domingo, 6 de octubre de 2013

¿Es inhóspita la filosofía para las mujeres? (y 4)

   Me parece que haré bien en resumir hasta dónde hemos llegado. Lo primero que debemos tener claro es que cuando se habla de sexismo es muy difícil que algo esté claro. Una cosa es lo que uno dice y por qué, otra lo que una mujer puede llegar a entender y por qué y otra, totalmente distinta, es que si no se lanzan vítores entusiastas a los tópicos feministas, se tiene que estar incurriendo en algún género de machismo. Lo segundo es que en la historia de la filosofía no hay más ni menos sexismo que en la historia de la humanidad en general, lo cual no dice nada bueno a favor de la filosofía, pero tampoco nada tan malo como se suele insinuar. Lo tercero es que los problemas de sexismo en la filosofía norteamericana tienen más que ver con las características del mundo académico norteamericano que con la filosofía en general. Nos queda, pues, averiguar si la situación de la mujer en el mundo académico de la filosofía norteamericana es peor que en otros ámbitos. En caso de que no sea peor habría que explicar por qué tampoco es sensiblemente mejor y, finalmente, por qué, pese a todo, llama tanto la atención el caso de la filosofía. Comencemos, pues.
   Realmente, dudo mucho que, sea cual sea la situación de la mujer en el mundo filosófico norteamericano, sea peor que su situación en el mundo de la economía, por poner un ejemplo. También la historia del pensamiento económico es obra de hombres, los premios Nobel de economía son hombres y mejor no meternos con cuántas ejecutivas, miembros de consejos de dirección o brokers existen en cualquier parte del mundo. Y aquí nos encontramos con algo que no me cansaré de repetir, que el mundo no está hecho a imagen y semejanza de los hombres, sino que hombres y mujeres, tienen que entrar cómo sea en la imagen de los triunfadores que nos ofrece nuestra sociedad. ¿Por qué digo esto? Porque estoy deseoso de ver algún estudio sobre las estrategias que ponen en práctica las mujeres ejecutivas, directoras generales o empresarias del mundo, a ver si de verdad son más democráticas, más humanas y más dialogantes que las puestas en práctica por hombres.
   En cualquier caso, los diferentes testimonios aportados por The New York Times tampoco concluían que las cosas en filosofía fuesen muchos peores que en otros ámbitos, sino, simplemente, que no eran mejores. De hecho había una comparación muy desfavorable para la filosofía con el mundo de las matemáticas. ¿Por qué? La respuesta puede encontrarse en un libro que debería ser de obligada lectura para cualquiera que quiera dedicarse a esto, el  Companion to African Philosophy, de cuya edición se encargó Kwasi Wiredu en 2004. Allí, M. P. More explicaba detenidamente el papel que jugó la filosofía en la constitución del régimen del apartheid sudafricano. La conclusión que se puede extraer de esas páginas es muy simple, únicamente los filósofos de tendencias marxistas o materialistas, ejercieron una franca oposición al régimen racista sudafricano. Oposición que, en algún caso, pagaron con su vida. Los idealistas, particularmente los fichteanos, los fenomenólogos, los hermeneutas y, cómo no, los heideggerianos, colaboraron activamente en sentar los pilares ideológicos del apartheid. La propia filosofía de John Rawls fue adaptada sin muchas dificultades para sustentar la necesidad de segregar a blancos y negros. Todo aquel que quiso medrar sin mancharse demasiado las manos, los que preferían mirar para otro lado mientras sacaban tajada, se apuntaron a la filosofía del lenguaje. Cuando la policía racista asesinaba niños en Soweto, ellos se dedicaban a analizar los diferentes usos del término apartheid para ver qué significaba. Obviamente, a más de uno acabó revolviéndose el estómago y tomando postura contra lo que ocurría. Pero incluso ellos no tenían más remedio que hacerlo a nivel personal, con las mismas armas conceptuales para enfrentarlo que el tendero de la esquina, porque un buen filósofo del lenguaje no puede adoptar un papel distinto de un etnolingüista, analizar lo que ve sin juzgarlo.
   He aquí que ahora tenemos un país, los EEUU, cuyo panorama filosófico está dominado por la filosofía del lenguaje y, casualmente, volvemos a encontrarnos con gente que se limita a analizar el uso del término "sexismo" para ver su significado y, si viene al caso, sacar algo de tajada. No quiero decir que un filósofo del lenguaje tenga que ser un acosador sexual, pero sí, una vez más, que está tan desarmado conceptualmente para luchar contra el sexismo como lo estuvieron los filósofos del lenguaje sudafricanos para luchar contra el apartheid. Si de verdad se quiere hacer frente a lo que existe y no meramente constatarlo, hace falta algo más que el análisis lingüístico y esto ya no es una cuestión de cuál sea el lenguaje o de cuál sea la minoría oprimida.
   Obviamente los filósofos del lenguaje no tienen la culpa de todo, ya lo hemos dicho. El mundo académico de la filosofía está plagado de miserables de toda laya (y no únicamente el mundo de la filosofía del lenguaje). Es algo que, para los ajenos a este mundillo, sorprende, por esa imagen del filósofo tan elevada, tan espiritual, que casi equipara filosofía con santidad. Pero, como siempre que se habla de elevación, de espiritualidad, de santidad, la casa se nos llena de sinvergüenzas. No es culpa de la elevación, de la espiritualidad, de la filosofía, es culpa de los estómagos agradecidos de turno, que ya no saben poner freno a lo que viene después. Por ello, la verdad es que, más que “filosofía”, el nombre que le cuadra a esta disciplina es “escatología”, pues en ella se mezclan de un modo muy particular, las preguntas trascendentales con la mierda. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

¿Es inhóspita la filosofía para las mujeres? (3)

   En el caso de las mujeres, podemos observar con facilidad algo que ya hemos advertido desde aquí, a saber, que existen mentiras, grandes mentiras y estadísticas. Tomemos las estadísticas de la presencia de la mujer en las universidades europeas. Los datos más recientes al respecto son muy claros. Uno de los países con menor presencia femenina entre la población universitaria es Alemania, país en el que prácticamente cada estudiante forma parte de la tercera o cuarta generación de mujeres estudiantes de su familia y en el que la penetración de las ideas y los movimientos feministas entre las mujeres es bien amplio. Por contra, España está apenas unas décimas por debajo de la media europea. No deja de ser un gran logro. La tardía incorporación de la mujer al mundo universitario hace que, en nuestro país, el número de jóvenes con una abuela que ya estuvo en la universidad sea ínfimo. Buena parte de las estudiantes que este año han comenzado su andadura universitaria siguen siendo la primera mujer de su familia que ha alcanzado este nivel de estudios. A ello hay que añadir que el feminismo “de combate”, digamos, no el subvencionado, tiene una capacidad de convocatoria que en el mejor de los casos no sobrepasa lo testimonial. Estar a sólo unas décimas de la media europea da cuenta del carácter de nuestras mujeres.
   Por supuesto, una cosa son las estudiantes y otro las profesoras. En Suiza, a principios de este siglo las mujeres que ocupaban un cargo docente en la universidad apenas sobrepasaban el 9% del total de profesores. Se puso en marcha una batería de leyes dirigidas a lograr una discriminación positiva de las mujeres en el mundo académico, que ha conseguido aumentar su presencia hasta algo más del 20%. ¿Por qué no se ha alcanzado el 25% deseado? Buena parte de las mujeres entrevistadas al respecto (casi un 45%) responden que es muy difícil conciliar la vida familiar y la investigación y/o docencia universitaria. En tal declaración hay un hecho constatado, la carrera investigadora de las mujeres sufre bruscos parones como consecuencia de la maternidad. También se puede ver en ella un patrón machista anclado en la cabeza de las mujeres, ¿por qué deben ocuparse ellas de la familia? No obstante, algo de cierto debe haber, cuando el 34% de los profesores universitarios suizos declaran igualmente que les resulta difícil compatibilizar sus obligaciones con la vida familiar.
   ¿Cuántas mujeres ocupan un cargo de profesoras en nuestras universidades en las que jamás ha existido un plan de discriminación positiva? Según los datos de 2011, el 34% del total de profesores. ¿Cómo puede ser que un país como España tenga más estudiantes y más profesoras que Alemania o Suiza? La razón es muy simple, todas las estadísticas citadas muestran media verdad. La otra media se refiere a la situación de la mujer en la vida laboral no académica. Si hay menos universitarias en Alemania es porque allí la mujer tiene un fácil acceso a un puesto de trabajo con sólo mostrar su valía. En España el mercado laboral es una selva para la mujer, tanto más feroz cuanta menor sea su cualificación. Las que sólo tienen que oír las bravuconadas sexuales de su jefe y los comentarios machistas de sus compañeros pueden considerarse afortunadas. La inmensa mayoría, además, gana un salario inferior a un hombre que haga el mismo trabajo. Muchas, por si fuera poco,  suelen recibir la propuesta habitual si quieren ver renovado su contrato. Ser universitaria aumenta las probabilidades de entrar en el primer grupo. Ellas lo saben, y ahí están, incrementado su presencia en la universidad año tras año. Les cabe, todavía, aspirar a más. El Estado es en España prácticamente el único patrón que trata a todos sus empleados igual, sin considerar su sexo. No es de extrañar, pues, que las mujeres sean también la mayor parte de la masa funcionarial española y que no van a tardar mucho en alcanzar la mitad de las plazas del profesorado universitario.
   ¿Significa lo anterior que la mujer carece de amenazas en el mundo académico español? Desgraciadamente, mientras haya miserables ocupando una minúscula porción de poder, ningún grupo de población tradicionalmente desfavorecido estará a salvo. Sin embargo, no creo que la situación en el mundo académico español en particular y europeo en general sea comparable a la que existe en EEUU, país en el que el ala protectora del Estado no alcanza al mundo de la enseñanza y en el que la mayoría de las universidades vive en una situación en todo punto comparable a la de ese libre mercado en el que nadie consigue ser libre. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

¿Es inhóspita la filosofía para las mujeres? (2)

   La filosofía fue escrita por hombres, en consecuencia, las mujeres no pueden encontrar en ella más que los esquemas machistas habituales. Si las mujeres quieren hacer filosofía tienen que evitar la corriente fundamental del pensamiento filosófico y dedicarse a hacer historia de la filosofía de género o a construir filosofía de género. Es éste un razonamiento típico del feminismo radical que, como suele ser habitual con las ideas del feminismo radical, fue entusiásticamente acogido por el machismo más recalcitrante. En efecto, el corolario lógico de este razonamiento es que si las mujeres no pueden reconocerse en la línea central del pensamiento filosófico, no hay lugar para ellas en la filosofía, al menos no en los modos habituales de entender la filosofía, luego hay que echarlas de allí. Todo esto es tan disparatado que no merecería la pena mencionarlo de no ser porque, como muchos otros disparates, se ha hecho muy popular y personas versadas e inteligentes, lo sueltan sin darse cuenta de la barbaridad que están diciendo.
Efectivamente, la filosofía ha sido escrita por hombres, pero, ¿por qué quedarse ahí? Esos hombres tenían un rasgo adicional que era ser europeos y blancos, por tanto, tampoco hay lugar en la filosofía para negros y orientales en general. La conclusión lógica entonces es que negros y orientales deben dedicarse a recuperar a los cientos de filósofos de sus razas que, sin duda, ha habido, pero que fueron apartados de los manuales al uso por prejuicios raciales. Llegados aquí no hay motivos para pararse. Si se quiere hacer una generalización mucho más exacta, habrá que decir que quienes se dedicaron a la filosofía (hombres o mujeres), pertenecieron, al menos desde Platón, a dos grupos muy claros aunque, a veces, mezclados, a saber, eran de clase media o alta y un número significativo de ellos fueron judíos. Por tanto, cualquier gentil, hijo de obreros, debería dedicarse a recuperar a los cientos de filósofos ignorados por razones de clase. Es más, esta perspectiva conduce a la novedosa exigencia de elaborar un pensamiento obrero no judío o un pensamiento feminista de clase obrera. Todavía podemos afinar un poco más. Si exceptuamos a Sócrates, Platón y algunas elaboraciones en el París del siglo XVII, la filosofía ha florecido de un modo particularmente frondoso en mansiones aisladas, pequeñas urbes o, todo lo más, capitales de provincia, desde Anjou a Königsberg. Ergo la filosofía es provinciana. Cualquiera que no sea hombre, blanco, de clase media o alta, judío, ni proceda de provincias, en filosofía sólo puede estar perdiendo el tiempo o asimilando esquemas que no le son propios. Con ello ya hemos conseguido excluir de la corriente central de la filosofía a la práctica totalidad de estudiantes, licenciados y profesores de filosofía que existen. ¡Y todavía podemos seguir! También en música clásica los compositores son hombres, también en la moda la mayor parte de los modistos son hombres, también la inmensa mayoría de los cocineros reputados son hombres, luego a las mujeres no debe interesarles ni la música clásica, ni la moda, ni comer bien.
  ¡Por supuesto que la filosofía ha sido elaborada por hombres blancos de buena posición social! ¿Quién, hasta finales del siglo XIX podía tener los estudios, el tiempo libre suficiente, la posibilidad, por tanto, de filosofar? Ya lo dijo Aristóteles, para elaborar teorías de cualquier género había que tener las necesidades básicas cubiertas y pocas preocupaciones mundanas. Tampoco hubo escultoras, pintoras, ni novelistas hasta esa época. ¿Qué significado tiene eso a la hora de juzgar los escritos de estos hombres? No debería tener ninguno. Los clásicos son clásicos porque, aunque exista una enorme lejanía respecto de ellos, siguen diciéndonos cosas, cosas que a todos nos interesan y nos preocupan. Curiosamente, cuando se habla de lejanía, suele entenderse lejanía temporal. No parece haber ningún inconveniente en que el mito de la caverna platónico, descrito hace veintiséis siglos, siga diciéndonos cosas hoy día. Se pretende, sin embargo, que el hecho de que un filósofo contemporáneo sea hombre levanta un muro insoslayable para que una mujer pueda encontrar algo interesante en él. 
¿Han existido filósofas relegadas al olvido? Naturalmente.  Y no sólo filósofas. El motivo por el cual a determinados filósofos se les presta enorme atención mientras otros caen en el olvido siempre resulta oscuro. Muchas veces se trata, simplemente, de un tipo de discriminación. El filósofo que elaboró la gran síntesis medieval, el filósofo que marcó el pensamiento medieval y no sólo en filosofía, fue Avicena. Sin embargo, encuentren una historia de la filosofía que le dedique algo más de unas paginitas. A Santo Tomás, el mayor plagiario de la historia, se le dedican largos capítulos. ¿Por qué? Obviamente porque Avicena era musulmán y una historia de la filosofía elaborada en Europa tiene que hacer todo lo posible por olvidar el pensamiento musulmán. Si en las exposiciones habituales de la filosofía hay una clara discriminación religiosa no cabe esperar otra cosa con el sexo. Mi amigo Bernardino Orio de Miguel, dedicó buenos años de su vida a estudiar el pensamiento de Lady Conway y contaba a quien quisiera oírle que era escandaloso que a esta mujer se le hubiese dedicado poco más que una mención en algunas de las más exhaustivas historias de la filosofía publicadas hasta la fecha. Con toda seguridad no es un caso único. Sin embargo, tampoco me parece justo hacer de ello un casus belli. Resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, escribir un compendio de filosofía que haga justicia a todas las escuelas, todos los planteamientos, todas las etnias, todas la religiones y todos los sexos. No creo que sea realista pedir tal cosa. Más bien, debe ser un ideal que debemos perseguir. Mientras nos vamos aproximando a él, hay que hacer todo lo posible por recuperar, al menos, los olvidos más sangrantes. Por otra parte, no me cabe la menor duda de que, a finales de este siglo, existirá un puñado de mujeres que habrán logrado figurar entre los grandes filósofos del futuro, no por ser mujeres, sino por la valía de su pensamiento.
En resumen, ¿hay algo inhóspito para la mujer en la filosofía? No creo que haya mayor ni menor hostilidad hacia ellas de la que pueda haber hacia hijos de obreros, habitantes de las grandes ciudades, judíos o gentiles. Y, desde luego, si alguien consigue demostrarme que la filosofía es inhóspita para las mujeres, habrá conseguido, ipso facto, que abandone cualquier dedicación a ella.

domingo, 15 de septiembre de 2013

¿Es inhóspita la filosofía para las mujeres? (1)

   Las aguas filosóficas del mundo académico norteamericano bajan revueltas. La razón no es, naturalmente, alguna disputa teórica. Más bien las ha revuelto la dimisión de Colin McGin, prominente filósofo del lenguaje británico, defensor de la imposibilidad de llegar a entender el fenómeno de la conciencia, que ha tenido que dejar su puesto en la Universidad de Miami por acosar sexualmente a una estudiante. Hasta qué punto es un caso aislado puede mostrarlo el hecho de que existe, desde 2010, un blog llamado What Is It Like to Be a Woman in Philosophy?,  en el que se recogen testimonios acerca del desprecio hacia las mujeres en el entorno de la filosofía universitaria. Todo esto era lo suficientemente llamativo como para que el The New York Times, haya abierto una serie de entrevistas con cinco mujeres filósofas para dar cuenta de la situación de la mujer en la filosofía. Lo que surge de estos testimonios es una suerte de fuego graneado contra la filosofía en general con la conclusión unánime de que la filosofía es un territorio que la mujer sólo puede sentir extraño cuando no enemigo. Aún más, no se trata sólo de las mujeres, cualquier otra minoría encuentra escaso refugio en él. Los números son muy claros. Mujeres en particular y minorías raciales en general, están infrarrepresentadas en el mundo académico de la filosofía norteamericana. El número de mujeres que estudian filosofía o hacen tesis doctorales está por debajo de disciplinas como las matemáticas, la economía o la química, lo cual genera una especie de círculo vicioso porque también las publicaciones realizadas por mujeres son menos citadas que las de sus correspondientes colegas varones... 
   A partir de los datos, las teorías. Una posible explicación es que la filosofía es una disciplina construida por varones blancos. Mujeres, negros y chinos, son incapaces de identificarse con el modelo de filósofo imperante. Los filósofos fueron hombres y como tales hablaron. No es difícil encontrar todo tipo de mensajes sexistas, cuando no misóginos. La filosofía, como no podía ser de otra manera, ha sido construida de acuerdo con un modelo racional basado en el modo de pensar de los hombres, por no decir, en un modo de pensar machista, con el que las mujeres sólo pueden sentirse hostigadas. El propio carácter abstracto de la filosofía lo demuestra. Las mujeres están mucho más interesadas por cuestiones concretas, prácticas, alejadas del etéreo mundo de la filosofía, muy típico de la mentalidad varonil. De hecho, el propio alejamiento de las mujeres respecto de la filosofía demuestra ese espíritu práctico, porque, como concluye alguno de los escritos referidos a este tema, la filosofía es cosa del pasado, una disciplina anquilosada y a punto de desaparecer.
   No estará de más centrar el tema en medio de semejante diatriba. Para mí el problema es que en el mundo de la filosofía académica hay demasiados casos de acoso sexual porque si hay uno, ya hay demasiados. La cuestión es si esto es culpa de la filosofía o de una filosofía, es decir, cuál es el papel de la mujer en la filosofía y cuál es el papel de ciertas filosofías respecto de la situación de la mujer. Inevitablemente ambas cuestiones nos obligarán a plantearnos si la situación de la mujer en la filosofía es distinta a la que se presenta en otras disciplinas y otros países. Pero antes de empezar, me temo que es imprescindible decir algo acerca de “What Is It Like to Be a Woman in Philosophy?”
   Leer “What Is It Like to Be a Woman in Philosophy?” es una experiencia que yo les recomiendo. Cualquier jovencita que se esté planteando entrar en la carrera de filosofía sacará fácilmente la conclusión de que se va a adentrar en un campo minado en el que será violada en cuanto se descuide. Es un fenómeno sociológico que descubrieron hace tiempo las compañías farmacéuticas y del que han sacado un partido extraordinario. Ud. crea una enfermedad, por ejemplo, el síndrome de los dedos gordos inflamables, lo describe someramente, crea un blog sobre él y cuelga un par de testimonios. Al cabo de unos años tendrá tres centenares largos de personas describiendo el calvario que ha supuesto para sus vidas que los pulgares se les inflamen. Por supuesto no estoy diciendo que el acoso sexual sea una enfermedad inventada, pero sí que en ese cúmulo de testimonios hay algunos que deberían estar en un juzgado y otros que hablan de sexismo en la filosofía porque un profesor comparó la conclusión de un artículo con un orgasmo o porque un compañero de estudios borracho sostuvo la tesis de que las mujeres no pueden aprender lógica. Mejor aún, resulta que la situación del mundo académico de la filosofía norteamericana es el que hay en todo el globo porque un profesor europeo visitante en una universidad norteamericana acosó a una alumna con la excusa de que “era lo normal en Europa”. Para confirmarlo, nada mejor que un par de testimonios procedentes de Suecia, país al que el patriarcado romano no llegó ni en envases de plástico pero que compite con España por los primeros puestos en las estadísticas de violencia de género...
  Una de las cosas que me preguntó el Prof. Otto Saame la primera vez que hablé con él fue si yo sabía leer griego. Le dije que no y él me respondió que entonces yo no era un verdadero filósofo. No le tuve demasiado en cuenta ese comentario y acabé tomándole el aprecio que le tomaron todos los que tuvieron la suerte de conocerle, pues era una persona absolutamente encantadora. Haber estudiado matemáticas, química y geología en el bachillerato me convertía en miembro de una minoría dentro del campo de la filosofía y si alguien nos hubiese hecho conscientes de la discriminación de que éramos objeto, probablemente me hubiese tomado el comentario del profesor Saame como ofensivo contra mi minoría. Lo que quiero decir es muy incorrecto políticamente hablando pero real, una ofensa existe si hay alguien que ofende y alguien que se siente ofendido. El acoso sexual es acoso sexual y no tiene más vueltas. Referirse a una miembro del departamento como “el bello espécimen” sólo puede significar una cosa. Pero comentarle a una mujer que “la filosofía no es una disciplina para mujeres” puede ser un agravio, una ofensa, una descripción de los hechos, una provocación o un acicate, entre otras cosas, dependiendo del tono y el contexto en que se diga. Recuerdo haber oído una entrevista con el creador de un museo de la negritud. Afirmaba que decidió crearlo cuando uno de sus profesores comentó que “los negros no tienen historia”. Es un claro ejemplo de que un profesor, un buen profesor, debe saber lanzar semejantes provocaciones por mucho que alguien encuentre en ellas la excusa que estaba buscando para ofenderse.
(Continuará...)

domingo, 8 de septiembre de 2013

La liberación de Siria

   Alemanes y rusos siempre han considerado a Polonia su patio trasero. Cuando no la han invadido, se la han repartido como buenos amigos. Por eso, el ascenso al poder de Stalin primero y Hitler después, debieron suponer negros presagios para los polacos. Finalmente fueron los nazis los primeros en declararles la guerra, una guerra que duró realmente poco y sometió a toda Polonia. Hacia julio de 1944, las tornas habían cambiado. El ejército soviético avanzaba imparable hacia la frontera polaca y las tropas alemanes cedían doblegadas por su empuje. El gobierno polaco en el exilio albergaba pocas dudas acerca de qué era lo que les cabía esperar con la entrada de los rusos en su país. La propaganda soviética no desaprovechaba ocasión para acusar a los patriotas polacos de colaboracionistas con el régimen nazi y la matanza del bosque de Katyn, ocurrida cuatro años antes, dejaba claro que no se trataba de pura retórica. Pero la propaganda soviética no sólo trataba de desprestigiar al Ejército Territorial polaco, también llamaba a la población a levantarse contra la ocupación alemana y, particularmente, a cortar vías de transporte y abastecimiento. 
   La resistencia polaca y el gobierno en el exilio discutieron largamente cuál era la mejor opción a tomar y, finalmente, se decidieron por alzarse en armas en agosto de 1944. Los alemanes se llevaron un susto mayúsculo. Consideraban a Polonia una especie de colchón de seguridad entre el ejército rojo y la frontera alemana y, de pronto, se convirtió en una trampa con enemigos de frente y por la espalda. Sin embargo, los soviéticos, en lugar de continuar su tremendo empuje, se pararon justo a las puertas de Varsovia, lo cual permitió que los alemanes se centraran en la resistencia polaca. Tras dos meses de combates más de 250.000 polacos habían muerto y buena parte de Varsovia había sido devastada. De la magnitud del susto alemán da cuenta su respuesta una vez cesaron los combates. La población de Varsovia fue deportada “temporalmente” a campos de internamiento los más afortunados y de exterminio los menos. La ciudad quedó desierta para que las órdenes de Hitler pudieran ser ejecutadas sin estorbo y éstas no eran otras que convertir Varsovia “en un lago”. Buena parte de lo que quedaba en pie fue dinamitado o incendiado, de modo que cuando las tropas del ejército rojo entraron en la capital polaca (¡en enero de 1945!) había realmente muy poco que liberar.
   Los historiadores militares soviéticos han explicado reiteradamente que el repentino parón en el avance del ejército rojo se debió a cuestiones tácticas. La ofensiva realizada en los últimos meses había sido muy rápida, las líneas de abastecimiento se habían hecho peligrosamente largas y cuando por fin los alemanes se habían replegado más allá de la antigua frontera, nadie tenía ganas de arriesgar las pocas tropas frescas que quedaban por un objetivo, Varsovia, que estratégicamente, no tenía demasiada relevancia en ese sector del frente. La verdad es que estas razones no eran, desde luego, baladíes y, probablemente, fueron el motivo inicial del parón en la ofensiva. Que después el ejército rojo se llevara dos meses contemplando cómo, a unos pocos kilómetros, los ejércitos alemanes masacraban a la población de Varsovia, sólo pudo deberse a órdenes directas de Stalin que, desde luego, no quería tener que darle la mano a nadie, salvo a un gobierno impuesto por él, cuando visitase Polonia.
   Aunque, para nosotros, aquellos acontecimientos forman parte de uno de los tristes episodios de algo que ocurrió el siglo pasado, en Polonia las heridas siguen estando vivas. En la celebración del alzamiento de Varsovia realizada este año, ha habido algo más que palabras entre los partidos políticos cuando el ministro de Asuntos Exteriores acusó al gobierno polaco en el exilio de irresponsabilidad por poner en marcha un levantamiento que, obviamente, no conducía a ninguna parte.
   Hoy los vientos de guerra son otros. La habitual falta de noticias veraniega ha conducido a las portadas una guerra que parecía condenada al olvido. En estos días no puedo evitar acordarme de estos hechos cuando oigo hablar de Siria. Desde 2011 la población siria soporta una guerra (in)civil entre los ejércitos de un dictador sin escrúpulos y diferentes facciones armadas rebeldes con objetivos e ideologías dispares. Se pudo haber intervenido de un modo decisivo cuando comenzaron las deserciones en el ejército, porque se hubiese contribuido a ahondarlas. Se pudo haber intervenido cuando los soldados entraron a sangre y fuego en Homs y Alepo (cualquiera de las veces que lo han hecho). Se pudo haber intervenido cuando los servicios secretos sirios provocaron atentados en territorio turco. Se pudo haber intervenido la primera vez que se usaron armas químicas, evitando males mayores. Y si todo eso causaba recelos y resistencia en la opinión pública o en las monarquías del golfo (salvo la qatarí), se podía haber intervenido decisivamente poniendo los medios económicos y la adecuada política del palo y la zanahoria para conseguir la articulación de las fuerzas rebeldes en un frente amplio, con unos objetivos comunes y un mando unificado mínimos. Pero nada de eso se hizo. Como el ejército rojo nos hemos quedado a las puertas de Varsovia, amenizando nuestras tardes veraniegas con las luces lejanas de la masacre, eso sí, nosotros lo hemos hecho durante dos años. Y ahora, ahora que lo más presentable de las fuerzas rebeldes está criando malvas, ahora que nuestros presidentes no tendrán otras manos que estrechar cuando vayan a visitar el país que las de sus títeres, ahora parece que ya estamos preparados para liberar lo que queda en pie.

domingo, 1 de septiembre de 2013

"El arma soy yo"

   Oblivion es una película que se estrenó la pasada primavera. Sus confusos orígenes la sitúan como un típico producto de la industria cinematográfica, dentro de la más rigurosa ideología convertida en estándares a los que debe amoldarse todo para cobrar existencia. Teóricamente se basa en una “novela gráfica” que nunca ha sido publicada. Tal vez, quienes firman el guión aportaron algo más que un concepto a los estudios, lo cual no impidió que sus guionistas a sueldo trabajaran a destajo sobre él. No vemos en Oblivion nada que no se pueda ver en cualquier otra obra de artesanía industrial, un planeta devastado por los marcianos para que los cienciólogos, con Tom Cruise a la cabeza, apoyen el proyecto, mucha más atención a la estética que a los diálogos más allá de algún mensaje reaccionario y el consabido happy end para evitar que la gente se vaya del cine pensando. Y sin embargo... Sin embargo hay algo en Oblivion, algo cada vez menos habitual.
   El padre del proyecto es Joseph Kosinski. Kosinski aprendió lo que sabe de arte (cinematográfico) jugando con un modernísimo programa para generar imágenes en movimiento. De ahí saltó a los anuncios televisivos y, posteriormente, a los anuncios en gran formato, es decir, al cine, con la innecesaria Tron: Legacy. Nada bueno que esperar por tanto, salvo por el pequeño hecho de que uno de los anuncios que dirigió fue el celebérrimo spot de Gears of Wars. Los espectadores se quedaron pegados a sus asientos con aquellas violentas imágenes del videojuego acompañadas de una balada, la adaptación que Gary Jules realizó del Mad World de Tears for Fears. Lo divertido del asunto es que nunca quedaba claro si el mundo demente del que hablaba la canción era el mundo reflejado en las imágenes o este mundo en el que la gente, como en la época romana, disfruta viendo el sufrimiento ajeno.
   La otra firma vinculada al guión es la de Arvid Nelson, episcopaliano convertido al culto Bahá’i en sus tiempos de instituto que, tras andar dando tumbos por la vida, sufrió una especie de epifanía durante su estancia en París. De ahí nació Rex mundi, cómic en 38 entregas ambientado en una Europa con la estética de los años treinta pero en la que sigue existiendo el feudalismo y no se ha producido la separación entre Iglesia y Estado.
   La película comienza con una feliz pareja que es la viva imagen del sueño americano, versión finales del siglo XXI. Tras salir de la nada, residen ahora en un chalet de arquitectura super high tech, decorado por un interiorista dentro de los más estrictos cánones del minimalismo zen, cuando no del feng shui. A punto de emprender sus vacaciones en un dorado paraíso lejano, reciben cada día en casa las instrucciones de sus superiores, salpicadas de eslóganes sacados del manual del perfecto vendedor. Pero no son vendedores, supervisan y reparan unos drones encargados de matar a los marcianitos que amenazan el american way of life. Por supuesto es un modo de vida en blanco y negro. Ellos visten blanco inmaculado y respetan estrictamente la jornada de ocho horas diurnas, mientras los marcianos son más bien partidarios de una estética a lo Mad Max y se adueñan de la noche. En definitiva, nada distinto de la vida cotidiana de ciertos buenos pastores de Virginia, que hablan del último partido de fútbol americano o sueñan con su cabañita al lado de un arroyuelo, mientras ejecutan "quirúrgicamente" a alguien en Pakistán. 
   Al cabo descubrimos que el american way of life se basa en la invasión de otros mundos y su meticuloso esquilmado, que supervisar y reparar máquinas, ejecutar sumariamente a alguien de cuya culpabilidad sólo hay referencias de oídas, llevar el sueño americano en amorosos niditos de hierro y cristal, no es algo propio de seres humanos, sino de clones, clones malévolos que, evidentemente, no hacen más que mantener y propagar el mal, pues eso sí queda muy claro, cualquiera que colabore con los drones, aunque sólo sea poniéndoles combustible, no deja de colaborar con sus asesinatos. Los seres humanos, los seres humanos de verdad, no viven el american dream. Los seres humanos se unen, se separan, se dicen adiós y, al final, ella acaba con otro (que le recuerda a ti cuando vuelve de estar con los amigotes). Los seres humanos en este mundo de drones, tienen que vivir camuflados, pues son más raros que los marcianos, ocultando en la oscuridad cualquier vestigio de cultura, de racionalidad, de sensatez. 
   A partir de aquí Oblivion casi se convierte en una reflexión sobre lo que nos hace humanos, llega, incluso a asomarse al precipicio de si otro con mis recuerdos sería yo. Está a punto de decirnos que la memoria es un arma de doble filo, que apoya nuestra identidad a la vez que siega la hierba bajo nuestro pies. Es más, en una de las escenas finales, el protagonista cita a Macaulay ante el marcianito malo, diciéndole algo así como que  los seres humanos deben dar sus vidas para defender las cenizas de sus ancestros y a sus dioses. A lo cual el marcianito malo le recuerda que él es su dios, puesto que es el que lo ha creado. La réplica obvia a esta cuestión es: “pues ha llegado la hora de matar a mi dios”, respuesta que jamás firmarían un judío y un bahá’i y, mucho menos, sería filmada. La réplica de nuestro héroe es, pues, la que suelen dar los fascistas cuando tienen claro que vencerán, pero jamás convencerán: “que te jodan”.
   Y así llegamos a la escena en la que a nuestro ajetreado Jack le comentan que sus drones son unas armas magníficas. Él responde: “No, el arma soy yo”. En una primera lectura es una muestra de apoyo a los chicos de la National Rifle Association que, a comienzos de este año, pasaron por horas bajas. Así debieron tomárselo en los estudios de la Universal. Pero en su contexto, lo que está diciendo es otra cosa, a saber, que tan asesino o heroico es el aséptico empleado que mata a miles de kilómetros, drones mediante, como el suicida que lleva una bomba con él para  ver la cara de sus enemigos en la hora de su muerte. Aún más, “el arma soy yo” puede ser la divisa de esta película, que bajo los habituales estándares de la industria, introduce en nuestras cabezas cuestiones dispuestas a estallar en cualquier momento.
   En definitiva, Oblivion no es una película profunda, no es una obra maestra, quizás ni siquiera llegue a convertirse en un clásico. Sí es un sabotaje bastante digno, al que, seguramente, la posteridad tratará con más benevolencia que la crítica actual.

domingo, 25 de agosto de 2013

Contra la propiedad (y 2)

   Recorra mentalmente sus propiedades, especialmente, las que son para Ud. más valiosas. Da igual qué haga a partir de este momento, las perderá todas. Las que no se rompan, pasen de moda, sean superadas por otras, dejen de interesarle, deje de tener sitio, tiempo o salud para ellas, parecerán de verdad merecer el término de “propiedad”. Pero si tiene suerte, dejarán de estar asociadas a su nombre con su muerte o bien cuando sus familiares le internen en una residencia de ancianos. En cualquier caso, el destino de la mayoría de ellas será la basura. Quizás sus hijos sigan sus aficiones y esa colección de postales a la que tiene tanto aprecio, esas joyas, ese mueble, no irán a la basura. Pasará a la siguiente generación... y a la otra... y a la otra... hasta que alguien la tire a la basura. Si no tiene suerte, un robo, un incendio, un expolio de cualquier género, le arrebatará esas propiedades antes de que pierda el recuerdo de qué eran. La sacrosanta propiedad privada no es más que un género de alquiler, pagamos por usar una serie de cosas y acabamos quedándonos sin nada. La propia exigencia del capitalismo de crear nuevas necesidades acaba atentando contra su más sagrado principio, la propiedad privada. Nuestras propiedades son cosas que poseemos y que, por tanto, tienen un índice que dice durante cuánto tiempo estarán asociadas a nuestro nombre.
   No es así como entendemos las propiedades. Más bien las tomamos como un género de características que se asocian con nuestro nombre y que ya lo singularizan eternamente. Un hombre sin propiedades no es un pobre, es un pobre hombre, un don nadie, a todos los efectos, no es nada. Es lógico que haya jóvenes en nuestras ciudades que se dediquen a meterle fuego a los vagabundos. Su carencia de propiedades, más allá de unos cuantos cartones, hace de ellos, a nuestros consumistas ojos, algo indeterminado, sin características, semejantes a cualquier otro vagabundo, en definitiva, nada. Para ser algo hay que comprar, comprar mucho, hay que tener muchas propiedades porque las propiedades nos caracterizan, nos dan un nombre, nos individualizan, nos singularizan. Obviamente por aquí sólo se puede llegar a disparates y sinsentidos de todo género. 
   El electrón tiene la propiedad de comportarse como onda o como corpúsculo dependiendo del tipo de aparato con el que le hagamos interactuar. Por tanto hay algo así como una cosa llamada electrón que ahora aparece con una de sus propiedades y ahora con otra, luego ¿qué es el electrón en sí mismo? Vamos a ver, el electrón no es un señor que posee un Ferrari y un Porsche,  que hoy sale con uno y mañana con el otro y sobre el que se puede preguntar si es la misma persona. El electrón es onda o partícula, dependiendo de con qué interactue, nada más. A la inversa, un buen base de baloncesto tiene que tener la propiedad de leer bien los partidos, saber qué le conviene en cada momento a su equipo, correr, atacar pausadamente, molestar a los rivales... ¿Significa eso que cada una de las decisiones que toma son de su propiedad? ¿tiene derecho a registrarlas, a hacerles un copyright, a patentarlas? Un escritor sí que tiene la propiedad de escribir buenos relatos y sí que tiene derechos sobre cada uno de ellos. ¿Dónde está la diferencia? Lo más divertido de todo es que, en el fondo, no la hay. 
   La misma noción de propiedad intelectual encierra su refutación. Esos sagrados derechos de autor que todos estamos violando a mansalva (y que, de hecho, durante toda la historia de la cultura se han estado violando a mansalva), resultan pagados, en el mejor de los casos, con algo así como el 5% del precio de poseer un libro. Lo que realmente poseemos o, dicho más exactamente, lo que constituye la mayor parte de lo que creemos la posesión de una historia que queremos leer, es el papel. Preservar la propiedad intelectual del autor significa que éste tiene que renunciar al 95% de su propiedad es favor de los propietarios del papel y de los medios de impresión o de comercialización digital.  Una vez más, llegamos a la conclusión de que el destino último de la propiedad privada es el expolio.
   Supongamos que yo tengo dinero suficiente para comprar un cuadro de Barceló. Uno grande bonito, con muchos colorines y que figura en varios catálogos como una obra maestra. Pero cuando llego a mi casa descubro que esos colorines no van bien con el estampado de mis cortinas, así que cojo yo mismo y le pinto encima unos topitos de diferentes colores para que quede mejor. ¿Puedo hacerlo? ¿tiene el autor algún derecho a reclamar contra una acción sobre algo que es de mi propiedad? Aún más, si algún día ese cuadro llegase a un museo ¿qué legitimidad tendrían los restauradores para borrar mis topitos? Al fin y al cabo, cuando yo fui su propietario los puse, ahora que ellos son los propietarios los quitan, están haciendo lo mismo que yo, luego, ¿con qué derecho su intervención es más meritoria que la mía?
   El término “propiedad” debería suprimirse de cualquier discusión que pretenda ser medianamente seria. Para aquellas cosas que pueden ser asignadas a un nombre y que puedan quedar como marcadores de él (la propiedad que tenía Michael Jordan de quedarse como flotando en el aire, por ejemplo), lo correcto es hablar de rasgos. Aún más, yo me inclinaría por hablar de rasgo siempre que nos referimos a cosas que son compradas “para distinguirnos de los demás” o “porque nos hacen especiales”. En el resto de casos, hay que andarse con mucho cuidado. Un posesivo, por ejemplo, no indica una posesión, al menos legítima. En los pocos casos en los que sí la indica, esa posesión será puramente temporal y, en la mayoría de las ocasiones, momentánea. La moderna sociedad consumista ha convertido de facto cualquier adquisición de propiedades en un género de alquiler. Por tanto, hay que tener muy claro que cuando se habla de propiedad siempre se está aludiendo a un expolio, ya acaecido o a punto de producirse.