domingo, 23 de febrero de 2014

Y ahora... ¡Drácula!

   Es muy curioso cómo se interpreta el personaje de Drácula en función del género. Para las mujeres, es un símbolo del erotismo, un personaje morboso y atractivo. Para los hombres, es el símbolo del chupasangre, del explotador que vive del esfuerzo nutritivo de los demás. Ambas visiones de Drácula tienen su fundamento. La sexualidad desbordada, el atractivo de técnicas amatorias refinadas, el erotismo que conduce a la liberación, están muy presentes en la novela de Bran Stoker quien, como buen victoriano, no desaprovecha ocasión para hablar de sexo aunque no lo pareciera. La monstruosidad de utilizar a los seres humanos como carnaza para conseguir los propios fines, el destruirlos física y moralmente para sobrevivir, en definitiva, el arrebatarles el aliento de vida, está en el personaje real, ese Vlad III, héroe nacional rumano, que no dudó en aliarse con quien le convino y empalar a todo bicho viviente que se cruzó en sus intereses. Si este Vlad III es un antecedente de El Príncipe de Maquiavelo, el Drácula de Stoker es la viva encarnación del Übermensch nietzschiano. Se trata, en efecto, de alguien noble, de refinada sabiduría, que dispone de un tiempo infinito y lo dedica a transmutar todos los valores, a invertir la moral cristiana. Su único interés es ir ampliando poco a poco la comunidad de semejantes con los que establecerá una sana competición por las víctimas potenciales. Frente a él está la masa de ignorantes, capitaneada por el más ignorante de todos, el científico. El rebaño se aferra a su fe cristiana o, lo que según Nietzsche es lo mismo, a la fe en unas verdades últimas e inmutables. Que el bueno de Stoker acabe matando a Drácula justo cuando Nietzsche anunciaba la muerte de Dios, sólo puede ser visto como un artificio para tranquilizar conciencias. Porque lo cierto es que Drácula siguió viviendo.
   Si recordamos que la primera película pornográfica es un año anterior a la publicación del Drácula de Stoker (por cierto, su director, Albert Kirchner, tiene también el honor de haber sido el primero en dirigir un film sobre la vida de Cristo), debe extrañarnos que el hombre-vampiro tardara tanto en aparecer en la gran pantalla. Y es que los herederos de Stoker no veían claro ceder sus derechos. De aquí, que el primer Drácula ni siquiera se llamase así. Es el mucho menos erótico, pero bastante más inquietante, Nosferatu de Murnau. A partir de ahí, Dráculas, draculines y draculones, los ha habido por docenas, de todos los tipos, tamaños y colores. En nuestra época, en la que el sexo, descrito más que insinuado, está presente en las pantallas pequeñas, medianas y grandes, en la que se lo vende en cajas, en pastillitas y a pilas, Drácula ha acabado teniendo tan poco atractivo como un viejo verderón. Las nuevas versiones del personajes son, como la margarina, como el tabaco, como la masculinidad y la democracia, light. En la muy reciente saga Crepúsculo hemos podido ver a un joven vampiro cuya lascivia se reducía a tener una novia y casarse cristianamente con ella como está mandado. Peor aún es la serie True Blood, cercana, por fin, a su última temporada. En la era post-sida, los vampiros prefieren beber un sucedáneo de sangre embotellada, que seguro que ya ni sabe a sangre ni  y a la que dentro de poco comercializarán con aroma a vainilla. Tampoco vayan Uds. a creerse que conservan ese aura de nobleza que da la capa y el castillo, para nada. Vampiro puede ser cualquiera, un sheriff, una prostituta y hasta una camarera. El Übermensch ha devenido un miembro del rebaño más, pues hoy día, ni siquiera a los vampiros se les permite atentar contra el orden establecido. Eso sí, participan en sanguinolentas orgías, no vaya a pensar alguien que el sexo puede ser liberador.
   La domesticación de Drácula, el encorsetamiento de su sexualidad desbordada, la acomodación de sus valores a los del común de los mortales, ha corrido paralela al hecho de que las monstruosidades se han convertido en rutina, ya no hace falta esperar la declaración de un periodo histórico excepcional para cometerlas. El resultado es que algunas facetas de monstruos tan queridos, han dejado de formar parte del imaginario colectivo. Es el caso de Drácula como símbolo de la explotación. El mismo término “explotador” ha dejado de formar parte del léxico de los sindicatos marxistas. Se habla de “infringir los derechos de los trabajadores”, de “incumplir la reglamentación”, de “abusar de la confianza”, pero ya nadie explota, salvo los terroristas suicidas. De hecho, ya ni siquiera quedan “empresarios”. En España el término “empresario” se ha convertido en sinónimo de marido/novio/amante de la famosilla de turno. Es una pena porque “empresario”, antes de adquirir connotaciones peyorativas, designaba a quien ponía en marcha una empresa, esto es, un proyecto que resultaba común a todos los embarcados en él, bien poniendo el dinero, bien aportado su esfuerzo físico. El término que se usa hoy día es “emprendedor”. Emprendedor es alguien que emprende, es decir, que contra los vientos del papeleo administrativo y las mareas de trabajadores que quieren, al menos, dar su opinión sobre lo que hacen, pone en marcha un proyecto, que ya no es de todos los que colaboran en él, sino suyo personal. La cantinela de que vampiros puede haberlos en los institutos y en los bares, porque cualquiera puede ser un vampiro, no es por tanto, otra cosa que la pesada broma de que el capitalismo es compatible con el pleno empleo porque cualquiera puede convertirse en "emprendedor".

domingo, 16 de febrero de 2014

¡Que vienen los zombis! ¡que vienen los zombis!

   Entre las propiedades de la membrana celular, una muy destacada es la semipermeabilidad.Cuando la concentración de moléculas de poco tamaño a un lado y a otro de la membrana son diferentes, se genera un flujo para igualarlas, fenómeno éste conocido como ósmosis. Semejante mecanismo permite que nutrientes y otras sustancias necesarias para la célula, pasen a su interior sin generar gasto energético. El problema está en que, naturalmente, no todas las sustancias que entran deben estar en la célula o, al menos, no en la misma concentración en que se hallan en su medio o no todo el tiempo. Existen por tanto, unas enzimas (proteínas) encargadas de bombearlas hacia fuera de la célula, aunque en ello sí se consuma energía. Entre las más conocidas están las bombas de sodio y de potasio, que mantienen un equilibrio esencial para la vida. El problema está en que esas bombas sólo pueden funcionar hasta una velocidad máxima. Por aquí aparece el peligro de que la diferencia de concentración a un lado y otro de la membrana celular o bien acabe atiborrándola de esas sustancias, pese al esfuerzo de las bombas, o bien, el caso contrario, acabe atiborrándola de agua, hasta el punto de que la célula explota. Al microscopio esto se puede observar con glóbulos rojos puestos en agua del grifo. Pero el efecto se produce también macroscópicamente. Tomemos una hoja de lechuga que lleve algunos días cortada. Se la pone en un recipiente con agua y en poco tiempo, lucirá fresca. Al tener las células de la lechuga mayor contenido en sal que el agua potable, ésta ha penetrado en ellas, haciendo que se hinchen y recobren vigor. Si por el contrario añadimos sal al agua, observaremos cómo la lechuga se pone rápidamente pocha. El agua, ahora, fluye hacia el exterior celular.
   Por alguna estúpida razón, los seres humanos siempre han creído poder construir fronteras más eficientes que las creadas por la naturaleza tras millones de años de selección. En cuanto sale un majadero proponiendo impermeabilizarlas, encuentra quien lo encumbre a instancias más altas desde las que sus soflamas pueden oírse mejor, retroalimentando el proceso. Ya hemos explicado que en nuestras muy democráticas sociedades de mercado libre, el miedo se utiliza con la misma falta de pudor que en las dictaduras fascistas. Y cuando el miedo interviene, la razón se bloquea. Hemos tenido dos recientes ejemplos de ello. El primero es un referéndum en Suiza, para restringir la libre circulación  de ciudadanos europeos. ¿La razón? La marea de inmigrantes que iban a asaltar el país helvético como consecuencia de la crisis. Se trata de un ejemplo palmario de lo que venimos diciendo. Primero porque es una demostración de que “votación” y “referéndum” no son sinónimos de democracia cuando la opinión pública ha sido convenientemente intoxicada. Segundo porque las cifras muestran clarísimamente que ni hay, ni ha habido, ni va a haber nada semejante a una marea de inmigrantes. Y, last but not least, porque ninguna votación, referéndum o ley ha impedido jamás el surgimiento de una marea, salvo la ley de gravitación universal.
   Otro ejemplo de lo mismo, por supuesto, más burdo, lo tenemos en nuestro país. Después de poner cámaras de vigilancia en las alambradas que rodean Ceuta y Melilla, después de colocar una doble alambrada con patrullas circulando en su interior, después de poner cuchillas en las alambradas, ahora sale a la luz pública la devolución ilegal de inmigrantes por el heroico procedimiento de ponerlos en la puerta y darles una patada en el trasero. Mientras nuestro gobierno encuentra una excusa más para mantener esa cara de poker con la que va a pasar a la historia, mientras esperamos la próxima revelación de lo que ocurre allí donde nadie quiere saber lo que ocurre, en las fuentes de transmisión de ideología, quiero decir, en el cine y en la televisión, hacen furor las series y películas sobre zombis. De modo poco disimulado se acostumbra a la población a la necesidad de luchar contra “los otros”, contra los invasores, contra esos que asaltan en avalancha nuestras fronteras y que no vienen a integrase, sino a integrarnos. De paso, los heroicos protagonistas de Guerra Mundial Z o de The Walking Dead, van dejando allanado el camino a la idea de que todos los que visten con harapos, tienen hambre insaciable y costras en la cara, merecen que se les reviente el cráneo con un bate de béisbol.
   En medio de este pánico alimentado por tanto sinvergüenza con ganas de medrar, nadie parece recordar la más elemental de las lecciones que nos proporciona el fenómeno de las ósmosis, a saber, que la única manera de disminuir la presión contra una frontera es equilibrando los contenidos de riqueza, libertad y bienestar social que hay a un lado y otro de ella.

domingo, 9 de febrero de 2014

El futuro de la televisión

   De la televisión ya he hablado varias veces. Es el nuevo ídolo, el que ha venido a ocupar en nuestras casas el destacado lugar que en la época de los romanos ocupaba el altar dedicado a los antepasados. Ante ella hacemos nuestras abluciones y esperamos sus mensajes con la misma inquietud y reverencia con que los antiguos esperaban oír la voz de los muertos. En nuestra época está permitido reírse del Papa, de los curas, de las monjas y hasta de los santos. Reírse de la televisión, del sagrado ejercicio de sentarse ante ella y asentir a sus mensajes, es una blasfemia. A quienes lo hacen, se les da una palmadita condescendiente en la espalda mientras se prepara todo para excluirlos socialmente. Entender el monstruo que estamos alimentando es fácil con sólo observar la transformación que sufre un hogar en cuanto se ilumina la pantalla:. las conversaciones se silencian, todo debe quedar subyugado a la voluntad del profeta, los iniciados entran en trance, se olvidan de sus males, de sus preocupaciones, de su ser personas y sus cerebros quedan abducidos. De este modo, el común de los mortales alcanza el paraíso de los teólogos medievales, aquel lugar en el que se entraba en contacto con la divinidad.
Las infinitas posibilidades de la televisión para el poder fueron descubiertas muy pronto. No en balde, su inmediato antecedente era la radio y ya sabemos el uso que Hitler hizo de ella. La televisión permitía mucho más. La radio podía conseguir tergiversar la realidad, camuflarla, ocultarla. Con la televisión se estaba en posesión de la realidad. Dominar la televisión era hacer con la realidad lo que uno quisiese. No existe mejor medio para engañar, para manipular, para confundir, que la televisión, en especial, porque la fe de los iniciados carece de límites. Quienes se divierten manipulando imágenes de un vídeo casero, aceptan la verdad de una noticia en cuanto llegan imágenes de la misma. Ver algo en el televisor es como introducir el dedo en las llagas de Cristo, ya no cabe duda ulterior. El poder era tan enorme que, rápidamente, muchos quisieron aspirar a él. A España, las cadenas de televisión privadas, llegaron a principios de los 90 del siglo pasado. El objetivo inmediato era atrapar esa inmensa mayoría que apagaba el receptor varias horas cada jornada. En el colmo de la desvergüenza, bajo la apariencia de una “democratización”, de darle la voz “a todo el mundo”, de una pluralidad de ideologías, se escabullía el hecho de que la televisión es la ideología. Los mismos mensajes que no se hubiesen aceptado procediendo de una emisora estatal, se engullían ahora sin más, por venir de alguien que "sólo" podía tener intereses económicos. Al final la lucha por la libertad quedaba convertida en si se podían elegir más o menos cadenas de televisión, todas las cuales vomitaban las mismas mentiras.
   Pero la pluralidad de cadenas tuvo un efecto secundario no calculado: el mando a distancia. Entre “tanto donde elegir”, el consumidor de basura televisada, necesitaba algún género de dispositivo que le permitiese perseguirla de una emisora en otra.  Sin embargo, el mando a distancia creó un intersticio por el que los individuos podían caerse de la malla que los atenazaba. Con la facilidad de apretar un botón, eran capaces de anular el control que la publicidad ejercía sobre sus mentes. Desde entonces ningún intento ha impedido que esta paradoja se haga cada vez más palmaria. Cuanto “más hay que ver”, más necesario es que el sujeto ejerza el peligroso vicio de elegir. Hasta tal punto es así, que estamos al borde de una nueva frontera televisiva.
La televisión del futuro la tenemos todos ya parcheada en nuestros hogares. Quien más, quien menos, ha convertido su aparato de televisión en una especie de ordenador Frankenstein. Claramente vamos hacia una televisión sin antena. A través la conexión a Internet nos llegará la señal televisiva. Un disco duro, incorporado o unido a la pantalla, almacenará los programas que no tengamos ocasión de ver. El streaming hará las veces del directo. Tecnológicamente todo esto es ya posible. Las grandes empresas del entretenimiento deportivo norteamericanas, la NBA, la NFL o la MLB, comercializan desde hace tiempo el game pass. Mediante pago, se tiene acceso a la totalidad de partidos que organizan vía Internet y con una excelente calidad.
¿Por qué la televisión del futuro no es ya presente? Aunque tecnológicamente los problemas pueden resolverse fácilmente, queda la peliaguda cuestión del control. Quienes han ejercido por delegación ese papel, las emisoras de televisión, se encuentran con que o se transforman radicalmente o la historia les pasará por encima. El caso de la NBA es patente.  Ha desarrollado su propia marca televisiva, con la que graba, transmite y comercializa sus contenidos. Esencialmente, si seguimos viendo la NBA a través de nuestras antenas es porque tienen muy claro que así llegan a un público todavía mayoritario en el que despertar interés por su merchandising. Realmente, la NBA no necesita a ninguna cadena de televisión para nada. Es un ejemplo de lo que va a ocurrir. Las productoras podrán comercializar directamente sus series, sus películas, sus concursos y sus espectáculos deportivos sin que las cadenas de televisión intermedien. Su papel, si es que han de tener alguno, será el de convertirse en buscadores de contenidos audiovisuales. El problema, el problema por el que estoy hablando del futuro y no del presente, es que en ese papel hace décadas que tomaron la delantera cierto tipo de páginas a las que se suelen calificar de “piratas”. Es el interés en desalojar a los actuales inquilinos de ese nicho económico el que mueve toda la batalla de las televisiones contra los "piratas" y no los cacareados derechos a la propiedad intelectual.

domingo, 2 de febrero de 2014

Radio Clásica

  España es un país muy musical. Aquí, casi en cada casa, hay quien es capaz de interpretar El Mesias de Händel con una botella de anís y una cuchara. La música tiene que formar parte de cada celebración popular, desde los toros a la Semana Santa. Son incontables las bandas, agrupaciones musicales, coros y músicos más o menos callejeros que existen por metro cuadrado y si se acerca a ellos podrá observar que muchos son chicos jóvenes, que han sacrificado horas de su tiempo libre para hacerse cargo, con mayor o menor soltura, de un instrumento musical. Pese a todo, nuestra musicalidad se queda en la charanga, el pachangueo y el chundachunda que vomitan la mayoría de las emisoras de radio. La educación española, tan sensible con las necesidades educativas especiales, con los alumnos con dificultades y el fracaso escolar, no tolera a quienes tienen talento musical. Todo está programado para hacerles elegir entre su talento y sus estudios antes de que cumplan los 16 años. Somos un país de pandereta y se procura que nadie se desvíe hacia cosas raras como el clarinete. El resultado es nuestra profundísima incultura musical.
En este contexto una emisora llamada Radio Clásica lucha por colocar en las ondas algo diferente a lo habitual. Es evidente que su propósito resulta imposible. Le corresponde una misión pedagógica, cuando no propagandística, para enganchar a nuevos oyentes en este tipo de música. Tiene que ser, además, el lugar de reunión de la minoría de marcianos que llevan a gala su gusto por los violines. En ella deben reconocerse los expertos, intérpretes y compositores que no tienen otra emisora a la que ir. Rara vez ha cumplido estas misiones a gusto de todos, pero, seamos realistas, tampoco era posible. 
  En 2008 vino la famosa reforma bajo el lema “¿para qué hablar en una emisora de música?” y se formó una polémica de extraña acritud. Efectivamente, en Radio Clásica se hablaba (y se habla) más que en emisoras semejantes del resto de Europa. En realidad, si se quiere que siga teniendo una función pedagógica no puede ser de otra manera. Tampoco es que la programación de Radio Clásica haya sido nunca rompedora. En esencia no suena nadie que no lleve 50 años muerto. Es más fácil escuchar a cualquier compositor de segunda línea del XIX que a cualquier compositor de primer orden contemporáneo. Y no se trata de una cuestión de facilidad. Conocí a Piazzola por un programa de otra emisora y el Short Ride in a Fast Machine de John Adams sonó por primera vez coincidiendo con el 20 aniversario de su composición (por cierto, ninguna palabra se dignó acompañar esta fanfarria explicando quién es John Adams). Cosas más polémicas como John Zorn, Glenn Branca, John Cage o Stockhausen, no se molesten en buscarlas en Radio Clásica. Uno lee esto y piensa, “claro, son puristas”. Pues no, tampoco es eso. En las muy clásicas ondas de esta emisora, siempre ha habido un programa dedicado al jazz y otro al flamenco. Se trata de un reflejo de lo que es el mundo de la música en este país. Aquí o eres romántico o eres atonal o bailas sevillanas. Cualquier otra opción genera maledicencias.
Lo que realmente ha dañado, me temo que de modo irreversible, a esta emisora no fue propiamente la reforma de 2008. Más o menos por esas fechas, los políticos llegaron a la conclusión de que en RTVE había demasiada gente que, de tantos años ahí, se había hecho con una parcelita de poder que les permitía un cierto género de independencia, de inmunidad ante los vaivenes de los sucesivos gobiernos. De este modo se inició una campaña para “renovar” el ente público, acabar con los “periodistas funcionarios” y “modernizarlo”. Dicho de otro modo, se abrió la veda para sustituir a cualquier empleado con personalidad por un estómago agradecido y servil, aunque eso supusiese pagar prejubilaciones multimillonarias. De rebote, Radio Nacional vio cómo la privaban de todo su capital humano y, en el caso de Radio Clásica, de las figuras señeras de su programación. El problema no es ya que las telarañas decimonónicas salgan ahora en todo momento por los altavoces, ni que parezca que el criterio base de selección sea la música más aburrida y que menos pueda interesar a los jóvenes. El problema es que se le pregunte a un wageneriano de pro si la tetralogía del alemán se titula “El anillo” o “Los anillos del nibelungo”, como si el nibelungo en cuestión fuese un motero ensortijado. El problema llega al punto de comparar “Vesti la giubba” de I pagliacci con el “Show must go on” de Freddy Mercury...


  Vamos a ver, vamos a ver. Freddy Mercury tenía un talento musical como muy pocos en el rock de los 80-90. Por otra parte, tenía una capacidad pulmonar que, con una educación adecuada desde pequeño, podía haber hecho de él un cantante de ópera más que decente. Tengo mi disco de grandes éxitos de Queen guardado como oro en paño y disfruto una barbaridad cada vez que lo pongo. Por otra parte, la música de Leoncavallo, como la mayoría de los decimonónicos, no me dice nada, si bien he establecido últimamente una relación un poco especial con este “Vesti la giubba”. Dicho lo cual, hay que aclarar, primero, que el “Show must go on” no lo escribió Freddy Mercury que el hombre, por 1991, estaba ya bastante enfermo. Segundo, que es un tema obviamente inspirado en el “Show must go on” del espectacular álbum The Wall publicado por Pink Floyd unos doce años antes. 


Tercero, ni siquiera la canción de Pink Floyd era original, estaba inspirada en un disco no menos inquietante publicado por Alan Parsons Project en 1976, I Robot, cuyo tema “Day after day” llevaba por subtítulo, precisamente, “The Show must go on”. 


Cuarto, el contexto de lo que ha ocurrido hasta ese momento en I Pagliacci y de lo que va a ocurrir a continuación, hace a “Vesti la giubba”, simplemente, escalofriante. Bien interpretado hiela la sangre. Canio es un hombre destrozado, roto, al borde de la locura, que se sabe abocado a la tragedia mientras se pinta una sonrisa en la cara. La letra de ese medio recitativo, medio aria, pone los pelos de punta por sí sola. 


Por mucho que yo aprecie la música de Mercury, admire a Pink Floyd y disfrute con Alan Parsons, ninguno de los tres consiguió un efecto comparable.
  Dado que me pagan por escuchar un buen celemín de tonterías cada día, en el futuro me pensaré muy mucho si merece la pena poner Radio Clásica, arriesgándome a seguir escuchándolas.

domingo, 26 de enero de 2014

Los problemas del sistema educativo

   Hay abierto en España un amargo debate sobre la situación del sistema educativo, la necesidad de (otra) reforma y el papel de la filosofía en ella. No he querido entrar demasiado en el tema para que no se piense que defiendo intereses individuales más que generales. Por ello, en lugar de argumentar, me voy a conformar con transcribir las palabras de otro. Se trata de una versión (un poco libre) de la reseña aparecida en cierto medio de comunicación sobre la charla dada por un destacado intelectual y profesor de filosofía. Después de transcribirla, vamos a efectuar algunas preguntas. Creo que clarifican muchas cosas.

   “Nuestro sistema educativo no tiene futuro”
   El Doctor en Filosofía J. I. afirmó en una reciente ponencia que la práctica educativa lleva a muchos estudiantes a atiborrarse de contenidos y no desarrolla un pensamiento crítico acerca del futuro. El Dr. J. I. saca estas conclusiones de un trabajo de supervisión en las escuelas en el que los estudiantes fallaban  a la hora de exponer los fundamentos de las cuestiones, pero aprobaban sin problemas los ejercicios de clase.
   El sistema educativo no está pensado para crear mentes innovadores y creativas que coloquen a los individuos en posición de convertirse en emprendedores. Por contra, crea actitudes de dependencia, especialmente, una tendencia inevitable hacia el funcionariado. Si el gobierno no altera esta tendencia, encarará enormes dificultades, pues el actual sistema educativo es incapaz de proveer a los jóvenes no ya de los conocimientos, sino de las actitudes correctas ante la vida, para lo cual, por otra parte, es imprescindible el conocimiento filosófico. La enseñanza de la filosofía debe empezar cuanto antes en la vida de los escolares, siendo lo ideal que se produzca en casa o, a lo sumo, en la tierna infancia, con objeto de dar perspectivas a los niños que les permitan forjarse una ideal de vida adecuado. En cualquier caso, especificó el Dr. J. I. los padres deben ser estrictos con la educación y la actitud ante la formación. Los niños no pueden desarrollar un pensamiento crítico sin manejar un lenguaje particular, asevera el Dr. J. I. Además, el desempleo, la corrupción y diversas formas de sabotaje económico afectan negativamente a la posibilidad de que las personas efectúen cambios a mejor en sus vida.

   Hasta aquí la reseña, ahora las preguntas. La primera es, por supuesto, ¿de qué país está hablando el Dr. J. I.? 
   ¿Tiene ya su respuesta? Bien, el Dr. J. I. no es otro que el Dr. Jason Ishengoma, de la Unidad de Filosofía de la Universidad de Dar es Salaam en Tanzania. Es de su sistema educativo, es decir, del sistema educativo tanzano del que está hablando. Puede encontrar el artículo completo aquí. La segunda y tercera preguntas son: ¿pensó Ud. que estaba hablando de España?  ¿por qué? La última pregunta sería: ¿Acaso es que el sistema educativo español tiene los mismos problemas que el de Tanzania? Ahora ya puede hacerse una idea de dónde estamos y hacia dónde vamos.

domingo, 19 de enero de 2014

Cómo afrontar un escándalo

   En esta época, en la que quien no tiene un caso abierto en el juzgado por haberse llevado dinero de alguna parte es que no es ni ha sido nadie, estamos viendo una bonita exhibición de qué hacer cuando le pillan a uno con las manos en la masa. He aquí las principales estrategias:
   1ª) Estrategia majestuosa. Consiste en adoptar un aire digno y señalar que siempre ha respetado las leyes y no dejará de hacerlo ahora por mucho que vayan contra sus propios intereses. Si se tiene la capacidad de guardar silencio en todas las circunstancias, puede conseguirse que la gente piense que su actitud y silencio encubren realmente a otras personas a las que se mantiene fiel. La verdad es que esto no implica una gran ventaja a la hora de recibir el castigo pertinente, pues no todo el mundo va a encontrar un fiscal que se apiade de él... A menos, claro está, que se maniobre entre bambalinas en esa dirección. Caso de hacerlo así se corre un enorme riesgo, pues si esas maniobras salen a la luz, toda la estrategia se viene abajo y queda claro que el rey está desnudo.
   2ª) Estrategia “esto no es lo que parece, cariño”. Hay que negarlo todo, decir que son falsedades lanzadas por sus enemigos. Es recomendable acompañar tales declaraciones con un gesto ofendidísimo y, de ser posible, alusiones a posibles buenas acciones que haya realizado en un pasado más o menos próximo. El Sr. Camps encarnó esta estrategia de un modo ejemplar. Como todos sabemos, esta estrategia, cuando tu pareja te pilla en la cama con otro/a, es una estrategia dilatoria. Se trata de ganar el tiempo suficiente como para que la cosa se desinfle, se olvide o, simplemente, sea tapada por un escándalo mayor. Por tanto, sólo tiene utilidad si no existe un medio de comunicación rival que pretenda utilizar el caso como arma política.
   3ª) Estrategia “yo no sé nada, sólo soy el presidente”. La persona que trajo esta estrategia a España fue Felipe González.  En los años en que su gobierno tenía más escándalos que ministros, él afirmaba que se enteraba de ellos por la prensa.  La verdad es que a él le fue bien. Los 12 años de gobiernos del PSOE institucionalizaron las comisiones ilegales y los sobresueldos. Todavía peor, justificaron cualquier cosa que viniera después. Felipe González se jubiló con cincuenta y pocos y vive de la millonaria pensión que le corresponde por el cargo que ocupó. Además, para llegar a final de mes, viaja por ahí, a pesar de que sigue sin tener ni idea de inglés, participando en foros, seminarios y conferencias, debidamente retribuidos. Pese a ello, muchos socialistas y gente que no lo es, se quita el sombrero cuando lo mencionan. Un ejemplo de los lodos que trajeron aquellos polvos es nuestro actual presidente, el Sr. Rajoy, que sigue fielmente la estrategia de poner cara de alelado cuando le preguntan por cosas como el registro efectuado por la policía en la sede de su partido a propósito del caso Bárcenas.
   4ª) Estrategia “los culpables son todos estos”. De esta estrategia hablaba ya Maquiavelo en El príncipe. Allí recomendaba que el gobernante tuviera siempre un segundo de a bordo, bien visible, que diera en última instancia las órdenes y al que nunca se debía ver en el acto de recibirlas. De este modo, si al príncipe se le iba la mano, por ejemplo, apiolando a sus rivales políticos, siempre podría cortarle la cabeza a su lugarteniente y ofrecérsela al pueblo, diciendo que fue una iniciativa suya y que él, el príncipe, jamás autorizó semejante salvajada. Recientemente hemos podido ver a Chris Christie siguiendo rigurosamente el guión escrito por Maquiavelo. Para quien no lo conozca, Christie es la gran esperanza del aparato del Partido Republicano. Es campechano, simpático y con amplio respaldo entre los moderados del partido. Exactamente lo que necesitan para evitar tener por cabeza de cartel a un representante del Tea Party, montaraz, visceralmente conservador y, por tanto, capaz de espantar todos los votos que se necesitan para ganar unas elecciones presidenciales. Pero Christie es también gobernador del Estado de New Jersey y, para vengarse de un rival político, no ha tenido mejor ocurrencia que montar un pertinaz atasco en uno de los puentes que une su Estado con la ciudad de Nueva York. Naturalmente “no ha sido él”, ha sido la práctica totalidad de su gabinete de asesores que se carcajeaban a mandíbula batiente de los autobuses escolares atrapados en el atasco sin que el bueno del gobernador se enterase de nada.
   5ª) Estrategia del ventilador. Si consigue demostrar que en el escándalo del que es Ud. centro están implicadas personas de todos los partidos políticos, observará como, milagrosamente, los medios de comunicación y hasta los juzgados, pierden interés por Ud. Lo hemos podido observar en el caso Caja Madrid. Tras un artículo aparecido en El País en el que se daba cuenta de que todo el mundo se “interesaba” por el dinero que la caja iba dando a sus familiares y conocidos, los frecuentes artículos al respecto han cesado como por ensalmo.
   6ª) Estrategia del hastío. La ventaja de esta estrategia es que puede utilizarse aunque no haya ningún medio de comunicación que le apoye. En esta estrategia Ud. o alguien cercano a Ud. debe  hacer de fuente para las filtraciones. Cada vez que observe que las noticias que le implican van haciéndose más escasas en los medios de comunicación, hay que lanzar una nueva serie de filtraciones. Si logra mantener esta dinámica durante años más que meses, llegará un momento en que el público, los  periodistas y los directores de los medios de comunicación acaben diciendo: “¿Otra vez? Estoy ya del caso X hasta el gorro”. Una vez esto ocurra, los jueces buscarán rápidamente un motivo para declarar prescritos los delitos y Ud. quedará como culpable, aunque exonerado de toda consecuencia penal. El caso Gürtel es un buen ejemplo de esta estrategia.
   7ª) Existe una última estrategia utilizada muy frecuentemente en Europa, pero que en España es desconocida. Permite acabar radicalmente con el escándalo aunque tiene el inconveniente de que, por lo mismo, se deja inmediatamente de chupar de los privilegios de la poltrona: d i m i t i r.

domingo, 12 de enero de 2014

La paz de los muertos

   Vuelvo a casa con una entrada sobre los escándalos financieros de nuestro país en la cabeza y me sorprende la noticia de la muerte de Ariel Sharon. Aunque me vanaglorio de no odiar a nadie, hay personajes a los que uno solo puede desearles una muerte larga, dolorosa o, al menos, denigrante y, sobre todo, en el olvido. En el caso de Sharon mis deseos se han cumplido. Con Sharon muerto, el mundo es bastante mejor, aunque ya lo fue cuando un infarto cerebral lo apartó por fin de la primera línea de la política israelí. 
   Para quienes no lo recuerden o para quienes se hayan olvidado de él después de 8 años en coma, Ariel Sharon (Arik o “el rey israelí” o “el león de Dios”) fue pieza fundamental en la creación de la Unidad 101 que, allá por los años cincuenta, se hizo famosa por poner bombas en los mercados árabes, llevándose por delante, ancianos, mujeres, niños y, sobre todo, cualquier esperanza de que hubiese algún género de entendimiento entre judíos y palestinos. Con los años, se fue retirando de la primera línea del combate contra la paz y la tolerancia, pero jamás dejó de ser fiel a los más puros principios del matonismo mafioso, convirtiendo el terrorismo en política de Estado por parte de Israel. Desde luego, se le puede acusar de terrorista, de criminal de guerra, de genocida (siempre que tuvo la ocasión), pero nadie puede acusarle de doblez, hipocresía u ocultar sus intenciones. Promovió la invasión del Líbano en 1982 con la intención expresa de expulsar a los palestinos allí residentes al mar. Como el proceso parecía tardar demasiado, entregó los campos de refugiados de Sabra y Chatila a los falangistas cristianos que hicieron lo único que cabía esperar de ellos, masacrar un mínimo de 2400 civiles indefensos. Su modo de hacer política como miembro del gobierno fue el mismo que utilizó como “militar”, la embestida anticipada antes de que el enemigo consiguiera retirarse. Creó escuela. El actual gobierno israelí se lo reparten dos personajes que nada tienen que envidiarle a Sharon en cuanto a radicalidad derechista: Benjamin Netanyahu y Avigdor Lieberman.
   Y es que, lo peor de Sharon, nunca fue su brutalidad sin límites, lo peor es que sólo era otro producto de uno de los conflictos más longevos de la historia, el que enfrenta desde hace un siglo a judíos y palestinos. Es un conflicto mal entendido. Su origen está en la creación del Estado de Israel, pero no porque los judíos pretendieran volver a la Tierra Prometida, ni porque allí ya hubiese población, como se suele aducir. El problema, el problema real, estaba en dos elementos centrales que aparecen cuando el sionismo plantea la idea del retorno. La primera de estas ideas es que el “nuevo” judío, el judío que debe colonizar su “propia tierra”, ya no es el judío que hasta ese momento había tratado de integrarse en las sociedades europeas, americanas o africanas en las que había vivido. El “nuevo” judío debe ser activo, debe estar orgulloso de su procedencia y no temer a nadie, sino hacerse temer por todos. La segunda de estas ideas es el gran disparate. La evidencia de que “sus” tierras llevaban siglos pobladas por árabes, fue resuelta con la ingenua asunción de que éstos quedarían tan admirados por el esfuerzo civilizador de los colonos que aceptarían de buen grado ser ciudadanos de segunda en su propio país. Si a ello le añadimos un armamento netamente superior al de cualquier enemigo posible, tenemos ya servido un conflicto secular.
   Ahora es fácil entender que los judíos, los “nuevos” judíos, no llegaron a Palestina con aire conciliador. Y la actitud de la otra parte tampoco es difícil de entender. Imagínese Ud. que mañana llega alguien a su casa y, pistola en mano, le explica que su casa ha dejado de pertenecerle porque en el libro sagrado de quien le apunta dice que le pertenece a él. ¿Buscaría Ud. la paz y el diálogo con esa persona? Desde entonces la historia siempre es la misma: crímenes de unos que son respondidos con crímenes por los otros. Si lee los acontecimientos que se desarrollaban en Palestina en 1909 o en 1914, le parecerá estar leyendo las noticias actuales. Son las mismas bombas, puestas en los mismos sitios, matando los mismos inocentes.
   Lo que Ariel Sharon entendió, los objetivos de la política que persiguió desde el primer momento, fue que abocar a los palestinos a la lucha armada, dejarles como única opción el enfrentamiento directo o el desgaste infinito del terrorismo, era un camino que acabaría conduciendo a la victoria de Israel. Desde que tuvo voz en las altas esferas del gobierno, se ha llevado a cabo una sistemática campaña de exterminio de cualquiera que tuviese el menor perfil moderado, conciliador o, simplemente, de intelectual puro en el bando rival. A un Gandhi palestino, Sharon lo habría matado antes de nacer. Hasta tal punto es así que muchos vieron la llegada de Hamas a la Franja de Gaza como una maniobra de los servicios secretos israelíes. De hecho, Israel sólo tembló realmente en los inicios de la Primera Intifada, cuando la protesta consistió en marchas pacíficas y lanzamientos de piedras. A ellos respondieron del único modo que lo ha hecho siempre, disparando contra la población civil y quedaron en evidencia ante el mundo. Luego, las piedras dieron paso a las bombas, los atentados, los cohetes y los suicidas, con lo que Israel no tuvo muchos problemas para reconducir la situación y sentarse a negociar unos acuerdos que, al final, dejarían las cosas como deseaba.
   Hoy día, cuando unos y otros han conseguido que hablar de una protesta pacífica en los territorios palestinos suene a chiste, su rendición ante el dominio israelí es prácticamente un hecho. Porque Sharon ha muerto, pero la política de la brutalidad que él simbolizaba, buscar siempre que el otro tenga motivos para la agresión y nunca para el acuerdo, está a punto de triunfar.