viernes, 1 de mayo de 2026

Drácula, Eichmann y la función de Fermi-Dirac explicada para filósofos.

Como todos sabemos, la explicación de San Agustín al problema del mal constituye una más de las notas a pie de página de los escritos de Platón. Efectivamente, en Platón podemos encontrar la existencia de dos ámbitos separados por un abismo, el mundo de las ideas y el mundo sensible. El Bien actúa como principio orientador y ordenador del mundo inteligible y, por reflejo, del mundo sensible, copia de aquel. El mal en el mundo, explicó San Agustín, surge como consecuencia de la ausencia del Bien de él, luego el mal carece de cualquier naturaleza positiva, la carencia constituye su rasgo característico mismo. Por supuesto, aquí se halla implícita toda una valoración del deseo y, por ende, las reiteradas acusaciones platónicas contra el cuerpo. La pregunta que cabe formularse consiste en si, de este modo, hemos agotado todas las notas a pie de página que pueden escribirse a los textos de Platón sobre el tema del mal. En efecto, en el libro VI de la República (509d - 511e) aparece el famoso símil de la línea. En él, un abismo sigue separando al mundo sensible del mundo inteligible, pero a ambos lados del mismo han aparecido dos umbrales. Uno, el de la pistis, separa a eikasia del abismo. El otro, la dianoia, separa al abismo de la noia. Aquí, podemos seguir entendiendo la palabra χωρισμός como abismo, separación o brecha entre el mundo sensible y el inteligible. Sin embargo, el símil de la línea exige matizar la interpretación agustiniana del problema del mal de un modo muy claro. Ciertamente, en un extremo, tenemos el mal como carencia absoluta y, en el otro, el bien, entendido como plenitud absoluta del ser. Pero, el abismo, la separación, la brecha, no se extiende entre ellos, sino que separa a dos grados intermedios. Uno de carencia, pero no absoluta y otro de plenitud, pero tampoco absoluta. O, por decirlo de otro modo, ya no hay “mal” y “bien”, hay grados entre el bien y el mal. Tenemos, por una parte, el mal radical, por la otra el bien absoluto y, entre medias, un mal relativo y un bien relativo. Pero si ahora nos vamos al libro VII de la República, al celebérrimo mito de la caverna, encontramos otra cosa. Resulta un lugar común afirmar que el símil de la línea constituye una versión estática de lo que en el mito de la caverna aparece como un dinamismo, pero rara vez se ha sacado la conclusión última de esta afirmación para el problema del mal. Lo que en el símil de la línea aparece como grados, en el mito de la caverna aparece como un gradiente. Los filósofos, acostumbrados a ver las cosas sub specie aeternitatis no han dejado de glosar las diferencias entre el interior de la caverna y el exterior de la caverna. Rara vez, si acaso alguna, se han parado a reflexionar sobre lo que ocurre entre ambas. Y entre ambas, existe un “empinado y escarpado camino”, un “áspero y escarpado camino”. El χωρισμός ya no designa un abismo o una brecha, indica una separación, una distancia, en definitiva, un continuo. Desde luego, en lo más hondo de la caverna podemos encontrar el mal, el mal en un sentido radical. Pero, respecto del bien que se halla en exterior de la caverna existe una serie continua de grados iluminados por una inquietante fogata. Aún mejor, el mito de la caverna no describe una ontología del ser, describe la vicisitud histórica de unos seres humanos, que han nacido, que viven, que pueden escapar y morir y que sufren de estas circunstancias debido a la acción causal de otros seres humanos que los han reducido a semejante condición. Es esta introducción de dinamismo, de energía en forma de luz del Sol o de la fogata, de seres humanos, inevitablemente sometidos al paso del tiempo, lo que provoca que la separación abismal entre un ámbito y otro se convierta en un tránsito continuo. Podemos ir más allá. La posibilidad de que algún prisionero transite entre un mundo y otro, de que efectivamente pueda escapar de la caverna y asomarse al mundo de la luz, depende directamente de factores como la temperatura del interior de la caverna o del tiempo. Si en el fondo de la caverna hace tanto frío como para que los prisioneros tengan sus músculos ateridos o si llevan allí tanto tiempo como para que se les hayan atrofiado o si, como los operadores de sistemas como Lavender, disponen únicamente de 20 segundos para liberarse de sus cadenas y salir de la caverna, entonces, da igual que haya un camino que permita ascender desde el mal profundo hasta el bien porque nadie podrá recorrerlo. Por contra, si en el fondo de la caverna hace un calor insoportable, si hablamos de prisioneros a los que el tiempo transcurrido allí no ha atrofiado sus músculos y, aún más, si disponen de horas, meses o años para liberarse de sus cadenas y salir de la caverna, no uno, muchos abandonarán el mal para ascender hasta los reinos del bien. Platón no nos informa de las condiciones de temperatura y humedad de su caverna, solo sabemos que el fuego que hay tras los prisioneros la ilumina. No hace falta apartarse mucho de sus palabras para suponer que los captores lo alimentan, quiero decir, que tienen la potestad de regular la temperatura del interior de la caverna, como los responsables políticos pueden decidir implementar medidas para un human in the loop real o puramente formal. En cualquier caso, ahora podemos entender la propuesta de Hannah Arendt y sus limitaciones. Frente a los captores, frente a quienes han creado la arquitectura del mal de la que el mito de la caverna da testimonio y que parecen circular todos por un mismo camino sin gradientes y sin transición, tenemos un Eichmann, un personajillo menudo y encadenado a lugares comunes, frases hechas y tópicos, alguien que tiene que aparecer, necesariamente, como banal. Se trata de un prisionero, uno más, cómodo en sus cadenas, sin energía física ni intelectual para buscar una salida por mucho que disponga de horas, meses o años para escapar y a quien, sin embargo, debe considerarse malo, precisamente por esa renuncia a intentarlo, una vez más, en términos agustinianos, por la carencia de coraje, de pensamiento crítico, de capacidad reflexiva. Los prisioneros, en efecto, se caracterizan porque cada uno ocupa su posición, excluyendo a todos los demás. Entre ellos no hay lugar para el pensamiento crítico compartido ni para la empatía. Cada individuo queda atrapado en un estado único, sin posibilidad de compartir o cooperar, aislado de los demás, atado a un poste, a unas coordenadas. Podemos caracterizar a esta arquitectura del mal como un sistema saturado, sin predisposición alguna para que los prisioneros se muevan de donde se encuentran. No resulta difícil contraponerla al caso del prisionero liberado, capaz de ascender y de descender, de recordar el estado de sus compañeros cuando él ya ha salido de la caverna y dispuesto a volver a ella para cooperar en su liberación. 

Pero volvamos a nuestra escarpada cuesta. Debe haber un punto o, mejor aún, debe haber toda una gradación de puntos, desde el momento en que el prisionero se libera de sus cadenas hasta que escapa de la caverna, en que esa arquitectura del mal debe resultar fascinante. Contemplar el fuego por primera vez, contemplar todos los elementos de la caverna en la penumbra que este permite, descubrir los claros y oscuros de los objetos que sobresalen por encima del muro, sus colores, y, particularmente, ir ascendiendo para adquirir una perspectiva desde arriba de todo este entramado, debe generar en el prisionero recién liberado, a la vez, una singular repulsión y una inevitable fascinación. Ahí, entre el umbral representado en el símil por la línea por el inicio de la pistis y el umbral que marca el paso de la dianoia a la noia, habitan un Drácula o un Hannibal Lecter. No se trata del mal que vive en la oscuridad de la burocracia, ni del mal encarnado por los repugnantes creadores de toda esta arquitectura. Ni Drácula ha construido su castillo, ni Hannibal Lecter tiene ambiciones edificatorias. Tampoco se niegan a compartir el lugar que ocupan con los otros, pero, desde luego, no para cooperar con ellos, sino para convertirlos en sus víctimas. Encarnan el mal de quien, habiéndose liberado de las cadenas de las frases hechas, los lugares comunes y los tópicos, se niega a salir a la luz y prefiere quedarse en el camino que lleva del interior al exterior de la caverna y que, cuando la abandonan, lo hacen siempre de noche, cuando solo hay sombras y reflejos del mundo de las cosas reales, pues no pueden sobrepasar el último umbral del símil de la línea. Se trata, en definitiva, del mal que fascina, que atrae, que nos tienta, lejos de la comodidad de lo que todo el mundo hace, pero también lejos de una luz que a todos nos incomoda al principio. Aquí se hallan todos los fascinados por esta arquitectura del mal, que ellos no han creado, pero que tampoco parecen tener interés en abandonar porque esa fascinación los atrapa, los ingenieros que han dado lugar a sistemas como Lavender o Maven.

Digámoslo de modo breve, el modelo de San Agustín, el modelo de Hannah Arendt, permite explicar la existencia del mal radical y la existencia del mal banal, pero no qué relación hay entre ellos ni por qué el mal atrae. Si a ese modelo le añadimos energía, luz, tiempo, entonces transformamos un abismo en un gradiente y en ese gradiente radica el atractivo del mal. Y ese atractivo del mal, perdura incluso en los primeros estadios de nuestro abandono de la caverna. Recordémoslo, el prisionero, al abandonar la caverna, sigue deslumbrado. No puede, en primera instancia, y, muy probablemente, no quiere, después, mirar a las cosas mismas. Incluso cuando sale de la caverna, el prisionero tiene que seguir envolviendo sus acciones con una cierta cantidad de oscuridad, de carencia, de mal, antes de adaptarse plenamente a la luminosidad del bien. Añora, se sigue sintiendo atraído u obligado a recordar el mal. Dicho en términos platónicos, el prisionero comienza mirando las sombras, los reflejos de los objetos inteligibles antes de mirar a los objetos mismos. Platón no dice en ningún momento que el prisionero tenga que cerrar los ojos para que al abrirlos el deslumbramiento desaparezca. Todos lo sabemos, cerrar los ojos por completo no constituye una buena estrategia para que el Sol deje de deslumbrarnos. Tenemos que cerrar los ojos en un cierto grado. Este gradiente que reaparece en el mito de la caverna una y otra vez nos indica el error de considerar al mal lo contrario del bien. Sin duda, debemos entender la más oscura profundidad de la caverna como lo contrario del Sol, pero el gradiente entre uno y otro, la presencia de un fuego en el interior de la caverna, nos muestra muy claramente que hablamos de una torsión del bien, de una distorsión, de una deformación, de una modificación continua del mismo, que conduce a su contrario, de la existencia de una fórmula constante que va asignando al continuo de las coordenadas espaciales, un continuo de valores entre el bien y el mal. De un modo más simple, el bien se convierte en mal por un desplazamiento desde el punto en que podemos ver el Sol hasta lo más profundo de la caverna, desde la creación de modelos causales a la decisión de elaborar listas de objetivos por correlaciones estadísticas. Naturalmente, este modo de entender las cosas se enfrenta a una crítica importante, a saber, que de ella se deduce la posibilidad de construir una ontología de gradientes y que la filosofía occidental jamás ha emprendido tal intento. No obstante, los gradientes no resultan ajenos al pensamiento occidental, se hallan presentes en el tratamiento que Aristóteles realiza de cierto tipo de virtudes y también pueden encontrarse con abundancia en física, por ejemplo, en la función de Fermi-Dirac, que formaliza de modo analíticamente preciso el escarpado ascenso platónico tal y como lo hemos descrito aquí.

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