facineroso no se quedó ahí, se sacó de la manga que los problemas marroquíes con el mundial se solucionarían acudiendo conjuntamente con España. Se lo largó a Pedro "el hermoso", junto con el regalo que le habían hecho los marroquíes, y a Pedro se le pusieron los ojos como platos. Pero cuando Rubiales acudió con la milonga a la UEFA se topó con "lo otro".

   La UEFA es un Estado dentro de ese Estado llamado FIFA. Agrupa a las ligas más rutilantes del mundo y nunca han entendido cómo sus votos valen dentro de la FIFA tanto como los votos de Oceanía. De hecho, se tomaron como una ofensa que los marroquíes los hubiesen intentado sobornar… con las mismas cantidades que a los demás. Peor se tomaron que los puentearan llevándose la Supercopa de Francia e Italia a su país y aún peor que Rubiales hubiese hecho lo propio sin consultarles. Da cuenta de la dimensión de la bronca que recibió, que cuando Pedro el venusto dio a conocer la candidatura conjunta de Marruecos y España a los pies de Su Majestad alauí, la RFEF dijo que no sabía nada. Los mensajes que se intercambiaron Pedro y Luis fueron elocuentes. Pedrito le echó en cara haberlo dejado con el culo al aire y Luisito le respondió que tenía que explicarle (lo que le habían dicho en la UEFA). Pero Pedro ya se la tenía jurada, así que le dijo que hablara con el Ministro de Deportes, que, para un presidente de la RFEF, es como decirle que hable con Satanás. La respuesta del baboso de Rubiales fue contundente: si quería un mundial, tenían que hablar ellos dos. Pedro "el hermoso" se encontró en una situación difícil. Por una parte, necesitaba el trabajo de "gota a gota" que Rubiales podía hacer en la UEFA para conseguirle el mundial a Marruecos. Por otra parte, había que hacerle pagar a Rubiales su traición. Así que hizo lo que cualquier político hace cuando quiere deshacerse de alguien: acercarse a él, protegerlo, convencerlo de que tiene el control, vamos lo que Putin ha hecho con Prigozhin. Pero los marroquíes ya le habían pinchado el teléfono a Pedro el especioso gracias a un software que recibieron como premio por su reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. Conocían sus secretos más íntimos, los puticlubs de los que tuvieron que echarlo, sus cuentas corrientes en Panamá, sus servicios a China, en fin, lo normal de cualquier político español. Lo primero que tenía que hacer si quería deshacerse de Rubiales era convencer a los marroquíes de la fidelidad a la causa, así que les regaló el Sahara Occidental…

   Mientras tanto, el repugnante de Rubiales sirvió como regadera del dinero de Marruecos para la UEFA hasta el punto de que lo han nombrado vicepresidente por unanimidad "casualmente" a la vez que la UEFA cambiaba su postura respecto de la candidatura conjunta de Portugal, Marruecos y España. "Casualmente" también, Marruecos ha ido adquiriendo relevancia futbolística y en el último mundial eliminó a España y a Portugal. "Casualmente" España no consiguió marcar ni un solo penalti en su eliminatoria con Marruecos, algo que el sinvergüenza de turno, quiero decir, el seleccionador nacional, se tomó con tranquilidad estoica sentado en su banquillo. Pero, claro, tantas casualidades, tanto ascenso, tantos cariñitos de Pedro "el hermoso" y tantas juergas a cargo de las tarjetas de la federación se han subido a la brillante cabeza de Rubiales. Así que, tras haberse puesto a punto los huevos junto a Su Majestad la Leti, le largó un morreo ante las cámaras de todo el mundo a una de las jugadoras españolas que había conseguido el histórico hito de ganar el mundial femenino, convirtiendo así este hito histórico en un montón de mierda. Pedro "el hermoso" ha visto llegada su oportunidad y se ha puesto a la cabeza del clamor popular contra Rubiales. Al fin y al cabo, parece que el voto de la UEFA está asegurado y eso le da el mundial o su parte correspondiente a Marruecos, así que Rubiales se ha vuelto prescindible. Pero Rubiales es presidente de la RFEF, es decir, es Dios y no solo no va a dimitir, sino que va a llamar a Casablanca a decirles que sin él se quedan sin su mundial. Sánchez sobrevivió a la Susanita, sobrevivió a todas las campañas que El País lanzó contra él, ha sobrevivido a encuestas en contra, pero desde esta semana se enfrenta a su reto más desafiante, sobrevivir a Rubiales. En cualquier caso, ya sabemos quién va a salir perdedor de esta duelo de titanes, Jennifer Hermoso y, por añadidura, el resto de sus compañeras de la selección, que para eso son mujeres y les han dado a las mujeres de este país y a quienes en él aman el deporte de verdad una alegría.

domingo, 4 de junio de 2023

Nuevas reglas.

   La primera entrada de este blog apareció el 30 de mayo de 2011. Han pasado 12 años y 636 entradas, el equivalente a más de 1.200 páginas de un libro. El día en que publiqué aquella entrada, tenía dos o tres más en mente, pero de ninguna de las maneras imaginé que había en mí todo lo que vino después. Le estoy muy agradecido a este blog. Por formación, ponía una cita antes de cada punto y, de tanto hacerlo, acabé confundiendo lo que era realmente mío y lo que era de otros en lo que escribía. Este blog me enseñó a abandonar aquella costumbre, me dio mi propia voz, me otorgó un lenguaje propio. Además, me permitió retomar el contacto con personas que habían ido quedando atrás y conocer a gente interesante que tenía cosas que decir. Como saben los que lo han intentado, modero los comentarios y el blog no se verá embarrado por aquellos a los que el odio los ahoga de tal manera que tienen que ir vomitándolo para poder respirar. Siempre me divirtió mucho comprobar cómo me deseabais que lo pasara la mitad de mal de lo que lo estabais pasando vosotros, pero no, vuestros deseos no serán publicados aquí. Admito, eso sí, las críticas, bien intencionadas o no, constructivas o destructivas. Todas han visto la luz y lo seguirán haciendo. Mucho más trabajo me costó admitir que tendría que publicar también las alabanzas, en especial las poco justificadas, pero vieron la luz por mucho sonrojo que me produjesen. Los que habéis dejado comentario y los que no, los que habéis pasado por aquí de casualidad y los que habéis venido expresamente a leer mis cosas, me habéis hecho mejor de lo que un día fui y solo tengo para vosotros agradecimiento. Cada fin de semana sonrío ante los 48 españoles que me siguen fielmente, el millar de norteamericanos que unos meses están y otros no, los rusos que se asoman a cualquier entrada en la que figura “Rusia” o “Putin”, las dos decenas de franceses y alemanes que se atreven mensualmente con un blog de filosofía en español, quienes se aferran a ella desde Iberoamérica y hasta esos turkmenistanos que llegaron a pasar por aquí entre tantos y tantos otros. Gracias a todos por estar ahí.

   Comencé a escribir porque, como a muchos, la realidad que se vivía en el año 2011 me indignaba. Escribo muy bien enfurecido, con extremada precisión cuando estoy deprimido y mierda insoportable cuando estoy alegre. Cada trabajo requiere un estado de ánimo, el de enfrentarse a los problemas filosóficos, quiero decir, a los problemas de la realidad, también. Han pasado doce años y han pasado por mí doce años. Tal vez el mundo es más triste hoy, yo soy más viejo o ambas cosas, pero las cosas ya no me enfurecen ni me deprimen, me apenan. Me da pena en lo que se han convertido las gentes de este país, me dan pena los restos del naufragio en Cataluña, me da pena la población ucraniana, me dan pena todos y cada uno de los rusos que tienen ojos para ver, pero no capacidad para evitar, me da pena el trampantojo en que se ha convertido la filosofía y me da pena estar tan apenado. Y, mientras tanto, mientras la congoja se apodera de mí, me he embarcado en una lucha por el futuro. Por el futuro de la filosofía, por el futuro del pensamiento, por el futuro de la creatividad. Si todo sale bien y va rápido, esta lucha terminará dentro de 20 o 25 años. Probablemente, yo ni siquiera vea ese final. No elegí empezarla ni puedo elegir abandonarla, me ha tocado y no cabe otra. Paso las semanas a machetazos limpios contra la maleza que tapa el camino para llevar a la filosofía procedimientos heurísticos que se emplean en la ingeniería o la industria desde hace décadas. Llego al fin de semana exhausto, sacando fuerzas de la idea de que ya me queda una semana menos y, entonces, me veo confrontado con la amargura de comprobar que lo que para mí fue un goce, se ha convertido en una obligación.

   Desde el primer día tuve muy claras las reglas que regirían este blog:

   1º) No repetiría tema a sabiendas.

  2º) Aunque se trataba de ver cómo la filosofía afloraba en las cuestiones de actualidad, no seguiría borreguilmente los titulares de la prensa.

   3º) Cada entrada sería original, en su enfoque, en sus conclusiones y/o en su contenido.

   4º) Habría una nueva entrada cada semana, moldeada el sábado, rematada el domingo por la mañana y publicada el domingo a mediodía.

   He estado enfermo, cansado, aburrido, preguntándome qué sentido tenía todo, de viaje, de fiesta, pero no he faltado ni un solo fin de semana a mi cita con vosotros. Cuando descubrí TRIZ, un fascinante universo de posibilidades se abrió ante mí. Sé que no terminaré de explorarlo, pero quería trazar, al menos, las líneas principales. Para ello he tenido que aparcar proyectos en los que llevaba décadas trabajando. He tenido que alterar el programa semanal de estudios que he seguido desde que era un mozuelo. A cambio, solo he conseguido que cada línea de investigación se abriera un abanico nuevo y aún más asombroso de posibilidades. Desde hace dos años sé que todo eso, más pronto que tarde, incidiría en la vida de este blog. Me he resistido a ello todo lo que he podido, pero al final solo ha servido para convencerme de que estaba aplazando lo inevitable.

   Este blog no va a morir, no va a desaparecer, al menos, no mientras yo siga con vida, simplemente no puedo seguir acudiendo a mi cita con vosotros cada semana. Aunque hay entradas que se han quedado en el tintero, ahora mismo mi prioridad es encontrar horas en el día para todos los proyectos que tengo en mente. Cuando me dejen tiempo y fuerzas volveré por aquí. Quizás sea la semana que viene, quizás el mes que viene, quizás el año que viene, sea cuando sea, no dejéis nunca de reír y filosofar.  

domingo, 28 de mayo de 2023

ChatGPT (2 de 2)

   Todas las versiones de ChatGPT aparecidas has ahora solo sirven para prolongar interminablemente la perorata de cosas sabidas por todos sobre los temas que todo el mundo conoce, narrados tal y como se ha hecho hasta el momento, pero, para eso, sinceramente, mejor no prolongar la sucesión de memeces fotocopiadas que pueblan Internet a menos que queramos volverlo inservible. A quienes pretenden crear cosas nuevas y alejarse de lo consabido le sirven únicamente como guías negativas, para saber lo que no tiene que decir, lo que no tiene que citar y el punto de vista que no debe adoptar. Mis intentos de ahorrar tiempo con ellos siempre han terminado igual, teniendo que comprobar los datos y revisando páginas y páginas de cháchara inservible con un puñado de líneas aprovechables. Al final, seleccionar lo interesante me consumía más tiempo que si hubiese hecho yo mismo todo el trabajo desde el principio. Para labores de mayor precisión, sus citas inventadas, sus ridículas confusiones y su incapacidad para reconocer el motivo de sus errores los hacen absolutamente inservibles. Los padres de estas criaturas (que no los inversores) saben de todos estos problemas, saben que las investigaciones en Inteligencia Artificial llevan casi medio siglo atascadas intentando solucionar los problemas por la vía del más y no del “de otra manera”. Pero, mientras el dinero siga llegando, callan y esperan que los “likes” y “dislikes” de los usuarios corrijan el algoritmo como las bolitas de comida de Skinner moldeaban el comportamiento de las palomas. Ignoran o hacen todo lo posible por ignorar, que hasta los psicólogos tenían más inteligencia que las palomas reforzándolas como resultaba adecuado. El usuario medio de estas herramientas no tiene ni la más remota idea de la respuesta correcta a las preguntas que plantea y acepta como la palabra de Dios los resultados que el programa le ofrece. El “like” o “dislike” no provendrá de lo acertado de la respuesta, indicará únicamente la cercanía o lejanía de la misma a lo que cree saber quien no sabe idea de nada (v. g. los periodistas). En el supuesto de que estos programas “aprendan por sí mismos” de las respuestas ofrecidas, cosa que dudo mucho que signifique algo más que reforzar unas cadenas de Markov respecto de otras, van a aprender a volverse cada vez más tontos y zafios, precisamente lo que ha ocurrido con todos y cada uno de los modelos de “inteligencia” artificial que en línea se han puesto.

   Leo las sesudas discusiones acerca del fin de la creatividad humana a manos de la inteligencia artificial, del peligro de que estas "inteligencias artificiales" dominen el mundo, de que la maldad intrínseca cuando entren en los debates políticos y me troncho. No, a ChatGPT y a los programas que que aguardan a la vuelta de la esquina no cabe atribuirles el fin de la creatividad humana, ni el comienzo de la humana estupidez. El fin de la creatividad humana va a provocarlo la herencia del siglo XX si no conseguimos sacudírnosla de una vez. El siglo XX nos convenció de que la creatividad era cuestión de genética, de que si teníamos unos genes, necesariamente produciríamos genialidades, de que en los resultados de una combinatoria no podía haber nada nuevo y diferente de los elementos que daban lugar a la misma, de que “probabilidad” no significa nada diferente de lo que es, será y ha sido siempre, quiero decir, que solo mide nuestra ignorancia. Los programas de Inteligencia Artificial hacen uso de la combinatoria, de la probabilidad, de la creatividad ínsita en el azar que ya descubriera Darwin en el siglo XIX y, claro, quienes han hecho lo posible por defenestrar a los que propusieron métodos reglados para utilizar semejantes técnicas en pro de la creatividad humana, tiemblan aterrorizados. La humanidad, nos avisan con gesto serio, corre un grave peligro porque las máquinas van camino de conseguir algo extremadamente revolucionario y subversivo que casi se había logrado extinguir del género humano: creatividad. Cualquiera de las técnicas de creatividad que ya explicamos en su día aquí puede dotar a un ser humano de una capacidad creativa que ni estos programillas de IA ni los que verán la luz en el próximo cuarto de siglo podrán alcanzar.

   No obstante, pese a que quepa sospechar que toda la fanfarria en torno a esta supuesta “inteligencia” artificial viene subvencionada por las empresas sobre las que se ha hablado en ella, hay algo bueno y positivo en que los periodistas le hayan dado cobertura. Tengo un robot de limpieza “inteligente” y después de muchos años con él, todavía no me queda claro si compré el más inteligente o el más tonto de los que había en la tienda. Tal y como lo programo se lanza como una flecha hacia el primer cable, el primer cordón de zapato, el primer asa de una bolsa que no he recordado quitar de en medio y allí que se queda atrapado después de una “limpieza” de cinco minutos. Sin embargo, cuando funciona conmigo presente, no se engancha con nada. Cada vez que oigo hablar de bombas o de armas “inteligentes”, me acuerdo de mi robot de limpieza y me echo a temblar. Creo que ya he contado que Isaac Asimov, el padre de la robótica, escribió toda una serie de relatos acerca de que un robot, incluso armado del primer principio de la robótica (“un robot jamás hará daño a un ser humano”), podría acabar por hacerle daño a un ser humano. Nosotros, ejemplo palmario de la “inteligencia” que adorna a nuestra especie, venimos creando robots de guerra carentes del primer principio de la robótica. ¿Podemos esperar algo diferente de una tragedia? ¿Qué cabe esperar de un tanque dirigido de forma autónoma por un programa dispuesto a inventarse bibliografías, citas y eslóganes religiosos? Dicen que el ejército comienza allí donde termina la lógica ¿en serio vamos a dejar que los militares programen para matar inteligencias artificiales?

domingo, 21 de mayo de 2023

ChatGPT (1 de 2)

   Se entiende por "cadena de Markov" una serie de eventos tales que la probabilidad de cualquiera de ellos solo depende del evento inmediatamente anterior. Mientras de los procesos puramente aleatorios se dice que "no tienen memoria", pues cada suceso no depende de los sucesos anteriores, en las cadenas de Markov, sí hay un cierto “recuerdo”. A este “recuerdo” se lo denomina "propiedad de Markov", en honor del matemático ruso Andréi Andréyevich Márkov (1856-1922), padre del concepto. Hacia mediados de los años 90, unos ingenieros norteamericanos tuvieron la ocurrencia de construir un algoritmo basado en las cadenas de Markov para generar textos. La idea resultaba muy simple. Primero tomaron unos cuantos centenares de libros en inglés y calcularon para cada palabra la probabilidad de que la siguiera otra. A continuación, tomaban un escrito cualquiera no contenido en el corpus anterior. El programa comparaba la probabilidad de sucesión de palabras en el texto con las que tenía guardada en su memoria como correspondiente al inglés medio y elegía para la secuencia proporcionada como iniciadora la palabra más probable, comenzando así su "comentario". Con esta palabra insertada por él, volvía a realizar el mismo cálculo y así sucesivamente. El discurso generado de esta manera resultaba desternillante. Tras una serie de sentencias que parecían presentar cierta coherencia, la cosa iba degenerando en una suerte de espiral cada vez más disparatada que, en uno de los ejemplos que leí, terminaba afirmando que "había pasado una agradable velada hablando con un grano de sal". Los autores del experimento no se limitaron a esto. Conectaron su programa a una de las salas de chat que comenzaban a brotar por aquel Internet incipiente y causaron el espanto de sus usuarios. Muchos de ellos quedaron convencidos de haberse enfrentado a un prototipo de inteligencia artificial de algún oscuro organismo estatal. Aquella reacción marcó lo que había de venir porque convenció a muchos ingenieros informáticos de que, aliñando un conductismo ya moribundo con las cadenas de Markov, se abrirían las puertas del santo grial: programas capaces de remedar la inteligencia humana.

   En lo que llevamos de año se ha levantado una enorme polvareda periodística en este bendito país acerca de ChatGPT, un prototipo de inteligencia artificial con la que los usuarios pueden interactuar mediante el lenguaje escrito y del que existen multitud de versiones. El asombro despertado entre quienes lo han probado ha provocado una auténtica paranoia entre quienes no lo han hecho y, sobre todo, ha movido a los gigantes Microsoft y Apple a apostar ingentes cantidades de dinero en su mejora y desarrollo. Detrás de tantos millones, tanta palabrería y tanto pánico, no se esconde nada mejor que los prototipos de hace 30 años basados en las cadenas de Markov. Como aquellos, los ultramodernos e inteligentísimos ChatsGPT no dejan de ofrecer unas líneas de sensatez escritas muy fluidamente y una sucesión interminable de vueltas y más vueltas en torno a tópicos previamente establecidos en cuanto se les pide que prolonguen algo más su perorata. Por supuesto, estas modernas versiones tienen una diferencia cuantitativa respecto de las anteriores, pero no cualitativa. La diferencia consiste en que, en lugar de la base de datos de unos pocos centenares de libros, a estos se los ha dotado de una gigantesca base de datos con millones de textos. También se les han puesto salvaguardas ad hoc y “saben” que la tripulación de Cristóbal Colón no amenizó su viaje con programas de televisión o que Julio César nunca tuvo un perfil en Facebook. Maravillas de las maravillas, algunos de estos prototipos han mostrado el rendimiento de un buen alumno en nuestras pruebas de acceso a la universidad, lo cual demuestra, únicamente, que nuestras pruebas de acceso a la universidad cada día exigen menos. A partir de ahí todo va convirtiéndose en un chascarrillo. La “extraordinaria” aplicación de OpenAI tuvo a bien ofrecerme una “bibliografía” sobre el tópico “Cervantes y la cochinilla del azúcar” que incluía: "Cervantes y la cochinilla del azúcar: Una revisión de la figura en el Siglo de Oro" de José María Fernández Álvarez; "La cochinilla del azúcar en la literatura española: De la economía a la ficción" de Soledad Fernández Gracia; "El comercio de cochinilla en España durante el Siglo de Oro" de Carlos Fernández-Shaw; "The Evolution of Evolution: German Evolutionary Theory from Darwin to Haeckel" de Stephen Jay Gould; "Darwin in the Cultural Imagination" de Ernst Haeckel y otros; y "La poesía del Siglo de Oro" de Mario Benedetti. La cita “cuando me hablan de la patria me llevo la mano al chaleco porque ese viene por mi cartera” la localizó en el “Romancero de la Guardia Civil” de Federico García Lorca. Playground AI no solo me explicó qué quiere decir el lema budista “todos para uno y uno para todos”, sino que, cuando le advertí que había metido la pata, insistió en que sí, que ese lema lo repetían con frecuencia los budistas. Perplexity.ai, siempre mucho más prudente y menos creativo, me advirtió que “no está científicamente comprobado que los calvos conduzcan más velozmente”, lo cual no le impidió dedicar algunas líneas a explicarme en qué consiste la calvicie y en qué consiste el exceso de velocidad a ver si por alguna parte podía hincarle el diente a la cuestión. Enfrentado a un problema de disolución como el que resuelven los jóvenes de 15 años, atinó a plantearlo acertadamente, pero al realizar las operaciones pertinentes cometió un error aritmético elemental. Al ya mencionado OpenAI no le ocurrió eso, su error se produjo durante el desarrollo del problema, con lo que ninguno de los dos llegó al resultado correcto. Todos llevan a cabo con facilidad listados y enumeraciones, fallan catastróficamente en el apoyo imprescindible que quien quiera escribir con sentido sobre algo necesita. Como resulta lógico, deslumbrantes teóricos de la psicopedagogía ya andan engrosando sus cuentas corrientes con cursos en los que explican cómo utilizar semejantes máquinas de generar disparates en la educación, a ver si consiguen que los estudiantes se vuelvan tan tontos como ellos...

domingo, 14 de mayo de 2023

Tiempos oscuros (y 5)

   Resulta desternillante ver el modo en que Hollywood se narra a sí mismo la historia de su lucha “por la libertad de expresión” contra MacCarthy y sus secuaces. Estos relatos mitológicos del enfrentamiento entre la luz y la oscuridad, siempre cuentan lo mismo, los implacables censores triunfan hasta que, de buenas a primera y sin que se nos explique por qué, quienes los apoyaban comienzan a rechazarlos. Hollywood vio con buenos ojos la defenestración de sus hijos más levantiscos hasta que la televisión penetró en los hogares estadounidenses. Cuando su poder se volvió patente en la recaudación de las salas de cine, echó mano de los mismos mecanismos que había empleado en la crisis del 29 y decidió que, para la nueva cruzada, necesitaba de todos y cada uno de sus sirvientes, incluyendo los de veleidades “comunistas”. La rehabilitación de quienes se vieron incluidos en la lista negra se produjo a la vez que el archivo del código Hays y una sucesión de producciones más y más transgresoras. ¡Hasta se le hizo un homenaje a Freaks! El número de reglas rotas cada año por las producciones de la industria sigue exactamente el número de nuevos televisores vendidos. Llegó un momento en que casi podía leerse el eslogan “todo lo que no verá en su casa” en la promoción de las nuevas películas. No se trató solo del sexo, de la violencia, de la crítica a las leyes, al gobierno y a los políticos, de la hagiografía de mafiosos y criminales, la propia estructura, las propias convenciones de los géneros y los estilos narrativos se rompieron para tratar a los espectadores como esos adultos a los que la televisión, característicamente un entretenimiento “familiar”, les negaba cualquier madurez. Esos “especialistas” de cine que menudean por Internet y que califican a Tenet como una película “difícil de entender”, deberían explicar qué pasa y por qué en Point Blank, rodada por John Boorman en 1967. Y a quienes incluyen a Irreversible entre las películas más “difíciles de ver”, había que atarlo a un asiento para presenciar Cruising, rodada en 1980. El catálogo de películas “de la industria” que rompieron todos los límites entre Point Blank y Cruising incluye algunos de los grandes hitos de la historia del cine que todos conocemos, pero merece la pena detenerse en esta última por múltiples motivos. 

   No conozco a nadie, con independencia de su orientación sexual, que haya podido ver esta película sin sentirse extremadamente incómodo. El propio Al Pacino, uno de los pocos heterosexuales en el reparto, parece tan fuera de lugar durante todo el minutaje como el policía que encarna. Al director, William Friedkin, no se le ocurrió mejor cosa que codearse con la mafia para tener acceso a algunos de los clubes homosexuales de prácticas extremas de California. De ellos sacó a numerosos extras que, según cuenta la leyenda, obedecían instantáneamente la orden de “acción” pero hacían caso omiso de la de “corten”. Los “progres tolerantes”, a los que en otra época se hubiese descrito más certeramente con el despreciativo epíteto de “reformistas”, se retuercen en sus asientos conforme al personaje de Al Pacino se le van añadiendo toques más y más siniestros… hasta que llega el final. Por supuesto, la película, como la gran mayoría de las que se rodaron a partir de los 50, no resuelve nada y deja al espectador con una enorme desazón y ganas de ducharse. Lo más fácil resulta calificar a este, el film en cuyo reparto figuran más homosexuales de la historia del cine, de “homófobo”. De ese modo, se lo rechaza, las conciencias quedan tranquilas y todos podemos irnos a dormir. En realidad, su carga explosiva radica en otro punto, en la inquietante pregunta que nos lanza en cada escena, la de si eso que llamamos “natural” no tiene un carácter social, la de hasta qué punto todo lo que consideramos “propio” no constituye más que una apropiación de lo ajeno, en definitiva, la pregunta de qué hay en nosotros de “auténtico”.

   Cruising cerró una época, la época que hemos narrado en esta entrada y que abarca toda la lucha de la industria del cine contra la televisión. En 1983 la nueva versión de Scarface anunció lo que se avecinaba, pasando de puntillas por la relación incestuosa de la original y convirtiendo al superhombre nietzscheano rodado por Howard Hawks, que jugaba como un niño con la vida y con las convenciones culturales, en un yonqui desgraciado, con un problema de control de las emociones. Hollywood había reparado en su error. La televisión no se oponía a su modelo de hacer negocio, sino a sus canales de distribución. Los tiempos en los que el cine se veía en salas diseñadas para ello habían tocado a su fin, pero eso no tenía por qué afectar a lo que la industria hacía, sino, simplemente, a quién vendía sus productos. La televisión, el subsiguiente vídeo y, con posterioridad, las cadenas de streaming, comprendió al fin Hollywood, se habían convertido en sus clientes preferenciales y no quienes pagaban una entrada para un pase multitudinario. A partir de los años 80 el cine no se hizo por referencia directa a los espectadores. La cuestión no consistía en cómo sacar a los clientes de sus casas para ir a las salas de cine, la cuestión consistía en cómo vender el producto a aquellos encargados de llevarlo a las casas de los espectadores. El código Hays, la censura, la propia ñoñería de la calificación por edades, palidecen ante los criterios mercantiles de cualquier cadena de televisión, de cine de pago o de empresa patrocinadora de las producciones. Y estos criterios mercantiles velan por lo “políticamente correcto” hasta un punto en que los más ultramontanos censores no pudieron ni soñar. Habrá el sexo justo para parecer moderno, la violencia exacta para que nadie pregunte por su justificación, la crítica imprescindible para que todo el mundo crea que las injusticias se resolverán votando a quien resulta conveniente para los políticos de turno y, por encima de todo, al espectador se le darán historias en papilla, masticadas, predigeridas y ya narradas en los tráileres, para evitar que cualquiera de ellos acabe pensando algo. Entre medias, envueltas en migajones de corrección política, ruedas de molino de publicidad encubierta. Cruising, Point Blank, Freaks, Employees’ Entrance, Red-Headed Woman, Baby Face, etc. atentan contra la mediocridad moral de nuestra era con mayor ferocidad que lo hicieron contra la existente un siglo atrás. En estos tiempos en los que el brillo de nuestras pantallas ilumina la oscuridad de nuestras vidas, en estos tiempos en los que cada cual dice lo que quiere porque nadie dice algo diferente, en estos tiempos en los que podemos elegir lo que nos venga en gana (de entre los productos del mercado), la luz que nuestro mundo lanza al universo no basta para llenar las inmensas tinieblas de la época que nos ha tocado vivir.

domingo, 7 de mayo de 2023

Tiempos oscuros (4)

   Los políticos no tardaron mucho tiempo en utilizar como excusa lo que Hollywood había comenzado a producir a partir de 1929 para uno de sus deseos más antiguos, controlar el cine. Numerosos estados comenzaron a legislar sobre lo que podía o no podía verse en las pantallas situadas en su territorio. Hollywood no caía bajo su jurisdicción y multar a los distribuidores por un producto sobre el que no tenían control solo podía servir para generar pérdidas insostenibles para ellos. Pero la industria sintió pánico ante la situación que podría acabar por producirse: que cada cámara de representantes legislara en un sentido diferente, generando la necesidad de crear una versión de cada película para cada territorio de la Unión. Para evitar semejante locura, los estudios promovieron en 1930 lo que se conoció como "código Hays". Esencialmente, se trataba de un código de autocensura, pero su parte más interesante radica en la justificación del mismo. Nació para impedir la transmisión de mensajes viles, para impedir que en las pantallas aparecieran cosas que hirieran la sensibilidad del público, para librarlo de cualquier cosa que rebajase "el nivel moral de los espectadores". Por lo mismo, cabía entender que también quedaban prohibidas las películas que rebajasen el nivel moral de quienes participaran en ellas. Por tanto, para no denigrar a la mujer, prohibía presentarlas desnudas, quitándose las medias, mostrando el ombligo y, en particular, toda alusión a su sistema capilar, incluyendo las axilas. El mismo respeto a la mujer justificaba prohibirles a los hombres que se quitaran los pantalones o exhibiesen prendas que destacasen su aparato reproductor. Por supuesto, consideraba que las danzas que acentúan los movimientos indecentes tenían un carácter obsceno, en particular "todo menear de caderas y todo movimiento del bajo vientre deben ser vigilados estrictamente". Por respeto hacia las personas con malformaciones, se les prohibía aparecer en cualquier escena. La ley "natural o humana", no resultaría criticada en ningún aspecto. Mucho menos la ley divina, "los sacerdotes, los pastores y las religiosas nunca se podrán mostrar capaces de un crimen o de pertenecer a un grupo impuro". En consecuencia, quedaban prohibidas las palabras Dios, Señor, Jesús, Cristo, mierda, jodido, joder, caliente (referido a una mujer), virgen, puta, mariquita, cornudo, hijo de puta, condenado e infierno. Tanto la ley natural como la humana consagraban el matrimonio, de modo que no se atentaría en ningún momento contra él y ningún comportamiento sexual ilícito podría mostrarse de un modo preciso. De hecho, no se mostraría ni se haría alusión explícita a nada que tuviese que ver con las relaciones sexuales o la prostitución. La descripción de la víctima debatiéndose contra una violación quedaba prohibida. No se daría lugar "al alcohol en la vida norteamericana". De un modo semejante, por respeto a otras razas y a los extranjeros, se exigía no mostrar otras formas de vida diferentes de la del americano medio.    

   El código Hays, entró en vigor en 1930, pero todas las producciones de las que hemos venido hablando y muchas más jugaron con él como el gato con el ratón. Los realizadores sabían que si colocaban cinco escenas contrarias al código Hays cortarían las cinco, pero que si insertaban quince, seguirían cortando cinco. De un modo más simple, con la urgencia de atraer espectadores, nadie se tomó el código muy en serio. En cuanto los efectos del New Deal comenzaron a sentirse en la afluencia de público, todo cambió. El código se trasladó desde las salas de posproducción a los despachos. Ya no se trató de que se cortaran escenas, simple y llanamente, quien presentaba un proyecto que no encajaba en el código Hays por algún motivo podía contar con su rechazo. Ninguna de las películas mencionadas hasta aquí podrían haber visto la luz en el Hollywood nacido a partir de 1934. A la sombra del star system, durante más de 20 años, los estudios solo produjeron películas políticamente correctas, en las que una censura tan inmisericorde como ajena a cualquier registro, mostró una imagen de Norteamérica conveniente a los intereses de quienes ostentaban el poder político y económico. A este período de impoluta corrección política la conocen los historiadores del cine como "la época dorada de Hollywood". De hecho, la industria aceptó de buen grado la sobreimposición de otro género aún más duro de censura en los años 50 en forma de defenestración de quienes tuvieran veleidades “liberales”, lo que se conoció como "macartismo". Por aquella época, el sistema había comenzado a sufrir embates por parte de un cine europeo no sometido al código Hays y que se asomó a las pantallas norteamericanas con temas, situaciones y personajes a los que el público no se hallaba acostumbrado y que, por tanto, no dudó en rechazar. “Matrimonio a la europea” comenzó a designar esas otras formas de vida que lo rodado en Europa mostraba sin pudor y que no aparecía de ninguna de las maneras en las películas de Hollywood. Por mucho que se diga, estas producciones apenas si representaron pinchazos de alfiler en la piel de un elefante bien engrasado y cuyo funcionamiento generaba ingentes cantidades de dinero sin demasiadas dificultades, embobando al público con una realidad ficticia. Todo esto cambió hacia mediados de la década de los 50 con la llegada de una crisis, para el cine, peor que la del 29 y que tenía como eje un aparato de nombre ya de por sí satánico: televisión.

domingo, 30 de abril de 2023

Tiempos oscuros (3)

   En 1920, con 18 años, llegó a los EEUU Kurt Fritz Schneider, nacido, como sus tres hermanas, en Alemania. Ninguno de ellos superaba el medio metro de estatura y alcanzarían fama en el mundillo del teatro de variedades de los suburbios norteamericanos como "The Doll Family", ya con sus nombres convenientemente normalizados: Grace, Tiny, Daisy y Harry Earles. Harry tenía fama de culto y gran seductor de damas a las que no les llegaba ni por la cintura. Pronto pasó a hacer papelitos en Hollywood y acabó convenciendo a la Metro Golden Mayer para comprar los derechos de "Spurs", un relato de Tod Robbins que se desarrollaba en un circo carnavalesco. El proyecto se lo entregaron a Tod Browning, que procedía de ese mismo mundo carnavalesco y que había rodado un Drácula en 1931 de cierto renombre. Earles y Browning tuvieron muy claro desde un principio que en su película no habría prótesis, ni efectos especiales, ni casi nada de lo que había en el relato original. Contrataron un pequeño ejército de personas con malformaciones de todo tipo y que hacían a Earles un gigante físico e intelectual. Junto a ellos, Olga Baclanova y Henry Víctor, ejemplificarían la cara bonita de los actores de Hollywood. Aunque Baclanova siempre dio fe del magnífico ambiente que se vivió durante el rodaje, el personal de los estudios no lo vio de la misma manera. Obligaron a Browning a trasladarlo a una nave y hasta construyeron una cafetería especial para los actores de la película.

   No hay manera de ver Freaks que no la haga una película explosiva. El modo en que Cleoplatra (Olga Baclanova) seduce al enano Phroso se muestra sin el menor asomo de recato. Ningún ciudadano medio tendría problemas en identificarse con los "pequeños" que luchan y acaban tomándose la justicia por su mano contra unos "grandes" que los han manipulado a su antojo para arruinarlos. Por si fuera poco, en medio de una Norteamérica en la que el discurso eugenésico circulaba sin disimulo entre las élites políticas e intelectuales, la película declaraba que la humanidad de los "anormales" se hallaba muy por encima de la humanidad de los "normales", que la malformación física no se contagia, pero la moral intoxica a todo el que entra en contacto con ella. Todo junto, ponía a prueba la sinceridad del discurso del Hollywood oficial acerca de su "tolerancia". La respuesta no se hizo esperar. El propio estudio censuró la película mucho antes de su primera exhibición. A Browning lo apartaron del proyecto tras su primer montaje. Los 94 minutos de la película quedaron salvajemente recortados en algo más de 60. Y lo cortado se quemó antes de que alguien pudiera guardar una copia que acabase saliendo a la luz. Lo más explosivo se perdió para siempre. Aun así, su estreno en 1932 causó un enorme revuelo. La crítica la destrozó por "grotesca", el público le volvió la espalda, se corrieron rumores de que las mujeres embarazadas que acudían a verla abortaban y caritativas almas piadosas acusaron a Browning de explotar a los discapacitados. Harry Earles se lo tomó con calma: “¿Qué importa? Mi película es un chef d’oeuvre, y, como los buenos vinos, todavía mejorará”. Tardó 30 años en acertar.

   Como venimos mostrando la relación del Hollywood de esta época con "lo otro", tenía caracteres extremadamente ambiguos. Por una parte, visibilizó a "lo otro" como no se había hecho antes y no se volvería a hacer. En la primera película del cine sonoro, quienes no se habían planteado nunca tener una conversación con un afroamericano quedaron fascinados oyéndoles hablar y cantar. Personas con malformaciones, minorías étnicas, sexuales y religiosas, ocuparon las pantallas con naturalidad. Sin embargo, todo esto se hizo sin abandonar los prejuicios y estereotipos característicos. Ningún ejemplo mejor que el de los orientales. Prácticamente, no hubo película en la que no se advirtiera del "peligro amarillo" que, curiosamente, no se centraba en los japoneses, sino en los futuros aliados chinos. Lo que para nosotros constituye el "Oriente próximo", no perdió su carácter fascinante a la vez que amenazador, mientras que el Pacífico, mucho más cercano a Hollywood, siempre revistió el aspecto de un paraíso de relajadas costumbres sexuales.  

   En este período Hollywood clamó contra los políticos débiles, carentes de una visión y corruptos. Pero, a la vez, ridiculizaba y criticaba sin ambages a quienes Europa encumbró como paradigmas de la lucha contra ese tipo de políticos: Mussolini y Hitler. Desde los estudios se buscaba otra cosa y los buenos dioses del partido demócrata escucharon sus plegarias. El año del estreno de Freaks, 1932, ganó las elecciones presidenciales Franklin D. Roosevelt. Pasó muy poco tiempo para que las producciones de Hollywood dieran la bienvenida al nuevo presidente y para que entendieran el New Deal como la solución a sus problemas. Con independencia de que la economía se reactivase o no, la política económica de Roosvelt puso en los bolsillos del norteamericano medio suficiente dinero como para que visitar el cine el fin de semana volviera a convertirse en un hábito familiar. La desesperada lucha por atraer espectadores había llegado a su fin y el carácter de las producciones sufrió un brusco giro a partir de 1934.

domingo, 23 de abril de 2023

Tiempos oscuros (2)

   A comienzos de la década de los años 30 del siglo pasado, Hollywood ya había descubierto que el sexo ayudaba a vender entradas. En 1932, Warner Bros marcó como línea para sus producciones que "dos de cada cinco historias debían ser picantes". Las películas se poblaron de material más o menos explícito cuya censura, suponían, dejaría pasar contenidos lo suficientemente atractivos como para encandilar al público. Hasta The Sign of the Cross, de 1932, una suerte de Quo Vadis?, incluía un “baile lésbico” y numerosas figurantes desnudas atacadas por todo tipo de bestias. Las productoras llegaron a organizar concursos internos para inventar títulos y eslóganes sugerentes desde el punto de vista sexual, sin mencionar que las carteleras y las fotos promocionales solían incluir poses de las protagonistas que a veces nada tenían que ver con las propias películas. 

El mayor repudio hacia toda esta tendencia vino por parte de la “sana” mente de los hombres porque, según declararon clérigos y censores, todos ellos varones, “a las mujeres les encanta la suciedad, nada las escandaliza”. Los motivos no parecen difíciles de encontrar y, desde luego, tienen muy poco que ver con la “suciedad”. Si se quiere entender lo que significa “mujer empoderada”, no hay más que ver lo que reflejan las películas de la época. “Película de sexo” significaba en la época “película de mujer fuerte” y el mensaje que lanzaban a las féminas quedaba explícito en The Prodigal (1931): "Estamos en el siglo XX. Sal al mundo y consigue la felicidad que puedas". En Female, de 1933, como resultaba habitual en la época, dirigida por tres hombres (Michael Curtiz, William Dieterle y William A. Wellman) y basada en la novela de otro hombre (Donald Henderson Clarke), Ruth Chatterton encarna a una joven promiscua que controla su propio destino financiero. El torrente de cintas de “mujeres caídas”, en las que se mostraba la realidad de muchas mujeres trabajadoras, no de la época, sino de hoy día, acosadas sexualmente por jefes babosos, corrió paralelo a las películas de “chicas malas”, mujeres que habían pasado a convertirse en dominadoras de hombres a los que no dudaban en utilizar a su antojo como amantes, maridos o simples compañeros de escapada y a los que solían sacar de apuros haciendo uso de sus propias habilidades. Frente a estas mujeres, los hombres parecen anclados en el pasado, atrapados por sus deseos o directamente inmaduros. Creen, erróneamente, que sus infidelidades quedarán sin castigo (The Divorcee, 1930) o, como el personaje de Clark Gable en It Happened One Night, que el mundo lo pueblan generosos conductores dispuestos a recoger al primer autoestopista que les muestre la dirección en la que van con su pulgar. Claudette Colbert, por contra, conoce bien la estructura del mundo real y, al primer intento, logra encontrar quien les lleve levantándose la falda para enseñar una pierna. En medio de esta denuncia de la trampa en la que siempre se han encontrado atrapadas las mujeres, el matrimonio solo podía aparecer como una institución arcaica, necesitada de profunda remodelación, apenas un reflejo del número creciente de matrimonios deshechos tras la crisis del 29 por el procedimiento del abandono.

   Muchas de estas "chicas malas" mostraban su fortaleza utilizando su sexualidad para sacar adelante a sus hijos y/o para triunfar socialmente. De un modo nada disimulado, el Hollywood de esta época proclamaba que la mujer no debía tener esperanza alguna de que se la considerara una persona capaz con independencia de su sexo y que su único camino para aspirar a más consistía en usar sabiamente el hecho de que los hombres la viesen como un objeto sexual. Si los magnates con manos ensangrentadas que poblaron estas producciones declaraban imposible alcanzar la riqueza económica sin caer en la miseria moral, el mensaje específico para la mujer de Red-Headed Woman (1932) o Baby Face (1933) consistía en declarar que seguir los cánones de la moral establecida nunca llevaría a la mujer más que a la esclavitud. La denuncia resultaba tan explícita y subversiva que muchas de estas cintas, tras mostrar a la mujer durante ochenta minutos disfrutando como locas gracias a romper con lo que se esperaba de ellas, acababan condenándolas a diez minutos de cárcel, penuria o redil social.

   No hubo muchos problemas para reservar una parte del minutaje a los homosexuales, si bien, la mayor parte de las veces, aparecían como blandengues, bufones o, de modo general, personas de poca valía. Las lesbianas corrieron mejor suerte, particularmente tras la llegada a Hollywood de Marlene Dietrich, cuya abierta bisexualidad causó enorme revuelo, que no rechazo. Entre otras cosas, porque, para entonces, el público ya se había curtido en los escándalos. En Laugh, Clown, Laugh, una película todavía muda de 1928, los espectadores presenciaron cómo el treintañero Nils Asther besaba el pie de Loretta Young, en sus quince primaveras, de un modo que nadie, por mucho empeño que pusiera, podría interpretar como "puro y casto". Pero todo eso quedaría en chismorreos de patio de colegio con la llegada de Freaks.

domingo, 16 de abril de 2023

Tiempos oscuros (1)

   Todo buen filósofo metido a historiador del cine contará que la llegada del sonido causó una transformación crucial en las producciones cinematrográficas, engolfándose a partir de ese momento en elucubraciones metafísicas que ya dependerán del pie del que cojee cada uno. Pocos, sin embargo, repararán en la fecha de la llegada del sonido al cine: 1927. La generalización del sonido se produjo justo en los años del crack bursátil que dejó a la mitad de la población de los EEUU sumida en la ruina y a la otra mitad al borde de ella. Los estudios de Hollywood se encontraron con la necesidad de implementar nuevas y costosas formas de producción en los tiempos en que su público potencial se alejaba de las salas por la incapacidad de afrontar el coste de una entrada. Había que tomar medidas drásticas y Hollywood, como siempre que se encontró en esta tesitura, las tomó. El cariz de las películas que vieron la luz en las postrimerías de los años 20 y comienzos de los 30 tenían un marcadísimo carácter social y trataban, desesperadamente, de sintonizar con la mentalidad del norteamericano medio de la época. Employees' Entrance, de 1933, por ejemplo, describía a un director de unos grandes almacenes que no duda en despedir a dos de sus empleados que llevaban largos años trabajando a sus órdenes, uno de los cuales se quita la vida. La protagonista, Loretta Young, tiene que ocultarle su matrimonio y capear sus propuestas de acostarse con él o seguir el mismo camino de sus compañeros varones. Su acoso sexual, agobiante a lo largo de los 75 minutos del film, acaban por conducirla a ella también a un intento de suicidio. Calificada por un periódico de la época como un “ataque al capitalismo despiadado”, Employees' Entrance apenas si constituye uno de los eslabones de una larga cadena de films de esta naturaleza que se había iniciado un año antes con Cabin in the Cotton o The Match King y a los que seguirían un largo etcétera. Pero la denuncia social no bastaba y su gancho para atraer el público a las salas nunca quedó demasiado claro. Mientras toda una serie de producciones presentaba a los empleados en particular y a las clases humildes en general, como aquellos sobre los que se ejercía la injusticia, muchas otras optaron por mostrarlos como actores de una justicia popular que desbordaba los cauces de la legalidad vigente.

   La amplia cobertura que los medios de información daban de las actividades gansteriles llegó muy pronto a las pantallas. Little Caesar (1931), The Public Enemy (1931) y, sobre todo, Scarface (1932), dieron el aldabonazo de salida. De las nueve películas sobre gánsteres de 1930, se pasó a las 28 de 1932. Desde el primer momento, el gánster se convirtió en el antihéroe de la sociedad americana, aquel que rompía con las normas y leyes que habían conducido al país a la catástrofe, que robaba a los bancos que arruinaron a los pequeños propietarios de la América profunda y que, como James Cagney en su papel de enemigo público número uno, lanzaba pestes contra los especuladores de Wall Street. La violencia, extrema para la época, que mostraban estas películas, constituía un pálido reflejo de la ira contenida de buena parte de la población, que salía de los cines con su dignidad restablecida tras vengarse simbólicamente de quienes los habían dejado sin nada, eso sí, gracias a consumir en masa películas de Hollywood, producidas por quienes los habían dejado sin nada. Por lo demás, las películas tampoco trataban de glorificar a los personajes retratados. Con frecuencia se los presentaba como productos, cuando no como síntomas, de un país enfermo. En la famosa escena del pomelo de The Public Enemy, James Cagney arrojaba un pomelo a la cara de su novia en medio de un arrebato de ira y aún mostraría mayor violencia para con las mujeres en Picture Snatcher, otro film sobre gánsteres de 1933. Todo esto quedó poco menos que en chismes de colegio con la llegada de Scarface, película dirigida por Howard Hawks y producida por Howard Hughes en 1932. Descaradamente inspirada en la vida de Al Capone, la película rompía todos los límites establecidos en cuanto a la violencia y la sexualidad. Tony Camonte (Paul Muni), disfruta, literalmente, como un niño, haciendo uso de las armas de fuego, además de mostrar una inclinación explícitamente incestuosa por su hermana Cesca (Ann Dvorak). Francesca (“Cesca”) Camonte, representaba el promedio de las mujeres que poblaron las pantallas de esta época. Independiente, deseosa de librarse de los lazos familiares y dispuesta a luchar por sus pasiones, acaba abasteciendo de munición a su hermano cuando este empuña una ametralladora en las escenas finales de la película. 

   Los mensajes que decodificaba el público en estas películas y que constituían el motivo por el que acudía en masa a verlas resultaba nítido: sólo quebrantando las leyes los humildes pueden llegar al éxito y en el poder político sólo podía verse un apéndice del poder mafioso. No debe extrañar que, pese a su éxito, en 1931 Jack Warner declarase que sus estudios dejarían de hacer películas sobre gánsteres.

domingo, 9 de abril de 2023

La necesidad de legislar (y 3)

   Una vez, cuando yo era joven y vivía en Alemania, fui a una oficina del Citibank para abrir una cuenta. Me atendió con ciertas reticencias una atractiva empleada algo mayor que yo. Le expliqué que tenía una beca posdoctoral del Ministerio de Educación español y que iba a recibir su pago en cheques. Necesitaba una cuenta en la que poder ingresar los cheques y manejar ese dinero. Me escuchó con poco interés. Me aseguró que lo tenía que consultar y regresó diciéndome que volviese cuando tuviese el primer cheque y que ya veríamos. Había elegido el Citibank porque tenía oficinas en España y confiaba en poder manejar mi dinero tanto desde Alemania como desde España, pero me largué de aquella oficina convencido de que si hubiese sido alemán en lugar de extranjero, me habrían abierto la cuenta sin problemas. Me fui al Deutsche Bank y allí no me pusieron ninguna pega. Me abrieron una cuenta sin saldo hasta que ingresé mi primer cheque. Ingresar mis cheques, recoger mi dinero en el momento en que quería se convirtió en una rutina, me atendieron siempre con una sonrisa y siempre dispuestos a ayudarme. De todos los bancos con los que he tenido que trabajar a lo largo de mi vida, sigue siendo el único con el que no me he tenido que pelear. 

   El Deutsche Bank tenía fama de cuidar a todos sus clientes, grandes, pequeños y medianos. Hasta hizo amago de defender a sus clientes judíos en los tiempos del nazismo. Después, viendo las oportunidades que se le abrían, acabó financiando la construcción de Auschwitz. Pero, al fin y al cabo, ¿qué gran banco no ha financiado una gran carnicería? Fundado en 1870, el banco ha estado en el centro de la economía alemana durante gran parte de su historia. Sus problemas no vinieron por no tener el tamaño suficiente ni por insatisfacción de sus clientes. Más bien al contrario, vinieron por tener demasiado tamaño, por cuidarlos demasiado y, sobre todo, por tener demasiada ambición. Por la época en que yo abrí una cuenta en él, los bancos alemanes, con el Deutsche Bank a la cabeza, se habían zambullido en aquel inmenso océano de dinero que era el mercado de las hipotecas subprime norteamericanas y pese a haber apostado las ganancias en el mercado de bonos, continuaba siendo uno de los bancos con menor rentabilidad, algo, que, curiosamente, nunca fue su fuerte. Cuando los ciudadanos españoles nos endeudamos para que los dueños de nuestros bancos no perdieran sus riquezas, lo que se llamó el rescate de nuestro sistema bancario, quienes de verdad estaban al borde de la catástrofe eran los bancos alemanes, empezando por el Deutsche Bank. Mientras el mercado de bonos se hundía y el mercado de hipotecas subprime se convertía en un pozo sin fondos de deudas, Angela Merkel ganaba tiempo para sus bancos, haciéndose la dura con los desmanes de la banca española. Disimuladamente, la gran banca germánica fue achicando aguas, reduciendo tamaño y exposición, cerrando oficinas, abandonando mercados y, por supuesto, despidiendo empleados por millares. Ninguno puso más empeño en semejante tarea que el Deutsche Bank. Nada de eso evitó que en 2015 fuese multado con 2.500 millones de dólares por las autoridades reguladoras de Estados Unidos y el Reino Unido por su papel en la manipulación de la tasa de interés del mercado interbancario. En 2017, la multa fue de 630 millones de dólares por blanquear dinero ruso. Ese mismo año recibió varias denuncias por la venta de valores tóxicos relacionados con hipotecas subprime en los Estados Unidos y acabó acordando una multa de 7.200 millones de dólares para resolver las demandas. En 2019, el Deutsche Bank fue multado con 16 millones de dólares por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos por violar las sanciones contra Irán y Siria. En 2019, el banco registró pérdidas de 5.700 millones de euros, y el precio de sus acciones cayó más de un 90% desde su máximo en 2007. Solo entonces los inversores y clientes comenzaron a abandonarlo. El final de Crédit Suisse marcó el inicio de los problemas existenciales del Deutsche Bank.

   A las criptomonedas se las ha acusado largamente de servir para el blanqueo de dinero, es decir, de quitarles clientes a bancos como el Crédit Suisse y el Deutsche Bank, contribuyendo a hundir sus cuentas. A FTX se la acusó de carecer de controles internos creíbles, la práctica cotidiana en dos de los más grandes bancos europeos de todos los tiempos. La caída de FTX, todos lo sabemos, se llevó el dinero de sus clientes. Con Crédit Suisse y, eventualmente, con el Deutsche Bank no ocurrirá lo mismo, pero no gracias a regulación alguna, sino porque las autoridades bancarias les ofrecieron las garantías que le negaron a FTX y a la vista de cómo se saltaron las leyes establecidas para ellos cabe preguntar por qué. ¿Tan diferente ha sido el caso de FTX respecto de lo que parece la norma en los grandes del mundo financiero? ¿Por qué entonces esa manía de regular las criptomonedas? ¿Porque encierran grandes peligros para los inversores o porque encierran gigantescas ganancias para quienes financian nuestros partidos políticos? ¿Porque favorecen la criminalidad o porque no contribuyen a los desmanes de los Estados? ¿Porque amenazan la estabilidad financiera mundial o porque copan el mercado del futuro como la gran banca copa el mercado presente?

domingo, 2 de abril de 2023

La necesidad de legislar (2)

   Crédit Suisse nació en 1856, aunque se dedicó a tratar con clientes exclusivos hasta 1905, fecha en la que abrió su primera oficina al común de los mortales. En 2015 ganaba 1.900 millones de francos suizos al año y Moody's, Standard & Poor's, Fitch Ratings y el resto de calificadoras se daban de bofetadas por ver quién le ponía mejor calificación a largo plazo. Para entonces operaba en todo el mundo, dando empleo a más de 45.000 personas. Crédit Suisse no era el banco más grande de Suiza, era el banco de Suiza por excelencia. Todo cuanto se nos viene a la cabeza cuando pensamos en los bancos suizos procede precisamente del quehacer de Crédit Suisse. Acostumbrado a los maletines con dinero, las cajas de seguridad de los dictadores africanos y los negocios inconfesables en los paraísos fiscales, Crédit Suisse se atrevió a borrar de un plumazo y echar a la calle a los empleados de First Boston y, mientras tanto, a ayudar a todo tipo de sujetos y empresas a burlar las sanciones internacionales de EEUU debajo mismo de las barbas de las autoridades reguladoras de aquel país. Por si fuera poco, su rama de inversión se pilló los dedos en todas las hecatombes financieras nacidas en 2007, hasta el punto de que la unión de bancos suizos conocida como UBS acabó por sobrepasarlo como el primer banco del país. Después de eso, los años de vida de Crédit Suisse se pueden contar por sus multas, escándalos y sanciones. Las autoridades alemanas registraron sus sedes por ayudar a sus clientes y empleados a ocultar dinero a Hacienda, las de Singapur multaron a la filial en dicho país dos veces por desviar dinero de sus clientes a paraísos fiscales, en Brasil aparecía implicada en un caso de sobornos, en Bélgica ayudó a sus clientes a evadir impuestos, en Angola participó en el fraude masivo del Banco Espirito Santo portugués, la SEC acusó a la empresa de gestión fraudulenta, de crear sociedades ficticias (2012), de engañar a los inversores (2014) y de blanquear capitales (2016). Por fin, en 2020, fue la fiscalía suiza la que acusó al banco de blanquear dinero de una mafia búlgara. Las prácticas financieras arriesgadas, por no decir temerarias, tampoco faltan entre sus expedientes. 5.000 millones de dólares se esfumaron con las inversiones en derivados de Archegos, pero con las de Greensill Capital, en teoría “aseguradas”, se fueron 10.000 millones, demandas aparte. El dinero comenzó a escasear y tuvieron que recurrir a una ampliación de capital cubierta con dinero del Saudi National Bank. El banco inició 2021 ganando más que sus rivales directos y pareció haber emergido de la pandemia con buena salud. En octubre de 2022, un espasmo en los seguros sobre impagos de la entidad la colocó al borde del precipicio. Aunque la situación se salvó, el goteo de clientes que se marchaban tenía ya los visos de una catarata. Este año, en medio del colapso del Silicon Valley Bank y del Signature Bank de EEUU, la SEC “sugirió” que se retrasara la publicación de sus cuentas anuales para resolver ciertos desajustes contables en torno al monto de la deuda acumulada. El 15 de marzo las autoridades del Saudi National Bank se negaban a inyectarle liquidez porque habían adquirido ya todo lo que podían adquirir según las leyes suizas. El fin de semana del 18 y el 19 de marzo fue un hervidero de gestiones por parte de las autoridades financieras suizas y las cúpulas de los diferentes bancos del país. El domingo por la noche se anunciaba oficialmente la absorción Crédit Suisse por UBS. 160 años de historia de la banca en suiza desaparecían del mercado. Hay quien dice que con Crédit Suisse se ha ido una forma de hacer banca, que los nuevos tiempos exigen nuevos medios y que la época de la opacidad bancaria suiza quedó atrás en un mundo saturado de información que vuela por las redes y donde la transparencia supone un plus para la imagen de una entidad. Hay quien dice que la desaparición de Crédit Suisse demuestra la eficacia de la legislación, que se trata de una de las ovejas negras que surgen en todos los rebaños blanquísimos como la nieve, que el sistema ha garantizado la solvencia de la entidad hasta el último momento y la seguridad de los ahorros de los más humildes. Que todo lo ocurrido demuestra que no nos encontramos en 2007, que la banca tiene ahora una solidez que entonces no tenía, que no existen riesgos estructurales y que todo ha cambiado hasta el punto de que nos encontramos en un mundo nuevo y mejor. También hay quien cree que la tierra es plana, ninguna venda hay más opaca que la fe. 

domingo, 26 de marzo de 2023

La necesidad de legislar (1).

   Sam Bankman-Fried y Gary Wang se conocieron en un campus para jóvenes talentos matemáticos y juntos pasaron por el relumbrante MIT. Ambos se foguearon ganando dinero con bitcoin y en abril de 2019 fundaron FTX una plataforma para el intercambio de criptomonedas. Como todas estas plataformas, tenía su propio token, FTT, además de ofrecer a sus clientes otras posibilidades, que acabaron incluyendo la compraventa de acciones. FTX creció tan rápido como el valor de las criptomonedas que negociaba. Con los antecedentes de sus fundadores, pronto se aupó a la tercera posición de un sector en el que Binance actúa como claro líder. Su espectacular crecimiento no pasó desapercibido a bancos y todo tipo de inversores, que hacían cola para arrojar cheques en blanco a los pies de Bankman-Fried y Wang. Sus cuentas corrientes engrosaron al ritmo del crecimiento de FTX, alcanzando pronto los codiciados nueve ceros que te convierten en miembro de pleno derecho de cierta élite de los EEUU. Quizás embelesado por la hýbris, el director de la compañía se atrevió a afirmar en un tweet en agosto de 2022 que los depósitos de FTX estaban asegurados por el fondo de compensación norteamericano (FDIC), lo cual significaba que, en caso de bancarrota, los inversores podrían recuperar, al menos, una parte de sus ingresos. El FDIC no se tomó a guasa el asunto, acusó a la empresa de hacer afirmaciones falsas que inducían a la confusión a sus clientes y aun cuando el tweet fue borrado, emitió un comunicado confirmando que ningún depósito en FTX estaba asegurado. A partir de ese momento, la estrella de FTX comenzó a declinar. En noviembre de ese año, la revista especializada CoinDesk publicó un artículo informando que una empresa de Bankman-Fried, Alameda Research, había comprado una parte sustancial de los tokens de FTX, aparentemente, para mantener el precio. Además, aunque sobre el papel Alameda Research pertenecía a Bankman-Fried y no formaba parte de FTX, el artículo insinuaba que no existía semejante compartimentación entre ambas empresas. En la práctica, por tanto, se trataba de una autocartera, como esa a la que en 2021, las compañías del índice S&P 500 destinaron más de 880.000 millones de dólares. Sin embargo, en este caso, cuatro días después de la aparición del artículo, Binance anunciaba a bombo y platillo que se desharía de todos los tokens de FTX “debido a revelaciones recientes”. Una cascada de clientes de FTX comenzaron a vender sus tokens a pérdidas y a retirar sus fondos. FTX, cuyas herramientas informáticas nunca estuvieron a la altura de los millones que manejaba cada día, comenzó a tener problemas técnicos para dar cuenta de las demandas, lo cual convirtió el miedo en pánico absoluto. Al cabo de unos días, simplemente, carecía de liquidez para dar cuenta de todas las solicitudes de retiro de capital que tenía que afrontar. Ya sólo faltaba la estocada mortal. Binance hizo pública su intención de acudir al rescate de FTX, para, 24 horas después, anunciar que la auditoria interna que había realizado de la empresa (exprés por lo visto), desaconsejaba la intervención. FTX había dejado de existir. El 10 de noviembre, diferentes filiales de la empresa recibieron órdenes de suspender sus actividades en los países en los que operaban y el 11 de noviembre se presentó ante un tribunal de EEUU el expediente de bancarrota de la compañía. 

   Sobre el otrora niño prodigio Bankman-Fried, ya en la ruina, cayeron todo tipo de acusaciones, desde incompetencia en la gestión hasta la simple irresponsabilidad. La caída de FTX sumergió a las siempre turbulentas criptomonedas en una tormenta perfecta. La subida de tipos de interés había reducido su atractivo para los inversores, además de que el incremento de los precios energéticos había vuelto prohibitivo el minado de criptomonedas. Bitcoin arrastraba un pésimo 2022. En mayo bajó desde los 40.000$ a menos de 29.000. Luna, el token de Terra ligado al Bitcoin y que garantizaba una serie de criptomonedas estables, las cuales se vendían como “el futuro de las criptomonedas”, perdió todo su valor. La debacle de FTX llevó a bitcoin a los 15.000$. Muchos clamaron que había llegado el fin del “timo Ponzi” de las criptomonedas. Las autoridades de todos los países, con rostros de paternal responsabilidad, exigieron regular un sector en la zona gris, proclive a que los clientes pierdan su dinero, al robo, a las estafas y a facilitar el movimiento de capitales procedentes del crimen, del terrorismo, de la pedofilia, de la gente con mal aliento y de los que utilizan autobuses pero no desodorantes. Si las criptomonedas estuviesen reguladas, si los Estados pudieran intervenir a su antojo en él, si los bancos centrales y las instituciones que velan por el buen funcionamiento del libre mercado pudieran escudriñar todos los movimientos de las empresas que lo pueblan, los ciudadanos de a pie, por quien pierden el sueño quienes ostentan cualquier clase de poder en este mundo, podrían invertir con seguridad y tranquilidad en algo, por otra parte, prometedor y con amplio futuro. Es necesaria, pues, una reglamentación, una regulación estricta, porque, con una regulación estricta, el libre mercado se convierte en algo transparente que garantiza que todo el mundo pueda ganar dinero a poco que trabaje duro y sea medianamente avispado.

domingo, 19 de marzo de 2023

¿Quién teme al compromiso?

   Entre los especialistas en gestión de empresas, suele aceptarse sin mayor cuestionamiento que el compromiso constituye uno de los elementos centrales para el éxito en cualquier sector, ya se sabe, “en un mundo cada vez más competitivo y complejo”, coletilla que debe acompañar cualquier aserción destinada a que la digieran los colectivos humanos de este siglo XXI. Una cultura empresarial saludable se asienta, como pilar central, en el compromiso de los trabajadores, de los clientes, de los accionistas y, por supuesto, de sus líderes. Por "compromiso" se entiende la dedicación y pasión que un empleado, cliente o accionista siente por una organización, se trata de una conexión emocional que va más allá de las obligaciones contractuales y de las recompensas económicas. El compromiso se manifiesta en comportamientos y actitudes positivas tales como la motivación, el trabajo en equipo, la innovación, la confianza, la fidelidad y la capacidad para afrontar situaciones de riesgo sin que las estructuras de la empresa se resquebrajen. En buena medida, el fomento del compromiso se halla en manos de los líderes. Los altos cargos directivos deben actuar como modelos a seguir y deben demostrarlo con sus acciones y sus decisiones, transmitiendo claramente la visión y valores que pretenden encarnar y creando ambientes de trabajo que fomenten la colaboración, la creatividad y la innovación. Además, deben saber involucrar a los empleados en la toma de decisiones y darles autonomía para que puedan contribuir al éxito de la empresa o para recibir su cuota parte de responsabilidad en los fracasos. Va de suyo que el compromiso de los empleados resulta clave para aumentar la productividad. Un empleado comprometido, por definición, se caracteriza por una mayor motivación, trabaja más duro, se preocupa por los clientes, se esfuerza por mejorar continuamente, se ausenta menos, acepta el recorte o congelación de sus retribuciones y se muestra dispuesto a permanecer en la organización por mucho que estas se prolonguen en el tiempo. Hemos de recordar que numerosos teóricos de la gestión de empresas definen la motivación como un proceso autoenergético, como una especie de perpetuum mobile, que permite mantener al trabajador activado sin necesidad de mayores incentivos. Naturalmente, el compromiso de los clientes constituye un factor vital para el crecimiento de la empresa, entre otras cosas, porque un cliente comprometido tiene propensión a recomendarla a otros e ignora las promesas que los competidores puedan hacerle. Por último, aunque no menos importante, el compromiso de los accionistas resulta vital para las estrategias a largo plazo, además de dotar a la organización de estabilidad.

   En definitiva, las empresas deben esforzarse por lograr el compromiso de sus empleados, clientes y accionistas, aunque, por supuesto, los manuales sobre gestión de empresa y la montaña de artículos académicos sobre el compromiso, no aclaran que, en realidad, no se trata de crear compromiso, se trata de realinearlo. El trabajador, que se siente comprometido con sus compañeros en la medida en que todos ellos se hallan sometidos a las mismas condiciones laborales, debe sustituir ese compromiso por un compromiso hacia la organización. Y lo mismo cabe decir del compromiso hacia su familia y amigos, que debe quedar supeditado al compromiso hacia la empresa. La energía ni se produce ni se destruye, se transforma, por lo que no existen los móviles perpetuos, simplemente, la energía que los alimenta se extrae de otra parte, de toda la energía que el empleado debe negarle a su familia, a sus amigos y a sus compañeros de trabajo. A diferencia de lo que ocurre con el término “compromiso” en el lenguaje corriente, el “compromiso organizacional”, no recae sobre una persona o un grupo de personas concretas, recae sobre una organización, sobre una empresa, sobre un sistema del que todos forman partes sin identificarse con nadie. Queda claro entonces que la empresa ni debe buscar el compromiso de todos sus empleados ni puede esperar el compromiso de todos ellos porque este va a depender de la capacidad del trabajador para reorientar esas energías que lo atan a compromisos personales. De trabajadores jóvenes, con necesidades que van a ir evolucionando a lo largo del tiempo, con altos niveles de formación, innovadores y con talento desbordante, poco compromiso, al menos, continuativo, se puede esperar porque adoran los retos que el cambio supone y buscarán, en cuanto tengan oportunidad, nuevas áreas en las que desarrollarse profesionalmente. Tampoco los que deseen pasar mucho tiempo con su familia, quienes disfrutan más compartiendo cosas con sus amigos que con sus colegas de trabajo o quienes encuentren satisfacciones mayores que las laborales en otras facetas de su vida. Solo de quienes identifiquen su vida con su vida laboral puede esperarse altos niveles de compromiso organizacional. Por eso, si las empresas quieren empleados comprometidos, tienen que convertirse en su familia, en su círculo de amigos y en el centro mismo del que emanan todos los aspectos de su vida. La empresa debe funcionar como un entorno cerrado, en la que todos los vínculos afectivos queden contenidos en ella y en la que el líder actúe no solo como modelo, sino como guía espiritual, paternal y protector. En la empresa todos tienen que tener un valor por la relación que guardan con el líder, más allá de los resultados y de los rendimientos concretos, porque el bien del padre y de los hijos no pueden separarse. No debemos tener el menor género de dudas de que en un entorno semejante los individuos alcanzarán la felicidad en su entrega a la organización y en el cumplimiento de un bien común, aún más, encontrarán modos de autojustificarse sus incumplimientos como padres/madres, cónyuges o amigos, en la medida en que las carencias que han presentado en esos ámbitos han obedecido al cumplimiento de un “bien superior”. 

   Y ahora ya podemos entender por qué tantas empresas han mostrado interés por aprender las técnicas de los gurús creadores de sectas.