domingo, 14 de febrero de 2016

El laberinto de los laberintos (y 2)

   Santarcangeli correlaciona acertadamente el laberinto con los ritos de iniciación al mencionar los laberintos existentes a la entrada de ciertos tempos egipcios o la estructura misma de las pirámides. El laberinto es frecuentemente asociado a los órganos internos, en particular, al vientre de la madre. En realidad, es el mismo simbolismo que puede encontrarse en la cabaña en la que quedan recluidos los jóvenes que transitan hacia la madurez en algunas tribus y, de un modo más general, en la caverna. Pero aquí hay una sutileza que Santarcangeli no alcanza a recorrer. Ni toda caverna es laberíntica, ni todo laberinto tiene por qué ser una caverna. Ciertamente, hay cavernas laberínticas, como ésa de la que no se puede salir porque acaba en una sima en la que los preneanderthales arrojaban a sus muertos y a la que nosotros llamamos "Atapuerca". Pero también las hay de otro tipo. Pensemos en Platón. Su inmortal mito de la caverna, en la que queramos o no, acabamos por vernos atrapados, no describe un laberinto. De la caverna se sale por una rampa, es decir, por una cuesta, que puede exigir más o menos trabajo remontar, pero que no desorienta, no pierde, no extravía aunque el que la recorre acabe por parecer extraviado. El camino desde el interior de la caverna al exterior no es laberíntico y, de hecho, Platón mismo lo asimila a una línea, línea que va desde el grado inferior de conocimiento hasta el superior. El mundo de Platón es el mundo de la luz, del sol, hasta el interior de la caverna tiene que estar iluminado por un fuego. Así pues, tenemos aquí unos textos donde aún se puede oír el eco de la mitología solar egipcia, pero en los que ya no hay laberintos como en tantos otros cultos solares. Santarcangeli mismo señala que hay épocas laberínticas y épocas antilaberínticas, lo cual, de acuerdo con el prefacio de Eco, significa que hay épocas en las que es fácil entrar pero difícil salir y épocas en las que es fácil salir pero difícil entrar. La civilización minoica pertenecería al primer género, la griega al segundo. De hecho, Platón no se explica cómo sus prisioneros han llegado hasta allí, es tan difícil entrar en su caverna antilaberíntica que básicamente la única opción es estar allí desde el nacimiento. El propio sabio que abandona la cueva, tiene que hacer un esfuerzo titánico por volver a ella. Su tendencia natural es permanecer en el exterior disfrutando del aire puro. Sabe que tras su vuelta a las penumbras, su andar será titubeante y tropezará con frecuencia. Resumiendo, volver al interior de la caverna le cuesta la vida.
   El barroco es otra época laberíntica. El laberinto es casi una obsesión. Sin embargo, vemos a un filósofo plenamente barroco como G. W. Leibniz proclamando que hay dos laberintos, el laberinto del continuo y el laberinto de la libertad. Si estando rodeado de laberintos sólo se dio cuenta de la existencia de dos, no es de extrañar que saliera a buscar un par de hojas iguales y no las encontrase. La mónada, que tiene el universo replegado en su interior, ¿no es acaso un laberinto? ¿no lo son las percepciones confusas? ¿la trayectoria de cada rayo de luz, reflejado por todas las sustancias del universo, no lo es? Recordemos que el laberinto encierra un principio de maximización al ser el recorrido más largo en la superficie más pequeña. El criterio propuesto por Leibniz para que Dios haya elegido precisamente este mundo y no otro, a saber que es el mejor de los posibles, que encierra la mayor cantidad de bien que podía existir a la vez, resulta, por tanto, reformulable de otro modo: Dios eligió este mundo porque es el más laberíntico de todos los posibles. Ahora podemos entender que Dios sea un arquitecto, es el mayor constructor de laberintos que existe. Sin duda, Leibniz es actual. En el siglo XVII, el laberinto podía ser una buena metáfora de nuestro paso por este valle de lágrimas, pero en un mundo tan interconectado como el nuestro, el laberinto es mucho más que una metáfora, ha devenido la estructura misma de la realidad. O, por decirlo de otra manera, vivimos en una época de la que costará trabajo salir.
   Pese a su incapacidad para reconocerlos, Leibniz sabía el truco para salir de ellos. Encontrar la salida del laberinto del continuo, como del laberinto de la libertad, consiste en saber diferenciar lo real de lo ideal. Dicho de otra manera, el modo más fácil de salir de un laberinto es colocando un signo en cada nodo, en cada nudo de corredores por el que pasemos, indicando el camino que ya hemos seguido. No se entenderá este procedimiento si nos quedamos con la bagatela de que estamos asignando significados usando signos. La clave no está ahí. Dentro de un laberinto, todas nuestras posibilidades de salir pasan por discriminar entre  trayectorias semejantes. Todo laberinto se basa en un principio de indeterminación, en la imposibilidad de determinar, a la vez, la posición en la que nos hallamos y el último momento en que pasamos por allí. Dejaremos de lado la cuestión de si toda indeterminación es una forma de laberinto, nos llevaría demasiado lejos. Resaltemos, sin embargo, que el signo no es la marca que ponemos sobre la pared de uno de los ramales de cada nudo, el signo es el tramo marcado, pues, de este modo, se anula la indeterminación propia de todo laberinto, estableciendo un principio de sucesión, una diferenciación entre lo que previamente era indiferente, es decir, nuestra posición en él. Determinar nuestra posición o, algo en todo punto sinónimo, determinar el momento en que hemos pasado por este punto concreto, es el principio que nos permite construir un mapa del laberinto, hallar el hilo conductor, abandonarlo. Esto nos proporciona una serie de definiciones de signo, todas ellas equivalentes, por ejemplo, como un procedimiento para orientarse allí donde no hay orientación posible, como posición, como una regla para el trazado de mapas o como una guía para entrar y abandonar un laberinto. Puede verse que los signos no se oponen entre sí. Lo que los caracteriza, lo que los diferencia, lo que les otorga significado, es decir, lo que los hace ser signos, es la posición que ocupan en el laberinto. Santarcangeli lo dice con total claridad, el laberinto es una escritura, la escritura secreta de su constructor, aunque sería más correcto decir que la escritura es el modo de salir de un laberinto. Allí donde aparece cualquier grafía podemos suponer el intento por salir de un laberinto
   Todo indica pues en la misma dirección. Recapitulemos: el laberinto está presente de modo necesario en las etapas de desarrollo del pensamiento infantil; el laberinto está presente en el desarrollo del pensamiento humano también en un sentido filogenético; todo signo puede ser entendido como un intento por salir de un laberinto. ¿Qué nos queda? Simple, que el modo habitual de proceder de la mente humana no es inductivo ni deductivo, es laberíntico.

domingo, 7 de febrero de 2016

El laberinto de los laberintos (1)

   Últimamente ando muy interesado por los mapas, los nudos y los laberintos, es decir, por el tema de la realidad. Este interés me condujo a Il libro dei labirinti, de Paolo Santarcangeli con prefacio de Umberto Eco. Lo del prefacio tiene su importancia porque es en él donde pueden leerse algunas de las cosas más sugerentes del libro. Santarcangeli, en efecto, se propuso hacer un libro laberíntico sobre los laberintos pero, en realidad, le salió una historia, muy bien documentada y rica en erudición, eso sí. Es de agradecer que nos haya legado tan monumental empresa. Sin embargo, es en este objetivo no confeso, es decir, en indagar en la historia de los laberintos, donde radica una debilidad de la que acaso se derivan todas las demás. Y es que el prof. Santarcangeli se apunta a la tesis, tan habitual en el siglo XX, de que los laberintos surgieron en el Mediterráneo, probablemente paridos por la civilización minoica en torno al 2.000 a. de C. y que de ahí, se expandieron por todo el área mediterránea, primero y por el universo orbe después, llegando hasta los fiordos noruegos, lo que actualmente es Sudáfrica y Papúa Nueva Guinea. Puestas así las cosas, es fácil identificar el primer laberinto con el famoso de Cnosos que encerraba al minotauro y Santargangeli se aferra a la asociación entre el laberinto y el complejo mítico del toro hasta el punto de hallar rastros de él en los zulúes, acostumbrados a matar el tiempo haciendo laberintos en la arena y que, incluso en su formación de combate preferida, remedaban la testuz de un búfalo. 
   Tan bonito ejemplo de difusionismo comenzó a pasar apuros cuando se descubrieron laberintos en Galicia, contemporáneos, si no anteriores, a los que supuestamente engendró la civilización minoica. Pero en 2010, un arqueólogo aficionado notificó la existencia de unos laberintos en León que proceden, como poco, del 4.500 a. de C. Son de enorme elaboración y representan al menos cuatro tipos diferentes, con lo que es muy poco probable que estemos ante la aparición de nada, más bien parece tratarse de la plasmación de algo muy anterior. ¿Cómo de anterior? 
   Los primeros paleoantropólogos, se afanaron por recoger cuanto instrumento lítico podían localizar en las cavernas que un día habitaron los miembros de nuestra especie. La idea de que allí pudiera haber algo más de interés, aparte de huesos y piedra, les resultó por completo ajena. La revolución que supuso descubrir la cueva de Altamira fue tal que muchos especialistas se negaron a atribuirle autenticidad. Hoy sabemos que la práctica totalidad de cuevas que llegamos a habitar estuvieron pintadas. El resultado fue que el proceso se invirtió y todo el mundo pasó a buscar búfalos, ciervos y cazadores. Sólo recientemente se ha comenzado a apreciar que en muchas de ellas existen garabatos extremadamente parecidos a los que pintan los niños actuales y figuras mucho más abstractas como espirales o círculos concéntricos. De hecho, los garabatos ni siquiera son privativos de nuestra especie, los primeros conocidos pertenecen a la cueva de Goham, en Gibraltar, realizados por un neanderthal unos 39.000 años a. de C.
   Si los garabatos, si los círculos concéntricos, si las espirales, nos han acompañado antes de que fuésemos como somos, resulta extremadamente improbable que los primeros laberintos tengan sólo 4.500 años de antigüedad. Por lo mismo, es muy poco probable que se hayan originado en el Mediterráneo, en León o en cualquier otra parte concreta porque hay, obviamente, algo más. Si Ud. se enfrasca en una larga conversación telefónica y está de pie, seguramente, gesticulará, pero si está sentado y con papel y algún instrumento para escribir, lo más seguro es que acabe haciendo garabatos. Probablemente le ocurrirá lo mismo cuando se halle en una tediosa reunión en la que, sin embargo, no es conveniente desconectar por completo. Parece como si, mientras una parte de nuestra mente está sumida en una tarea de supervisión, otra parte de nuestra mente, mucho más profunda, necesitara hacer garabatos. En los niños puede observarse algo parecido. Si les proporciona papel y lápiz, se entusiasmarán con un garabateo caótico y desordenado que puede llevar a romper el papel, tarea que, sin embargo, parece captar toda su atención e interés. Poco a poco, con la edad, el garabato se va estructurando y aparecen figuras como las que nuestros antepasados dejaron en piedra, figuras a las que el niño no duda en atribuirle un significado, frecuentemente, el de letras que nadie más puede reconocer. El paso del garabato al signo es, pues, mucho más sutil de lo que solemos apreciar y transita, necesariamente, por el laberinto.

domingo, 31 de enero de 2016

Chipre

   Todos los terroristas tienen algo en común y es que ninguno tiene ni la menor idea de historia. Si supieran algo de historia, sabrían que el número de organizaciones terroristas que han conseguido lograr sus objetivos se pueden contar con las orejas de van Gogh. En esencia, son dos, los Mau Mau de Kenia y el EOKA en Chipre, aunque es muy discutible si se puede incluir a este grupo en la categoría de movimientos terroristas victoriosos. No por lo de terroristas, pues por mucho que digan los grecochipriotas, la idea de su líder, Georgios Grivas, según la cual, el tamaño de la isla no permitía la creación de territorios liberados, conduce directamente al género de acciones llevados a cabo por el terrorismo. El caso es que el EOKA no sólo atacó objetivos militares, también se llevó por delante a “colaboradores” del ejército inglés, elegidos por su carácter simbólico, a familiares de los soldados británicos, turcochipriotas e izquierdistas de diferente calado. El gobierno de su graciosa majestad, siempre guiado por el pragmatismo, decidió que una isla como aquella no merecía el centenar y medio de muertes que le habían causado y, en 1960, concedió la independencia a Chipre, eso sí, bajo condición de que la isla no se incorporara a Grecia, objetivo último del EOKA. Así pues, el EOKA sólo consiguió sus objetivos a medias. Pero la historia no termina aquí.
   Los acuerdos de Zürich y de Londres, que pusieron fin al control británico de la isla, garantizaban un régimen parlamentario, con la presencia de ambas comunidades y una presidencia y vicepresidencia que se repartían turcos- y grecos- chipriotas. Pero el 21 de abril de 1967 los militares se hicieron con el poder en Grecia, instaurando la conocida como “dictadura de los coroneles”. El objetivo último de la dictadura era muy claro, limpiar Grecia de izquierdistas, liberales, defensores de los derechos humanos y cualquiera que diera una excusa para ser acusado de “agente de Moscú”. El problema es que la lista era demasiado larga pues en Grecia fue el Partido Comunista el que llevó el peso de la lucha contra la ocupación nazi y finales de los años sesenta no era la época más adecuada para intentar mantener a los estudiantes alejados de las ideas revolucionarias. En 1970 el régimen estaba tan acorralado que consideró que el único modo de sobrevivir pasaba por anotarse la anexión de Chipre. Ni corto ni perezoso, volvió a enviar a la isla a Grivas para que organizara el EOKA-B que dirigió sus atentados, una vez más, contra cualquiera adscrito a la izquierda y contra un gobierno encabezado por el arzobispo Makarios III, que había cometido el atroz delito de ser reiteradamente elegido en las urnas. Esta nueva campaña de atentados culminó con un golpe de Estado que obligó a Makarios a exiliarse y provocó la invasión turca del norte de la isla. El resultado fue la división de Chipre en dos partes separadas por lo que se denomina la “línea verde”.
   Como todas las fronteras, ésta también fue trazada con sangre. Más de 200.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares en una parte y otra de la isla para reintegrarse con sus respectivas comunidades bajo la amenaza de una limpieza étnica que se llevó a cabo a ambos lados de la línea de demarcación. Desde entonces, las dos comunidades viven de espaldas la una a la otra. La República Turca del Norte de Chipre, carece de reconocimiento internacional, exceptuando, como es lógico, al gobierno de Ankara. Consecuencia de ese aislamiento internacional ha sido una lenta decadencia económica distanciado a ambas comunidades también en este aspecto. Durante tres décadas, el gobierno turcochipriota se cerró a cualquier posibilidad de negociación y/o acuerdo hasta el punto de que su líder, Rauf Denktash, mandaba a las reuniones sobre el tema a funcionarios sin poder decisorio alguno. Hay que decir, para ser justos, que la actitud de la parte griega fue tradicionalmente muy diferente, mostrando con sus palabras y sus gestos, el deseo continuo de reunificar la isla.
   A principios de este siglo el problema pareció dirigirse hacia su solución. Al Secretario General de la ONU, Kofi Annan, se le metió en el meollo hacer desaparecer esta frontera y Turquía, que había pasado por su propio ciclo de dictaduras y transición democrática, empezó a perfilarse como un candidato serio para entrar en la Unión Europea. Conseguir que un Chipre unificado, con un amplio sector de población turca, entrara en tan selecto club por mediación del gobierno de Ankara era, sin duda, un mérito más para su adhesión. Tropezaban, eso sí, con el obstáculo que ellos mismos habían plantado, el inamovible Denktash, a la sazón presidente de la República, y cuyo partido, casualmente, perdió las elecciones parlamentarias de 2003. Así llegamos a 2004.
   El 24 de abril de 2004 era la fecha elegida para un referéndum en ambas partes de la isla sobre la puesta en marcha del plan de Kofi Annan. La UE que, como es tradicional en los problemas de Europa, había estado discutiendo acerca de si son galgos o podencos, se dignó poner la zanahoria para la comunidad turcochipriota, a saber, si el plan era rechazado, sólo la parte griega sería admitida como miembro de pleno derecho. Denktash y los suyos no dudaron en hacer una ruidosa campaña por el “no”. Y salió el “no”... en la parte grecochipriota. Resulta que mientras el plan obtuvo un apoyo masivo en el norte, deseoso de pasar página de su tradicional aislamiento, el resto de la isla, que se había tomado en serio tantos intentos de reunificación, decidió que ya estaba harto de tenerle que hacer la pelota a los del norte y los dejó varados en mitad de la nada.
   Cada vez que Podemos airea el tema de un referéndum por la independencia en Cataluña, me acuerdo de Chipre. Si hemos de trasladar a esa consulta los resultados de todas las votaciones que se han ido llevando a cabo en Cataluña en los últimos años, está claro que el “no” quedaría por encima del 50% (aunque, personalmente, tampoco entiendo qué interés tiene crear un país nuevo allí donde el 49, el 45 ó el 40% de sus futuros ciudadanos, no quieren que lo haya). Pero estoy seguro de que, si esa consulta se realizara en toda España, más del 50% de los ciudadanos votarían porque se independizaran de una vez. Porque lo peor de los independentistas, como de los ingleses en la UE, no es que quieran irse, lo peor es que, como se los deje, siempre acaban encontrando una excusa para quedarse.                

domingo, 24 de enero de 2016

Descartes y nosotros

   Siguiendo una larga tradición platónica, Descartes trata la intuición como algo que aparece de un modo instantáneo, inmediato. A ella se llega por un tránsito gradual, pero, en último término, hay un momento en el que no se tiene e, inmediatamente después, hay un momento en que se tiene, sin que entre ambos medie nada. La regla tercera lo dice al distinguir entre intuición y deducción apelando al carácter sucesivo, al ir paso a paso de ésta frente a la inmediatez de aquélla. Naturalmente, al poseer un carácter sucesivo, la deducción depende de la memoria, dependencia de la cual está libre la intuición, radicalmente aferrada al presente. Por eso, casi todo lo que se nos dice de ella es lo que no es. No es el testimonio de los sentidos, no es el producto de la imaginación, no es un proceso o una sucesión como la deducción, no puede ser una concepción errada, sino una concepción no susceptible de duda, por parte de una mente no nublada. Tantas negaciones tienen un fin muy concreto, a saber, dibujar con total nitidez una línea que separe el instante en el que se produce de todo lo demás.
   En los Principios de filosofía, el último e inacabado escrito de Descartes, el movimiento es tratado de un modo semejante a como se ha hecho con la intuición. Su recorrido configura un continuo sin paradas instantáneas de ningún tipo, pero la adquisición del movimiento, la impulsión, el choque, los elementos que introducen temporalidad en ese recorrido, serán todos procesos instantáneos en los que se adquiere súbitamente una velocidad. Las siete reglas que introduce para entender los choques entre los cuerpos, separan los diferentes casos de un modo tajante y exclusivo en función del tamaño de los cuerpos y sus respectivas direcciones, sin que sea posible caso intermedio alguno entre ellas.  
   La consecuencia lógica de lo anterior es su concepción del tiempo, en la que cada instante está cerrado en sí mismo, es completo y, por tanto, independiente de los demás. Aunque un tiempo discontinuo, por su simple transcurso, podría ser razón explicativa de la transformación de las cosas, una consecuencia de tal planteamiento es que el presente es el punto desde el que se va a entender todo. Por tanto, argumenta Descartes, el instante presente no puede encontrar su causa en la propia serie temporal. La capacidad para introducir innovaciones, la causa de lo que ha llegado a acontecer, no radica en el tiempo mismo. Es Dios, quien, al conservar el mundo, produce las modificaciones que considera oportunas en él. Conservar, mantener y crear son, para Descartes, sinónimos. En este sentido, la creación continua no es, en realidad, un proceso continuo. Lo que de continuo tiene es la dependencia del mundo respecto de Dios, pero el "proceso" de creación y recreación no tiene nada de continuo. Nosotros sólo podemos comprenderlo como una fulguración seguida de una caída en la nada y una nueva fulguración. Desde el punto de vista de Dios ni siquiera es un proceso, ya que, insistimos, no hay diferencia entre creación y conservación. 
   La concepción cartesiana entronca curiosamente con una visión cosmogónica tradicional, a la que ya me referí en una entrada anterior, a saber, que el tiempo, el mundo, para ser mantenido, tiene que ser re-creado al término de cada ciclo. Ciertamente en Descartes, el tiempo se caracteriza por su linealidad, pero ésta sólo contribuye a que haya de ser creado continuamente a cada instante en lugar de una vez al término de cada ciclo. Esta concepción atávica, que Descartes recupera para la modernidad, ha adquirido múltiples formas en nuestros días a manos de muchos que se creen no ya modernos, sino postmodernos e incluso postmodernísimos. 
   Asistí a un Macbeth que no sé si decir de Shakespeare o de Calixto Bieito, en el que el rey escocés cantaba Mamma Maria, Banquo tenía frenillo y algún personaje resultaba asesinado con una botella de Coca-Cola de dos litros. Todavía me acuerdo de la señora que se marchó a mitad del espectáculo gritando “¡mamarrachos!”, aunque nunca me ha quedado claro si era parte del montaje. Más recientemente, el muy progre consistorio de Madrid, decidió entregar la cabalgata de los reyes magos a cierto “artista alternativo” que la había calificado de “casposa” (curiosamente, ni los progres del consistorio ni el postmodernísimo “artista alternativo”, consideraron que hubiera nada de “casposo” en encargar a dedo que un amiguete organizara un evento así). Tras manifestarse dispuesto a apechugar con un reto (y unos emolumentos) de este género, el modelnísimo artisa vistió a los reyes con las antiguas cortinas de su piso de soltero y los rodeó de espermatozoides impacientes por hacer el mayor spoiler de la historia. Aún estamos por ver cómo, en el último y decisivo acto de mantenimiento de la Constitución y la unidad de España, ésta será re-creada, es decir, re-actualizada, por obra y gracia de todos estos que muestran cada día estar más interesados por su sardina que por gobernar.
   La idea de que conservar y crear son lo mismo, la idea de que para mantener algo hay que (re)actualizarlo, es interesante y merece la pena ser pensada, pararnos a degustar su reflexión. Eso es una cosa y otra cosa muy diferente despreciar como insignificante la trampa que encierra. Porque si las reglas que explican el choque no dejan lugar a casos intermedios, si la intuición es instantánea y si para Dios conservar el mundo y crearlo son lo mismo, entonces el movimiento es algo ajeno a la materia, el pensamiento ajeno al cuerpo y Dios está radicalmente separado del mundo, del mismo modo que Calixto Bieito pretende presentársenos como alguien a quien no le ha dicho nada el Macbeth de Orson Welles, nuestro ya adinerado “artista alternativo” pretende hacernos creer que ha superado el trauma que le supuso saber quiénes eran los reyes de Oriente y los padres del próximo Estado nacional y su Constitución no dudarán en colocarse más allá de las leyes. La trampa de la re-actualización es el disparate de que quien reinterpreta a su antojo el pasado, eo ipso, queda libre de él. 
   No somos creadores de la tradición por mucho que nos empeñemos en ello. Quien conserva, quien trasmite, quien re-crea el pasado, adquiere por ello mismo un papel ambiguo porque no se puede decir propiamente que esté dentro de la tradición que está intentando conservar ni fuera de ella. Pero ese ambiguo papel es el único que nos puede corresponder precisamente porque cada uno de nosotros, al incorporar a nuestra historia personal y, aún más, al transmitir la herencia del pasado, la estamos transformando. Ahora bien, si esos cambios que todos introducimos de un modo más o menos consciente, más o menos deliberado, no hallan su justificación última en la letra de lo que intentamos transmitir, entonces no merecemos otro calificativo que el de impostores. Por eso, si se quiere ser verdaderamente creativo no hay truco mejor que desempolvar el original que se trata de transmitir para dejarlo tal y como fue escrito, estratagema mediante la cual, con mucha frecuencia, queda claro cuánto hay de extraño, de ajeno, en lo que reconocemos como propio.      

domingo, 17 de enero de 2016

La verdad de la ciencia (y 2)

   Seguro que algunos de Uds. pensaron al terminar de leer la anterior entrada: “pero, hombre de Dios, la homeopatía no es una ciencia, sus resultados no se distinguen del simple efecto placebo”. Es cierto que los homeópatas han carecido de la astucia necesaria para dejar de hablar de medicinas que curan y dedicarse a vender potingues que “disminuyen los factores de riesgo”, como hace la ciencia médica. Curar, si exceptuamos los antibióticos, no curan ni los unos ni los otros. Por lo menos, las bolitas homeopáticas no producen efectos secundarios... El problema de la reproducibilidad de los experimentos científicos, base, precisamente, de la ciencia, no es un problema exclusivo de los homeópatas y, muchos menos, de los psicólogos. Hoy día es un problema que afecta a la práctica totalidad de la ciencia, ésa que "cuenta la verdad" y que tanto vende. Pero donde el fenómeno llega a ser escandaloso es, precisamente, en ese ámbito del que se pretende excluir a los homeópatas, la biomedicina. Aquí ya no estamos hablando de abstractos reinos matemáticos, ni de profesionales a los que uno recurre cuando se juzga incapaz de solucionar los propios problemas por sí mismo. Estamos hablando de Ud. de mí y de la totalidad de la población, pues todos nosotros tenemos ese oscuro rincón de nuestras casas plagado de frasquitos con pastillas que habremos tomado o no pero que, en cualquier caso, hemos pagado. El camino por el que muchas de esas píldoras llegan hasta ahí se inicia precisamente con un artículo en una publicación científica en el que los detalles para la realización de los experimentos que garantizan su eficacia han sido deliberadamente ocultados con objeto, pensemos cándidamente, de que la competencia no pueda aprovecharlos. La manera de comprobar  que los experimentos que acaban por motivar la comercialización de un producto dan los resultados que los autores del artículo dicen que dan implica hoy día poco menos que apelar a su buena fe. Y todo ello, exclusivamente, para demostrar que ese medicamento es mejor que nada. En ninguno de esos artículos encontrará por ninguna parte un detallito tan insignificante como cuántos animales murieron durante los ensayos, detalle éste que, en el mejor de los casos, quedará patente cuando se hayan iniciados los ensayos clínicos con humanos. Y, por supuesto, ningún autor de tan científico trabajo se va a molestar con minudencias como dejar constancia de cuáles son sus vínculos con la empresa que está tratando de comercializar el fármaco o en qué medida ésta ha financiado el experimento y al propio laboratorio en el cual se ha desarrollado.
   No, la medicina actual no es una ciencia si por ciencia se entiende algo relacionado con la verdad. Aunque lo cierto es que ninguna ciencia se dedica a narrar la verdad. La ciencia trata del conocimiento comprobado, conocimiento comprobado de momento. Precisamente ésta es su grandeza, estar en un continuo progreso hacia la realidad (algo que la filosofía no hace ni a tiros). Una teoría científica no es aceptada “porque sea verdadera”. Una teoría científica es aceptada porque la comunidad científica considera que ha sido comprobada. En ello inciden dos tipos de factores, por una parte, una serie de estamentos que confieren autoridad a personas concretas para determinar si algo ha sido (o no) una comprobación. Dicha “comprobación” no consiste, como suele decirse, en un experimento o una serie de experimentos. Más bien se trata de que esa teoría muestre su fecundidad y éste acaba siendo el factor determinante a la larga. Fecundidad significa capacidad de explicar una pluralidad de fenómenos aparentemente desconectados y heterogéneos sobre la base de una única teoría. Fecundidad implica capacidad para indicar nuevos isomorfismos donde nadie los había supuesto antes. La fecundidad debe entenderse, pues, como aptitud para desarrollar pruebas empíricas, pero también como potencia explicativa y como conectividad con otras ramas del saber, con otras teorías más o menos alejadas y, por supuesto, con la tecnología. Cuanto más fecunda sea una teoría, mayor será su capacidad para sobrevivir, incluso, al bloqueo de una generación de prebostes empeñados en silenciarla. Por eso para la ciencia es fundamental la comunicación, la publicación de los resultados, de los procedimientos, de todos los elementos necesarios para poner un experimento en pie, porque ésta facilita la conexión con áreas del saber más amplias que la propia en la cual ha nacido la teoría en cuestión. Eso y no ocuparse de la verdad, es lo que caracteriza a cualquier ciencia que quiera merecer el nombre de tal.

domingo, 10 de enero de 2016

La verdad de la ciencia (1)

   “La ciencia sólo cuenta lo que es verdad”, declaraba el pasado día 4 Harold Kroto, jubilado como químico pero no como Premio Nobel, desde las páginas del El País. Es una bonita afirmación que muchos científicos suscribirían sin más y que se une a lo que ya he comentado varias veces, que el adjetivo "científico", vende. Está muy bien que la ciencia cuente únicamente la verdad o, mejor aún, que la ciencia sea la única que cuenta la verdad. En cualquier caso queda la nada insignificante cuestión de si semejante proposición es verdadera o no. ¿“La ciencia cuenta la verdad” es una ley científica? Y, en caso de serla, ¿cómo se ha llegado a obtener? Tras más de un siglo, la filosofía de la ciencia sigue siendo incapaz de explicar cómo funciona la ciencia, cuáles son sus procedimientos reales y dónde radica el secreto de su eficiencia. Cualquier estudiante de una carrera científica responderá rápidamente a estas cuestiones con la tajante afirmación de que son los hechos los que deciden. Nadie que haya vivido el día a día de un laboratorio y de una investigación científica será tan rápido respondiendo. Los resultados exactos y precisos no existen, o son una cosa o son la otra. Quien desconozca la técnica del punto gordo no llegará muy lejos en las disciplinas científicas. La contundente declaración de nuestro estudiante se asienta sobre la pasmosa ignorancia que suelen tener los científicos acerca de la historia su materia. En 1957 Thomas S. Kuhn mostró en La revolución copernicana que el modelo heliocéntrico del sistema solar, en realidad, no aportaba ningún hecho nuevo a los sucesivos refinamientos a que se había ido sometiendo el modelo ptolemaico. La propia teoría general de la relatividad tiene un escaso bagaje empírico en su favor, mientras que algunas de las teorías más comprobadas de la historia de la humanidad, como la mecánica cuántica en su famosa versión de Copenhague, sigue siendo puesta en solfa a las primeras de cambio. Además, si “son los hechos los que deciden”, deberíamos concluir que las matemáticas no forman parte de la ciencia, pues en ella no hay hechos. “Pero hay demostraciones”, se me replicará. Sin duda las hay, pero aquí volvemos a estar en una situación muy parecida a la anterior, ¿qué es una demostración matemática? ¿Quién lo decide? ¿La mayoría simple, la mayoría absoluta? Pero, ¿la mayoría de qué? ¿La mayoría de la población? ¿La mayoría de licenciados en matemáticas? ¿La mayoría de los investigadores en matemáticas? ¿La mayoría de los especialistas? ¿Quién decide qué es un especialista capacitado para aceptar o rechazar una demostración? 
   Unos días antes de que el Premio Nobel de turno aireara una vez más el eslogan que todos debemos repetir, en las páginas del mismo diario se daba cuenta de la extraña situación que se está produciendo en torno a Shinichi Mochizuki. Hace tres años Mochizuki afirmó haber demostrado cierta conjetura matemática de reciente cuño. Su presunta demostración se presentó en cuatro artículos, con un total de 500 páginas, que se basaban en buena parte de los desarrollos que ha ido publicando en los últimos diez años. Tenemos, pues, una “prueba” de unos dos mil folios, plagados de ideas nuevas y, por si fuera poco, de una terminología propia que solo Mochizuki parece dominar. Unas recientes jornadas sobre su demostración han logrado poner a todos de acuerdo en que casi nadie entiende nada. El próximo mes de junio es la fecha para un nuevo congreso en Kyoto al que se espera que asista Mochizuki en persona, aunque no está claro si durará las 500 horas que él considera necesarias para que un matemático conocedor del campo puede llegar a comprender de qué va su demostración.
   Es poco probable que su vida llegue a depender en algún momento de la conjetura abc que es lo que dice haber demostrado Mochizuki. Sin embargo, su vida sí que va a depender de otras disciplinas a las que la etiqueta de “ciencia” les pega tanto como a las “ciencias ocultas”. No me voy a meter con la economía porque sería tan fácil como el tiro al pato en las ferias. Sin embargo, una de las lecturas más divertidas que puede hacerse es una historia de la psicología al uso. Apenas en las primeras páginas el lector podrá encontrar la proteica narración de cómo unos avezados psicólogos decimonónicos se apartaron de la charlatanería filosófica para enrailarse en el seguro camino de la ciencia. La ciencia, como todo el mundo sabe, se basa en los experimentos y uno de los requisitos de cualquier experimento es que sea reproducible, es decir, que cualquiera, siguiendo los mismos procedimientos, llegue a los mismos resultados. Hasta aquí lo que dice cualquier libro introductorio de filosofía de la ciencia. En realidad, no existe un criterio único y ni siquiera una serie de criterios comúnmente aceptados de qué significa “reproducible”. Pues bien, un estudio publicado este verano mostraba que la mayoría de los experimentos “científicos” en este campo son imposibles de reproducir ni siquiera cuando se seguían los pasos llevados a cabo por los autores de los mismos, pasos que, por otra parte, muy pocos de estos artículos “científicos” se molestan en detallar lo suficiente como para que la replicación sea factible. Aunque quien acuda a la consulta de un psicólogo debería saber a lo que se arriesga, lo cierto es que por mucho menos que esto se quiso promover una ley que prohibiera la homeopatía en la Unión Europea.

domingo, 3 de enero de 2016

A vueltas con el tiempo

   La teoría del universo pulsante propone que la expansión del universo no proseguirá indefinidamente. Llegados a cierto límite, la atracción gravitatoria frenará la expansión, invirtiéndose a partir de ese momento el proceso, es decir, los cúmulos galácticos se irán aproximando entre sí hasta llegar un momento en que toda la materia del universo quede comprimida en un punto muy semejante al inicial. La inestabilidad de ese condensado de materia-energía-tiempo-espacio provocaría una nueva explosión, reiniciándose el ciclo. Esta teoría tiene dos inconvenientes. El primero, que no es más que una versión, sofisticada, eso sí, de los muchos intentos que se han hecho por revertir el segundo principio de la termodinámica, el que marca la existencia de una clara irreversibilidad y que chocó poderosamente con la mentalidad newtoniana desde su descubrimiento. El segundo inconveniente es que ningún hecho ha venido a apoyarla. Cuando se propuso pareció muy fácil confirmarla. Para que la expansión se detuviese hacía falta una cierta cantidad de fuerza gravitatoria y, para que ésta exista, se necesita materia, así que calculando la densidad de la materia/energía en el universo se podría desestimar o no este destino como parte del futuro de nuestro universo. La sorpresa vino cuando los cálculos mostraron que, en realidad, no somos capaces de detectar ni siquiera la cantidad de materia/energía necesaria para que las galaxias tengan la forma que tienen. De aquí nació el problema de la materia/energía oscura, problema aún por resolver.
   Debo confesar que la teoría del universo pulsante me resulta simpática, aunque no porque crea que tenga visos de ser ajustada a los hechos. Como ya dijo Nietzsche, el eterno retorno prueba la clase de persona que uno es y cuando se le habla a alguien de un universo oscilante, casi se puede oír el ruido que hacen sus neuronas al colapsar. El judaísmo introdujo en nuestras cabezas la idea de un tiempo lineal, de un pasado que queda por detrás de nosotros y un futuro que es sinónimo de porvenir. Estamos acostumbrados a pensar en el tiempo como si fuese una línea y ni siquiera los físicos, cuando intentan utilizar formas más exóticas de temporalidad, pretenden sacarlas del reducto de las partículas elementales. Sin embargo, lo realmente divertido es que nuestras cabezas no funcionan con una idea del tiempo, sino con dos. Dos, por lo demás, contradictorias e incompatibles.
   En El mito del eterno retorno, cuenta Mircea Elíade que la idea de un tiempo cíclico formaba parte de las culturas agrícolas. Normalmente en primavera, se celebraba el inicio del nuevo ciclo cósmico que debía ser inaugurado por el mago, el jefe de la tribu o algún personaje de semejante rango. El encargado de que el cierre del anterior período cuadrase con el inicio del nuevo, tenía que relatar ciertas palabras dotadas más o menos de significado para el común de los mortales pero que dejaban claro que era él, con su discurso, quien hacía el mundo (de nuevo). A todos los efectos era un proceso de re-creación, por lo que resultaba imprescindible rememorar el estado inicial del universo antes de que todo empezara y que, por supuesto, no era otro que el de ausencia total de orden. Por tanto, los fastos que inauguraban el nuevo inicio, solían ir acompañados de ciertas fiestas orgiásticas en las que los participantes se desprendían de todo orden y mesura. Naturalmente, tan delicados acontecimientos debían hacerse en aldeas purificadas de cualquier espíritu demoníaco que pudiera manchar con su intervención toda la nueva era desde su inicio. Para ello nada como expulsar a los demonios y demás espíritus peligrosos con estruendosos sonidos que hicieran su permanencia en la aldea poco gratificante.
   Pues bien, henos aquí a nosotros, occidentales de pleno y muy tecnológico siglo XXI, recibiendo por nuestros artilugios electrónicos el discurso de todos nuestros jefes, de Estado, de autonomía, de localidad, de empresa, hasta los presidentes de comunidad parecen sentirse obligados a hacer discursitos a final de año; imbuidos en fiestas en las que se pierde el orden, la mesura y, desde muchas horas antes, la compostura; y arrojando todo tipo de cohetes, petardos y fuegos artificiales con los que, no ya los demonios y malos espíritus, hasta los vecinos de bien, se ven compelidos a poner los pies en polvorosa.
   Una vez la resaca ha pasado, caemos en la cuenta de que hemos vuelto a comprar demasiados polvorones, comienzan a asomar las croquetas de pelusa de bolsillo, y volvemos a pensar que esta cuesta de enero, como todo, ha venido pero acabará por irse para no volver, que la historia es lineal y que el tiempo tiene que ser tan recto como una vara. Y, lo mejor de todo, olvidamos, como por ensalmo, que durante unos días hemos vivido pensando que todo es de otra manera. Después, si alguien nos plantea una idea novedosa, correremos con prisa a buscar las posibles contradicciones que implica pues, como todo el mundo sabe, las cosas tienen que ser lógicas y carecer de contradicciones.