domingo, 24 de marzo de 2013

Chipre o de la insensatez


Quienes sigan este blog con regularidad (santa paciencia), habrán observado que cada vez hablo menos de la crisis. No es que haya dejado de interesarme, es que no me gusta repetirme. Sin embargo, las circunstancias son tales, que no puedo evitar volver, otra vez, sobre lo mismo. La crisis de Europa no es una crisis económica, es una crisis política porque lo que sobra en Europa no son gastos insostenibles, lo que sobra son idiotas en las esferas del poder. El caso de Chipre ejemplifica perfectamente esto.
Los comienzos ya fueron malos. Chipre es, probablemente, el único caso europeo de triunfo pleno de un movimiento terrorista (el EOKA). Así que, de entrada, mal. Después la cosa fue a peor. Griegos y turcos vieron en Chipre la oportunidad de perpetuar una rivalidad en la que están enzarzados desde las guerras médicas y la isla acabó partida. La mayor dosis de sensatez que cayó sobre ella, vino de la mano de Kofi Annan y su plan de reunificación. Pero, claro, la cosa no podía durar mucho por ahí. En el referendum definitivo los turcochipriotas votaron a favor de la desaparición de la frontera interna y los grecochipriotas en contra. De haber entrado la isla en su conjunto en la Unión Europea, se hubiese convertido en receptora neta de ayudas, dado el atraso de la zona turcochipriota. No obstante, la parte griega prefirió dar dinero, antes que recibirlo, si con ello humillaban a  sus vecinos del norte.
La Unión Europea acogió con los brazos abiertos únicamente a la parte griega de la isla. Esta fue una decisión histórica porque difícilmente se encontrará una más desafortunada en la historia. En primer lugar, era el desprecio definitivo hacia Turquía, cuyas fuerzas políticas laicas y europeizantes, quedaron así sin argumentos frente a un islamismo, en principio moderado, pero que ya sólo podrá encontrar oposición a sus políticas dentro del propio campo islamista. En segundo lugar, se le abrían las puertas a una de las mayores lavadoras de dinero negro del mundo, con el fin de que no sólo los rusos e ingleses se pudieran beneficiar de ella, sino también los griegos y demás ciudadanos comunitarios.
Es cierto que un sector financiero sobredimensionado había demostrado ser mortal de necesidad en el caso de Islandia y de Irlanda, pero ¿quién entre los muy brillantes miembros de la cúpula política europea podía prever que lo sería también en el caso de Chipre? Es igualmente cierto que todo el mundo estaba esperando el cambio de gobierno para intervenir la mitad de la isla, pero ¿para qué hacer planes detallados si se podía improvisar en el último minuto? Y aquí es donde aparece el tufo a salfumán de Frau Nein y su dóberman, Schäuble. Chipre tenía que someterse al que viene siendo el principio rector de todas sus decisiones económicas y que no es un principio sacado de Pareto, ni de Walras y ni siquiera de Milton Friedman, sino de Talión: quien la hace la paga. Grecia mintió sobre sus cuentas y tiene que pagar por ello, Irlanda se arriesgó en exceso y tiene que pagar por ello, España vivió por encima de sus posibilidades y tiene que pagar por ello, Portugal... bueno, algo habrá hecho y bien que está pagando. El motivo por el que se acogió gustosamente a los grecochipriotas es precisamente lo que ahora se les echa en cara: tener un sector financiero demasiado grande y dedicado al lavado de capitales. Por tanto, razonó el dúo diabólico alemán, ahí es donde hay que darle. Naturalmente, nadie lo propuso, aunque todos lo aplaudieron hasta con las orejas: quedarse con parte del dinero de las cuentas corrientes en los bancos chipriotas, por encima y por debajo de los 100.000 €. Es cierto que así se tiraba por la borda el clavo ardiendo que ha impedido que la tormenta financiera europea se convirtiera en un tsunami. Hasta ahora se había repetido incansablemente que los depósitos por debajo de 100.000 € estaban garantizados bajo cualquier circunstancia (algo, en verdad, irrealizable llegado el caso). Como digo, es cierto que las exigencias efectuadas a Chipre derriban este último muro de contención, pero ¿qué más da? Quien la hace la paga y si hay que tirar a toda Europa por la borda, insisto, ¿qué más da? ¿acaso Alemania tiene algún género de relación con Europa?
Las millonadas que los papás de los actuales dirigentes europeos se gastaron en colegios privados para ellos no les permitió prever que una imposición tal significaba borrar del mapa, de la noche a la mañana, el modus vivendi grecochipriota y condenarlos a la pobreza de sus odiados vecinos del norte. Sus másteres en universidades norteamericanas y sus falsos títulos de doctorado, no les permitieron anticipar lo obvio, que, en un parlamento recién constituido, en las cabezas de cuyos miembros aún resuenan los clamores de los mítines y cuyas posaderas aún no han tenido tiempo de acostumbrarse a las poltronas, nadie votaría a favor de semejante plan. Su sagacidad nos ha permitido vivir el bochornoso espectáculo de un miembro de la Unión Europea, suplicando una limosna por las calles de Moscú. Dicen que se están preparando planes de contingencia por si Chipre decide salirse del euro, ¿incluyen esos planes cuál será la reacción griega ante la decisión de un país con el que están emocional y financieramente ligados? ¿o esto también está más allá de las lumbreras de los dirigentes europeos?
Europa necesita nuevo líderes. No líderes carismáticos, no líderes con visión de futuro, ni siquiera líderes brillantes intelectualmente. Lo único que necesita Europa son líderes con un poquito de sentido común. Desgraciadamente, como decía Descartes, el sentido común es el menos común de los sentidos.

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