domingo, 14 de abril de 2013

¡El autor! ¡el autor!


Postrado por la gripe, tuve oportunidad de ver la pasada Semana Santa, Anonymous, la versión sobre las hipótesis  del “otro” Shakespeare de Roland Emmerich (sí, sí, Roland Emmerich, han leído bien). Su guionista, John Orloff,  ha conseguido hacer sostenible una amalgama de teorías, supuestos y rumores truculentos sobre los que Emmerich no ha ejercido la menor selección, prácticamente no falta ni uno. Y es que Shakespeare, el clásico entre los clásicos de la lengua inglesa, parece haber pasado por este mundo sin dejar más rastro que sus obras. El incendio de The Globe se llevó por delante, hay que suponerlo, los originales de sus obras teatrales, junto con (de nuevo, hay que suponer) sus borradores y anotaciones. Los únicos textos con la letra de Shakespeare que nos han llegado son los que pertenecen a los últimos años de su vida y se refieren a pleitos y negocios en los que anduvo metido. Durante 150 años a nadie pareció extrañarle todo esto, hasta que una tal Della Bacon, lanzó la hipótesis de que las obras del autor de Stratford, en realidad, habían sido escritas por su tocayo Francis. La buena de Della Bacon dedicó a esta hipótesis toda su vida, anotando pasajes y fragmentos baconianos que dejarían su huella en los textos de “Shakespeare”. Su obsesión acabó por conducirla a un psiquiátrico pero el debate abierto por Della Bacon no hizo sino ampliarse desde entonces. Rápidamente surgieron otros candidatos (que, con el paso de los años han llegado a incluir a ¡Cervantes!) Dos de ellos han recibido especial atención. El primero es Chistopher Marlow, autor teatral él mismo, creador de buena parte de los artificios cuando no de los temas utilizados por  “Shakespeare”, homosexual, ateo y pendenciero, que acabó muerto en un oscuro incidente. De hecho, según quienes avalan la hipótesis de que Marlow, además de Marlow, fue Shakespeare, suponen que no murió en ese incidente. Su “muerte” fue sólo un truco para sacarlo de Inglaterra y llevarlo a Francia desde donde hizo llegar los escritos que conocemos como “Shakespeare”. 
El otro candidato, el que se convirtió en el favorito de los especialistas hacia finales del siglo XX es el que muestra la película de Emmerich, Edward de Vere, decimoctavo duque de Oxford. De Vere era un hombre culto y de talento, había viajado por Europa y había recibido una educación tan esmerada como correspondía a su rango. Escribió obras para la corte y se gastó la práctica totalidad de su fortuna ejerciendo de mecenas de las artes y las letras. Vivió la última etapa de su vida de una pensión concedida por la reina Isabel y refrendada por su sucesor, Jacobo I, que nunca fue justificada por ninguno de los dos. De Vere tenía, además, un motivo obvio para no firmar sus obras. El teatro, el teatro representado en sitios como The Globe, poseía un tinte canalla y hubiese sido una mancha para un noble de la época firmar obras de semejante calaña. Además, hay dos curiosas coincidencias en torno a De Vere: sus obras cortesanas dejaron de representarse el mismo año en que “Shakespeare” comenzó a estrenar y se ha encontrado un retrato suyo debajo del llamado “Ashbourne Portrait”, uno de los pocos retratos de Shakespeare. También hay numerosos argumentos en su contra. En las obras de Shakespeare hay inexactitudes geográficas e históricas (algunas referidas, precisamente, al ducado de Oxford), muy impropias de quien ha visto las cosas de primera mano. Por otra parte, "Shakespeare", como todos los clásicos, era un profundo conocedor del alma humana. Es poco probable que alguien con semejante penetración y fácil acceso a la corona no hubiese sido aprovechado para cargos políticos más importantes y prolongados de los que De Vere tuvo.
No hay que olvidar otros nombres, John Fletcher, sucesor de Shakespeare al frente de su compañía cuando éste la abandonó, parece haber tenido un papel relevante en, al menos, la reelaboración de algunas obras de aquel. Y después están el dramaturgo John Lyly y el poeta Anthony Munday, cercanos a todo este mundo del teatro isabelino... y receptores de  ayudas por parte del duque de Oxford. Sólo falta un detalle más, hasta el siglo XIX, una pieza, musical o teatral, sólo se consideraba terminada cuando se interpretaba. Por ello, el intérprete era un auténtico coautor, otorgándosele mucha mayor libertad de lo que se hizo después. Es poco probable, pues, que William Shakespeare fuese un “simple” actor y mucho menos un hombre de paja. Por otra parte, tampoco es fácil explicar de dónde surgieron los conocimientos de los que hace gala en sus obras. De Vere, por supuesto, los tenía, pero es igualmente improbable que el estilo de sus obras cortesanas triunfara entre las clases populares de Londres sin ser, literalmente, rehechas de arriba a abajo. Sería, desde luego, una tarea ardua, en la que habría hecho falta la intervención de gente como Marlow, Lyly, Munday, Fletcher, el propio Shakespeare y, probablemente, algunos más, en una sucesión algo caótica y variable para cada estreno. Este tipo de colaboración era, según parece, algo habitual en el teatro isabelino. 
    El concepto de autor que nosotros manejamos, ese “autor genial”, ese individuo heroico que, luchando contra los elementos crea algo como jamás hubo bajo el Sol, es un producto histórico, una estrafalaria hipótesis romántica, que ni había existido hasta entonces ni debiéramos permitir que prolongara su existencia. ¿Acaso dejaría Mercucio de morir si Shakespeare no fuese Shakespeare? ¿dejaría el bosque de Birman de avanzar sobre la fortaleza de Macbeth? ¿acaso Yago no envenenaría el amor de Otelo por Desdémona? ¿Gana o pierde algo la “obra de Shakespeare” quedándose con la materialidad de sus textos, con la literalidad de sus palabras, con la sonoridad de sus versos, pero sin el nombre a quien se les atribuye? Lo importante, lo realmente importante, es lo que un texto dice, el sistema de sus enunciados. El autor es pura anécdota, mera caligrafía común a las obras que se le adjudican, la semejanza estilística entre unos textos dispersos, un modo de resumir la ley de distribución de los enunciados. Distinguir entre un autor y la nebulosa de ideas que pululan por la cabeza de quienes viven en su época es siempre un proceder arbitrario,  lo demuestra la necesidad de hablar de “influencias”. ¿Cómo, entonces, otorgar derechos a una nebulosa? ¿cómo adjudicar porcentajes de dinero a un estilo? ¿cómo demandar la recepción de un permiso para que alguien se sienta influido por un texto?


    Para saber más sobre las diversas hipótesis "Shakespeare" pueden leer este artículo de la omnipresente wikipedia o este y el magnífico texto de Sergio Macías.

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