domingo, 28 de julio de 2013

Rugby

   Me gustan todos los deportes que no practicaría ni loco. El rugby es uno de ellos. Como la mayoría de los españoles lo descubrí con las retransmisiones del torneo de las (por entonces) Cinco Naciones en La 2. Me fascinó aquella mezcla de caballerosidad, honor y brutalidad. Por aquel entonces, el rugby era un deporte amateur hasta límites insospechados para alguien acostumbrado al fútbol. Recuerdo imágenes del vestuario de Escocia tras una impresionante victoria sobre Inglaterra. Los jugadores trataban de localizar sus carteras para comprar las camisetas con las que habían jugado. Como aficionados, su indumentaria pertenecía a la federación y si querían llevársela a casa, tenían que comprarla. 
   Poco a poco, con las retransmisiones televisivas, el dinero comenzó a afluir y empezaron a menudear los jugadores de “profesión no declarada”, eso sin contar que las ligas de rugby profesional hacían estragos llevándose a las grandes figuras. Hoy día no queda prácticamente nada de aquel juego de aficionados. No se trata ya de las grandes potencias. Si uno va descendiendo por el ranking mundial, países como Samoa, Tonga, Fiji, incluso Georgia, tienen un buen número de sus jugadores en las ligas francesa o inglesa. Inevitablemente, el rugby se debate entre caer en el mercantilismo o devenir puro espectáculo, debate que, más para mal que para bien, ya han resuelto el resto de los deportes multitudinarios. Hace unos años, se cambiaron algunas reglas para hacer los partidos más espectaculares. Se permitió el uso de estrategias en los lanzamientos de banda y se exigió que el jugador caído soltase inmediatamente el balón. Desde luego, los partidos se han hecho más vistosos, pero hubo que vencer la resistencia de los puristas que se habían atrincherado contra los cambios. Ahora mismo hay una comisión para reformar las melés y no parece que haya generado ningún resquemor. La propia aceptación de Italia como sexta nación en el famoso torneo del hemisferio Norte, fue, en buena medida, por cuestiones de ingresos televisivos, pues quien merecía ese honor, según los expertos, era Rumanía.
   Pese a ello, sigue estando prohibido engañar al rival, discutir con el árbitro, perder el tiempo, intentar cobrar cualquier ventaja que no sea por el uso de la inteligencia o de la fuerza, no dejar lugar para las pillerías. Las aficiones siguen bebiendo juntas (y revueltas) en las gradas, mientras animan a sus equipos sin que haya incidentes, sigue existiendo el tercer tiempo, siguen existiendo los Barbarians y los British & Irish Lions. ¿Se lo imaginan Uds? Un combinado formado por los mejores jugadores de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. Los jugadores que se enfrentan a muerte en el Cinco Naciones forman un equipo y hacen una gira, cada cuatro años, por una de las potencias del Sur: Australia (este años), Nueva Zelanda y Sudáfrica. Pues bien, olvídense del fútbol y esas pachangas llamadas "partidos amistosos". Los jugadores son capaces de renunciar al Cinco Naciones por acudir a esa gira. Aún más, los British & Irish Lions son uno de los conjuntos que más aficionados mueven. Ingleses, galeses, escoceses, irlandeses, uniformados todos con camisetas rojas, han llegado a formar amplia mayoría del público en los partidos contra Australia, bebiendo y animando juntos a su equipo.
   Durante las retransmisiones del Cinco Naciones oí hablar por primera vez de una selección apodada los All Blacks que bailaban una danza de guerra maorí antes de los partidos y de otra, famosa por sus delanteros, en aquellos momentos excluida de las competiciones internacionales por culpa del apartheid. Algunos  años después, Nelson Mandela fue liberado, el régimen racista se fue, por fin, a las cloacas de las historia y pudimos disfrutar de la primera Copa del Mundo de rugby. TVE hizo una de sus famosas jugadas arrebatándole a Canal + la retransmisión del evento a base de poner millones sobre la mesa para emitir después únicamente dos partidos, una semifinal y la final. Afortunadamente la semifinal fue el Australia-Francia, uno de los mejores partidos que yo había visto hasta ese momento.
   Después he ido descubriendo competiciones por mi cuenta, la Heineken Cup, la Premiership, el Tres Naciones (Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica), que el año pasado admitió, por fin, a Argentina y ahora se llama Rugby Championship y, por encima de todo el Super XV (antes Super XIV, y antes Super XIII y al principio de todo Super XII). El Super XV es un torneo de clubes de Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica. En mi opinión, es el torneo más divertido de todos. No tiene el “Tierra de mis padres” cantado por todo un estadio, como ocurre en Gales durante el Cinco Naciones, no tiene hakas, no tiene Calcuta Cup, pero juegan delanteros espectaculares, se prima el juego a la mano y los ensayos, se busca siempre la ruptura de la línea contraria... Este fin de semana se juegan las semifinales y el próximo la final. Si están interesados por el rugby, se lo recomiendo.
   Veo mucho rugby, he visto mucho rugby, de modo que tampoco nadie tiene que descubrirme la cara oculta de este deporte. El famoso tercer tiempo, esa quedada de los jugadores para beber juntos después de los partidos, se ha vuelto peliagudo. Son públicos y notorios los problemas con el alcohol de más de un jugador de talento, como Zac Gildford o Kurtley Beale. Alguna gira de un combinado maorí por Sevilla ha terminado con la intervención de la policía. Claro que, para batalla en la capital hispalense, la que protagonizaban día sí, día también, jugadores de rugby y lanzadores de peso que compartían pista de entrenamiento. Aún recuerdo a un delantero de Gales al que su homólogo inglés (de profesión policía por más señas) le partió la nariz por dos sitios de un puñetazo.
   En fin, aquí les dejo las dos hakas que bailan habitualmente los neozelandeses. La más habitual es la Ka mate, cuya letra dice algo así como “venid que todos somos hermanos y vamos a darnos la mano”. La otra, Kapa o pango, creo que se puede traducir como “Démonos un abracito y después un besito”. El último vídeo es una nueva técnica inventada por George North en la última gira de los British & Irish Lions que podría calificarse como “placa a tu placador”. Que lo disfruten.








domingo, 21 de julio de 2013

Bye, bye Wittgenstein's Pie

   Hacia principios de los ochenta, cierta empresa automovilística se encontró en una extraña situación. Los informes que obraban en su poder indicaban una expansión del mercado de los todoterreno, particularmente en los países de habla hispana. Habían diseñado un producto con notables innovaciones tecnológicas que causó expectación en las ferias por las que pasó. Su lanzamiento al mercado resultó brillante en los países asiáticos, no tanto en EEUU y fue un auténtico fracaso de ventas en Hispanoamérica. La casa matriz solicitó todo tipo de informes a sus filiales, pero ninguno de ellos explicaba el origen del problema. Se realizaron múltiples reuniones con los responsables en España e Iberoamérica, igualmente infructuosas. Finalmente, en una de ellas, con seguridad alguien joven que desconocía lo que no se de debe decir en una reunión de estas características, levantó la mano e indicó que, simplemente, era imposible vender un producto con ese nombre en un país donde se hablase español. Los directivos nipones sonrieron con suficiencia y le espetaron que el nombre había sido elegido pensando precisamente en esos países, de hecho, pertenecía a un felino de Sudamérica. “Bien, debió insistir el joven, ¿y cómo se llama ese felino?”. “Pues, Leopardus, Leopardus pajeros”. “De eso se trata, concluyó el joven, no es fácil conseguir que alguien que hable español se suba a un Pajero”. Los directivos acabaron por darle la razón al joven y así fue como el Mitsubishi Pajero pasó a denominarse Mitsubishi Montero. “Milagrosamente”, el cambio de nombre hizo que su ventas subieran como la espuma. Por desgracia, en Mazda nunca hubo un joven de estas características para explicarles por qué no se vendía entre las mujeres hispanas su modelo Laputa, ni en Toyota para explicar el fracaso en Francia del Toyota MR-2 (léase “merdeux” y recuérdese que en francés existe la palabra merde de obvio significado), ni en Lexus para explicar que ninguno de sus modelos debía llevar el nombre LF-A (léase “lefa”).
   Cambiemos de tercio. Supongamos ahora que vive Ud. en Milán y que tiene una hija de pocos meses a la que quiere dar una educación de élite desde su más tierna infancia. Una educación, por ejemplo, bilingüe. Así aprenderá español en casa, italiano e inglés. Le hablan muy bien de una guardería con esas características y decide ir a verla. ¿Se molestaría en traspasar el umbral de la Follador Nursey School? Follador es un apellido como otro cualquiera en Italia. De hecho, existen las bodegas Follador. Ud. puede pedirse un Follador en cualquier restaurante de postín y comprobará su solera, “Follador since 1769" podrá leer en la etiqueta. No siempre es buena idea ponerle el apellido familiar o cualquier otro nombre al que se está emocionalmente unido a unos vinos, en especial si uno vive en un Estado hispano como Texas y quiere llamar a sus vinos como a su barco, porque el resultado puede ser los vinos Kagan.
   A veces el problema está en una palabra que cambia de significado con el tiempo. “Gay”, por ejemplo, era un adjetivo que significaba “alegre” hasta los años 60 del siglo XX. De ahí el helado Golden Gaytime australiano. Hartos de ver caer las ventas, la empresa que lo comercializa, Streets, decidió coger el toro por los cuernos y relanzarlos con su eslogan original: “It’s hard to have a Gaytime on your own!” Esto debe contextualizarse, en Australia existe una potente comunidad gay y a ella se dirigía como público objetivo los anuncios de Streets. Ni que decir tiene que en otros países, como la vecina Nueva Zelanda, lo comercializan con otro nombre. No sabemos si el agua Sogay pretende seguir esa estrategia, tampoco sabemos si sus anuncios son del tipo: “Bebe Sogay”. La mayoría de las empresas son mucho más precavidas. Knorr, por ejemplo, no ha comercializado (todavía) en España sus sopas de verdura Pota, cosa que sí hace en Japón (1). 
   Encontrar el nombre adecuado para un producto es hasta tal punto difícil que se ha creado toda una rama del marketing, el naming. Es fácil de entender, ¿compraría Ud. el suavizante Rasrras? ¿la secadora Chofchof? ¿el sistema operativo Colga-2? ¿por qué si no los ha probado? En cambio sí está dispuesto a pagar por obtener “inmunitas”. El nombre es lo que hace oler a una rosa, saber bien a un refresco y curar a un medicamento. El problema está en que si intenta Ud. encontrar una explicación a estos hechos en la filosofía del lenguaje contemporánea, no la hallará. Toda esta disciplina está dominada por la doctrina de Wittgenstein de que el significado de una palabra es su uso y que el uso se produce en un contexto no exclusivamente lingüístico, lo que suele llamarse un juego del lenguaje. Aún más, Wittgenstein señalaba que las palabras no tienen “un” significado, tienen tantos significados como juegos del lenguaje de los que forman parte. A lo sumo, puede decirse que entre esos juegos del lenguaje hay cierto “parecido de familia”, pero no puede hablarse ni de evolución de un juego del lenguaje ni puede explicarse cómo y por qué una determinada palabra adquiere un significado o lo pierde.
   Nuestros políticos son todos wittgenstenianos convencidos y creen que si usan muy a menudo términos como “daños colaterales”, “contratos de formación” o “violencia de género” nos olvidaremos de los inocentes asesinados, del empleo precario o de las mujeres maltratadas. Si, efectivamente, el significado de una palabra dependiera de su uso en un juego del lenguaje, nadie se acordaría del onanismo, ni de prostitutas al hablar de coches, ni del priapismo al hablar de guarderías ni de vinos, ni de la homosexualidad paladeando un helado o refrescándose con una botella de agua. En este mundo en el que el centro de atención de los filósofos es lo que ocurre con sus cátedras, nadie parece haber descubierto lo que saben los especialistas en marketing desde hace décadas, que hay algo en las palabras que las aferra a significados concretos y que las lleva a arrastrar ese significado, digamos, plegado en su interior, por todos los juegos del lenguaje en los que van participando. Y ese algo no es otra cosa que la posición que ocupan en nuestras mentes. Pero, claro, para sacar este género de conclusiones hay que hacer lo que Wittgenstein pedía, pensar con él y no interpretarlo.


   (1) Pueden encontrar muchos más casos en la siguientes páginas:
   http://www.motorpasion.com/industria/nombres-de-coches-poco-afortunados-ford-corrida-mi
tsubishi-pajero
   http://www.comandopollo.com/2013/04/29/curiosiosidad-del-d%C3%ADa-productos-con-nombres-poco-afortunados/
   http://blogs.elpais.com/el-comidista/2013/04/nombres-inapropiados-comida.html
   http://ziza.es/2012/09/11/nombres_poco_afortunados.html

domingo, 14 de julio de 2013

Una de viajes

   Hubo una etapa en mi vida en la que solía viajar al extranjero con cierta regularidad. En aquella primera época de la aviación comercial, los cielos estaban dominados por las compañías de bandera, que trataban a sus clientes a cuerpo de rey. Iberia solía dar un rancho medianamente apetecible,  Lufthansa te cebaba. Recuerdo que en vuelos que no llegaban a las tres horas, te daban cinco comidas, incluyendo un refresco acompañado de anacardos. Más de uno aprovechaba para pedir champán y no solía faltar la prensa del país de partida y del país de destino. Las autoridades aeroportuarias iban en la misma línea. Una vez me perdí en Heathrow y, con mi inglés macarrónico, sacado de las películas, conseguí que una empleada me diera acceso a un pasillo prohibido a los viajeros para acceder a la terminal en la que debía estar. Pasé varias veces por el aeropuerto de Frankfurt, un aeropuerto en permanente alerta roja por los atentados que había vivido en los 70. Allí la policía patrullaba habitualmente con perros y con el dedo apoyado en el gatillo de los subfusiles. Pero si uno obviaba estas circunstancias, aquel aeropuerto no era en nada diferente de los demás.
   Cualquier pasajero que se preciara hacía gala de sus horas de espera en un aeropuerto como los pilotos lo hacen con sus horas de vuelo. No obstante, a poco que uno se supiera mover y tuviera ganas de conversación, la estancia en las salas de espera era una experiencia provechosa. En el aeropuerto de Barcelona aprendí el truco de irme hasta el puente aéreo con Madrid, porque allí podía obtenerse El País gratuitamente. Llegase donde llegase, me daba mi paseíto hasta la sala de espera del puente aéreo para conseguir mi periódico gratis si no me lo habían dado durante el vuelo. Pero la cosa iba más allá. En cierta ocasión me fue imposible encontrar billete para ir de Barcelona a Hannover, así que tuve que realizar un curioso periplo Sevilla-Madrid-Frankfurt-Sttutgart-Hannover. En esencia, todo un largo día volando o, mejor dicho, esperando en los sucesivos aeropuertos. A Frankfurt ya llegué cansado,  pero las sorpresas comenzaron en Stuttgart. Iba con la idea de buscar alguna tienda donde poder comprar algo de comida porque en Hannover me esperaba un frigorífico vacío. Apenas desembarqué, me vi conducido a la sala de espera de mi vuelo. Era una sala de reducidas dimensiones y cerrada, con lo que se esfumaba la posibilidad de buscar una tienda. En medio de la sala había una enorme fuente de varios pisos con sándwiches, yogures, fruta, barritas energéticas, alguna chuchería... Nada tenía precio. No había báscula alguna donde pesarlo. Ningún cartel que hiciera referencia a la fuente, ningún empleado estaba presente. Estaba solo allí. Como buen español, mi primer impulso fue abalanzarme sobre la fuente y coger un poco de todo. Me contuvo la idea de que entrase de repente un alemán y pensase precisamente eso: “ya está aquí el típico español arramblando con todo”. Me senté a observar qué ocurría. Durante largos minutos no ocurrió nada. Se acercaba la hora de mi vuelo y no entraba nadie. De pronto comenzaron a llegar alemanes. Los primeros mostraron ante la fuente el típico gesto de sorpresa alemán, es decir, no movieron ni una pestaña. Al cabo, uno se acercó y cogió algo. Fueron llegando cada vez más alemanes que cada vez se lo pensaban menos a la hora de coger cosas. Uno encontró algo en lo que yo no había reparado: ¡había bolsas de papel para quien quisiera llevarse más de un producto! Tomó su bolsa y bien que la llenó. Como mi madre me había enseñado que allí donde fuese hiciera lo que viese, lo imité. Me llevé comida para la cena, para el desayuno del día siguiente y casi para el almuerzo. 
   Pero las sorpresas no habían terminado. De todos los que acabamos por estar en aquella sala de espera, sólo cinco o seis íbamos a Hannover. El resto tenía por destino un vuelo posterior. En el avión nos aguardaban cuatro azafatas, como las que se gastaba la Lufthansa por entonces, con unas ganas soberanas de cachondeo porque llegaríamos a Hannover en pleno sábado por la noche. En fin, no sé si el Alzheimer logrará borrar de mi memoria aquel vuelo.
   La última vez que estuve en Heathrow un calvete me hizo quitarme los zapatos y me magreó entero. Si mi inglés me lo hubiese permitido le habría dicho que lo que él quería se pide en mi país de otra manera. Espero que fuese policía porque no iba de uniforme e igual es que le gusté a uno que pasaba por allí. Peor fue en Orly, un tipo con aspecto de hindú estuvo a punto de reconocerme la próstata. Por cierto, Orly es ese modelo de edificio por el que a los arquitectos les dan premios pero que son insufribles para quienes tienen que utilizarlo. Muy bonita la idea de hacer una terminal con forma de ameba, pero ¿alguien ha estudiado cómo se orientan los seres humanos en el interior de un ameba o cómo puede organizarse óptimamente la circulación por su interior? Por mi propia experiencia la respuesta es: muy mal. En el Charles de Gaullle tuvieron la brillante idea de retirar las papeleras. Me tiré una hora con una lata de Coca-Cola vacía en la mano, de hecho, la tuve que pasar por un detector de metales. Es cierto que con tanto registro, tantos impedimentos, tantas colas ante los controles, uno no tiene tiempo de aburrirse con las interminables esperas. De hecho es todo lo contrario, resulta casi milagroso poder enlazar dos vuelos. Y lo de conocer a gente en los aeropuertos ya pueden olvidarlo, después de que te hayan sobado tantos desconocidos, ¿para qué vas a hablar con uno/a más?    

domingo, 7 de julio de 2013

El panóptico global (y 4): La ejecución de Snowden.

   Michel Foucault abría su Vigilar y castigar, con una pormenorizada descripción del modo en que fue ejecutado Robert François Damiens el 28 de marzo de 1757. Cierta profesora de facultad tuvo a bien leérnosla un día a primera hora de la mañana, justo cuando nuestro desayuno comenzaba a ser digerido. Creo recordar que hubo quien se salió de clase. No tendré yo el mal gusto de repetir lo que cuenta Foucault, que, además, lo cuenta mucho mejor de lo que yo podría reproducirlo. Baste decir que Damiens atentó contra Luis XV causándole heridas leves y que, a consecuencia de ello, fue juzgado sumariamente, condenado y ejecutado de un modo tan brutal como simbólico. Foucault lo pone como ejemplo del poder barroco, desmesurado, ostentoso, recargado de simbolismo. A partir de ese momento comienza una evolución que pretende hacerlo menos aparente, menos llamativo, menos puntual y lo lleva actuar de modo continuo, sin por ello perder su capacidad para doblegar voluntades, someter a las mayorías, homogeneizarnos a todos. Si el poder barroco se ejerce sobre los cuerpos, grabando a fuego las marcas de su dominio, el panóptico es ya una demostración de cómo, a través de los cuerpos, se puede ir más allá. El panóptico no deja trazas en los cuerpos sino en el aire, en la luz, en lo que se ve.
   Los clásicos son clásicos porque, aunque estén alejados en el tiempo, siguen siendo actuales y Foucault lo es, el panóptico lo es, Vigilar y castigar lo es y mucho. A los asesinos en serie se les proporciona un abogado de oficio que los defiende con todas las garantías ante un tribunal. Los miembros de una banda terrorista gozan de juicios cubiertos por los medios de comunicación en los que hasta les es dado señalar con el dedo a sus jueces y amenazarlos. Pero si alguien atenta contra el poder, quiero decir, si alguien atenta realmente contra el poder, será perseguido sin piedad, encarcelado violando las más elementales normas del derecho penal, sentenciado de antemano, condenado a las más elevadas penas y cumplirá íntegramente su castigo si no acaba muriendo olvidado en el archivo de algún juzgado. Hoy podemos ver, (quiero decir, no ver, porque los medios de comunicación lo están ignorando bochornosamente) el juicio que se está celebrando contra el soldado Bradley E. Manning.
   Manning “clavó un alfiler” (como dijo Voltaire de Damiens) en el costado del actual Luis XV, arrojó luz sobre el modo en que se hace política internacional, sobre los procedimientos reales del ejército de los EEUU en sus victoriosas guerras de liberación y documentó algunas de sus matanzas. Los apaños, los chanchullos, el compadreo generalizado con el imperio global, el modo absolutamente sistemático en que los Estados violan sus propias leyes, la más absoluta carencia de dignidad, de vergüenza, de respeto a los seres humanos por parte de gobernantes de todas las tendencias políticas, quedó plenamente al descubierto. Pudimos tener constancia de cómo ministerios de asuntos exteriores aconsejaban a las autoridades norteamericanas esperar a que determinado juez, fácilmente influenciable, estuviese de guardia para presentar sus demandas legales. Supimos cómo las máximas autoridades de la muy libre Europa miraban hacia otro lado cuando ciudadanos de sus respectivos países eran secuestrados, torturados y hechos desaparecer en cárceles secretas. Alcanzamos a entender hasta qué punto todo código jurídico, toda legislación, toda ley fundamental de una democracia es una pura tela de araña para atrapar a ciudadanos de a pie mientras quienes las tejen atraviesan sus huecos como el aire puro de la mañana. Nadie dimitió, ninguna estructura de poder, ningún organismo, ningún político, revisó sus protocolos habituales de actuación, ninguna nueva ley ha sido puesta en vigor para limpiar de una vez las podridas cañerías de nuestros supuestos Estados libres y democráticos. Eso sí, Manning fue detenido, mantenido durante meses en aislamiento absoluto sin que se formularan acusaciones contra él, sometido a una presión psicológica brutal y, finalmente juzgado, en una pantomima de procedimiento legal.
   Ahora Edward Snowden se ha atrevido a clavar otro alfiler en el costado del nuevo monarca absoluto. Que llegue a ser detenido o no es indiferente, está condenado a vivir en un agujero, bien para esconderse, bien porque haya sido apresado. Son los nuevos Damiens, los regicidas frustrados contra los que el poder tiene que demostrar todo su exceso, toda su infinita gama de modos de tortura para escarmentarnos por adelantado a todos nosotros, los que todavía no hemos hecho nada por desmontarlo. De este modo espera mantenernos a raya. Pero para quienes están hartos de que se recorten sus libertades en nombre de la libertad, para quienes no toleran que haya gente por encima de la ley con objeto de mantener la ley, para quienes pretenden, un día, elegir entre posibilidades que no vengan impuestas por quienes saben que, sea cual sea la elección, ellos ganarán, Manning, Snowden, sólo pueden merecer el calificativo de héroes. Héroes que generan el imperativo moral de actuar como ellos, cada uno en la medida de sus posibilidades, hasta donde sienta que alcanza su compromiso. Porque, queridos amigos míos, se acerca el momento de cambiar algo para que todo cambie.

domingo, 30 de junio de 2013

El panóptico global (3): No hay 100% de seguridad con 100% de privacidad.

   En el discurso del XVIII, el justificante último de las medidas disciplinarias siempre fue el miedo, el miedo sanitario. Dado que locos, mendigos y enfermos en general, podían contagiar de sus males al global de la población, nada mejor que encerrados en lugares “apropiados”, los “hospitales generales”. Ahora bien, en esa época, las más elementales medidas de asepsia eran desconocidas por completo, incluso en la práctica médica habitual. Por tanto, los hospitales generales se convirtieron en focos de contagio de enfermedades más que en instituciones dedicadas a su curación. Era imposible, pues, garantizar, a la vez, la ausencia de contagios en la población amenaza de encierro y la ausencia de contagios en la población efectivamente. Sólo posteriormente, de hecho, en el siglo XIX, con la introducción de renovados protocolos médicos, podrá atribuírsele con pleno derecho al hospital un carácter curativo. 
   En el siglo XX, la enfermedad, el contagio, el higienismo, el control médico de la población, ha sido externalizado, pasando del Estado a otra institución aún más poderosa: la industria farmacéutica. El pánico que la posibilidad de enfermar causa ya no se utiliza para justificar la imposición de medidas disciplinarias, al menos, de entrada. Su utilidad práctica es mucho más sutil, aumentar el consumo. Hay que aterrorizar a los ciudadanos con enfermedades improbables para consumir. Consumir, en primer lugar, medicinas y, después, cualquier cosa ante la expectativa de una vida en continuo riesgo. Por tanto, si los Estados quieren seguir imponiendo medidas disciplinarias, si quieren seguir ejerciendo su poder sobre los ciudadanos, sometiéndolos a control e impidiendo cualquier reacción de éstos a restricciones de las libertades ya acordadas contra ellos, es preciso infundirles miedo con otra excusa.
   Casualmente la progresiva derivación del uso del terror médico a manos privadas, vino acompañada desde finales del siglo XIX por el aumento de la atención hacia el terror de origen “político”. Los ciudadanos que ya no aceptarían quedarse en sus casas por una epidemia, cierran disciplinadamente sus ventanas por temor a un atentado. La mano de la que ya no tememos que nos contagie una enfermedad es la que vemos ensangrentada en cuanto sabemos que se utiliza para rezarle a cierto dios. Tenemos derechos como pacientes, pero no si se trata de perseguir a quienes son sospechosos de poner bombas. El ensañamiento médico es indefendible, la tortura de los terroristas no.
   Si se trata del terrorismo todo está permitido. Los Estados lo saben, por eso existe el terrorismo. ETA mató en España alrededor de 800 personas en más de cuarenta años de existencia. La gripe mata cada año unas 1.400 personas en nuestro país. El atentado de las Torres Gemelas causó algo más de 3.000 víctimas, la décima parte de los muertos anuales por accidente de tráfico en EEUU. 56 personas murieron en el atentado de 7 de julio de 2005 en el metro de Londres. Ese año las estadísticas de muertos en el metro se doblaron, pues su media es de unos cincuenta muertos al año, la mayoría, suicidas.
   Acabar con el terrorismo exige medidas extremas, de acuerdo, pero ¿por qué no las exigen también la gripe, los accidentes de tráfico o los intentos de suicidio en el metro? ¿cuántas vidas se hubiesen salvado de dedicar a estas tres simples cuestiones la riada de millones invertida en la lucha contra el terrorismo? ¿por qué no se hace? La respuesta parece obvia, porque no se trata de salvar vidas. De lo que se trata es de controlar a la población, de meterse en sus existencias, en sus casas, debajo de sus sábanas, escudriñar sus comportamientos, sus pensamientos, sus más íntimos deseos. Se trata de prevenir cualquier acto de rebeldía, cualquier forma de asociación fuera de los marcos institucionales (es decir, inocuos para el sistema), de cercenar, en su misma raíz, cualquier cosa que suene a un atisbo de cambiar las cosas, a un amago de impedir que sigan capitalizando el poder los mismos de siempre. De eso es de lo que se trata.
   Bernardo Provenzano, el que fuera máximo dirigente de la Cosa Nostra siciliana desde principios de los 80 hasta su detención en 2006, mantuvo cohesionada una compleja organización transoceánica mediante los pizzini, trocitos de papel con mensajes mecanografiados. Desconfiaba de los teléfonos, los ordenadores y demás medios modernos. ¿Qué dificultad hay en dirigir una organización terrorista, en general, mucho más pequeña y disciplinada, por un procedimiento semejante? ¿Cuánta seguridad nos otorgaría frente a una organización de ese género entregarle toda nuestra intimidad a un centro de espionaje? Las víctimas del atentado de Boston, el personal del consulado en Bengasi, los dos muertos en el atentado de Atlanta durante los Juegos Olímpicos, ¿a cambio de cuánta seguridad dieron toda su privacidad? ¿Quién obtiene el 100% de seguridad por la entrega de toda nuestra intimidad, de lo que, en definitiva, nos constituye como seres humanos dignos? ¿los ciudadanos o los que velan por que nada cambie jamás y sus compinches, los que sacan tajada del statu quo?

domingo, 23 de junio de 2013

El panóptico global (2): Que nada tema quien nada haga.

   Decía Foucault en Vigilar y castigar que el panóptico era  un interrogatorio sin término, una investigación sin límite, un expediente y, a la vez, juicio, que sólo puede cerrarse con la condena o la muerte del individuo en cuestión, una medida permanente de la proximidad o lejanía respecto de una norma inaccesible(1). Esgrimir contra el seguimiento pormenorizado de nuestras vidas la idea de que “quien nada haga, nada tiene que temer”, ha sido siempre el cinismo supremo de quienes tienen por ideal democrático la sociedad distópica  que describe Orwell en 1984. Exactamente ¿qué hay que hacer para temer algo? ¿quién decide cuándo se ha hecho? ¿en base a qué protocolos, a qué criterios? ¿son revisables? ¿cuándo? ¿dónde? ¿cómo? Y, ¿qué hay que temer? 
   No lo olvidemos, Edward Snowden era, simplemente un empleado de una subcontrata. Difícilmente pudo tener acceso a todo lo que la NSA hace y, aún más difícil, a lo más grave que la NSA pueda llegar a hacer. ¿Cuál es la finalidad de esa inmensa recogida de datos que Snowden ha puesto de manifiesto? ¿Existe, junto a ella, algún tipo de actividad ejecutiva? ¿en qué consiste? ¿quién la realiza? ¿cómo se lleva a cabo? ¿Está capacitada la NSA para introducir pornografía pedófila en el ordenador de cualquiera sin que se de cuenta? ¿Puede efectuar compras de productos ilegales con sus tarjetas? ¿Puede robar y filtrar a la prensa contenidos poco recomendables de sus dispositivos electrónicos? ¿Tiene acceso a los mecanismos digitales de voto en las elecciones, a los procedimientos de recolección de resultados? Recordémoslo, todos estamos sometidos al escrutinio inmisericorde  de la NSA. Y eso incluye a policías, militares y políticos. ¿Cuántos políticos poco proclives a los procedimientos de la NSA han sido ya reducidos a fosfatina por alguno de los procedimientos antes mencionados? Aún peor, ¿sobre cuántos de ellos ha ejercido una presión capaz de cambiar su voto, sus programas, sus ideas o declaraciones?
  Barack Obama fue senador del Estado de Illinois, costero del gran lago Michigan y famoso por una corrupción más grande que el lago. Dicen que en su bandera figura el lema “¿qué hay de lo mío?” El gobernador en la época en que Obama salió disparado hacia la Casa Blanca, Rod Blagojevich, acabó enjuiciado por intentar vender el escaño que aquel dejaba vacante. Llevaba el estado desde su casa particular porque sospechaba que la policía tenía pinchados los teléfonos de su despacho. En medio de semejante cenagal, Obama emergió impoluto, sin una sombra de corrupción sobre su historial. Nadie fue capaz de implicarlo en ningún escándalo. ¿Tampoco la NSA que, no lo olvidemos, lo sabe todo acerca de él? ¿Acaso ha tenido esto influencia en la rápida y decidida toma de postura del presidente a favor de la citada agencia de espionaje? Y si políticos en ciernes o consagrados, congresistas, senadores, incluso el propio presidente, están sometidos al escrutinio permanente, a la causa constantemente abierta, a la inquisición perpetua de la NSA, ¿quién controla semejante organismo?
   Sí, la idea de que quien nada haga nada tiene que temer, debe haber tranquilizado muchas mentes, excepto la de aquellos que hacen algo. La NSA encarna, ciertamente, una amenaza muy seria sobre quienes “hacen algo”. Por ejemplo, sobre quienes hacen aviones. En Airbus todo el mundo escribe documentos con la certeza de que estarán en los despachos de su competidora Boeing, unos segundos después de redactarlos. A lo mejor la razón es que una empresa propiedad de Boeing, Narus (por cierto, de origen israelí), trabaja para la NSA. ¿Cuántos casos más existen? Edward Snowden recopiló datos para demostrar sus acusaciones, ¿cuántos empleados de empresas subcontratadas por la NSA, recopilan datos con fines comerciales? ¿por cuenta de quién lo hacen? ¿interviene también la NSA en el mercado favoreciendo con información privilegiada a ciertas compañías? Y, en caso afirmativo ¿a cambio de qué? ¿de que le cedan sus datos? ¿o se trata de algo mucho más crematístico y ligado a intereses particulares? No lo olvidemos, los contratos de la NSA y sus correspondientes subcontratas se efectúan al amparo del secreto de Estado. Nadie conoce los detalles exactos, nadie pregunta demasiado por el monto ni por los desgloses particulares. Las propias empresas son elegidas a dedo. No hay que ser demasiado imaginativo para suponer que existe un tránsito continuo de personas desde los despachos de las citadas empresas a los que pertenecen a la agencia y viceversa. Una organización con un presupuesto ilimitado y un acceso ilimitado a los grandes servidores de Internet es, forzosamente, una organización de poder infinito, pero también una fuente infinita de corrupción, un cáncer para cualquier democracia que quiera tener, al menos, la apariencia de tal.


   (1) Cfr.: Foucault, M. Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, pág. 230.

domingo, 16 de junio de 2013

El panóptico global (1): Sociedades carcelarias.

A mis fieles lectores de la NSA.

Un año antes de su muerte, acaecida en 1728, Antoine Desgodets recuperó, para su proyecto de un Hotel-Dieu, la planta circular a la que aspiraron tantos arquitectos renacentistas. Casi cincuenta años más tarde, M. A. Petit, en su Mémoire sur la meilleure maniere de construire un hôpital de malades justificaba el empleo de una planta de estas características en base a dos principios. El primero era la ciudad vitruviana, con calles orientadas según la procedencia de los vientos. El segundo era el funcionamiento del horno inglés, una suerte de embudo invertido, que ponía la circulación de ese aire al servicio de la producción. Petit entiende el hospital como la confluencia de dos discursos, el discurso urbanístico y el discurso fabril. El hospital debe ser una ciudad en miniatura y un taller ampliado. Nada mejor, pues, que colocar los diferentes bloques de salas en torno a una capilla central, desde la que los médicos y enfermeras pudieran observar continuamente la evolución de los pacientes(1). Ciertamente, el discurso médico ilustrado, es un discurso que no habla acerca de enfermos ni de enfermedades. Su marco de referencia no es el pequeño sector de la población que padece algún mal, sino la sociedad en su conjunto. Sobre esta sociedad  intenta imponer un tipo de reglamentación que ya ha demostrado tener éxito en los talleres y que se generalizará con la llegada de la revolución industrial. En Vigilar y castigar, Foucault cita cierto ordenamiento del siglo XVIII que exigía dividir la ciudad en sectores, impedir el libre movimiento de ciudadanos y obligarlos a permanecer en sus casas cada vez que el arbitrio de un funcionario nombrado al efecto lo decidiese. ¿La causa? El miedo, el miedo a la enfermedad, el miedo a la peste(2).
Lo que hizo Jeremías Bentham en 1830 fue muy simple, tomó el discurso de Petit, el discurso de la medicina ilustrada y lo depuró hasta su esencia, que no es otra que el dominio, el control. De este modo, el hospital se transformó en una penitenciaría, el paciente en un recluso, la libre circulación del aire en la no menos libre circulación de la mirada. Así nació el panóptico. El panóptico es una estructura penal en la que las celdas de los reclusos están dispuestas en círculo, con una de sus paredes sustituidas por una simple cancela de barrotes. El centro de dicho círculo está ocupado por una torre con una sucesión de ventanucos, tales que, desde el lado de las celdas, apenas puede verse una pequeña mirilla que impide al reo saber si está siendo observado o no. 
    El panóptico obedece a un claro ideal productivo, es un dispositivo productor de vigilancia, de control, de disciplina con una inversión mínima. Esencialmente un sólo carcelero puede vigilar a un número indeterminado de presos, pues buena parte del control, de la vigilancia, ha sido transferida a la cabeza de éstos. Ante la perpetua posibilidad de ser observados, los individuos interiorizarán la normalidad, ejerciendo de carceleros de sí mismos, controlando su propio comportamiento. Pero hay más, la posibilidad de ver sin ser visto, de observar desde la inobservabilidad, desequilibra irremediablemente la relación de vigilancia. El carcelero ya no puede ser examinado en el riguroso cumplimiento de su horario por parte del reo. De este modo, lo que, en principio, es un ejercicio de control, se convierte en una relación de poder. Cada preso está sometido en cada momento a un poder omnipresente, que amenaza perpetuamente con la posibilidad de castigarlo. El poder se ha vuelto capilar, vigila cada uno de los actos de cada individuo singular. Lo que fue un poder disciplinario sobre una multitud, sobre toda una población, se vuelve ahora un poder atento a la singularidad de cada sujeto, capaz de sancionar de modo singular y concreto, sin por ello perder su capacidad de normalizar a todos a la vez. Por eso, argumenta Foucault, el poder carcelario, el poder panóptico, deviene un contraderecho. Si las leyes son válidas para todos, si son enunciados de carácter general, su aplicación concreta en las instituciones es una sucesión de casos concretos y singulares, un desequilibrio permanente de deberes y obligaciones, una sucesión de castigos contra los que no hay defensa jurídica posible.
Pero nuestra época no es la de la Luces. No aspiramos al progreso, no publicamos enciclopedias, no nos asusta la minoría de edad. Vivimos en la época de la imagen, de la aldea global. Ya saben, el medio es el mensaje, el individuo es el protagonista, los pequeños acontecimientos tienen grandes consecuencias, todos estamos enlazados, por tanto, somos mutuamente dependientes, no hay otro remedio que ser solidario... ¡Qué genio fue Marshal McLuhan! ¡Qué visionario! ¡Qué magnífico constructor de cortinas de humo! Es difícil imaginar una sociedad más disciplinaria que la de una aldea. En el grupo reducido de casas, todas al alcance de la mirada, nadie puede salirse de la norma sin recibir su sanción social inmediata. Las modernas sociedades globalizadas, interconectadas, internautizadas, son el ideal de cualquier panoptista. Cada ciudadano, cada mente pensante, ha sido moldeada para ignorar los más feroces sistemas de control. El proyecto de vida de todos y cada uno de nosotros es exhibir nuestras intimidades, mostrar nuestras fotos, nuestros vídeos, nuestras imágenes para que el ojo de cualquiera que quiera hacer de carcelero nos escrute, nos analice, determine si hemos de recibir algún género de sanción. Somos incapaces de ver nada malo en la vigilancia perpetua, aceptamos con naturalidad que se nos filme por las calles, preferimos el rastreable pago con tarjeta antes que el anonimato de la moneda corriente. Asumimos, con un candor infantiloide que la posibilidad de convertirnos nosotros mismos en observadores de la vida de los demás, nos hace a todos iguales, garantiza nuestra libertad, como si eso hubiese hecho desaparecer la posibilidad de un omnímodo poder inobservable. Hasta tal punto vivimos en sociedades carcelarias que el simple hecho de pintar los barrotes de rosa fosforito para que nadie pueda cerrar los ojos a su existencia, se ha convertido en un acto subversivo.


    (1) Cfr.: Vidler, A. El espacio de la Ilustración. Una teoría arquitectónica en Francia a finales del siglo XVIII, versión española de J. Sainz, Alianza Editorial, Madrid, 1977, pág. 93.
    (2) Cfr.: Foucault, M. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, trad. Siglo XXI, Madrid, 1990, pág. 99.